Por FAOUDEL
10 de diciembre de 2021
Numerosos
católicos y/o monárquicos esperan restaurar la ciudad tradicional —o al menos
frenar la Revolución— por medio del sufragio universal. Para ello bastaría una
campaña electoral o una labor de presión bien llevada. En efecto, es difícil
resistir a la tentación de atrapar al adversario en su propia trampa, utilizando
el arma que pone a nuestra disposición, a saber, el sufragio universal. Y, sin
embargo, esto supondría equivocarse trágicamente acerca de la naturaleza del
arma del enemigo, pues esta corrompe a todos los que la utilizan. El siguiente
documento intenta poner de manifiesto el principio del motor de la Revolución.
[La Redacción]
Tabla de contenidos
Introducción
Las dos
ciudades
El motor
de la Revolución
La
espantosa trampa del sufragio universal
¿Cómo
detener el motor revolucionario?
Introducción
A lo
largo de este estudio, intentaremos modelizar el funcionamiento del proceso
revolucionario.
Un modelo
es una descripción, una representación de la realidad destinada a hacerla
inteligible para nosotros. Si un modelo nunca pretende identificarse con la
verdad —con un conocimiento perfecto de un fenómeno, de un proceso o de una
cosa—, en cambio, permite adquirir un mayor conocimiento de la verdad sobre el
objeto del estudio.
Ahora
bien, el fenómeno revolucionario, por su magnitud y por el carácter inexorable
de su propagación, parece confirmar la creencia de sus promotores según la cual
existiría un sentido de la historia, un progreso de la humanidad. Por el
contrario, al pensador tradicionalista le resulta casi ininteligible, hasta tal
punto que algunos se sienten tentados a explicar su expansión por la sola
intervención sobrenatural de fuerzas demoníacas. Se plantea, pues, la cuestión:
¿estaría toda ciudad tradicional condenada a desaparecer definitivamente?
Por otra
parte, la Revolución francesa, que contempla el derrocamiento de una monarquía
más que milenaria, nacida de la alianza del Trono y el Altar, del pacto de
Tolbiac entre Clodoveo y Dios, constituye un acontecimiento tan considerable
que los defensores de la Francia tradicional llegan a llamarse a sí mismos
«contrarrevolucionarios». Se definen, por tanto, en relación con su enemigo,
como si hubieran perdido su identidad.
Estos, porque olvidan los principios
tradicionales, se sienten tentados a combatir a la Revolución en su propio
terreno y con las herramientas que esta pone a su disposición, como el sufragio
universal. Sin embargo, ¿es el voto, practicado en estas condiciones, un arma
tan neutral como creen o pretenden? ¿No produce ningún efecto sobre quien la
utiliza?
Para
responder a estas preguntas, y puesto que se trata de una guerra entre un mundo
tradicional y un mundo revolucionario, comenzaremos consultando a un ilustre
guerrero, el general chino Sun Tzu (siglo VI a. C.). En su obra El arte de la guerra, este declara:
Quien
conoce al otro y se conoce a sí mismo, en cien combates no será derrotado;
quien no conoce al otro, pero se conoce a sí mismo, será vencedor una vez de
cada dos; quien no conoce al otro ni se conoce a sí mismo será siempre derrotado1.
Debemos,
por tanto, comenzar intentando identificar correctamente las dos fuerzas en
presencia.
Las dos ciudades
Una distinción tradicional
Hay que
reconocer en el bereber san Agustín (354-430) a uno de los principales
artífices del Occidente cristiano, y su obra maestra, La ciudad de Dios, sigue siendo una referencia en las ciencias
políticas. En esta obra, el obispo de Hipona distingue dos ciudades:
Dos
amores fundaron dos ciudades; el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios
hizo la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo hizo la
ciudad de Dios2.
El
medievalista Lemarignier (1908-1980) comenta:
La
ciudad de Dios es la ciudad de los justos que buscan el Reino de Dios antes de
formar parte, en el cielo, del número de los elegidos. A esta ciudad de Dios,
civitas Dei, san Agustín opone la ciudad terrena, civitas terrena, que agrupa a
quienes no buscan el Reino de Dios. A unos y a otros les dio el nombre místico
de «ciudad»3.
Con el
advenimiento de la modernidad, el amor de sí mismo toma su revancha; la
Ilustración lo dota de un corpus doctrinal y político que produce un tipo de
sociedad inédito en la historia de la humanidad: Dios está ausente de sus
instituciones y relegado a la esfera privada.
Para hacer eco de la antigua distinción agustiniana y dar cuenta de la aparición de esta novedad, sociólogos, historiadores y filósofos han introducido los conceptos de heteronomía y autonomía.











