Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

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sábado, 24 de octubre de 2026

A LOS FIELES, A LOS CLÉRIGOS Y A LOS SACERDOTES DE LA XV PEREGRINATIO AD PETRI SEDEM

 


MONS. CARLO MARIA VIGANÒ

 

Me dirijo a vosotros como «excomulgado», puesto que así me consideráis. Considero que la condición que me ha sido atribuida puede arrojar luz sobre aquella en la que vosotros mismos os encontráis de hecho hoy.

Vosotros no habéis sido excomulgados, y hacéis todo lo posible por no serlo, como quien quiere escapar a un castigo. Y, sin embargo, sois tratados como excomulgados. Hay que decir, no sin ironía, que después de haberos negado la Basílica Vaticana para el Pontifical, ahora se os prohíbe incluso la entrada para la profesión de Fe y para la devoción a la Sede del Beatísimo Pedro. Y mientras se os ha impedido el acceso a la Basílica Vaticana mediante barreras y en Santa María la Mayor se os ha concedido solamente una Misa rezada en lugar del solemne pontifical, hace pocos meses se acogía a grupos LGBTQ+, con sus banderas arcoíris y sus eslóganes blasfemos, y a una abortista homoherética disfrazada de arzobispa.

Como comunidad ex Ecclesia Dei, como sacerdotes y obispos ratzingerianos cultivadores del Summorum Pontificum, la Misa de siempre os es concedida como una excepción que hay que justificar. Se os excluye cada vez más de las parroquias; se os impone la autorización del Obispo para celebrar aquello que nuestros padres celebraban sin permiso. Vuestros Institutos están sometidos a visitas e inspecciones, vuestros seminaristas son mirados con sospecha y vuestro rito es tolerado mientras no moleste.

¿Qué es esto, sino una excomunión sin proceso, o peor aún, la voluntad, por parte de las Autoridades romanas, de doblegar vuestra conciencia? Una exclusión que no se atreve a decir su propio nombre. Para evitar la sentencia, la sufrís de hecho. Para no parecer «fuera de la Iglesia», vivís en sus márgenes, con contorsiones e incoherencias que ya están a la vista de todos. Os atrevéis a decir que no existe ningún estado de necesidad, censuráis duramente a la Fraternidad San Pío X, me consideráis un paria… De ello se sigue que vuestro silencio no os preserva del castigo: solamente os priva del derecho a llamarlo injusto.

Hay que reconocer, por amor a la verdad, que León y la élite modernista-sinodalista que ocupa el Vaticano actúan con coherencia. León cree firmemente en el Concilio Vaticano II y es un entusiasta promotor de su versión sinodal: no puede sostener coherentemente el Rito de siempre, que es su desmentido viviente. Summorum Pontificum siempre ha sido una quimera: el desmembramiento del único venerable Rito en dos formas antitéticas, un permiso que depende de quien lo concede y que se retira cuando ya no sirve. Por tanto, no se os puede reprochar la confianza, sino la pretensión de querer fundamentar aquello que os corresponde por derecho divino en la coexistencia de dos ritos irreconciliables y en un indulto con el que apenas se os declara tolerados.

Tampoco os sirve de nada apelar a la libertad religiosa o de culto, o a la inclusividad sinodal, para aseguraros un taburete en el Panteón: quien pide, en igualdad de condiciones con todos, el derecho a practicar su propio culto ya ha admitido que la Misa Apostólica es una experiencia religiosa entre otras, y que la Verdad es una opinión entre las opiniones. Estas falsas libertades no protegen la Tradición: son el instrumento mediante el cual la Verdad —la única Religión— es expulsada no solo de la vida pública, sino incluso del Recinto Sagrado.

No basta con rechazar el Concilio en aquello que contradice el Magisterio, como soléis repetir. El Vaticano II ha sido un acontecimiento revolucionario y es una revolución permanente: hay que repudiarlo como tal, no enmendarlo con una lista de correcciones, porque nadie remedia mediante una exégesis benévola aquello que nació como una ruptura deliberada.

Al Cardenal Burke y a Mons. Schneider me permito decirles que su autoridad ya es enteramente una fachada: son la caricatura de sí mismos, con sus mitras preciosas y sus capas magnas, la defensa del Concilio y las concelebraciones.

