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| Soldado austrohúngaro, en una trinchera. |
MOTUS IN FINE VELOCIOR
Por FRAY LLANEZA
“Participa a Mis Ministros que, en vista de
que siguen el ejemplo del rey de Francia en la dilación de la ejecución de Mi
Petición, también lo han de seguir en la aflicción. Nunca será tarde para
recurrir a Jesús y a María”.
(Nuestro
Señor a la Hna. Lucía. Relato de la vidente a Mons. da Silva, 29 de agosto de
1931)
“Ellos no han querido escuchar mi demanda.
Como el rey de Francia, se arrepentirán, ellos lo harán, pero será tarde”.
(Nuestro
Señor a la Hna. Lucía. En Notas personales, mayo 1936)
“Para todo sacerdote que quiera
permanecer católico, es un deber estricto separarse de esta iglesia conciliar
mientras ella no regrese a la tradición del magisterio de la iglesia y de la fe
católica”.
(Monseñor
Marcel Lefebvre)
“Estote fortes in bello, et
pugnate cun antique serpente: et accipietis regnum aeternum”.
Sed valientes en la lucha, pelead con la vieja serpiente, y recibiréis el reino eterno.
(Ant.
del Magnificat en el Común de Apóstoles fuera de tiempo pascual)
“El
movimiento se hace más rápido hacia el final”
Esta
fórmula latina de carácter proverbial suele utilizarse metafóricamente para
indicar que, cuando algo se aproxima a su término o caída, los acontecimientos
se precipitan.
Esto es
lo que vemos que ocurre hoy, cada día, en un movimiento más y más acelerado.
Es lo que
vieron los que, a bordo del Titanic, comprendían que el barco se hundía
inexorablemente rápido.
Tratemos
de ver esta tragedia sin los ojos estremecidos de pánico de quienes se
despiertan a la realidad cuando el fin se acerca, y ante el abismo se dejan dominar por el vértigo.
No nos
tapemos los ojos, pero sobre todo, no tapemos los ojos de nuestro espíritu,
para verlo todo sobrenaturalmente.
De aquí
en adelante, nada puede sorprendernos.
Nada.
Todo está
invertido. Ninguna locura es imposible que ocurra, pues el mundo está siendo
manipulado por enfermos desquiciados.
La
Iglesia ocupada por los invertidos, estructurada en la Sinodalidad, avanza en
su tenaz persecución de la Tradición católica, ante la impasible mirada de los
conservadores y los pseudo tradicionalistas.
Muchos no
abren los ojos. No quieren ver.
Otros ven,
pero no les importa.
A otros
les importa, pero callan y no reaccionan.
Otros,
aún, nos creen exagerados o pesimistas.
Lo ha expresado bien el cardenal Pie: “Quiero decirlo bien alto, hermanos
míos: hoy más que nunca, la principal fuerza de los malvados es la debilidad de
los buenos, y el nervio del reinado de Satanás entre nosotros es el
debilitamiento del cristianismo en los cristianos”.
Es para morir de tristeza, si no fuera que nos
oprime la náusea.
No hemos
sido ilustrados de los detalles patéticos, inverosímiles para quienes vivieron
unas décadas en el pasado. Pero hemos sido advertidos de la caída, de la
apostasía, del gran desastre.
La
Revolución del mundo, vehículo de la Sinagoga de Satanás, triunfó en la Iglesia
con el Concilio Vaticano II. Ni los mismos papas conciliares lo pudieron negar.
Ellos abrieron la caja de Pandora. Ahora es tarde para lágrimas.
Una
música incurablemente triste, europeamente nostálgica, envuelve a los
sobrevivientes que son testigos del salvajismo que se aposenta dentro de la
Iglesia y se apodera, en el viejo continente, de monumentos y calles.
Perdida
la fe, todo son ruinas, trofeos de la barbarie ilustrada, que se enorgullece de
su “dignidad infinita”, vaticanamente asegurada.
Quemar,
romper, robar, profanar, corromper, matar, mentir, falsificar, son acciones
meritorias en el tiempo veloz de la caída. ¿Será que los bárbaros lo huelen y
ahítos de esa libertad se extasían entre risas para perderse?
Cada día
una nueva locura, una nueva grotesca y demencial innovación en las iglesias,
por parte de los curas que ya no saben lo que es ser cura. El cura debe
llamarse hoy “locura”.
“Sin el
experimento moderno –escribió Gómez Dávila- no se sabría aun que la libertad
puede corromper más que el tirano”.
Esta es
la “magnífica humanidad” celebrada por los purpurados pacifistas que confiscan
la verdad por miedo, y promueven la falsa hermandad democrática.
La palabra
paz no se cae nunca de la boca de los insensatos que idolatran al hombre y
rechazan al verdadero Dios, Jesucristo.
Se
multiplican las asambleas que anuncian un futuro promisorio: feo, triste,
imbécil, como la nueva y moderna misa Novus Ordo y las nuevas catedrales.
El mal ya
no puede ser malo sin ser a la vez ridículo, obsceno, presuntuoso, como que es
una forma de profesar los derechos del hombre emancipado, es decir, emasculado.
Todas las
formas de la corrupción moral despliegan publicitariamente sus torpezas. Nada
es sagrado.
La
Iglesia conciliar y sinodal es un pozo séptico de perversidades.
Pero todo
tiene un final. Y este final parece estar muy cercano.
La secta
modernista va a pagar muy caro su traición a Jesucristo y su trabajo de
“autodemolición” de la Iglesia.
Le queda
poco tiempo.
La Bondad
de Dios se manifiesta también en su Justicia.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed
de la justicia, porque serán hartados” (Mt. 5,6).
Justicia
para que Dios sea adorado como se debe: en espíritu y en verdad.
Y el
hombre no ocupe su lugar, ese lugar que, incitado por el diablo, neciamente ha
usurpado.
