según el padre Emmanuel (1826-1903)
por
Dominicus
Este estudio se inspira en las enseñanzas del padre
Emmanuel, abad de Notre-Dame de la Sainte-Espérance y párroco de
Mesnil-Saint-Loup [1] (desde
Navidad de 1849 hasta marzo de 1903). Le
Sel de la terre.
Una cristiandad, una parroquia cristiana, se apoya
en las familias cristianas. Y, en la obra de restauración del
cristianismo, la restauración de las familias cristianas es una prioridad. El
padre Emmanuel, el santo párroco de Mesnil-Saint-Loup, no podía, por tanto,
desinteresarse de un aspecto tan importante.
Porque la familia es la célula básica de la sociedad. La misión de las familias
es, por tanto, grande; el futuro está en manos de los padres, pues, salvo
gracias extraordinarias, de la educación recibida en la familia dependen los
comportamientos futuros. Es en la familia donde las inteligencias se abren a la
verdad; es en la familia donde las almas se forjan y aprenden a practicar la
virtud; es allí donde se aprende a rezar y a practicar el sacrificio; es allí
donde despiertan las vocaciones religiosas y sacerdotales y donde se forman los
futuros padres cristianos; es allí donde se preparan los santos y los jefes que
la sociedad cristiana tanto necesita.
Además, la familia cristiana es hoy objeto de un
combate capital. La Revolución le hace una guerra a muerte y fabrica sin cesar
nuevas leyes para dislocarla un poco más. En la guerra que se libra contra la
Iglesia, la familia está, por tanto, en primera línea y se puede decir sin
exageración que la gran desgracia de nuestra sociedad (además de la
crisis en la Iglesia, pero no sin relación con ella) es la disolución
de las familias.
Por desgracia, frente a este estado de cosas, los
católicos están a menudo en la ignorancia de lo que es realmente la familia
cristiana y demasiadas familias siguen el espíritu del mundo, tanto en sus
costumbres como en la educación de los hijos. Se dejan contaminar por el
naturalismo ambiente y por la falsa idea de la libertad surgida de Jean-Jacques
Rousseau. Este pseudofilósofo pretendía que el hombre era naturalmente bueno y
que era la sociedad la que lo corrompía. La consecuencia de esta doctrina es
que hay que reformar la sociedad en lugar de reformarse uno mismo. La
virtud consiste entonces en reclamar revoluciones y reformas y ya no en vencer
los propios vicios y corregir los propios defectos.
Ahora bien, Nuestro Señor nos dio un ejemplo
totalmente inverso. Quiso pasar treinta de los treinta y tres años de su vida
en la tierra viviendo en familia, honrando y santificando la institución
familiar, practicando las virtudes ocultas que son su patrimonio. No hizo una
revolución para restaurar la familia.
Retengamos la lección. La obra de la familia no se realiza a golpe de
revoluciones, sino mediante una lenta y profunda maduración, sobre todo oculta,
que exige de los padres mucha virtud y humildad. Es el misterio del Verbum
silens, del Verbo de Dios silencioso. El Verbo de Dios, el Creador
todopoderoso, quiso durante treinta años permanecer en una especie de inacción
exterior y ocultar la luz que había venido a traer al mundo, reservándola a la
Virgen María y a san José. Y esto, para enseñarnos a amar la vida oculta, a
buscar la vida interior, a rezar antes de actuar; en resumen, para inculcarnos
la primacía de la contemplación sobre la acción y mostrarnos que la primera
reforma que hay que realizar es la reforma interior, la reforma de las
costumbres y de las almas.
Este es el gran principio que gobierna la vida
familiar. En este ámbito más que en cualquier otro, lo que cuenta es ser almas
de verdad y de humildad, huir de la vanidad y del deseo de aparentar, cultivar
las virtudes de Belén y de Nazaret.
El plan de Dios sobre la familia
Para comprender lo que Dios espera de las familias
cristianas y conocer los peligros a los que se enfrentan, hay que conocer el
plan de Dios sobre la familia y su historia.
Porque la familia tiene una historia que es
completamente paralela a la del hombre individual.
El hombre fue creado por Dios; cayó en el pecado; fue salvado por Jesucristo y, mediante el sacramento del bautismo, se hizo cristiano.
¡Pues bien! Lo mismo sucede con la familia. Fue
querida y creada por Dios. Ella también cayó, como consecuencia del pecado de
nuestros primeros padres: se sustrajo a la ley que Dios le había dado. ¿La
abandonó Dios? No. Nuestro Señor, al encarnarse, la restauró y la santificó y,
mediante el sacramento del matrimonio, la hizo cristiana.
Esta es la historia de la familia.
La familia, por tanto, fue instituida por Dios
desde el origen y, al igual que el hombre mismo, Dios la creó a su imagen
divina. Es san Gregorio de Nacianzo quien lo dice. La primera familia, explica
este Padre de la Iglesia, es un reflejo de la Santísima Trinidad, pues Adán era
allí la imagen del Padre, Eva la imagen del Hijo y Set, su hijo, la imagen del
Espíritu Santo.
En la familia, en efecto, el padre es la fuente,
porque Adán no tuvo otro principio que Dios, del mismo modo que en la Santísima
Trinidad, el Padre es el principio de las otras dos personas. La esposa
reconoce al esposo como su principio, porque Eva fue sacada de Adán, del mismo
modo que en Dios, el Hijo nace del Padre y, siendo igual a él, tiene al Padre
por principio. Finalmente, el hijo o los hijos proceden del padre y de la
madre, porque Set nació de Adán y de Eva, del mismo modo que en Dios, el
Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.
Por supuesto, no es más que una analogía, pero nos muestra cómo Dios hizo la
familia a imagen de su unidad y de su Trinidad.
Puesto que la familia es de origen divino, es
indestructible e inmortal. Con ello, viniendo de Dios, es de él también de
quien recibe su ley. Su ley es la unidad, imagen de la unidad de
Dios; es la fecundidad, imagen de la fecundidad de Dios; es la
caridad, imagen de la caridad de Dios.
— La ley de
la unidad exige que haya un solo esposo para una sola esposa: « El hombre
dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer y ya no formarán más que
una sola carne. »
— La ley de
la fecundidad quiere que el matrimonio sea ante todo en vista de los hijos.