Roma no calla solamente; no se limita a «toleraros», confinándoos en reservas indias cada vez más estrechas: quiere reeducaros y os lo dice, pretendiendo de vosotros —que gozáis de un seguimiento significativo en el ambiente conservador— que os convirtáis en «oposición de Su Majestad», actuando como gatekeeper —como se dice hoy— y conteniendo así la hemorragia de católicos cada vez más desorientados por vuestra aquiescencia ante los despropósitos vaticanos más escandalosos. Y ya es evidente que una oposición controlada, lejos de obtener éxito alguno para la causa del catolicismo romano, se convierte, por el contrario, en cómplice de la destrucción de la Iglesia.

He aquí, pues, la declaración pacificadora del Card. Burke: «Ciertamente, la situación actual no constituye un estado de necesidad». Pero si hoy no existe un estado de necesidad, ¿después de qué nuevo escándalo y de qué herejía inaudita encontraréis el valor para rebelaros? ¿Cuántos sapos más estáis dispuestos a hacer tragar a quienes os consideran un referente moral y doctrinal? Después de Amoris Lætitia, la Pachamama, la Declaración de Abu Dabi, Traditionis Custodes, Fiducia Supplicans, Mater populi fidelis… ¿y después de que se os haya impedido profesar vuestra Fe sobre la tumba del Príncipe de los Apóstoles?

Como he escrito en Scisma capitale: «Mientras una parte de los católicos (los llamados conservadores) se obstine en no querer reconocer el bipolarismo del “papado conciliar y sinodal”, se encontrará en la terrible situación de prestar un asentimiento deliberado al error; en la tremenda posición de quienes, con esa complacencia cortesana en una obediencia servil, crean las premisas de la “desertio”, del abandono de Dios, del retiro de la Gracia. Es precisamente ese reconocimiento del error lo que lo institucionaliza, lo que lo hace irreversible, lo que desarma toda resistencia y lo que, en última instancia, criminaliza a quien heroicamente resiste».

Con vuestro cortés consentimiento y guardando silencio para no perder aquello que de hecho se os ha concedido, os prestáis a la operación del engaño (2 Tes 2,11).

Os bendigo y rezo por todos vosotros.

In Christo Rege,

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo

Viterbo, 24 de octubre de MMXXVI S. Raphaëlis Archangeli

 

https://www.exsurgedomine.org/blog/ai-fedeli-ai-chierici-e-ai-sacerdoti-della-xv-peregrinatio-ad-petri-sedem

 

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miércoles, 21 de octubre de 2026

CONTRA LA BARBARIE ORQUESTADA

 


Las escenas de guerrilla urbana que en estos días han devastado París, Lyon, Marsella, Limoges y —en Italia— Milán, Turín, Bolonia y otras ciudades no pueden reducirse a simples disturbios de plaza: son manifestaciones de violencia y de barbarie que transforman las calles en campos de batalla. Saqueos, incendios de edificios públicos y de tiendas, ataques a las fuerzas del orden, cientos de heridos, miles de arrestos: lo que se presenta como protesta contra el encarecimiento de la vida es en realidad uno de los instrumentos principales de la planificación científica con la que la élite tecnocrática globalista pretende introducir y alimentar focos de guerra civil en la población.

El malestar económico es real, pero se exacerba deliberadamente y luego se desvía. Grupos organizados —black bloc, núcleos de la ultraizquierda, bandas de jóvenes en su mayoría extracomunitarios que actúan “sin órdenes” según el modelo francés— transforman manifestaciones teóricamente pacíficas en caos controlado y fomentado. El objetivo es claro: crear el pretexto para legitimar nuevas formas de represión, de control social y de compresión de las libertades residuales. En todo esto no hay nada de espontáneo.

