Por RAFAEL GAMBRA CIUDAD
Hace unas
semanas, en diciembre pasado [1982], se ha cumplido el 20 aniversario de la
clausura del Concilio Vaticano II. Ningún acontecimiento como éste ha
repercutido tanto en nuestras vidas, como católicos y como españoles.
Recordemos hoy los hechos.
En
septiembre de 1965 una parte importante de los Padres Conciliares se resistía a
aceptar la Declaración de Libertad religiosa propuesta al Concilio por su
sector progresista. No: examinado a la luz de la Escritura, de la Tradición y
de la razón, aquello no era más que un dogma de los enciclopedistas del siglo
XVIII y de la revolución francesa. Lo que fue declarado erróneo por los
anteriores pontífices —Gregorio XVI, Pío IX, San Pío X, Pío XII— ¿cómo
declararlo hoy verdadero y justo?
Pablo VI,
sin embargo, quiere sacar adelante su proyecto de ecumenismo en una metarreligión
universal que rinda un culto al hombre, a su dignidad y libertad. Y no va a
dudar en forzar la mano al Concilio. A principio de octubre realiza un
inopinado viaje a la ONU para dirigirse allí, en Manhattan, a la Asamblea
General como "experto en humanidad". Después de orar unos minutos en
la capilla masónica del dios impersonal, afirma ante el asombro de los
creyentes Los derechos fundamentales del hombre que aquí (en la ONU) se
proclaman: su dignidad, su libertad, y, ante todo, su libertad religiosa. Sentimos
—añade— que vosotros sois los intérpretes de lo que hay de más alto en la
sabiduría humana. Diríamos casi: su carácter sagrado. Porque se trata ante todo
de la vida del hombre, y la vida del hombre es sagrada.
De
regreso a Roma, logra de la mayoría progresista y del estupor abatido de la
minoría fiel que el Concilio integre en sus actas la libertad religiosa (en el
fuero externo) proclamada por el pontífice en la asamblea masónica de
Manhattan. Sería la Declaración Dignitatis Humanae. Ese día algo muy
profundo se removió en las entrañas de la Iglesia.
Los
resultados fueron fulminantes y aniquiladores: los clérigos se quitan el hábito
talar y se secularizan por millares, los seminarios se vacían, desaparece el
latín y el canto gregoriano, la misa se altera y protestantiza, la Iglesia
oficial abraza la democracia, y miles de clérigos el marxismo y aun la
guerrilla revolucionaria; los regímenes católicos que existían se hunden
víctimas del desarme moral; la corrupción ambiental llega a términos
sodomíticos; las misiones se paralizan o se ponen al servicio de la UNICEF,
cesan las conversiones al catolicismo y, entra éste en recesión mientras el
Islam y el hinduismo inician su expansión. "Por sus frutos los conoceréis".
No faltan
quienes se obstinan en no ver una relación de causalidad entre el Concilio y
este desastre clamoroso; incluso en negarla. Es como negar la relación entre el
rayo y el trueno. ¿Por qué habría "de entrar Satanás por alguna
rendija" si previamente, con la apertura y el aggiornamento, se han
abierto de par en par las puertas y ventanas al Mundo (y al Príncipe de este
Mundo)?
Pero aún
más aterrador fue el discurso del
Papa en la clausura del Concilio, el 7 de diciembre. Recordemos: "La Iglesia del Concilio, es cierto, se ha
ocupado mucho del hombre (...), del hombre que se hace no sólo en centro de
cuanto le interesa, sino que osa pretenderse principio y razón última de toda
realidad (...). El humanismo laico y profano se ha presentado al fin en su
terrible estatura y ha, en un sentido, desafiado al Concilio. La religión del
Dios que se hizo hombre se ha encontrado con la religión —porque lo es— del
hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, un anatema?
Podría haber sucedido, pero no fue así. La vieja historia del samaritano ha
sido el modelo de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía sin límites lo
ha invadido por completo. El descubrimiento de las necesidades humanas —y son
tanto mayores cuanto más grande se hace el hijo de la tierra— ha absorbido la
atención de este Sínodo.
"Reconocedle al menos este mérito,
vosotros humanistas modernos que renunciáis a la trascendencia de las cosas
supremas, y sabed reconocer nuestro nuevo humanismo; nosotros también, más que
nadie, profesamos el culto del hombre".
Tal vez
estas palabras pasen a la historia como el preludio de los tiempos
(profetizados) del Anticristo. Al menos, son dignas de serlo. No es tampoco
imposible que él (el Anticristo) haya tenido en Montini su Juan Bautista.



.jpg)






.jpg)