Vuestra resistencia, hermanos míos, consistirá, por
tanto, en mantener vuestro entendimiento firme contra la seducción de todos los
principios falsos y engañosos; y, para ello, formaréis siempre vuestra conciencia
en la escuela de vuestra fe, en la escuela de la Iglesia. […]
Cuando pregunto a los sabios de nuestro tiempo cuál
es la mayor plaga de la sociedad actual, oigo responder por todas partes que es
el deterioro de los caracteres, el debilitamiento de las almas. Sobre este tema
hay frases hechas, que están al alcance de todos.
Pero esta respuesta suscita, por sí misma, una
pregunta ulterior […]: ¿De dónde procede, entonces, este síntoma tan grave del
debilitamiento de los caracteres? ¡Ah! ¿No será cierto que es la consecuencia
natural e inevitable del debilitamiento de las doctrinas, del debilitamiento de
las creencias y, para decirlo con la palabra exacta, del debilitamiento de la
fe?
El valor, después de todo, solo tiene razón de ser
en la medida en que está al servicio de una convicción. La voluntad es una
potencia ciega cuando no está iluminada por el entendimiento. No se camina con
paso firme cuando se avanza en las tinieblas, o siquiera en la penumbra. Ahora
bien, si la generación actual tiene toda la incertidumbre y la indecisión del
hombre que avanza a tientas, ¿no será, oh Señor, porque vuestra palabra ya no
es la antorcha que guía nuestros pasos, ni la luz que ilumina nuestros senderos
(Ps. 118, 105)? Nuestros padres buscaban en todo su orientación en la
enseñanza del Evangelio y de la Iglesia: nuestros padres caminaban a plena luz
del día. Sabían lo que querían, lo que rechazaban, lo que amaban, lo que
odiaban y, por eso, eran enérgicos en la acción. […]
Por eso, hermanos míos, que otros se entreguen a
vanas lamentaciones y a estériles quejas; yo tomaré los acentos del profeta
para decir: La tierra está desolada con una gran desolación porque pronto ya no
habrá ningún bautizado que se acuerde, como debe, de su bautismo, que tenga
conciencia de las grandezas y de las energías de su bautismo. «Jamás había
encontrado a un cristiano tan orgulloso», exclamó el sultán después de haber
escuchado a san Luis. ¡Gran Dios! ¿No estamos a punto de dejar de encontrar en
ninguna parte de la tierra a esa raza de cristianos orgullosos? […]
Devolved, pues, hermanos míos, devolved a vuestra
alma toda la vida, toda la expansión, todo el florecimiento de su bautismo;
volved a ser lo que fueron vuestros padres: verdaderos cristianos, cristianos
orgullosos. […] Pero, para ello, bebed en las fuentes puras, en las fuentes
vivas de la fe cristiana. No os detengáis en esas doctrinas intermedias que
cierto tercer partido, nacido de un capricho de ayer, inventa cada día en
materia religiosa. ¿Acaso este cristianismo empobrecido, debilitado, el único
que encuentra gracia ante ciertos sabios del pórtico moderno, volverá a formar
alguna vez los caracteres vigorosos, los temperamentos sólidamente constituidos
de los tiempos antiguos? No; con las doctrinas disminuidas, con las verdades reducidas,
solo se obtendrán cristianos a medias. […]
Quiero decirlo bien alto, hermanos míos: hoy más
que nunca, la principal fuerza de los malvados es la debilidad de los buenos, y
el nervio del reinado de Satanás entre nosotros es el debilitamiento del cristianismo
en los cristianos.
[Panegírico de san Emiliano, 8 de noviembre de
1859. — ŒE, t. 3, pp. 518-519; 521-522; 525.]
NOTA DEL
BLOG: “Los anticristos en la Iglesia de
Cristo” fue el título que le dio Emanuele Brunatto a un libro que escribió
y publicó en 1933, para defender al Padre Pío de Pietrelcina de la feroz persecución
desatada contra él desde una parte del clero italiano. Era el tercer libro que
hizo con ese fin, y fue decisivo para exonerar al capuchino de las falsas
acusaciones con que pretendían derribarlo. El primero, publicado como este bajo
seudónimo, fue colocado, tres días después de aparecer, en el Index. El
segundo, de 1929, lo distribuyó entre personal selecto del clero. Las calumnias
contra P. Pío alcanzaron a llegar al Santo Oficio, que prohibió al santo
capuchino celebrar misa públicamente y recibir a los fieles o incluso intercambiar
cartas con ellos. Ocurría esto en 1926.
Fue Brunatto,
su primer hijo espiritual y su primer biógrafo, quien inició la defensa del fraile
estigmatizado. Pero debió luchar contra viento y marea, descubriendo la oposición
o la gran indiferencia entre el clero. Fue gracias a la decisiva ayuda de Don
Orione, del Card. Merry del Val, del Card. Gasparri, del Card. Sily y de Mons.
Bevilacqua, que finalmente la verdad salió a la luz y se pudo desbaratar una siniestra
trama de complicidades entre una verdadera mafia de corruptos en el clero
italiano. No sería la única persecución sufrida por el Padre Pío. Y ese hecho nos
hace entender mejor que cuando hay podredumbre en la Iglesia, es sólo a la
manera de Cristo, como una Víctima ofrecida al Padre en una vida santa, como se
contrarresta y se vence. O al menos desde una heroica paciencia y determinación
en el sufrimiento, pero sin renegar de la verdad. Como al P. Pío, también al P.
Dolindo Ruotolo, al P. Castellani y a Mons. Lefebvre (como mucho antes a otros
santos como S. Alfonso) la peor persecución les llegó desde dentro mismo de la
Iglesia. Y estamos hablando de una Iglesia que aun no estaba dominada por sus
enemigos mortales y la herejía modernista. ¿Qué tenemos que decir hoy?