Este es su primer fin: «Creced y multiplicaos» El primer deber del estado
conyugal es, por tanto, la procreación y la educación de los hijos.
— La ley de
la caridad reclama la unión mutua de los esposos y la de los padres con los
hijos. Hace que la autoridad del esposo sea dulce y amorosa como la del
mismo Dios, que la esposa responda a ella con una sumisión y un afecto sin
reservas, porque se sabe amada, y que los hijos permanezcan felices bajo la
autoridad de los padres, porque en ninguna otra parte serían tan bien amados.
Así regulada, la familia debía vivir, caminar y
desarrollarse bajo la mirada de Dios, según el orden de su Providencia y
conforme a la palabra de san Pablo:
« Sed imitadores de Dios, como hijos suyos muy
amados, y caminad en el amor » (Ef 5, 1). Por este camino lleno de dulzura
debía la humanidad aprender a dirigirse hacia Dios, su autor y su fin, para
beber en él su felicidad completa y compartir su eterna bienaventuranza.
La
familia arruinada
Pero la primera familia cayó.
Nuestros primeros padres cometieron el
pecado y su caída se convirtió en nuestra caída. Ciertamente, la familia no
desapareció, pero el desorden del pecado entró en ella. La familia, que Dios
había creado para ser feliz, perdió la felicidad. Sobre todo, no tardó en
sustraerse a la triple ley de unidad, de fecundidad y de caridad que Dios le
había dado.
— La
familia perdió su unidad. La Biblia cuenta que, poco tiempo después de la
primera caída, el patriarca Lamec tomó dos mujeres, y este fue el origen de esa
plaga de la poligamia que todavía aflige a una gran parte de la humanidad.
El adulterio y el divorcio, esos males
destructores de la familia, aparecieron también muy pronto. Despreciando la ley
de unidad en la familia, el hombre comenzó a repudiar a su mujer a su antojo y
a tomar otra, que ella misma podía haber sido repudiada por su marido. Con el
tiempo, también se vio lo contrario: la mujer abandonaba a su marido para
juntarse con otro. Hoy, este mal se ha generalizado tanto que se ha vuelto, por
así decirlo, banal: cantidad de matrimonios no parecen contraerse sino para
deshacerse algunos meses o algunos años después y dejar lugar a uniones libres
más o menos efímeras.
¿Qué ocurre entonces con los hijos? Son las principales víctimas de esta
situación. Según que permanezcan con el padre o con la madre, ven junto a él o
junto a ella a una supuesta esposa que no es su madre, a un supuesto esposo que
no es su padre. Entonces, ¿a quién dar el nombre de padre, a quién dar el
nombre de madre, tan dulce y tan necesario para el niño, sobre todo cuando
sufre? ¡El niño ya no sabe a quién decir «mamá»! Queda marcado por ello para
toda la vida… Estos grandes males hicieron, pues, perder a la familia su
unidad: y por eso la humanidad no tardó en perder también el conocimiento de la
unidad de Dios: la necedad humana comenzó a inventar dioses sin número. Y, con
el transcurso del tiempo, por un colmo de ceguera, hoy se felicita de no tener
ya ningún Dios y de vivir en una total indiferencia religiosa.
— Habiendo perdido su unidad, a la cual
Dios había unido su bendición, la
familia perdió su fecundidad. La fecundidad de la familia no consiste en el
hecho de traer materialmente al mundo hijos, sino en el nacimiento y la
educación de hijos legítimos, nacidos del amor mutuo de los esposos y en el
respeto de las reglas de la moralidad conyugal que son la garantía de este
amor.
La fecundidad de la familia quedó, pues,
arruinada con la multiplicación de los nacimientos ilegítimos y con la
aparición de los engaños cada vez más sofisticados, de las hábiles maniobras de
la perversidad humana para frenar la fecundidad conyugal y la concepción de los
hijos – desde la historia de Onán contada en la Biblia, ¡la depravación humana
ha hecho enormes progresos a este respecto!
Como abominaciones que atentan contra la
fecundidad de la familia, hay que citar todavía el infanticidio, tan
ampliamente practicado en la antigüedad, y, por supuesto, el aborto, que hoy se
celebra como un derecho y una gloriosa conquista de la libertad de la mujer.
Sin hablar de todo lo que la pseudociencia actual ha podido inventar para
desviar el misterio del amor humano con el fin de obtener fecundaciones
artificiales, separadas de la unión natural de los padres.
En definitiva, el placer y el egoísmo se
han convertido en la ley del matrimonio o de lo que actualmente hace las veces
de él, y el matrimonio, en muchos casos, ha caído al nivel de la prostitución.
Los cristianos bien formados saben esto y
lo reprueban. Pero debemos comprender que es la consecuencia lógica, fatal, de
los desórdenes y de los compromisos que, desde el principio, el pecado
introdujo en el matrimonio para desviar la ley de fecundidad. Por eso es tan
importante que los esposos cristianos no se permitan ninguno de estos
compromisos, no entren jamás en este engranaje infernal y no cedan nada al
enemigo del género humano en este ámbito.
— Finalmente, por una consecuencia necesaria,
la familia perdió también la caridad. Porque,
en semejante estado de cosas, ya no hay lugar para los afectos verdaderos,
puros y, sobre todo, duraderos.
El marido ya no tomó una mujer para amarla,
sino para dominarla: la mujer dejó de ser la compañera respetada del hombre y
se convirtió en el instrumento de su placer y la esclava de sus caprichos,
cuando ella misma no se convertía en su tentadora y cómplice de su pecado.
Al no ser amada, la mujer se creyó
dispensada de amar a su vez; también ella escuchó a su egoísmo y buscó
compensaciones en una vida cada vez más independiente e inmodesta – esto es lo
que hoy se denomina los «derechos» de la mujer, la igualdad o la paridad de los
sexos, y todas esas cosas reivindicadas por el feminismo, ¡como si la felicidad
de la mujer consistiera en convertirse en un hombre como los demás!
