¿Quién fue realmente Benedicto
XVI?
“El sistema teológico de Joseph Ratzinger,
aunque expresado en un lenguaje aparentemente respetuoso de la Tradición, es
inaceptable para quienes pretenden permanecer fieles a la doctrina inmutable de
la Iglesia, tal como es conservada y definida por el Magisterio auténtico e
infalible, y debe ser rechazado como contrario a la fe católica.
Las conclusiones expuestas aquí no son una
tesis entre otras, sino una constatación teológica obligatoria: el sistema
ratzingeriano pertenece al modernismo; la fe católica pertenece a la Revelación
inmutable. No hay continuidad ni mediación posible entre estas dos visiones:
aceptar una significa rechazar la otra.
Ratzinger fue el más peligroso de los
modernistas, porque dio al veneno del neomodernismo posconciliar el perfume de
la Tradición. Y mientras esto no sea reconocido, la Iglesia permanecerá
prisionera de la ambigüedad”.
Bulletin des Amis de saint Francois de Sales
N° 238 Janvier-février
2026, Suisse.
El 31 de
diciembre de 2022, Joseph Ratzinger entregaba su alma a Dios para recibir el
juicio sin apelación del divino Redentor.
Como
muchos, yo también había terminado por idolatrar a Benedicto XVI, llegando a
considerarlo como una especie de nuevo santo Tomás de Aquino de nuestro tiempo,
frente al desastroso pontificado del papa Francisco. Sin embargo,
posteriormente me pregunté si la crisis en la Iglesia había comenzado realmente
en 2013 y, dejando de lado toda toma de posición ideológica y estudiando la
sana doctrina, el Magisterio perenne y la verdadera teología católica, la
conclusión a la que llegué (¡si se es sincero e intelectualmente honesto, es la
única conclusión a la que se puede llegar!) es que Joseph Ratzinger no puede de
ningún modo ser considerado como el más grande teólogo de la historia o de
nuestra época contemporánea, ni ser identificado con el katechon bíblico (del
griego “Tò, Katèxov”, “el que retiene”), como sostienen algunos, en referencia
a la figura que, según 2 Ts. II, 6, retrasaría el advenimiento del Anticristo y
el fin de los tiempos. Por el contrario, representó un paliativo: no el médico
que cura, sino aquel que oculta la enfermedad con bálsamos preciosos.
Alabarlo
únicamente porque llevaba la mozzetta, la piel de armiño, el camail, el fanón,
vestiduras “gloriosas”, etc. (como algunos lo hacen hoy con respecto al papa
León) demuestra una profunda ingenuidad. ¡Una revolución también puede hacerse
con tiara y capa pluvial! Quizá allí reside su mayor responsabilidad con
respecto a los demás. Frente a un mal profundo y sistémico, no basta con
cubrirlo de bellas palabras o de un lenguaje refinado: hay que erradicarlo.
Su
teología presenta posiciones y orientaciones problemáticas, neomodernistas (ya
reconocidas por su profesor M. Schmaus, quien al principio había rechazado su
tesis de habilitación). Entre los excelentes críticos se encuentran Mons. Antonio Livi, Mons. Francesco
Spadafora, Mons. Bernard Tissier de Mallerais (“La extraña teología de Benedicto XVI. ¿Hermenéutica de continuidad o
ruptura?”, Ed. du Sel, 2013); Carlo
Di Pietro (Joseph Aloisius Ratzinger. L'altra
teologia del “papa emerito”, Edizioni Radio Spada, 2015), Enrico Maria Radaelli (“En el corazón de Ratzinger. En el corazón
del mundo”, Éditions Pro Manuscrit, Aurea Domus, 2017); Don Andrea Mancinella (“Golpe de Estado en la Iglesia”, Radio
Spada, 2023); Aldo Maria Valli (en “Don Daniele Di Sorco”, ed.); (“Palabras claras sobre la Iglesia”, Radio
Spada, 2023); Danilo Quinto (“El trigo y la cizaña”, Controvento,
2025); don Curzio Nitoglia (“Contra ciancias”). (1)
En su “Introducción al cristianismo” (1968)
—que se impone a todos los estudiantes de teología de primer año— Ratzinger ya
había enunciado las premisas de una fe incierta, marcada por la duda,
describiendo al creyente como suspendido «por encima del océano de la nada»,
condenado a vivir en la tensión entre la duda y la fe, en una «prisión lúgubre»
(Introducción al cristianismo, p.
37).
Pero san
Pablo enseña: «Lo que puede conocerse de Dios es manifiesto para ellos [...]
por lo tanto, son inexcusables» (Rm. I, 19-22). La Escritura es clara, y la
Iglesia enseña infaliblemente que la existencia de Dios puede ser conocida con
certeza por la razón, y que negarla conlleva el anatema.