Por MARCELO GONZÁLEZ
Sin ánimo
de polemizar con personas de sólida formación intelectual y buena doctrina, que
califican la pasión futbolística como una mera idolatría, me atrevo a
hacer unas pocas reflexiones matizando -apenas la Argentina se ha lanzado a las
calles a festejar su paso a la final del campeonato mundial-. Deberá defenderlo
ante la selección de España en pocos días y si bien será un partido “final”,
quizás no disfrute tanto si lo gana como lo ha hecho al vencer al seleccionado
de Inglaterra (nótese, no Gran Bretaña).
Admitiendo
lo indiscutible, a saber, que el negocio del fútbol está entre los más
lucrativos de la historia contemporánea y en crecimiento, y además que nuestras
naciones pavorosamente descristianizadas han caído en una pasión casi
desenfrenada por este deporte, su popularidad es asombrosa y genuina en todo el
mundo. Y por lo tanto, si bien una forma de idolatría como tantas, más o menos
matizada, según las personas y las circunstancias y otras características que
queremos señalar. Sin ese poderoso atractivo jamás se hubiera podido montar tan
fabuloso negocio. Y el negocio alimenta la pasión, cierto, pero la pasión
produce el negocio y le da la posibilidad de ampliarlo en múltiples
direcciones.
Sin
embargo… en los deportes internacionales, incluyendo los masónicos juegos
olímpicos modernos, pueden observarse signos de una condición natural, humana,
el amor por lo propio, por la tierra, por la bandera. En los campeonatos
internacionales, de momento y seguramente por mucho tiempo, lo que se defiende
es la representación de una bandera nacional. Las nacionalidades modernas,
pos-revolucionarios sin duda pero a pesar de ello son el resto más genuino que
nos queda de un tiempo en que las personas tenían un arraigo y ideal que
admirar y defender, por lo que dar la vida a lo largo de años de trabajo o en
una sola batalla. Las banderas pesan. Sobre todo cuando los jugadores son
nacidos bajo esa misma bandera que defienden y no importados por medio de
trucos legales, cosa que viene ocurriendo ya mucho en Europa.
Decía el
padre Castellani que el fútbol es un deporte jerárquico, sus
cuadros tienen un capitán, los partidos un juez (cuya autoridad también tiende a
ponerse en cuestión hoy bajo razones técnicas) pero juez sigue siendo casi
inapelable. Es su forma pura son escuadras que se someten a un general (el
director técnico) y a un capitán que anima y ordena el juego en el campo,
normalmente más eficaz cuando él mismo es ejemplo de orden y disciplina. A
veces juegan sucio y se finge: nada más natural para quienes son hijos del
pecado original como todos nosotros. Pero eso no nos impide se leales a una
causa, son pecado que se borran cuando al final del encuentro se manifiesta la
caballerosidad.
En un
ensayito a modo de diálogo sobre la educación el padre fantasea un diálogo en
el que un joven discute con su tío, hombre a la antigua, que ve en este deporte
y en otros una pérdida de tiempo y un embrutecimiento. Dice el tío en diálogo
con su sobrino:
—Lo que
yo censuro no es el juego en sí, es el entusiasmo exagerado de las turbas.
Revela poquísimo ideal, poquísima elevación de miras, un materialismo craso, el
culto animal de la fuerza...
—El
pueblo tiene que admirar alguna cosa, tío. Ay del pueblo sin entusiasmo. “We live of admiration, hope and love”, dijo un poeta.
(Para
que vea si sé solamente jugar fútbol). “Il faut que les pauvres gens aient
aussi son ideal”, dijo otro. ¡Que vayan las masas a ver partidos atléticos para
respirar aire puro y olvidar que son desdichadas, tío!
—¿Y no pueden entusiasmarse por cosas un poco más elevadas que la fuerza bruta?