En consecuencia, los hijos dejaron de
honrar y amar a sus padres y los trataron con indiferencia. Sin embargo,
señalaba el padre Emmanuel, en estos casos suele quedar un cierto afecto, por
así decirlo animal, un vínculo recíproco, mientras el niño necesita los
cuidados de su madre o el apoyo material de sus padres. Pero, cuando el niño
crece y se convierte en víctima de sus pasiones, ya no sabe amar y este último
vínculo se rompe: este es el espectáculo que nos ofrece, una vez más, el mundo
actual. Por eso san Pablo señala como característica de los paganos que son
«desobedientes a sus padres, gente sin afecto» (Rm 1, 30-31).
La familia, por ser de institución divina,
impone a sus miembros grandes deberes, a los cuales Dios ha unido goces puros,
verdaderos, morales; porque Dios ha querido que todo acto bueno, virtuoso,
tenga en sí mismo su placer, para que de este modo el hombre sea más
voluntariamente atraído al cumplimiento de su deber.
Pero, en el orden de Dios, el placer no es
sino el resultado del deber cumplido; lo que hay que querer es el cumplimiento
del deber. Querer el placer sin el deber o en contra del deber es un desorden y
un pecado.
Por eso, cuando la verdadera noción de la
familia se ve alterada por una de las causas que acabamos de mencionar:
poligamia, divorcio, anticoncepción, aborto…, a menudo ya no queda nada del
conocimiento del deber, el placer prevalece y el desorden llega entonces a su
colmo.
De mal en mal, se llega incluso a no querer
ya el matrimonio: se ve en él un impedimento que obstaculiza la libertad
desenfrenada. Entonces uno se hace partidario de los «amores» libres, incluso
contra natura, como ocurre hoy. La familia queda entonces arruinada y, como consecuencia
necesaria, la sociedad se encuentra en plena descomposición.
Los pueblos paganos se encontraban en ese
estado cuando Nuestro Señor Jesucristo vino a este mundo. ¡Por desgracia, a ese
mismo estado estamos volviendo, con esta circunstancia agravante, sin embargo:
que no procedemos del paganismo, sino de antiguas naciones cristianas!
La familia restaurada
Hemos visto cómo Dios había constituido la
familia. Hemos dicho en qué se había convertido la familia después del pecado;
ya no era más que una gran ruina, y nadie
era capaz de levantarla: ni la fuerza del Estado, ni la sabiduría
de los legisladores, ni la ciencia de los filósofos; el mal no tenía remedio.
Fue entonces cuando la misericordia de Dios se puso a obrar. El creador de la
familia fue también su reparador; pues solo Él podía restaurar su obra, y la
restauró magníficamente.
El medio que empleó fue la encarnación de Nuestro Señor.
El pecado había traído innumerables
divisiones: entre Dios y el hombre, entre el hombre y la mujer, entre los
padres y los hijos. A este mal de la división, Dios opuso el misterio de la unión de su Hijo con la naturaleza humana:
esta unión divina fue el remedio para todas nuestras desuniones. Y para darnos
la imagen de la familia reunida, restaurada, Dios creó la Sagrada Familia de
Nazaret, que sirvió de marco a la encarnación del Verbo.
En la ejecución de su designio, Dios, por
así decirlo, volvió a comenzar la obra que había hecho al principio, pero en un orden inverso. Primero
había creado al hombre, y del hombre había sacado a la mujer; aquí, creó primero a María, y de María hizo nacer
a Jesús. La antigua Eva había hecho entrar el pecado en el mundo;
una nueva Eva hizo entrar en él a Jesús, y, con Jesús, todas las gracias, el
remedio para todos nuestros males.
— El pecado había humillado, rebajado y
degradado singularmente a la
mujer; pero, por la encarnación de Nuestro Señor, la mujer es
levantada en María. Es liberada de las odiosas servidumbres que el paganismo
hacía pesar sobre ella y restablecida en su verdadera dignidad de esposa y de
madre. Sin duda, siempre debe dar a luz con dolor y conserva en el fondo de sí
misma las cicatrices del pecado, pero sus dolores quedan desde ahora
santificados por la cruz de Jesús y encuentra en María un modelo que la ayuda a
vencer a la hija de Eva que siempre duerme en ella.
— El
niño también había sido reducido a una condición desoladora: ya no
era fruto del amor verdadero; ya no era amado, y esto dice mucho. Pero desde
que el Niño Jesús nació en el pesebre, todo ha cambiado: el niño es levantado
de la antigua degradación, se ha convertido en la alegría de la familia y en el
heredero del cielo, porque sus padres cristianos han recibido la misión de ser
los cooperadores de Dios creador y redentor para llenar el cielo y formar a los
elegidos.
— Finalmente, el pecado había transformado
la autoridad del hombre
en una tiranía arbitraria. Con la venida de Nuestro Señor, el hombre perdió su
dureza, comprendió que debía llevar en la familia la semejanza del Padre
celestial: tiene de Él la autoridad, también debe tener su ternura, su bondad,
en una palabra, el amor. También para él, el pecado ha dejado heridas, pero así
como la esposa encuentra en María su modelo, el esposo, nos dice san Pablo,
recibe el suyo en Jesucristo, que amó a su Iglesia y se entregó por ella, y lo
recibe también en san José, el casto padre nutricio de la Sagrada Familia.
Este es el cambio que se ha producido en la
humanidad. El plan original de Dios no ha sido abolido, ha sido restaurado e
incluso embellecido. El «orden del amor», como decía Pío XII para designar la
armonía que debe reinar en la familia, sigue siendo el mismo, pero ha sido
perfeccionado. Cada uno tiene el lugar, la función propia que Dios le ha
asignado en el organismo familiar en vista del bien común.
Pero ¿cómo, concretamente, se ha realizado
este cambio y cómo se mantiene desde entonces? Por la institución del sacramento del matrimonio.
El
sacramento del matrimonio es una obra divina, dice el padre
Emmanuel, que ha recibido de Dios el poder de crear la unión indisoluble entre
el hombre y la mujer. Fíjense bien en estas palabras: este sacramento tiene el poder de crear la unión y la unión
indisoluble.
