CON GAETANO MASCIULLO PARA LifeSiteNews
Sobre el Concilio, el Katechon y el Cisma de la
Cabeza -
Primera Parte
Carlo Maria Viganò
Gaetano
Masciullo: Excelencia, en su nuevo libro usted sostiene que hoy el primer
enemigo del Papado es el propio Papa. ¿Cómo se explica esta paradoja?
La
paradoja es solamente aparente, y se resuelve en cuanto se distingue aquello
que la teología católica siempre ha distinguido: el Papado como institución
divina, querida por Nuestro Señor cuando dijo a Pedro Tu es Petrus, y la
persona que en un determinado momento de la historia ocupa su Cátedra. El
Papado es indefectible, porque es de Cristo; la persona del Papa es un hombre,
con su libre arbitrio, que puede corresponder a la gracia de estado o
rechazarla. Por otra parte, la Iglesia reza por el Sumo Pontífice pidiendo a la
Majestad divina que conserve en la santa Religión al Domnum Apostolicum,
precisamente porque sabe que su perseverancia en la Fe no está garantizada
automáticamente por el oficio. Si no fuera así, es decir, si el Papa estuviera
exento de la posibilidad de faltar a su mandato, rezar por él no tendría sentido.
Cuando un
Pontífice utiliza la autoridad que le ha sido conferida ad ædificationem
para demoler aquello que esa autoridad está llamada a custodiar —la doctrina,
la liturgia, la disciplina, la misma constitución monárquica y jerárquica de la
Iglesia— se pone en contradicción con su propio munus. Ya no es el
servidor del Papado: es su primer adversario, porque ningún enemigo externo
podría herir a la Iglesia tanto como aquel que la hiere desde dentro revestido
con la vestidura de Pedro.
He
llamado a este fenómeno cisma capital en el sentido propio de la
palabra: un cisma que parte del caput, de la cabeza. El cisma clásico es
la separación de una porción del cuerpo de la cabeza; aquí asistimos a lo
contrario: es la cabeza la que se separa del cuerpo místico y de la Tradición
que la precede, que se rebela contra aquello que sus predecesores han enseñado
y que él tendría la obligación de transmitir intacto. San Pablo lo dice con
palabras que no admiten réplica: sed licet nos aut angelus de cœlo
evangelizet vobis præterquam quod evangelizavimus vobis, anathema sit (Gál
1,8-9). Ni siquiera un ángel, ni siquiera un Apóstol, ni siquiera el Sucesor
del Apóstol Pedro puede anunciar otro evangelio. El Papa es el custodio del Depositum,
no su dueño; y quien de custodio se hace dueño, traiciona la razón misma por la
cual Nuestro Señor Jesucristo instituyó el Papado en forma vicaria.
Gaetano
Masciullo: Usted compara la situación actual con la remoción del katéchon de la
que habla San Pablo (2 Tes 2, 6-8). ¿Qué papel desempeña la figura de León XIV
en esta dramática remoción del “freno” a la iniquidad?
Los
Padres y los grandes comentaristas han visto en el katéchon, en «aquel
que retiene», tanto el Imperio romano cristiano como, con él, la autoridad de
la Iglesia, y de modo eminente la autoridad del Papado, que durante siglos ha
opuesto un dique al mysterium iniquitatis. Ese freno comenzó a ser
aflojado desde el momento en que la jerarquía, con el Concilio Vaticano II,
renunció a ejercer su autoridad en el sentido querido por Cristo, para buscar
la conciliación con el mundo, con el pensamiento moderno, con la Revolución.
Desde entonces, quien debería haber retenido comenzó a secundar.
León XIV
se inserta en este proceso no como un innovador, sino como aquel que lo
consolida y lo hace presentable. Bergoglio desarticuló el Papado con violencia;
Prevost da a esa desarticulación una forma institucional, «ordenada», casi
tranquilizadora. Su tarea —y creo que es perfectamente consciente de ello— es
hacer irreversible la sinodalidad, es decir, aquella «revolución permanente»
que lleva el Concilio a sus consecuencias extremas, y hacer que la Iglesia
Católica deje definitivamente de ser un obstáculo al proyecto masónico y
globalista. Cuando el Papa ya no es freno sino acelerador, la remoción del katéchon
no es un acontecimiento futuro: es lo que sucede ante nuestros ojos. Y el Señor
nos ha advertido: tunc revelabitur ille iniquus. No lo digo con
complacencia apocalíptica, sino con el dolor de un Obispo que ve a la Esposa de
Cristo entregada a sus enemigos por quien debería defenderla.
Gaetano
Masciullo: Frente a las sanciones canónicas, usted invoca el estado de
necesidad, como, por lo demás, lo ha hecho la Fraternidad San Pío X para sus
nuevas consagraciones episcopales. ¿Cómo responde a tantos conservadores que lo
acusan de desobediencia formal al Papa?
Respondo que la obediencia es una virtud, no un ídolo. Tiene por objeto un mandato legítimo dado por una autoridad legítima para el fin para el cual existe esa autoridad. Cuando el mandato es contrario a la Fe, a la ley divina o al bien de las almas, no solamente no obliga, sino que obliga a no obedecer: obœdire oportet Deo magis quam hominibus (Hech 5,29). Esto no es una invención de los tradicionalistas: es San Pedro, es Santo Tomás, es el Magisterio de siempre, es la conducta de los Santos que han resistido a los Pontífices cuando estos se han equivocado, desde San Pablo que resistió a Pedro in faciem, hasta San Atanasio y Santa Catalina de Siena.




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