Con lo
que venimos a ver que la cobarde actitud de aceptación sin más, de la
obediencia cobarde y ciega sin buscar restablecer la verdad y la justicia, no
es propia de cristianos. Sobre todo de parte de aquellos que pudiendo defender
a los victimados, no lo hacen, en una borreguil postura de creer que los
superiores no pueden equivocarse y que los malvados se encuentran sólo en la
vereda de enfrente, en la izquierda y los progresistas.
Pero el
fariseísmo está siempre latente dentro de la Iglesia.
Ofrecemos
abajo un par de fragmentos del libro de Brunatto “Padre Pio, mon père spirituel”,
Parole et Silence, 2024.
La
tragedia de Manfredonia
San
Giovanni Rotondo formaba parte de la diócesis de Manfredonia, que desde hacía
veinticinco años estaba gobernada por un obispo simoníaco. Toda esta región de
Apulia, antaño tan religiosa, había sido corrompida por la corrupción de este
prelado. El Padre Pío llevaba una gran pena en el corazón, pero evitaba hablar
de ello. Sin embargo, un día hizo al respecto una alusión significativa. El
doctor Festa, que debía operarlo de un quiste en la mejilla, le decía mientras
exploraba los contornos de la afección:
—He aquí
la zona infectada.
—«Las
Apulias», le respondió el capuchino con una pálida sonrisa.
Suspendido
a divinis y alejado de San Giovanni Rotondo, Dilano* [seudónimo de un canónigo
calumniador del P. Pío] se instaló en el palacio episcopal de Manfredonia y se
convirtió en el hombre de confianza del arzobispo. Siete canónigos, de los diez
que componían el capítulo de la catedral, denunciaron este hecho (entre muchos
otros) en un llamamiento dirigido al Santo Padre, fechado el 29 de noviembre.
Era el tercer recurso del capítulo ante la Santa Sede: todos los firmantes
fueron suspendidos a divinis y enviados a Nápoles para realizar un retiro
espiritual. La carta de castigo fue entregada personalmente por Dilano a cada
canónigo. Uno de ellos, de ochenta años de edad, cayó enfermo de pena y murió a
su regreso a Manfredonia.
Dilano*,
por el contrario, obtuvo nuevamente la facultad de celebrar la misa y, a pesar
de la prohibición de Roma de administrar los santos sacramentos, fue nombrado
por el arzobispo párroco de la iglesia de San Miguel de Manfredonia, de donde
previamente había alejado a los padres franciscanos que hasta entonces la
atendían. Por su parte, Duca* [seudónimo de un canónigo arcipreste persecutor
del P. Pío], seguro de su impunidad gracias a sus generosidades para con el
obispo, volvía a cobrar bríos.
Estaba claro que el absceso no podía ser reventado sin una documentación irrefutable sobre las actuaciones del obispo. El Publicano constituyó un expediente alucinante sobre estos veinticinco años de episcopado empleados en destruir los baluartes de la oración y de la fe, oprimir a los santos sacerdotes y favorecer a los indignos, sembrar por todas partes la corrupción y el odio...
Descubriendo los deliciosos, incisivos y espiritualmente profundos escritos de Leonardo Castellani
Autor
prolífico de unos cincuenta libros y mil artículos, Leonardo Castellani
(1899–1981) es ampliamente venerado como uno de los más grandes escritores
argentinos modernos en múltiples géneros.
De una manera sumamente llamativa,
Castellani se presenta casi como el tipo negativo exacto de su compatriota
Bergoglio: era espiritual, intelectual y escatológico, mientras que su opuesto
papal era político, propagandístico y mundano; era ingenioso, poético y
apologéticamente anticuado, mientras que el otro era astuto, directo y sin
ningún conflicto con la modernidad. Después de las experiencias de 2013 a 2025,
leer a un jesuita argentino de un tipo muy diferente resulta delicioso; incluso
podría decirse que medicinal.
Sin
embargo, hasta ahora, el público angloparlante apenas ha tenido acceso a su
extraordinario conjunto de obras, una laguna que esta nueva antología, Cristo
y los fariseos y otras obras breves, viene a remediar decisivamente, con
una sustancial introducción del traductor, Sebastián Randle.
Discípulo
del cardenal Billot, pugilista en defensa de la ortodoxia en una época de
desorden progresista y fiel jesuita de la vieja escuela que cayó en desgracia
ante sus superiores y sufrió años de marginación, Castellani, al mismo tiempo,
no temía abrir brechas en las piadosas convenciones y se quejaba de las
tendencias malsanas de la Iglesia años antes de que el desastre del Vaticano II
sacara a la luz muchas debilidades latentes.
En
muchos aspectos, puede ser clasificado (ciertamente hoy en día) como
tradicionalista, como lo muestran estas observaciones características,
extraídas de su ensayo de 1954 «La destrucción de la tradición»:
“Es
bastante desagradable encontrarse hablando como un profeta de desgracias,
sabiendo todo el tiempo que, si uno desempeñara en cambio el papel de un
adivino que anuncia buenas nuevas, siempre se ganaría el pan; y, en cualquier
caso, yo preferiría siempre, Dios mediante, ser un profeta incompetente de
calamidades. Pero la destrucción de la tradición en el mundo occidental es algo
que salta a la vista, y negarla equivale a cerrar los ojos mientras se cruza
una calle. En cualquier caso, abrir los ojos podría ser la cura, siguiendo los
versos del poeta:
Antes
que cualquier otro,
el
primero de todos los remedios
es
identificar la enfermedad.
No
existe un progreso rectilíneo y uniforme en el sentido que le daba el marqués
de Condorcet: el mito y dogma del Progreso Indefinido. Pero existe cierto tipo
de progreso o, para expresarlo con mayor precisión, algo más parecido a dos
líneas paralelas y, sin embargo, invisibles de progreso. «Decidnos, ¿cuándo
sucederán estas cosas?», preguntaron los discípulos a Jesús (Mt 24, 3).