Un hombre y una mujer bien pueden decirse
el uno al otro: unámonos, como muchos lo hacen hoy. Sí, pero será una unión de
un día; o, si por extraordinario que sea dura, no será una verdadera unión sino
más bien una yuxtaposición, una asociación, una connivencia… en fin, todo lo
que quieran, pero no la unión tal
como existe en el matrimonio cristiano; pues este hombre y esta
mujer no tienen el poder de crear entre ellos esta unión indisoluble que se
llama matrimonio cristiano.
El propio Estado, que desde hace dos siglos
se ha metido en la cabeza hacer matrimonios, no ha podido crear la unión
indisoluble: la prueba de ello es que allí donde el Estado se ocupa de hacer
matrimonios, se cree obligado también a hacer divorcios, es decir, a reconocer
solemnemente que no tiene el poder de unir para siempre al hombre y a la mujer.
El padre Emmanuel toma aquí una imagen:
Para unir entre sí dos trozos de hierro, no basta con ponerlos uno al lado del
otro y decirles: manténganse firmes. Hace falta fuego y hace falta soldadura.
Del mismo modo, para unir al hombre y a la mujer, no basta con decirles: «En
nombre de la ley, etc.». Hace falta, también aquí, el fuego y la soldadura. El
fuego es la gracia de Dios,
que perfecciona el amor natural de los esposos herido por el pecado original,
que lo hace estable, fiel, perseverante, sobrenatural. Y la soldadura es el sacramento, que sirve de
canal a la gracia de Dios.
Pero la gracia y el sacramento no se
encuentran sino en Nuestro Señor
y en su Iglesia; por eso solo la Iglesia puede celebrar matrimonios
y matrimonios duraderos: en todas partes fuera de ella solo se pueden preparar
divorcios.
De
ello se sigue que la felicidad de los esposos y la felicidad de los hijos solo
pueden encontrarse en el matrimonio cristiano, el único que posee consigo la
gracia de lo alto, la gracia del sacramento. Pero, por lo mismo, con el
sacramento, la condición de los esposos y la de los hijos son considerablemente elevadas. Para convencerse de ello, no hay más que
escuchar el lenguaje de los apóstoles acerca del matrimonio.
— Así, san Pablo escribiendo a los Efesios:
«El marido es la
cabeza de la mujer, dice, como
Jesucristo es la cabeza de la Iglesia».
El marido
es la cabeza; pero
hay cabeza y cabeza. Entre los paganos, el marido era cabeza con derecho a
repudiar e incluso a matar a su mujer y a sus hijos. Entre los cristianos, el
marido es cabeza como Jesucristo
es cabeza de la Iglesia. Ahora bien, Jesucristo es una cabeza que
se ha sacrificado y
que, todos los días, se sacrifica por su Iglesia: es cabeza no para quitar la
vida, sino para darla, no para hacer sentir que tiene la autoridad, sino para
comunicar a su Iglesia todos sus bienes, su gracia en esta vida y su felicidad
en la eternidad. ¡Qué modelo! ¡Y qué nueva exigencia!
Por lo tanto, a semejanza de Nuestro Señor,
el marido cristiano no es cabeza de la familia sino para hacerle el bien, para
hacerla feliz según Dios. Fuera de esto, su autoridad se convierte en un abuso
de autoridad. Y por eso san Pablo continúa así: «Maridos, amad a vuestras
mujeres como Cristo amó a la
Iglesia y se entregó a sí mismo por ella».
— Y cuando el Apóstol instruye a las mujeres, ¿qué les dice?
«Mujeres, estad sometidas a vuestros maridos, como al Señor.» Es decir: como la Iglesia está
sometida a Jesucristo, su cabeza, del mismo modo la esposa debe estar sometida
a su marido. De ambas partes la sumisión es fácil, porque es un acto de amor,
regulado por Jesucristo: donde se ama, la autoridad es dulce; donde se es
amado, la sumisión es fácil.
En
el matrimonio cristiano, hay, pues, una garantía
tanto para el esposo como para la esposa: esta garantía es Jesucristo, al cual
ambos deben estar sometidos, es la voluntad de Dios, a la cual deben obedecer. Pero, fuera del matrimonio cristiano, no
hay garantía, ni para el esposo ni para la esposa, y menos aún para los hijos:
es el reino de lo arbitrario y la ley del más fuerte o del más perverso.
Lo habrán notado: del mismo modo que, para
el hombre, san Pablo reduce todo a la sola palabra «cabeza», de igual modo, para la mujer, reduce sus
prescripciones a solamente dos elementos: la
sumisión a su marido, la modestia en su manera de vestir. Y, como
lo diremos dentro de un instante, para el niño, solo tendrá la palabra obediencia. Esto puede parecer
simplificador, y nuestras mentalidades modernas rechinan al escuchar este
lenguaje. ¿Significa esto que san Pablo ignora el resto? Por supuesto que no,
pero va a lo esencial y quiere hacer
comprender dónde está eso esencial. Hay en estas simplificaciones una gran
fuerza que resulta muy esclarecedora para quien quiera reflexionar sobre ellas.
San Pablo asigna a cada miembro de la familia su principal objetivo, su deber
esencial del cual se deriva todo lo demás. Así, en la sociedad familiar, ¿no
recibe el marido la función de cabeza?
La esposa, por su parte, es el
alma, el corazón del hogar; y para poder ejercerse con plena
eficacia y serenidad, este papel tan delicado y tan hermoso exige de ella el
olvido de sí misma, la dependencia y también una profunda pureza. Este es el
pensamiento de Dios. Lejos de ver en ello una situación degradante y de
envidiar un estado para el cual no está hecha, la esposa debe reconocer, por el
contrario, en su vocación una función muy noble, para la cual Dios la ha dotado
de dones magníficos: ha puesto, en efecto, en su alma tesoros de entrega, de
compasión, de generosidad, de interioridad, de intuición, etc., que una
actividad demasiado abierta hacia el exterior solo puede degradar. Admiremos y
respetemos el plan de Dios.
— ¿Y los hijos?
Escuchemos lo que dice san Pablo acerca de los hijos: «Hijos, obedeced a vuestros padres y
madres, en el Señor, porque esto es justo; y vosotros, padres, no irritéis a
vuestros hijos, sino educadlos, instruyéndolos y corrigiéndolos, en el Señor».
