¿Desarrollo
o contradicciones?
Al católico convenientemente informado, y con mayor
razón al sacerdote y al religioso, hoy se le impone la siguiente elección: o
resistir a la nueva corriente eclesial y entonces ser acusado de rebelión
contra la autoridad, o bien, adaptándose a esta orientación, negar ipso facto
la infalibilidad de la Iglesia, que hasta el Vaticano II, en lugar de “guardar,
transmitir y explicar fielmente el depósito de la Fe” (Primer Concilio
Vaticano), habría durante tantos siglos ignorado, errado y jurado “sin saber lo
que debía creer” (San Vicente de Lérins: Commonitorium).
La adaptación a la nueva orientación eclesial es,
sin duda alguna, más cómoda para la naturaleza humana, que detesta el esfuerzo
y la lucha; pero es el camino más directo hacia la apostasía y está igualmente
en oposición al más elemental sentido común. Admitiendo que las contradicciones
actuales con lo que siempre fue creído, enseñado y, por tanto, puesto en
práctica en la Iglesia, provengan de esta misma Iglesia, ¿por qué se debería
prestar fe hoy a una institución que se equivocó ayer y que podría entonces
equivocarse también hoy?
Estos mismos innovadores que imponen sus
innovaciones en nombre de la Iglesia parecen resentirse del peso decisivo de
esta objeción y por eso afirman que las novedades actuales “se inscriben en la
única Tradición de la Iglesia” (cardenal Ratzinger), como si fueran desarrollos
de la única e inmutable verdad. Pero no basta afirmar que una novedad se
inscribe en la Tradición de la Iglesia; es necesario que realmente se inscriba
en ella, y esto es evidentemente imposible cuando estas novedades chocan
abiertamente con la Tradición. A menos que se quiera renunciar a la lógica, con
su principio de no contradicción, y a las declaraciones solemnes del Primer
Concilio dogmático Vaticano sobre la inmutabilidad sustancial de la Tradición
(Dz. 1800), incurriendo en la excomunión del canon correspondiente (Dz. 1818).
En realidad, la única e inmutable Verdad no puede desarrollarse y, por tanto,
progresar, como jamás progresó durante dos mil años, por medio de
contradicciones. Las contradicciones doctrinales en la Iglesia siempre fueron
denominadas errores o herejías; no pueden ser propagadas como si fueran
progreso y desarrollos doctrinales, salvo en el triunfo actual de la herejía
modernista, cuya esencia reside precisamente en considerar que “en la
tradición, todo es relativo y sujeto a cambios” (San Pío X, Alocución
consistorial, A.A.S. 1.40, 1907, p. 268).
Por tanto, a las almas rectas, a las cuales la “perversión
modernista de la inteligencia” (Marcel de Corte) aún no les ha quitado el
“miedo a la contradicción” (R. Amerio), se les impone el deber de resistir a la
nueva orientación eclesial porque ella está, en todos los ámbitos, en
contradicción con el pasado de la Iglesia.
El arma de los innovadores
Para evitar o al menos contener esta resistencia,
los autores y partidarios de este vuelco modernista en la Iglesia recurrieron a
numerosos medios, pero sobre todo al arma de la obediencia.
Pero entonces surgen tres preguntas:
1.
¿Obediencia
a qué?
2.
¿Qué
obediencia?
3.
¿Obediencia
a quién?
¿Obediencia a qué?
Desde el Concilio, la Iglesia ya no dio una orden
que tenga las características propias de una orden, de modo que se sepa con
exactitud: cuál es el objeto de esta orden y si el legislador tiene voluntad de
obligar.
La propia reforma litúrgica, que fue durante largo tiempo el punto neurálgico del conflicto, no tuvo una real y correcta promulgación jurídica, si es cierto que la promulgación de una nueva ley debe hacerse “de tal modo que revele la voluntad del legislador de establecer la ley, y que coloque a la comunidad en condiciones de conocerla” (Roberti Palazzini, Diccionario de Teología Moral, voz: promulgación de la Ley). Ahora bien, el propio cardenal Bugnini, factótum de la reforma, tratando de la “obligación del [nuevo] misal”, nos demuestra que jamás se consideró oportuno responder a las insistentes peticiones de los Obispos para una declaración oficial. Cuando, a instancia de Mons. Sustar, Secretario del Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas, la Congregación para el Culto elaboró una respuesta y la sometió al Secretario de Estado, éste respondió el 15 de octubre de 1973 (prot. n.º 243874): “Dada la delicadeza del asunto, objeto de polémica, parece oportuno que Vuestra Excelencia responda a quien le escribió de manera enteramente personal, por una carta no oficial y sin número de protocolo”: “Se quería esclarecer el problema sin ofender a nadie”, escribe Mons. Bugnini.






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