La Argentina no puede ser La Traviata
Por Antonio Caponnetto
Ha terminado el Mundial de Fútbol, y lo único que no
importa es, paradójicamente, el fútbol. Por eso nos atrevemos a hilvanar dos
palabras, puesto que del célebre deporte y de sus miles de entresijos nada sabemos,
ni nos importa aprender.
La Selección Argentina venía bien –desde el punto de vista
de la maldita corrección política- hasta que le ganó a Egipto, cuyo director técnico,
Hossam Hassan, portaba orgulloso la bandera de Palestina Libre. Un imbécil,
seguramente rentado por alguna mano oficiosa, entremetido en la tribuna
“nuestra”, tuvo la desdichada ocurrencia de, tras la derrota, restregarle en la
cara una bandera israelí. El pluriforme y siniestro aparato sionista no podía
pedir mejor desenlace que esa Selección, devenida involuntariamente en
estandarte del Mileismo-Trumpismo y demás barreduras judaicas, ganara el
campeonato. Era lo más funcional a sus intereses que podían capitalizar.
Pero sucedió que la máxima y jubilosa incorrección
política quiso hacerse presente y patente en el triunfo argentino sobre el
equipo inglés. Varios <pecados> imperdonables se sucedieron entonces:
a)gritarle al orbe entero –y en este caso orbe en sentido estricto- que las
Malvinas son argentinas; b)hacerlo contra la expresa prohibición de los poderes
mundiales y contra la desesperación apátrida del golem de Milei, cuyo desprecio
por la soberanía nacional en las Islas es público y notorio;c)contagiarle al país
entero un indomable espíritu malvinizador, absolutamente generalizado y crasamente
popular; d)poner en evidencia que el portensoso aparato de seguridad yanky pudo
ser violado por el ingenio argento, que hizo llegar la modestísima bandera a
los jugadores, sorteando todos los radares y censores del cerrojo
norteamericano. El golem quedaba ridiculizado y despreciado por el mismísimo
demos, que tanto dicen venerar.
La situación se les fue completamente de las manos a la
“Coalición Epstein”, como la llama ingeniosamente Luis Álvarez Primo. La furia malvinera
era imparable. Los cipayos habían quedado en ridículo con sus asepsias
hipócritas. No era sólo un partido de fútbol. Se quería prohibir de prepo la
verdad histórica, política, geográfica y bélica. Aquello,además, era un partido.
Pero no lo prevalente. Y eso que se volvió prevalente no podía alzarse con la
victoria, bajo ningún punto de vista. Yalta y Potsdam siguen ignominiosamente vigentes.
Lo demás no es historia sabida, porque nunca se sabrá, pero es realidad más que probable y posible. A la Argentina le pasó como a La Traviata, que inmortalizara Verdi. Entre sombras apareció amenazante y disuasivo el padre de Alfredo, Giorgio Germont, y le exigió a la arrinconada Violetta el famoso <sacrificio>: que fingiera no amar a su hijo, que no incontaminara a su impoluta familia con sus malos antecedentes, y que se fuera muy lejos, a morir sola y tuberculosa. Era renunciar al amor a la Copa o continuar la rebeldía argenta y malvinera desatada. El uno a cero fue contra la segunda opción.
Creemos que no hace falta explicitar la analogía operística.
El domingo 19 de julio, millones de personas vieron que la Selección Argentina no
jugaba ni mal ni bien, ni regular ni pésimo. Sencillamente no jugaba, salvo
algunas pocas y eventuales excepciones. El <sacrificio> había sido
ofrecido. Ningún experto en fútbol podrá explicar jamás, cómo es posible que un
equipo se acueste siendo un titán y amanezca siendo una piltrafa. Cómo es
posible que una escuadra entrenada para competir haya optado por convertirse en
un espectro.
Hemos felicitado a los amigos españoles por el resultado.
Hemos reprobado las inconductas de algunos de nuestros jugadores. Nos alegra que
la Madre Patria se haya quedado con el premio. Nos importa un belín lo
futbolístico. Lo que nos tiene indignados y doloridos es que el gobierno y sus
socios judeomasónicos hayan castigado ese remozamiento malvinero, que se
propagó no sólo en todo el territorio patrio sino en cada lugar en que se
admiraba a la Selección Argentina. La pesadumbre es por este artificial y
ominoso 14 de junio que nos han impuesto entre bambalinas. El dolor es por ver
a la Argentina condenada a morir sola y enferma; como la Dulcinea de Castellani.
Es una lástima que entre los legítimos festejantes
hispánicos de este resultado, no haya habido uno solo que fuera capaz de recordar,
superando lo futbolístico, que lo mismo podría haberles pasado a ellos si alguien
blandía el imborrable axioma en una humilde bandera, de que el Peñón de
Gibraltar es español. Prefirieron encomiar al negrito Lamine Yamal antes que imitar
a Blas de Lezo. “¡Ay España, con el lanzón hundido en el costado!”. ¡Ay
Argentina, Violetta tuberculosa, despechada y yerma!
Nadie le pide a los jugadores que sean Pelayo, el Cid,
Rosas o Güemes. Son lo que son. Y punto. Demasiado son incluso, en ciertos casos.
Pero alguien debería decir, y en sentido literal, que el rey está desnudo y maloliente,
que los mercaderes se impusieron a los atletas y que, con Var o sin Var, las
Malvinas son nuestras, y volveremos un día a reconquistarlas.
Se derraman justas las lágrimas, si ruedan por la patria.
Con la pelota, con el trofeo, con los millones de dólares, hagan lo que quieran.
Por eso hemos escrito estos versos, no a un futbolista sino a un símbolo. No a un
as del juego sino a una heráldica del luto nacional que reclama imperiosamente
ser vengado.
MESSI
"Sunt lacrimae rerum"
Eneida I,462
Si llora, Capitán,
lloran las cosas
a las que usted trató
como un artista,
toda esa orfebrería futbolista:
el corner, las gambetas animosas,
las remontadas bravas, argentosas.
Después la reverencia mundialista
de millones de manos y su vista
que la clava
en jugadas tormentosas.
Si llora, Capitán,
sepa que a Fierro
le rodaron
sollozos en la jeta
plañido macho, pulso, adrenalinas.
El gringo conoció
muerte y entierro,
el corazón turgente del atleta.
¡Y las Malvinas,
sí, son argentinas!