San Pablo, lo notarán, dice siempre: «en el
Señor»; esto quiere decir: según
la voluntad del Señor. Nos enseña con ello que, así como la
voluntad de Dios es la regla entre los esposos, también es la regla entre los
padres y los hijos. Los hijos deben obedecer, pero según Dios; los padres deben
instruir y corregir, pero siempre según Dios. Y por ello, la obediencia de los
hijos está siempre sabiamente regulada, del mismo modo que la autoridad de los
padres tiene siempre su regla y su garantía en la autoridad misma de Dios.
Así, Dios está siempre y en todas partes
presente en la familia creada por Él; lleva allí su gracia y, con su gracia, la
paz y la felicidad.
Esta era la enseñanza que daba el padre
Emmanuel a sus fieles sobre la familia cristiana.
Pero la realización de este plan divino
sobre la familia requiere tener hombres y mujeres, jóvenes y jóvenes muchachas
capaces de ponerlo en práctica. Por eso, el padre Emmanuel se dedicó a formar a los hombres y a las mujeres
de su parroquia, a dar a unos y a otros todo lo que les era necesario para que
se convirtieran en cristianos y cristianas convencidos y en padres y madres
conscientes de sus deberes y capaces de conducir verdaderas familias
cristianas.
Hombres y mujeres
cristianos
- El rosario de los hombres
En lo que se refiere a los hombres, el padre
Emmanuel tenía ideas muy claras. Estimaba que la conversión de una parroquia
puede comenzar por las mujeres y, de hecho, comienza a menudo así, porque la
mujer es generalmente más interior y más generosa que el hombre. Y, cuando las
mujeres están sinceramente convertidas, su conversión trae consigo la de los
hombres. Pero pensaba que una parroquia o una cristiandad solo queda
sólidamente ganada para Dios en la medida en que el movimiento de retorno al
verdadero cristianismo alcanza y engloba a los hombres e incluso, en
definitiva, procede de ellos.
Por eso se preocupaba «de no limitar la parroquia al elemento femenino»,
diciendo que la Santa Esperanza era tanto para los varones como para las niñas.
Quería que los hombres rezaran, comulgaran y se instruyeran. Quería
especialmente jóvenes castos y fuertes. Y, de hecho, en Mesnil, los muchachos
eran puros, piadosos e instruidos, refieren los testigos; regresaban del
servicio militar indemnes en sus costumbres y en su fe, lo cual no es poca
cosa; no bebían, no juraban, sabían trabajar y huían de la ociosidad.
Advertidos de sus deberes, conscientes de sus responsabilidades, podían desde
entonces convertirse en verdaderos jefes de familia o consagrarse a Dios si
había en ellos signos de vocación.
Para alcanzar este resultado, el padre Emmanuel
organizó para los hombres y los jóvenes conferencias especiales. Los animaba a
recibir frecuentemente los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía; los
reunía con frecuencia delante del Santísimo Sacramento. Creó para ellos obras y
círculos, especialmente la Sociedad de la Resurrección, que fundó el día
de Pascua de 1888, para resucitar la fe demasiado adormecida de los
hombres de la parroquia.
Del mismo modo, no dudaba, en sus predicaciones, en privilegiar al auditorio
masculino. A uno de sus monjes que predicaba una misión y que se lamentaba de
que solo acudieran cuatro hombres, le respondió: ¡Predique para los cuatro
hombres! Porque, decía, Adán es la cabeza de la creación y, en la familia,
Dios ha dado la autoridad al hombre. Tal es el plan de Dios. Siendo el hombre
la cabeza, corresponde, pues, a él dar el impulso, incluso para la
oración y para toda práctica de piedad. Y por eso su Catecismo de la familia
cristiana da un papel tan importante al padre en la instrucción espiritual
de los hijos.
Pero hay un punto sobre el cual hizo recaer
especialmente sus esfuerzos.
Porque si Dios ha dotado al hombre y a la mujer de cualidades naturales
propias, para que estén en condiciones de realizar la misión que la Providencia
espera de ellos, queda que, como consecuencia del pecado original, cada uno de
los sexos tiene también sus heridas, su mal particular que combatir.
Y, para los
hombres, la piedra de tropiezo es el respeto humano. El hombre, a
quien Dios ha dado la autoridad, está, por ello mismo, más inclinado al
orgullo. Y una de las manifestaciones más odiosas del orgullo es el cobarde
respeto humano, el miedo al «qué dirán», que aleja a los hombres de Dios y de
la Iglesia.
Hay que recordar que el ambiente de la época, en
Francia, era muy anticristiano. Manifestar públicamente su fe religiosa, para
un hombre, requería valor. Se estaba en plena lucha anticlerical, el laicismo
dominaba la escena política, la opinión general quería que la religión fuera un
asunto privado y un asunto de mujeres. Casi en todas partes, incluso en el
campo, los hombres habían abandonado la práctica religiosa. Para dar una idea
de ello, he aquí el relato de lo que ocurrió en la parroquia de Houville, en Normandía,
cuando su santo párroco, el padre Mercier, contemporáneo del padre Emmanuel,
logró convencer a algunos hombres de comulgar en la misa mayor del domingo. Es
un testigo quien habla: “Fue por parte de la gente un asombro indescriptible,
cuando, al Domine non sum dignus, avanzó hacia la santa mesa,
lentamente, piadosamente, todo un grupo de unas veinte personas, de las cuales seis
o siete hombres de entre 25 y 30 años. No podían creer lo que veían, se
levantaban de sus bancos para ver mejor, reían, cuchicheaban. Terminada la
misa, la multitud se había concentrado afuera, en dos filas, esperando
impacientemente la salida de los comulgantes que habían permanecido en su sitio
para terminar su acción de gracias. Apenas aparecieron en el umbral de la iglesia,
cuando por todas partes estallaron las burlas. Tenían que pasar por en medio de
esta valla viviente, bajo una avalancha de sarcasmos” [2].
¡Qué escena! ¿Habríamos tenido nosotros el valor de
aquellos hombres?