Condeno la complicidad de los gobernantes. Ellos han contribuido a generar las condiciones de empobrecimiento y de alienación, y ahora se sirven del desorden para fortalecer el aparato represivo, mientras pronuncian condenas de fachada. Condeno asimismo la traición de la jerarquía de la iglesia conciliar-sinodal, totalmente esclavizada a la élite tecnocrática globalista. En lugar de llamar a las almas al orden, a la justicia y a la Verdad perenne, ella calla, o peor aún, consiente, prefiriendo el diálogo con los poderes del mundo a la fidelidad al Evangelio y al Magisterio de siempre. Cuando la autoridad —civil y eclesiástica— deja de retener el error y se convierte en su vehículo, se consuma esa fractura que San Pablo describe como mysterium iniquitatis (2 Ts 2, 7-8).

La división es obra del divisor, Satanás. Quien alimenta deliberadamente el caos para luego imponer su propio orden no actúa por el bien de las almas, sino por la consolidación de un poder que ha repudiado a Cristo Rey. Mientras esta planificación no sea desenmascarada, todo pretexto de “renovación” o de “justicia social” seguirá al servicio de la iniquidad.

Reunámonos alrededor de la Verdad inmutable y de la Tradición apostólica. No ratifiquemos el error, no consintamos a la mentira. “Estad firmes y mantened las tradiciones que habéis aprendido” (2 Ts 2, 15).

 

MONS. CARLO-MARIA VIGANO

sábado, 17 de octubre de 2026

“UN PARADIGMA TEOLÓGICO QUE CAMBIA”

 


 

Miembro de la conferencia Amoris Laetitia dice que el evento muestra “una Iglesia que se está moviendo hacia una plena realización de la visión del Vaticano II y el Sínodo sobre la Sinodalidad” Es “una iglesia donde todos tienen voz” y donde hay “un cambio de paradigma en la teología” hacia la escucha, dijo el padre Stanislaus Chu Ilo.

 

“Un paradigma teológico que cambia”: lo admiten ellos mismos. Quien declara que la Iglesia “se mueve hacia la plena realización del Vaticano II y del Sínodo sobre la sinodalidad” no hace más que confesar lo que nosotros denunciamos: una ruptura, no un desarrollo homogéneo. La teología no tiene paradigmas que cambiar, porque tiene el “Depositum Fidei” que custodiar y transmitir. El Concilio Vaticano I lo ha definido en términos que nadie puede abrogar: del sentido de los dogmas no se debe nunca apartar uno “altioris intelligentiæ specie et nomine”, con el pretexto de una mejor comprensión. “¿Una Iglesia en la que todos tienen voz”? La Iglesia no es un parlamento, y Nuestro Señor no ha convocado consultas: “Qui vos audit, me audit”. La escucha que salva es el de la Palabra de Dios (“fides ex auditu” Rm 10,17), no la escucha del mundo, que ha obtenido nuestra rendición. Se escucha a Nuestro Señor, y luego se obedece. Y “Amoris lætitia”, cuya “recepción” se celebra con tanto fervor, ha introducido en la disciplina de los Sacramentos lo que la Escritura (Mt 19; 1 Cor 11, 27) y el Concilio de Trento excluían. Trento ha anatematizado a quien dice que la Iglesia yerra cuando enseña que el vínculo matrimonial no se disuelve por el adulterio, y que se puedan contraer otras nupcias con vida del cónyuge (Sess. XXIV, can. 7); y ha establecido que quien es consciente de pecado mortal no se acerque a la Eucaristía sin la previa Confesión sacramental (Sess. XIII, can. 11). Los funcionarios de la iglesia conciliar y sinodal llaman “paradigma” a lo que en la lengua de la Iglesia se ha llamado siempre error. Y cuando el error versa sobre una doctrina definida, la Iglesia Católica tiene un nombre aún más grave: herejía.

 

MONS. CARLO MARIA VIGANO

 

https://x.com/CarloMVigano/status/2110657027198325162?s=20

 

jueves, 8 de octubre de 2026

LA VICTORIA DEL ROSARIO

 


El 7 de octubre de 1571, mientras la flota de la Liga Santa enfrentaba en Lepanto a un enemigo que parecía invencible, San Pío V y el pueblo cristiano rezaban el Rosario. Triunfó entonces lo que había triunfado con Gedeón: “ne glorietur contra me Israel, et dicat: Meis viribus liberatus sum.” El Señor quitó a su caudillo veintinueve mil hombres y le dejó trescientos, para que nadie atribuyera a sus propias fuerzas una victoria que era Suya.