Encontramos la respuesta al final del Apocalipsis: «El tiempo está cerca. El
que es injusto, siga siendo injusto; y el que está manchado, siga manchándose;
y el que es justo, siga practicando la justicia; y el que es santo, siga
santificándose. Y he aquí que vengo pronto» (22, 10-12); es decir, existe
cierto progreso en la humanidad, pero este debe entenderse correctamente. El
progreso del que hablo tiene lugar en el interior de los hombres, en ese
«interior» del que tanto hemos hablado; y, por consiguiente, el bien y el mal
impregnan cada vez más el «interior» de los hombres y, por eso mismo, se
vuelven más conscientes y, por tanto, más refinados y concentrados. En este
sentido, Kierkegaard es más «interior» (o «sabio en cuanto a la interioridad»)
que san Agustín; y, por otra parte, Sartre, por ejemplo, es más pervertido que
los peores autores paganos: comparado con Sartre, Petronio parece tan inocente
como un recién nacido. La humanidad marcha hacia el dramático desenlace de la
historia, un drama que incluye a un protagonista y a una multitud de enemigos
hostiles.
La
tradición es ese mundo ideal de valores humanos que heredamos al nacer, sin
merecerlo... y ante el cual nos mostramos bastante ingratos. Pero no todo lo
que heredamos pertenece a la tradición. Un hijo hereda de su padre una casa y,
digamos, la tuberculosis; la casa es tradición, la tuberculosis no lo es. Puede
que la tuberculosis se transmita en la familia, pero ese tipo de tradición debe
interrumpirse lo antes posible. Sin embargo, hoy en día, en el plano moral, se
están destruyendo los hogares y se está cultivando la tuberculosis. [...]
¿Qué
es la tradición? Repitámoslo: la tradición es ese mundo ideal de valores
humanos que heredamos al nacer, sin merecerlo, y ante el cual, por lo visto,
también nos mostramos bastante ingratos. Para mí, cuando nací, la tradición
estaba representada por una familia sólidamente establecida, unos abuelos
italianos con la mente llena de leyendas europeas —mi abuela solía hablarme del
Concilio de Trento de una manera enteramente legendaria—, llena de costumbres
tenaces e incluso de una o dos obsesiones saludables (con la persistencia que
es distintivo de una tradición inmutable)...
No
podemos crear la civilización en la que nacemos, pero sí podemos destruirla,
comenzando por nosotros mismos. Lo creáis o no, a los hombres les resultaría
más fácil crear todo el universo físico que producir el universo moral e
intelectual que constituye el vacilante patrimonio de la humanidad. Quizá sea
difícil de creer, pero así es.”
Por
encima de todo, el padre Castellani fue un lector de las Escrituras
extraordinariamente atento y uno de sus mejores comentaristas modernos, capaz
de obtener revelaciones asombrosas de textos conocidos, especialmente del Apocalipsis.
Todas estas características se manifiestan plenamente en este pequeño volumen,
esclarecedor y entretenido, una introducción ideal a la amplitud del genio de
Castellani.
Aquí
hay un vídeo en el que hablo más sobre el libro y leo dos pasajes del mismo
(distintos del citado anteriormente):
«En
mi vida como lector, he saboreado muchos momentos de asombro, pero ninguno tan
inmenso y duradero como el que me proporcionó el argentino Leonardo Castellani.
Polemista apasionado, crítico implacable de la modernidad y de toda su
inmundicia ideológica, Castellani es, por encima de todo, un campeón de la
ortodoxia, que, como ya sabemos, es la única forma de heterodoxia que nuestra
época repudia. Castellani se revela como un consumado apologista y un formidable
polemista, dotado de un estilo vibrante y de un humor sardónico, en la
tradición de Cervantes, que le permite derribar los gruesos muros de las
mentiras como si estuvieran hechos de azúcar tallada. En todas sus obras,
Castellani manifiesta profundidad intelectual y una admirable capacidad para
suscitar en la mente una respuesta de gozosa aceptación (o de mordaz rechazo,
si la mente está infestada de tonterías políticamente correctas). Lo cierto es
que nuestro autor era lo que los franceses llaman un maître à penser: alguien que no solo estimula nuestro intelecto,
sino que también lo nutre, lo fortalece, le proporciona una sólida estructura
y, al mismo tiempo, lo impulsa por caminos nunca antes recorridos. No es de
extrañar que un escritor tan peligroso haya sido igualmente vilipendiado por
los impíos, los esnobs y los santurrones, tanto en vida como después de su
muerte». -Juan Manuel de Prada
«Castellani
fue el hombre enviado por la Divina Providencia a mi patria y a todos aquellos
que pueden acceder a su legado, para arrojar luz sobre la finalidad de la vida
cristiana: la Parusía. Los libros de Castellani están llenos de buen humor, y
esto los hace muy humanos, libres de una jerga teológica etérea. Sabe reírse de
lo ridículo. Su obra no sigue una progresión determinada; uno puede sumergirse
en ella desde cualquier ángulo, de manera muy semejante a un asado al estilo de
la Pampa». -Daniel Francisco Giaquinta
«Castellani
es, sin duda, una figura rica, multifacética y transcultural». -Javier Navascués
Disponible
en
la editorial, Os Justi Press, en edición de bolsillo, tapa dura o libro
electrónico (en este enlace también se puede «ver el interior» para consultar
una muestra), o en
cualquier tienda de Amazon.
https://rorate-caeli.blogspot.com/2026/10/discovering-delightful-trenchant.html?m=1
LEÓN XIV,
EL NEGACIONISTA
Qui autem negaverit me coram hominibus, negabo et ego
eum coram Patre meo, qui est in caelis. (Mt 10, 33)
…mas a
quien me niegue delante de los hombres, Yo también lo negaré delante de mi
Padre celestial.
https://x.com/CarloMVigano/status/2115145570411217281?a=S4b76S2VPgeD8UTg12s&s=20
El que se
supone es el Vicario de Cristo NO MENCIONA a Cristo, ni a su Santísima Madre,
en su mensaje a los “hermanos y hermanas” de las falsas religiones que buscan
la “paz”.