Para vencer el respeto humano, el padre Emmanuel animó a los hombres a rezar
públicamente su rosario. Instituyó para ello el rosario de los hombres;
fue, dice Dom Maréchaux, una de las particularidades más destacadas de su obra
parroquial. Y, por este medio, consiguió poco a poco que los hombres no solo
dejaran de avergonzarse de rezar públicamente su rosario y de rezar a la
Santísima Virgen, sino que también comulgaran y practicaran a la vista de
todos, sin buscar ya ocultar sus convicciones religiosas en el trabajo y fuera
de sus casas.
El padre Emmanuel había observado finamente que existe una especie de engranaje
del respeto humano: primero uno se aleja de la santa comunión y de la oración;
luego se aleja de la iglesia o solo se va a ella cuando habría pecado mortal en
no hacerlo; finalmente uno se aleja de quienes se preocupan por la comunión y
por la iglesia, es decir, de quienes son buenos cristianos, a los que entonces
se trata de devotos o beatos para darse buena conciencia. Al final, la
vergüenza del nombre cristiano engendra así la división y la falta de caridad
fraterna. «Sé muy bien que se tiene una diversión para entretener a los
cristianos que se encuentran en ese estado, declaró un día el padre Emmanuel en
un sermón. Se les hace, se les hace hacer política, —no la grande, porque
¿quién de nosotros es senador o diputado? Pero existe la pequeña política,
la política de pueblo que consiste en animarlos a unos contra otros.» Diríamos
hoy, la politiquería, la política de partido, que excita las pasiones y hace
olvidar los deberes de su estado. Está muy bien visto.
Sin duda, la situación hoy ya no es exactamente la
misma que en tiempos del padre Emmanuel; no obstante, se puede decir que el
flagelo del respeto humano sigue siendo el gran mal que afecta a los hombres.
Con una variante, sin embargo: lo que parece caracterizar nuestra época,
incluso en los ambientes católicos tradicionales, es, más precisamente, el eclipse de la virilidad cristiana
y, singularmente, el eclipse de la
paternidad; la ausencia del padre. «Padres, ¿dónde estáis?», escribía
la señorita Luce Quenette en un notable artículo de Itinéraires de 1968
dedicado a la educación del adolescente.
De esta gran miseria de los padres de familia se han dado muchas explicaciones
que son justas. Se ha acusado al ambiente general deletéreo, al Estado y a sus
leyes cada vez más generadoras de mediocridad. Se han incriminado las
costumbres relajadas, la impureza omnipresente, la escuela devenida incapaz de
dar convicciones sólidas y de formar caracteres fuertes, hasta el punto de que
los jóvenes, sobre todo los muchachos, se han vuelto hoy en regla general
blandos, versátiles y apáticos.
Todo esto es exacto. Pero, sin embargo, esto no es,
por grave que sea, lo más importante. La
gran desgracia, el verdadero drama religioso y social, que explica la evolución
de nuestra juventud y, especialmente, la inmadurez de los muchachos, es la
renuncia de los padres cristianos. El padre Joseph Dassonville, S.J.,
en un escrito de 1944 sobre el papel del jefe de familia, escribía esto:
No se habría decapitado a los padres si no hubieran
tendido el cuello. […] Lo que falta es la base, los principios. De hecho,
muchos padres dudan de sí mismos y de su derecho a mandar. Ignorando los
títulos y los fundamentos de la autoridad, se sustraen. Mandar les produce
el efecto de un abuso de poder. ¿Cómo verían en ello el cumplimiento de un
deber? [Y concluye:] Autoritarismo o abandono, según el temperamento del padre
[…] ; este es el resultado de esta falta de doctrina [3].
Hay en este análisis grandes verdades que es
preciso meditar. Muchos padres de familia, en efecto, ya no tienen el sentido
ni el respeto de su autoridad.
Evidentemente, habría numerosas aplicaciones que hacer. Señalemos solamente
esta forma actual de la ausencia del padre que, al regresar de la oficina o del
trabajo exhausto, se aferra a su computadora, a veces incluso sin necesidad,
para distraerse «navegando por internet». Está allí, sin duda, pero para sus
allegados, para su esposa y sus hijos, especialmente sus adolescentes que
tienen tanta necesidad de él, de su presencia, de su palabra, de su ejemplo,
está ausente; y esta ausencia es peor que una ausencia física que, al menos,
deja al padre alguna excusa. Los jóvenes son muy sensibles a la deserción de la
autoridad en general y a la deserción paterna en particular, y los pretextos
que se invocan ante ellos para justificarla los dejan escépticos y heridos.
La
modestia de las mujeres
Pero pasemos a las mujeres.
Esta vez, constataba el padre Emmanuel
siguiendo a toda la Tradición, la piedra de tropiezo se encuentra en la vanidad
mundana y la inmodestia.
Este juicio puede parecer sumario, a primera vista. En realidad, es
profundamente verdadero; la experiencia lo demuestra.
En efecto, mientras que el hombre a menudo
es detenido en su impulso hacia Dios por el respeto humano y debe combatir la
molicie o la dureza, para la mujer, es ordinariamente otra forma de orgullo la
que la amenaza, y esta forma de orgullo tiene por nombre la inmodestia.
Modestia, en nuestra lengua, tiene dos
sentidos que se aplican ambos aquí:
— En el primer sentido –el sentido propio–
modestia es sinónimo de moderación, virtud que santo Tomás vincula con la
templanza (II-II, 160, 1). Consiste en cierta reserva que hace que no se caiga
en ningún exceso. En el contexto que nos interesa, la inmodestia designará,
pues, el apego excesivo a la propia persona, los cuidados exagerados dedicados
a la apariencia exterior, el deseo de atraer la atención o la estima de los
demás. Se puede aún relacionar con ella la ostentación mundana, la exhibición
de lujo, la coquetería y, en general, el atractivo inmoderado por las modas,
las frivolidades y las vanidades del mundo, tan ampliamente difundidas y
banalizadas hoy. Este dominio del mundo es muy perjudicial para las almas, y
está claro que la mujer, naturalmente inclinada a agradar y a atraer las
miradas, es más frágil y está más expuesta que el hombre en este ámbito.