Hoy los gobernantes de Europa, olvidados de la identidad de sus pueblos forjada por el Catolicismo Romano, entregan inermes sus Países a una nueva invasión. Y la jerarquía presuntamente católica, que debería convocar a los fieles, fomenta la sustitución étnica, bendice a quienes la promueven y llama «diálogo» a su vil y abyecta deserción.

Pero los primeros enemigos de los pueblos europeos no son aquellos que violan nuestras fronteras: son quienes, siervos de los potentados financieros que pretenden gobernar las naciones, se sirven de ellos para desmantelar la Religión y el orden social, e imponer así su tiranía tecnocrática. A las gentes que llegan, la Iglesia Católica debe la caridad y el anuncio de Cristo; a sus instrumentalizadores, la valiente denuncia y la resistencia.

Una Europa apóstata de la Fe y pervertida en la Moral no tiene ya galeras, porque no tiene ya Rosarios. Pero la Virgen es la misma, y Dios no ha cambiado su juicio sobre los números: le bastan trescientos hombres, con tal de que estén de rodillas. “Cunctas hæreses sola interemisti in universo mundo.”

Volvamos a los pies del altar. Volvamos al Rosario cotidiano.

 

MONS. CARLO MARIA VIGANO

  

sábado, 3 de octubre de 2026

NON EXPEDIT - MONS. CARLO MARIA VIGANÒ

 


Conservadurismo cortés ante la apostasía sinodal

Por MONS. CARLO MARIA VIGANÒ

 

Estimado Dr. Valli:

He leído el comentario de Mons. Viganò[[1]] sobre las palabras del Santo Padre en París que usted ha publicado.

En suma, según los paladines de la tradición, el Papa habría debido ir a decir en la capital francesa que no existe la libertad de conciencia, que el Estado no debería «abrirse a todo culto», sino solamente a la verdadera religión, que la declaración de los derechos del hombre de 1948 es papel mojado, que libertad, igualdad, fraternidad son palabras masónicas y que no pueden encontrar su inspiración última en el Evangelio.

No le ha bastado al mundo tradicionalista ver en el corazón revolucionario de París a 800.000 personas participar devotamente en la Santa Misa, en el estadio Saint Denis a 80.000 jóvenes cantar en latín la Salve Regina, a multitud de sacerdotes confesar en la calle (como no se veía desde hacía tiempo), en el Palacio del Elíseo escuchar del Santo Padre la defensa del derecho a la vida como fundamento de todo otro derecho humano y la condena de la maternidad subrogada, todo ello en la cara de un desdichado Presidente que ha querido introducir el derecho al aborto en la Constitución.

Yo ciertamente no poseo la cultura de Mons. Viganò, pero creo que una cosa es defender la tradición, y otra atrincherarse en posiciones preconcebidas, pretender tomas de posición autorreferenciales que nos sitúan fuera de la realidad y contra el sentido común, negar el justo esfuerzo —debido por la Iglesia de todo tiempo— de encontrar puntos de convergencia entre la fe y la historia de un pueblo, lo cual no significa renegar del Evangelio de Cristo ni comprometerse con el espíritu del tiempo.

El Santo Padre debe anunciar a Cristo al hombre moderno, respetando su sensibilidad y su capacidad de comprensión, sin ponerse necesariamente a la defensiva mediante palabras de condena lapidaria que tendrían como único efecto el de no ser comprendidas y dispersar el rebaño.

Invito de todo corazón a quienes verdaderamente aman a la Iglesia a trabajar por su unidad, evitando todo aquello que pueda desgarrar la túnica inconsútil del Señor; y recemos unidos por los frutos duraderos de este extraordinario viaje apostólico a Francia, en el que hemos podido tocar con la mano la gracia de Dios que convierte el corazón del hombre, a pesar de nuestras insuficiencias.

Es una responsabilidad nuestra precisa ante Dios: y lo es —con mayor razón— para quien cree que la tradición es una fuente perenne de la vida de la Iglesia en una dinámica siempre nueva.

Con estima,

Pietro Piciocchi

 

Reconocieron la injusticia y le dieron ciudadanía.