VIDEOMENSAJE
DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO INTERNACIONAL
"PAZ DESARMADA Y DESARMANTE"
Asís, 27
de octubre de 2026
Queridos
hermanos y hermanas:
Se
encuentran en Asís cuarenta años después de la Jornada de Oración por la Paz
del 27 de octubre de 1986. Ese evento fue una
iniciativa de san Juan Pablo II que destacó, en tal circunstancia, el
vínculo intrínseco que une una auténtica actitud religiosa con la viva
sensibilidad por la paz.
Dirijo mi
saludo más cordial a los Patriarcas y a los Líderes religiosos, muchos de los
cuales, a lo largo de los años, participaron activamente en las diversas
jornadas de oración y de diálogo que se sucedieron. Saludo con afecto a Mons.
Felice Accrocca, Pastor de la Iglesia en Asís, a las familias franciscanas y a
cuantos están allí reunidos. Hubiera querido estar con ustedes, junto a la
tumba de san Francisco, en este importante aniversario, para ver sus rostros y
dar juntos un hermoso testimonio: ¡vivir como hermanos y hermanas ya es
posible!
Agradezco
al Dicasterio para el Diálogo Interreligioso y a la Comunidad de Sant’Egidio
por haber continuado con esfuerzo esta senda trazada por mis Predecesores. Me
consuela el largo y fiel camino realizado durante estos años, que ha sido muy
fructífero. El Papa
Francisco, respecto a esa inolvidable Jornada de octubre de 1986, dijo: «No
debía y no podía permanecer un acontecimiento aislado. Vosotros habéis
continuado ese camino y habéis acrecentado el impulso». [1]
Juan Pablo II,
después de aquel primer encuentro histórico, invitó a “seguir viviendo el
espíritu de Asís”. [2] Era, entonces, el tiempo de la “guerra
fría”, un escenario muy diferente del actual. Después de 1989, no pocos
sostuvieron que la globalización habría asegurado al mundo una paz estable.
Lamentablemente, como escribí en Magnifica
humanitas, «se confió casi ciegamente a los mercados la capacidad de
producir bienestar, democracia y estabilidad, mientras que, en realidad, la
globalización no ha generado automáticamente unidad y paz, sino que ha
suscitado reacciones fundamentalistas, identitarias y nacionalistas» ( n.
201).
En este
contexto, tiene lugar «una preocupante rehabilitación de la guerra como
instrumento de política internacional» (ibíd.,
190). Traicionando así la memoria del siglo XX y la inútil matanza de millones
de vidas humanas, una vez más —como se lee en el Catecismo de la Iglesia
Católica— «la acumulación de armas es para muchos como una manera paradójica de
apartar de la guerra a posibles adversarios. Ven en ella el más eficaz de los
medios, para asegurar la paz entre las naciones» (N. 2315). Precisamente en
estos tiempos de cultura del poder, es necesario fomentar el espíritu de Asís,
que es el rechazo a la legitimación religiosa de la guerra, un espíritu de
mediación y diálogo, una experiencia contemplativa y una acción creativa por un
futuro de paz. Sí, porque la paz debe volver a ser el ideal común de los
pueblos, la estrella que guía todas nuestras decisiones, el criterio que
desenmascara la injusticia, el horizonte común de todas las personas.
¡Debemos
reconstruir la paz en todas partes, no preparar más guerras! ¡La guerra nunca
puede librarse en nombre de Dios! Para nosotros, los creyentes, «luchar en
nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la religión misma» (Magnifica
humanitas, 223). No existe ninguna guerra santa: ¡solo la paz es santa!
Por eso,
el camino iniciado en Asís en la búsqueda común de la paz es, ante todo, el
camino de la oración. La oración puede parecer débil frente a los poderes del
mundo, pero es la fuerza humilde de los creyentes. Nos dirigimos a Dios, dador
de paz: que llegue al corazón de quienes desean la guerra y el terrorismo. Y no
lo olvidemos: ¡nunca se reza en vano!
La
oración es una escuela de diálogo con Dios, con las personas y con todas las
criaturas. Pensemos en san Francisco, de quien hemos celebrado el octavo
centenario de su muerte. El mundo necesita diálogo. El camino de Asís
compromete a los líderes religiosos a fomentar un clima de diálogo entre los
fieles y en la sociedad, para que el lenguaje de la arrogancia sea sustituido
por el de la paz, la negociación y la comprensión. Esto podrá «alejar
gradualmente a la humanidad de la espiral de la violencia» (ibíd.,
221).
Hermanos
y hermanas, ¡que nuestras oraciones obtengan de Dios la paz tan deseada para
todos los países del mundo! Que Él haga de nosotros instrumentos desarmados de
su paz. «Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de
Dios» (Mt 5,9).
_________________________________
[1] Francisco, Discurso
a los participantes en el Encuentro Internacional por la Paz, 30
septiembre 2013.
[2] Cf. S. Juan Pablo II, Discurso a un grupo
de representantes de las religiones no cristianas, 29 octubre 1986.
NOTA DE AGENDA FÁTIMA:
Gracias a
las iniciativas por la paz de los traidores de la nueva Iglesia, la Tercera Guerra
Mundial está cada vez más próxima.
No queremos el "espíritu de Asís" sino el "espíritu de Fátima".
La
Iglesia Sinodal está en guerra a muerte contra la Iglesia Católica. Hay que
resistirle firmes en la Tradición. No hay mayor honor que ser “excomulgados”
por esa falsa Iglesia.
¡Viva
Cristo Rey!
El rabino David Rosen afirmó que ninguna religión «puede tener
el monopolio de la verdad o del acceso a Dios» durante una entrevista con
Vatican News.