Se puede resumir el pensamiento de la
Iglesia a este respecto citando esta frase de Tertuliano: «Lo que les digo aquí
no tiene por objeto hacerles adoptar un exterior absolutamente descuidado y
salvaje, y no es la repugnante suciedad lo que les predicamos [ni la falta de
elegancia], sino la moderación y la justa medida en los cuidados dados al
cuerpo. No hay que ir más allá de lo que reclama una decente sencillez, más
allá de lo que agrada a Dios.» Lo que agrada a Dios y no lo que se hace o se ve
alrededor de uno: ¡he aquí la buena regla!
— En el segundo sentido –el sentido
derivado, cuyo uso se ha vuelto casi más corriente que el primero– modestia
significa pudor. Es, dice el Littré, una «vergüenza honesta causada por la
aprehensión de aquello que puede herir la decencia». También en este ámbito, la
mujer está más expuesta que el hombre. Y hay que decirlo, en razón del grado de
indecencia y de vulgaridad de las modas vestimentarias actuales, esta cuestión
se ha vuelto de una candente actualidad y exige precisiones impensables en
tiempos del padre Emmanuel.
Comencemos por un breve recordatorio de
algunos principios. Además de proteger de los rigores del clima, el vestido
tiene una doble función:
1.
—
Primero, como consecuencia del pecado, preserva
el pudor. Este es su primer papel. Y como el pecado afecta especialmente al
apetito concupiscible, el vestido femenino reviste una importancia particular.
El deber de la mujer cristiana está, pues, claramente señalado: debe evitar
categóricamente todo lo que es impúdico, todo lo que puede conducir al pecado.
No puede seguir la moda o los usos del mundo en aquello que tienen de
incorrecto e inconveniente. Debe, por el contrario, protestar, mediante una
vestimenta irreprochable, contra las exhibiciones provocadoras y escandalosas
que se ven por todas partes hoy, incluso en los ambientes calificados de «bien
pensantes». Es necesario entrar en algunos detalles. He aquí, por ejemplo, una
directiva de la Santa Sede dirigida a todas las mujeres católicas del mundo, en
1928: «No se puede considerar decente un vestido cuyo escote sobrepase el ancho
de dos dedos por debajo del nacimiento del cuello, un vestido cuyas mangas no
desciendan al menos hasta el codo y que apenas descienda por debajo de las
rodillas.» Cuando una madre como la Iglesia desciende a tales precisiones, es
porque existe una verdadera necesidad. ¡Pero qué lejos estamos de ello! Incluso
dentro de las iglesias, estas reglas ya no son respetadas. ¿Somos menos
pecadores que los cristianos de 1928 para permitirnos tantas libertades? Sin
duda, hoy existe mucha ignorancia y la presión exterior del mundo que nos rodea
es muy fuerte. Pero ¿queremos restaurar el cristianismo en nosotros? Entonces,
hay que aceptar sus reglas.
Para abreviar, he aquí una regla de conducta práctica, muy sencilla y segura: Una mujer o una joven debe saber abstenerse
desde el momento en que tiene la sensación, incluso confusa, de que la
impresión producida por su vestimenta es malsana o susceptible de ofender,
aunque sea ligeramente, la conciencia de las almas rectas. El respeto de
semejante regla impediría, al parecer, la proliferación, incluso en nuestras
familias, de esas prendas ajustadas o de esos vestidos con aberturas que quizá
sean aún más impúdicos que las prendas demasiado cortas.
Señalemos de paso un punto importante, que
muestra que, en este ámbito, la mujer no es la única inculpada. En la familia,
lo hemos dicho, Dios ha conferido la autoridad al padre: este, por
consiguiente, debe dar ejemplo. No solo debe evitar en su propia vestimenta
todo lo que es indecente o vulgar, sino que también le corresponde velar para
que su esposa y sus hijas –sobre todo si todavía no han tomado conciencia de la
fragilidad del corazón humano– respeten las reglas de la modestia cristiana.
Los padres deben preguntarse si no pecan en este punto por dimisión.
2.
— Pero
habíamos anunciado otra función del vestido. He aquí cuál: El vestido es también un medio de expresión. Caracteriza la función
o el estado de quien lo lleva. Así, los hombres consagrados al servicio de Dios
reciben un hábito propio, una sotana o un hábito religioso, en relación con su
estado de vida. Desde este punto de vista, tenga conciencia de ello o no, la
manera en que la mujer se viste revela la idea que tiene de sí misma, de su
dignidad. Ahora bien, si ciertas prendas son la expresión adecuada de la
vocación y de la misión de la mujer cristiana de la que hemos hablado
anteriormente, hay que reconocer que otras no son más que su caricatura o
incluso su negación. Y es por esta razón que la Iglesia y el sentido cristiano
las proscriben. Y, a la inversa, es por esta misma razón que las modas actuales
hacen de ellas una promoción tan grande: para desnaturalizar a la mujer y
hacerle olvidar su vocación. ¿Cómo envilecer a los hombres y a las mujeres?
Haciéndolos vestirse de cualquier manera; imponiendo a todos y a todas, por
ejemplo, la moda del «jean unisex». Esto no solo es de mal gusto y feo, sino
que es, en sentido estricto, revolucionario. Ustedes conocen la frase de Paul
Bourget; se aplica aquí perfectamente: «A fuerza de no vivir como se piensa, se
termina por pensar como se vive.»
Es a la luz de estos principios que hay que
juzgar, entre otras cosas, la cuestión del pantalón. Muchas mujeres, que no
tienen malas intenciones, invocan a este respecto razones de comodidad, de
costumbre generalizada, de facilidad. Pero ninguna de estas razones podría
prevalecer si se quiere reflexionar que el pantalón, que es una prenda de
hombre, desnaturaliza a la mujer. Y, desde entonces, no se puede sino afligirse
al ver a tantas mujeres cristianas convertirse demasiado fácilmente en las
víctimas consentidoras de aquello que, en el fondo, las destruye y las rebaja.
Es todavía el mismo principio el que gobierna la
prescripción que pide a las mujeres que se cubran la cabeza en la iglesia.
