Por GABRIEL CAMILLI
Cnl My (R) - Director del Instituto ELEVAN.
Cuando
el fútbol, la soberanía y la guerra cognitiva ingresan en un mismo campo de
batalla
Ha
terminado el Mundial y, paradójicamente, lo menos importante para comprender lo
ocurrido es el resultado futbolístico. La derrota argentina frente a España
puede analizarse desde la táctica, el rendimiento de los jugadores o las
decisiones arbitrales. Todo ello pertenece al deporte y corresponde a quienes
conocen sus secretos. Pero alrededor de la Selección se produjo otro
enfrentamiento, menos visible y acaso más significativo: una disputa por la
imagen internacional de la Argentina, por sus símbolos, por su identidad y por
la legitimidad de sus reclamos nacionales.
Durante
las últimas semanas se multiplicaron en las redes sociales expresiones de
hostilidad contra nuestro país. La crítica deportiva se transformó
progresivamente en una impugnación moral de los argentinos. A las acusaciones
de favoritismo arbitral y juego violento se sumaron imputaciones de racismo,
soberbia, corrupción, nazismo, rechazo de la identidad latinoamericana y hasta
comparaciones geopolíticas completamente ajenas al fútbol.
Un
relevamiento difundido por La Nación, basado en unas 40.000
publicaciones realizadas en X entre el 11 de junio y el 20 de julio, identificó
varias narrativas negativas convergentes. Sólo una de ellas era estrictamente
futbolística. Las restantes atacaban aspectos históricos, culturales y
políticos de la Argentina. Los especialistas consultados detectaron, además,
conversaciones que habrían sido generadas o amplificadas artificialmente,
aunque todavía no existe una atribución pública concluyente que permita
determinar quiénes las promovieron.
Esta
distinción es fundamental. Una cosa es comprobar la existencia de
comportamientos anómalos, redes coordinadas, cuentas automatizadas o
amplificación algorítmica. Otra muy distinta es identificar con certeza a sus
organizadores, financistas o beneficiarios. La primera afirmación encuentra
indicios relevantes; la segunda exige una investigación forense que todavía no
ha sido presentada públicamente.
Sin
embargo, la ausencia de una atribución definitiva no vuelve irrelevante el
fenómeno. Por el contrario, permite comprender una característica central de la
conflictividad contemporánea: las campañas de influencia ya no necesitan
presentarse como operaciones centralizadas, uniformadas y fácilmente
reconocibles. Pueden surgir de la convergencia entre actores políticos,
intereses económicos, medios de comunicación, activistas, usuarios
particulares, redes automatizadas y algoritmos capaces de premiar los
contenidos más agresivos.
No
siempre existe un único director de orquesta. A veces basta con introducir una
narrativa eficaz para que miles de voluntades distintas la reproduzcan por
razones diferentes.
Cuando
Malvinas entró en la cancha
El
punto de inflexión se produjo durante el partido entre la Argentina e
Inglaterra.
Hasta
entonces, la Selección era el equipo campeón que buscaba defender su título.
Pero la aparición de una bandera con la inscripción “Las Malvinas son
argentinas” modificó el significado del acontecimiento. El mensaje recorrió
instantáneamente el mundo y coincidió con una controversia diplomática por la
presencia del buque militar británico HMS Medway en el Atlántico Sur. El
Gobierno argentino presentó una protesta ante el Reino Unido y la cuestión
Malvinas volvió a ocupar espacio en medios internacionales.
¿Podemos
pensar que, desde ese momento, el partido dejó de ser exclusivamente un partido?
Durante
unos pocos segundos, una bandera modesta llevó el reclamo soberano argentino
ante una audiencia de centenares de millones de personas. Ninguna campaña
publicitaria de la Cancillería, ningún seminario académico y ninguna
declaración diplomática habría alcanzado semejante difusión.
La
Selección se convirtió, voluntaria o involuntariamente, en un vector de
identidad nacional.
Eso explica la intensidad de las reacciones posteriores. No era solamente Messi. No eran únicamente once jugadores ni una controversia arbitral. Lo que se había proyectado era una nación, una memoria histórica y una cuestión territorial todavía pendiente.