Martes, 27 de octubre de 2026
(LifeSiteNews) —
En una entrevista
con Vatican News, un rabino judío que habló en un encuentro ecuménico
internacional celebrado en Asís ha afirmado, de manera escandalosa, que se
puede encontrar a Dios fuera de la Iglesia católica.
El rabino
David Rosen, antiguo gran rabino de Irlanda y asesor especial de la Abrahamic
Family House, en Abu Dabi, Emiratos Árabes Unidos, formuló sus declaraciones
con motivo del 40.º aniversario de la jornada interreligiosa «Jornada
Mundial de Oración por la Paz», convocada por el papa Juan Pablo II en
1986.
La Iglesia católica enseña que no hay
salvación fuera de la Iglesia y que el catolicismo es la única religión
verdadera revelada por Dios.
Las
declaraciones de Rosen fueron un eco de Nostra
Aetate, la declaración del Concilio Vaticano II sobre las relaciones de la
Iglesia con las religiones no cristianas. Nostra Aetate ha sido criticada por
su ambigüedad
en relación con conceptos importantes. Carece de una definición clara del
«antisemitismo». Inició una trayectoria de indiferentismo
religioso que fue condenada
por todos los papas desde Pío IX hasta Pío XII.
Rosen
declaró a Vatican News que Nostra Aetate, promulgada por el papa Pablo VI en
1965, «afirmó por primera vez, formalmente para la Iglesia católica, que Dios,
lo divino, la religión y la verdad [pueden] encontrarse fuera de los confines
de la Iglesia católica».
Ninguna religión tiene el «monopolio de la
verdad o del acceso a Dios»
«Ese,
creo, es precisamente el espíritu de Asís», afirmó Rosen, «afirmar que
compartimos esos valores y que cada uno de nosotros representa caminos
diferentes hacia lo trascendente, así como reconocer que nadie puede tener el
monopolio de la verdad o del acceso a Dios».
Subrayó
la necesidad de la «humildad teológica» para «trabajar juntos», no por la
salvación ni para honrar a Dios, sino «por la paz en el mundo».
También
elogió «la gloria de la diversidad», añadiendo: «No queremos un campo compuesto
únicamente por un tipo de flores», y sugirió que la diversidad religiosa
«contribuye a la belleza y da testimonio de la gloria de Dios».
Como informó
LifeSiteNews el mes pasado, uno de los principales redactores de Nostra Aetate
fue Gregory Baum, un converso del judaísmo que posteriormente admitió haber
ocultado su vida homosexual mientras ejercía como sacerdote católico y «experto
teológico» del Concilio Vaticano II. Baum abandonó más tarde el sacerdocio
católico.
MONS.
CARLO MARIA VIGANÒ
Me dirijo a vosotros como «excomulgado»,
puesto que así me consideráis. Considero que la condición que me ha sido
atribuida puede arrojar luz sobre aquella en la que vosotros mismos os
encontráis de hecho hoy.
Vosotros no habéis sido excomulgados, y
hacéis todo lo posible por no serlo, como quien quiere escapar a un castigo. Y,
sin embargo, sois tratados como excomulgados. Hay que decir, no sin ironía, que
después de haberos negado la Basílica Vaticana para el Pontifical, ahora se os
prohíbe incluso la entrada para la profesión de Fe y para la devoción a la Sede
del Beatísimo Pedro. Y mientras se os ha impedido el acceso a la Basílica
Vaticana mediante barreras y en Santa María la Mayor se os ha concedido
solamente una Misa rezada en lugar del solemne pontifical, hace pocos meses se
acogía a grupos LGBTQ+, con sus banderas arcoíris y sus eslóganes blasfemos, y
a una abortista homoherética disfrazada de arzobispa.
Como comunidad ex Ecclesia Dei, como
sacerdotes y obispos ratzingerianos cultivadores del Summorum Pontificum, la
Misa de siempre os es concedida como una excepción que hay que justificar. Se
os excluye cada vez más de las parroquias; se os impone la autorización del
Obispo para celebrar aquello que nuestros padres celebraban sin permiso.
Vuestros Institutos están sometidos a visitas e inspecciones, vuestros
seminaristas son mirados con sospecha y vuestro rito es tolerado mientras no
moleste.
¿Qué es esto, sino una excomunión sin
proceso, o peor aún, la voluntad, por parte de las Autoridades romanas, de
doblegar vuestra conciencia? Una exclusión que no se atreve a decir su propio
nombre. Para evitar la sentencia, la sufrís de hecho. Para no parecer «fuera de
la Iglesia», vivís en sus márgenes, con contorsiones e incoherencias que ya
están a la vista de todos. Os atrevéis a decir que no existe ningún estado de
necesidad, censuráis duramente a la Fraternidad San Pío X, me consideráis un
paria… De ello se sigue que vuestro silencio no os preserva del castigo:
solamente os priva del derecho a llamarlo injusto.
Hay que reconocer, por amor a la verdad, que
León y la élite modernista-sinodalista que ocupa el Vaticano actúan con
coherencia. León cree firmemente en el Concilio Vaticano II y es un entusiasta
promotor de su versión sinodal: no puede sostener coherentemente el Rito de
siempre, que es su desmentido viviente. Summorum Pontificum siempre ha sido una
quimera: el desmembramiento del único venerable Rito en dos formas antitéticas,
un permiso que depende de quien lo concede y que se retira cuando ya no sirve.
Por tanto, no se os puede reprochar la confianza, sino la pretensión de querer
fundamentar aquello que os corresponde por derecho divino en la coexistencia de
dos ritos irreconciliables y en un indulto con el que apenas se os declara
tolerados.
