Mons.
Viganò afirma que León XIV ha intensificado la agenda de Francisco, no la ha
frenado
En esta entrevista
exclusiva, Mons. Viganò sostiene que cambiar la manera en que los católicos
rinden culto termina cambiando aquello en lo que creen, haciendo de la reforma
litúrgica un elemento central de la crisis posconciliar.
Gaetano Masciullo
(LifeSiteNews)
— En la Parte 1 de esta entrevista, el arzobispo Carlo Maria Viganò
afirmó que las reformas asociadas con el Concilio Vaticano II debilitaron el
papel de la Iglesia como katéchon, la fuerza que frena la propagación
del espíritu del Anticristo en la historia. Abordó la naturaleza de la
autoridad papal, la distinción entre el papado como institución divina y los
papas individuales al criticar los desarrollos posconciliares, el auge de la
sinodalidad y las mujeres en el liderazgo del Vaticano.
Esta segunda parte de la
entrevista se centra en la crítica de Viganò a la Iglesia posconciliar, con
especial atención a la reforma litúrgica y a Traditionis Custodes como
instrumentos de una transformación teológica más amplia. También aborda el
pontificado de León XIV, particularmente las acusaciones de redes de protección
entre las élites eclesiásticas y la influencia de fuerzas ideológicas y
globales sobre la jerarquía contemporánea.
LifeSiteNews: A lo largo de toda esta crisis, usted
siempre ha identificado la reforma litúrgica no como una consecuencia, sino
como una causa. ¿Por qué la cuestión de la Misa, a su juicio, es anterior y más
decisiva que la cuestión doctrinal? ¿Y qué significado tiene en este contexto
la implacabilidad de Traditionis Custodes, mantenida intacta por León
XIV?
Arzobispo Carlo Maria
Viganò: Porque la Iglesia siempre ha sabido lo que los modernistas
deliberadamente olvidaron: ut legem credendi lex statuat supplicandi
(«que la ley de la oración establezca la ley de la creencia»). Es la ley de la
oración la que establece la ley de la fe, y no al revés. El pueblo cristiano no
aprende el dogma de los manuales: lo respira en el altar. Un hombre que durante
años se ha arrodillado ante el Santísimo Sacramento, que ha visto al sacerdote
vuelto hacia Dios y no hacia la asamblea, que ha presenciado la Consagración en
el sagrado silencio del Canon Romano, cree en la Presencia Real y en el
Sacrificio, aunque no supiera formular los dogmas correspondientes; y ningún
teólogo logrará quitarle esa fe. Cambie la manera en que una persona reza, y
cambiará aquello en lo que cree, sin que ella lo advierta y sin que nadie tenga
jamás que formular una sola proposición herética.
Por eso digo que la reforma litúrgica no fue una consecuencia de la crisis: fue su instrumento. Fue la manera más rápida y segura de obtener aquello que una definición jamás habría conseguido. Obsérvese: es la aplicación perfecta de aquel principio bergogliano según el cual «el tiempo es superior al espacio». No se define nada, se inicia un proceso, y luego solo hacen falta un par de generaciones para que el resto se acomode en su lugar. Cualquiera que quiera confirmar este método debería leer el Breve examen crítico del Novus Ordo Missae, de los cardenales Ottaviani y Bacci, quienes ya en 1969 advertían que el nuevo rito «se aparta de manera impresionante, en su conjunto y en sus detalles, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada en la Sesión XXII del Concilio de Trento». No eran dos sediciosos: uno era el antiguo secretario del Santo Oficio[1] y el otro era un cardenal de la Curia. Fueron ignorados, y hoy las estadísticas sobre la creencia en la Presencia Real confirman cuánta razón tenían. Cranmer comprendió cuatro siglos antes que cambiar la Misa basta para cambiar la religión de un pueblo, y no necesitó negar ningún dogma para erradicar el Santo Sacrificio de Inglaterra.



.jpg)








.jpg)