¿Saben que son los propios apóstoles san Pedro y san Pablo quienes se lo
ordenan a las mujeres cristianas? ¡No es poca cosa, después de todo! Y las
razones que dan son muy sugestivas. Vinculan esta prescripción al estatuto propio
de la mujer, tal como lo hemos expuesto. Mientras que el hombre, porque está
llamado a gobernar, debe rezar con la cabeza descubierta, dice san Pablo, la
mujer, por el contrario, debe cubrirse la cabeza. Dicho de otro modo, este velo es el signo de su vocación, la
marca de su dignidad cristiana y de su nobleza. Al aceptar borrarse, la
mujer se rehabilita y se convierte para el hombre en un apoyo, una fuerza, un
instrumento de salvación. Humillada por el recuerdo de Eva, y aceptando de buen
grado su humillación, se reviste poco a poco de María y se convierte en mujer
cristiana, milagro de la gracia y ejemplo de todas las virtudes. ¿No es
magnífico? Entonces, ¿vamos a considerar como nada estos preceptos que se
remontan a los apóstoles? Es desolador constatar que los sacerdotes están en la
obligación de justificar, a veces con tantas dificultades, cosas que en el
fondo son tan simples y tan tradicionales. En lugar de murmurar y protestar,
como lo hace de buen grado la mentalidad moderna, consideremos estas cuestiones
con los ojos de la fe. Entonces todo se vuelve transparente.
Porque hay que comprender bien que, detrás de estas
cuestiones relativas a la modestia, hay un asunto considerable para la propia
mujer y para la sociedad. La mujer tiene
un gran poder. Puede hacer mucho tanto para el bien como para el mal. El
padre Emmanuel resumía esta verdad con estas palabras: «Los hombres, en general, no podrían ser castos si las mujeres, en
general, no son modestas.» Por eso hay aquí, para la mujer, una piedra de
toque. Es sobre esta cuestión que, muy a menudo, se encuentra ante la
encrucijada. Es muy sencillo: ¿qué modelo va a seguir? ¿Eva o María? «La crisis
de la vanidad en una mujer es decisiva, decía también el padre Emmanuel; si es
felizmente superada, para ella es la salvación.»
Si, pues, la Iglesia puede parecer intransigente
sobre este punto, es porque conoce la importancia de lo que está en juego. Esta
intransigencia es necesaria. Cuando una mujer acepta, por poco que sea, la
insolente tiranía de la moda, llega, de concesión en concesión, a sufrir sus
exigencias desvergonzadas; y pronto se produce este lamentable fenómeno, que
hoy se constata en todas partes: que una mujer honesta ya no se distingue
exteriormente de una mujer frívola: la mujer honesta sufre la ley degradante de
la mujer frívola.
Porque hoy se tendería a considerar estas
cuestiones de vestimenta como detalles sin importancia, a irritarse por ellas,
e incluso a tratar de anticuada o farisaica la preocupación que tienen por
ellas los buenos cristianos, so pretexto de que lo que más importa es el
interior. Por supuesto, la vida interior importa más. Pero esto es olvidar que
el hombre es un todo y que no se puede separar el interior del exterior. Sin
duda, la conversión debe comenzar por el interior de las almas; pero mientras el exterior no se ponga en armonía
con el interior, el bien no es estable ni duradero. Y por eso el espíritu
cristiano, allí donde existe, necesariamente deja su huella en los
comportamientos, en la conversación, en la manera de vestir, etc. Esto es
lo que san Pablo nos enseña cuando dice que no hay que contentarse con «creer
de corazón», sino que también hay que «confesar de boca», es decir, extender a
todos nuestros actos, a todos nuestros comportamientos, las prácticas de la verdadera
vida cristiana. Vean precisamente las epístolas de san Pablo: nadie ha hablado
como él del «hombre interior», lo cual no le impidió dedicar varias páginas de
sus cartas (¡inspiradas!) a estas cuestiones relativas a la modestia cristiana
y al velo de las mujeres en la iglesia. Dom Maréchaux precisaba con razón: «Hay
aquí una cuestión que supera una simple cuestión de modas. Se trata de la
integridad de las almas, que la vanidad ataca. Ahora bien, un alma atacada,
como un fruto atacado, es un alma que se echa a perder.»
También era este el pensamiento del padre Calmel.
En un texto profundo, este muestra que la inmodestia es, para la mujer, una
verdadera profanación:
La desnudez de las modas actuales constituye un deshonor para la mujer, una
tentación para los hombres y ofende verdaderamente al Señor. Sin ninguna duda,
es muy grave que las mujeres y las jóvenes ya no sientan estas cosas o, al
menos, que finjan ya no sentirlas; la insensibilidad en estos ámbitos, tan
graves y tan elementales, demuestra que en ellas algo fundamental ha sido
afectado y más o menos falseado o destruido: es el sentido mismo del pudor
el que está debilitado o aniquilado. Es porque muchas mujeres y jóvenes ya
no tienen el sentido de la pureza, se consideran sin respeto y aceptan su
profanación, que se dejan arrastrar por modas vergonzosas [4].
[1] - Le
Sel de la terre dedicó un número especial al padre Emmanuel con
ocasión del centenario de su muerte, en marzo de 2013 (n.º 44, primavera de
2003, 480 p.).
·
— Esta
parte resume las explicaciones dadas por el P. Emmanuel en tres artículos
publicados después de su muerte, en el t. XIV del Boletín de Notre-Dame de la Santa Esperanza, bajo
el título: «La familia según Dios» (números de enero-febrero, mayo-junio y
noviembre-diciembre de 1921).
·
— Esta
parte se inspira en un artículo de Dom Maréchaux publicado en el t. IX del Boletín de Notre-Dame de la Santa Esperanza,
titulado: «El rosario de los hombres y la modestia de las mujeres» (p. 484-486,
julio de 1903).
[2] — Véase Le Sel de la terre
179, p. 129.
[3] — Padre J. Dassonville S.J., El
II.º voto nacional al Sagrado Corazón, 1871-1944. La Consagración de Francia al
Sagrado Corazón. El papel del jefe de familia, París,
Issy-les-Moulineaux, Ed. Saint-Paul, 1944.
[4] — «¿Tiene importancia el vestido en la fidelidad a Jesucristo?», dossier
espiritual de la peregrinación de Pentecostés de 2002, «Salvemos al niño».
[5] — Itinéraires n.º
81, p. 119.
Fuente:
Le Sel de la terre n° 91, Invierno 2014-2015,
p. 88-116.