Tampoco os sirve de nada apelar a la libertad
religiosa o de culto, o a la inclusividad sinodal, para aseguraros un taburete
en el Panteón: quien pide, en igualdad de condiciones con todos, el derecho a
practicar su propio culto ya ha admitido que la Misa Apostólica es una
experiencia religiosa entre otras, y que la Verdad es una opinión entre las
opiniones. Estas falsas libertades no protegen la Tradición: son el instrumento
mediante el cual la Verdad —la única Religión— es expulsada no solo de la vida
pública, sino incluso del Recinto Sagrado.
No basta con rechazar el Concilio en aquello
que contradice el Magisterio, como soléis repetir. El Vaticano II ha sido un
acontecimiento revolucionario y es una revolución permanente: hay que
repudiarlo como tal, no enmendarlo con una lista de correcciones, porque nadie
remedia mediante una exégesis benévola aquello que nació como una ruptura
deliberada.
Al Cardenal Burke y a Mons. Schneider me
permito decirles que su autoridad ya es enteramente una fachada: son la
caricatura de sí mismos, con sus mitras preciosas y sus capas magnas, la
defensa del Concilio y las concelebraciones.
Roma no calla solamente; no se limita a
«toleraros», confinándoos en reservas indias cada vez más estrechas: quiere
reeducaros y os lo dice, pretendiendo de vosotros —que gozáis de un seguimiento
significativo en el ambiente conservador— que os convirtáis en «oposición de Su
Majestad», actuando como gatekeeper —como se dice hoy— y conteniendo así la
hemorragia de católicos cada vez más desorientados por vuestra aquiescencia
ante los despropósitos vaticanos más escandalosos. Y ya es evidente que una
oposición controlada, lejos de obtener éxito alguno para la causa del
catolicismo romano, se convierte, por el contrario, en cómplice de la
destrucción de la Iglesia.
He aquí, pues, la declaración pacificadora
del Card. Burke: «Ciertamente, la situación actual no constituye un estado de
necesidad». Pero si hoy no existe un estado de necesidad, ¿después de qué nuevo
escándalo y de qué herejía inaudita encontraréis el valor para rebelaros?
¿Cuántos sapos más estáis dispuestos a hacer tragar a quienes os consideran un
referente moral y doctrinal? Después de Amoris Lætitia, la Pachamama, la
Declaración de Abu Dabi, Traditionis Custodes, Fiducia Supplicans, Mater populi
fidelis… ¿y después de que se os haya impedido profesar vuestra Fe sobre la
tumba del Príncipe de los Apóstoles?
Como he escrito en Scisma capitale: «Mientras
una parte de los católicos (los llamados conservadores) se obstine en no querer
reconocer el bipolarismo del “papado conciliar y sinodal”, se encontrará en la
terrible situación de prestar un asentimiento deliberado al error; en la
tremenda posición de quienes, con esa complacencia cortesana en una obediencia
servil, crean las premisas de la “desertio”, del abandono de Dios, del retiro
de la Gracia. Es precisamente ese reconocimiento del error lo que lo
institucionaliza, lo que lo hace irreversible, lo que desarma toda resistencia
y lo que, en última instancia, criminaliza a quien heroicamente resiste».
Con vuestro cortés consentimiento y guardando
silencio para no perder aquello que de hecho se os ha concedido, os prestáis a
la operación del engaño (2 Tes 2,11).
Os bendigo y rezo por todos vosotros.
In Christo Rege,
+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo
Viterbo, 24 de octubre de MMXXVI S. Raphaëlis
Archangeli
MAS INFORMACION:
La
mayoría de nosotros crecemos creyendo que aspirar al Purgatorio es la máxima
señal de humildad. En voz baja, nos decimos a nosotros mismos: «Si tan solo
consigo entrar por los pelos en la última fila del Purgatorio, me sentiré más
que agradecido».
Sin
embargo, santa Teresita de Lisieux dio un vuelco completo a esta manera de
pensar.
Cuando
una hermana del convento mencionó en cierta ocasión que esperaba pasar mucho
tiempo en el Purgatorio, Teresita no elogió su modestia. Por el contrario, la
corrigió amablemente, insistiendo en que esperar el Purgatorio no honra en
absoluto a Dios. De hecho, afirmó audazmente que eso entristece el Corazón
paternal de Dios.
Esto
puede parecer sorprendente, pero la Pequeña Flor comprendió el amor del Padre
de una manera que pocos se atrevieron siquiera a imaginar.
El
Purgatorio es real y constituye un don extraordinario de la misericordia
divina. Pero Teresita comprendió que es un remedio de emergencia, no el sueño
primordial de Dios para ti. Un padre amoroso no se complace en mantener a su
hijo esperando fuera, en una antecámara. Solo permite esa purificación con gran
pesar, deseando, por el contrario, atraer a su pequeño directamente a su
abrazo, sin demora.
Teresita
descubrió un secreto contrario a lo que cabría esperar: innumerables almas
entran en el Purgatorio no porque sus pecados fueran demasiado graves, sino
porque su confianza era demasiado pequeña. Midieron a Dios con los fríos
cálculos de la justicia humana, en lugar de hacerlo según el océano ilimitado
de su Amor Misericordioso. Esperaban encontrar a un juez severo y, por eso, no
supieron reconocer los brazos abiertos de un Padre.
Santa
Teresita enseñó que el fuego del Amor divino en la tierra es infinitamente más
agradable a Dios que el fuego de la purificación después de la muerte. Cuando
le presentas tus debilidades cotidianas, tus pequeños sacrificios y tus
fracasos sinceros, envueltos en una confianza total, su gracia te purifica en
el mismo momento. Él limpia tu corazón cada día mediante la ternura,
consumiendo tus defectos con el calor de su presencia.
La
santidad no consiste en presentar un expediente espiritual impecable al final
de tu vida. Consiste en arrojarte tan completamente en los brazos de Jesús que
su misericordia consuma todas tus imperfecciones antes incluso de que exhales
tu último aliento.
https://op54rosary.ning.com/forum/topics/the-surprising-truth-st-therese-taught-about-purgatory
¿Qué hay de verdad en estas pretensiones
judaicas? ¿Lograrán esta dominación universal? ¿En qué medida? He aquí un
problema difícil, cuya solución exigiría detenido examen. Es mejor omitir su
tratado.
Lo que sí se puede decir es que hoy todas las
fuerzas del mal que se han ido engendrando, consciente o inconscientemente,
desde el Renacimiento hasta aquí, paganismo del Renacimiento, protestantismo,
racionalismo, capitalismo, liberalismo, laicismo, socialismo, comunismo, todas
ellas trabajadas por el virus del odio a Cristo y a su Iglesia, se están
movilizando en un frente único…. frente compacto, arrollador… y estas fuerzas
están satánicamente comandadas por la Franc-masonería y sobre todo por el
Judaísmo. Los judíos, desde el Gólgota hasta aquí, no han abandonado su tarea
de crucificar a Cristo. Ahora como entonces, ellos han tramado en el secreto su
plan diabólico que los gentiles han de ejecutar… Y están ejecutando. La lucha
se establece, entonces, terrible, decisiva, entre el Judaísmo y el Catolicismo.
Muchos dicen entre Moscú y Roma. Pero Moscú no ha sido más que un simple
cuartel del Judaísmo Universal. La estatua que allí se ha querido levantar a
Judas es todo un símbolo.
La lucha se entabla furiosa entre Ismael e
Isaac, entre Esaú y Jacob, entre Caín y Abel. Caín está por asestar el golpe
mortal sobre su hermano Abel. El judío, que fue siervo de la Iglesia, está
logrando la revancha absoluta sobre su antiguo amo.
¿La logrará? ¿Vencerá Goliat a David?
Dios lo sabe. Pero unos son los planes de los
hombres y otros son los planes de Dios. Y Dios sabe dirigir y encaminar los
aciertos y desaciertos de los hombres para realizar sus fines secretísimos.
No hay duda que la mixtura de judíos y de
cristianos, que se viene operando desde el Renacimiento, es perniciosa, porque
la cizaña no se debe sembrar con el trigo, y esta mixtura nos tiene ahora
abocados a una colisión catastrófica, cuyo desenlace es difícil presagiar.
Pero si Dios la permitió, algo bueno se ha de
poder sacar de esta mixtura.
¿Y qué bien puede sacar de ella el Señor?
En primer lugar, hacer expiar a las naciones
cristianas sus impiedades de siglos, para que vuelvan contritas al Señor. Dios
no llamó a los beneficios de la fe a los pueblos bárbaros para que éstos se
entregaran a las idolatrías y abominaciones de los tiempos modernos. Los
pueblos cristianos, con Francia, la hija primogénita de la Iglesia a la cabeza,
debían ser los heraldos de la Fe y del Amor cristiano entre los pueblos de
Oriente y Occidente, para que en toda la tierra fuese conocido e invocado el
nombre del Señor. En cambio, han sido los heraldos del pecado.
Hay que expiar, entonces, estas culpas. Y así
como el pueblo judío, que renegó de Cristo, fue entregado al cautiverio
oprobioso de los otros pueblos, así ahora los gentiles conoceremos el oprobio
de la esclavitud judaica.
No olvidemos que Cristo profetizó a los
judíos: Vendrán días de venganza… habrá gran apretura e ira sobre la tierra
para este pueblo… y caerán al filo de espada, y serán llevados en cautiverio a
todas las naciones, y Jerusalén será hollada de los gentiles hasta que se
cumplan los tiempos de las naciones (Lc. 31, 20-24).
Y esta palabra de Cristo se cumplió y se
cumple. El año 70 Jerusalén fue cercada por los ejércitos de Tito, el Templo
fue incendiado y un millón 100.000 judíos fueron masacrados y otros 97.000
llevados prisioneros (Josefo, De Bello Judaico), y, desde entonces el judío
anda errante, hecho oprobio y baldón de todos los pueblos, siendo un testigo
inicuo de Cristo, Rey de los Siglos.
Si los judíos fueron castigados, ¿los pueblos
descristianizados quedarán sin castigo?
Pero castigo éste que ha comenzado ya… porque
ayer fue Rusia y mañana el mundo… castigo que sería para todos, para judíos y
cristianos; para ambos, porque ambos llevan siglos de espantosas impiedades.
Castigo espantoso y saludable, en el que la
Justicia purificará y la Misericordia forjará apóstoles de santidad.
Creo que sin vocación de profeta es fácil
prever que la humanidad ha de caer bañada en una ola general de sangre
purificadora… sangre de los cismáticos rusos para expiar sus doce siglos de
apostasía de Cristo, que está allí donde está Pedro; sangre de los herejes
protestantes para lavar las felonías de cuatro siglos de maquinaciones
anticristianas: sangre de los pueblos católicos que como viles rameras se han
prostituido vergonzosamente, y ¡qué espléndido instrumento el judío en la mano
de Dios para ser el verdugo de estos pueblos que trocaron la grandeza de la
Cruz por la grandeza de Babel!… ¡Ah, pero también puede Dios suscitar un nuevo
Atila (si no lo suscitó ya) que a judíos y a descristianizados los oprima como
a la uva en el lagar!...
Todos tienen que ser purificados… ¿y después?
Después surgirán hombres de santidad, judíos y cristianos, varones llenos del
cristianismo auténtico, de aquella fe y de aquella caridad cristiana de que
estaban llenos los apóstoles y los mártires… No será posible el cristianismo
falso y mentiroso de un siglo hipócrita; sólo después de la purificación se
podrá efectuar la reconciliación de judíos y cristianos, de Esaú y de Jacob.
“El Judío en el misterio de la historia”, capítulo
III.
Los “errores de Rusia”: El mesianismo judío anticristiano y naturalista, financiado por los banqueros internacionalistas, implementado por...