2 Ts 2, 11-12

 

Estimado Abogado Piciocchi:

He leído atentamente la carta que Usted ha dirigido al Dr. Aldo Maria Valli y que me ha transmitido, a propósito de mi comentario al discurso de León XIV en el Elíseo. Sé que Aldo Maria ya ha publicado en su blog una respuesta ejemplar[[2]]; por mi parte, no quiero eximirme de afrontar Su carta: sin secundar la caricatura, sin dejarnos arrastrar al terreno emocional de las multitudes y sin ceder el principio a cambio de un aplauso por alguna frase compartible.

Su carta se abre con una paráfrasis: según los «paladines de la tradición», el Papa «habría debido ir a decir» en París que no existe la libertad de conciencia, que el Estado no debe abrirse a todo culto, que la Declaración de 1948 es papel mojado, que libertad, igualdad y fraternidad son palabras masónicas y no pueden encontrar inspiración en el Evangelio. Le respondo que nadie ha pedido a León que se dirigiera al Elíseo para recitar en voz alta el Syllabus ante Macron. Se ha pedido —y es cosa distinta— que un Romano Pontífice no contradiga, en la capital de la Revolución, la enseñanza constante de sus Predecesores sobre lo que aquella Revolución fue y sobre lo que aquel lema significa. No es el mismo acto. El primero es una escenificación que Usted nos atribuye para hacernos ridículos; el segundo es lo mínimo debido a quien se sienta en la Cátedra de Pedro.

La fórmula es sencilla: nosotros no pretendemos del Papa un anatema diplomáticamente inoportuno; pretendemos que él no ratifique ni elogie aquello que los Papas han llamado peste. Una vez restablecido esto, su carta pierde su eje.

El segundo argumento es el de la multitud: ochocientas mil personas en la Place de la Concorde, ochenta mil jóvenes en Saint-Denis que cantan la Salve Regina, sacerdotes que confiesan por la calle. Es el argumento más eficaz en el plano emotivo-sentimental, y el más débil en el plano de la Fe.

LEÓN SOMETE EL PAPADO A LA RELIGIÓN DEL GLOBALISMO

 


Por ARCIVESCOVO CARLO MARIA VIGANÒ

 

En París, en el Elíseo, León XIV ha elogiado la Ilustración como «conquista», ha dicho que los «derechos del hombre» —«en particular la libertad religiosa»— son «inherentes a la naturaleza de la persona», y ha presentado Liberté, Égalité, Fraternité no como lema de la Revolución, sino como «exigencias éticas universales» que encuentran en el Evangelio «una fuente inagotable de inspiración». Luego ha elevado la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 a «piedra miliar» del progreso moral. Es exactamente lo contrario del Magisterio hasta Pío XII.

Gregorio XVI, en Mirari Vos, llama «delirio» la pretensión de garantizar a cada uno la libertad de conciencia.

Pío IX, en Quanta Cura y en el Syllabus, condena el error según el cual cada uno sea libre de abrazar la religión que juzga verdadera; que ya no convenga tener la Religión Católica como única religión del Estado; que sea laudable abrir a todo culto el ejercicio público; que esa libertad civil no corrompa las costumbres; y que el Pontífice Romano pueda y deba reconciliarse con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna.

León XIII, en Libertas e Immortale Dei, corta el nudo: no existe un derecho natural al error; la verdadera libertad es la de hacer el bien; el Estado reconoce la verdadera Religión, no la pone al mismo rango de las falsas.

Pío XI, en Quas Primas y Mortalium Animos, recuerda que la paz y la dignidad no nacen de la rebelión de la Declaración de los Derechos del Hombre, sino del Reino social de Cristo.

Pío X, en Notre charge apostolique, desenmascara la tríada revolucionaria por lo que es: igualdad sin jerarquía, libertad sin Verdad, fraternidad sin Dios Padre —falsificación de la fraternidad cristiana, no su cumplimiento.

León XIV realiza la operación inversa. Pone en una misma línea a Clodoveo y a las Luces, como si el bautismo de Francia y la guillotina de clérigos y aristócratas pertenecieran al mismo «genio». Llama conquista a aquello que los Pontífices Romanos llamaban peste. Transforma en derecho aquello que el Magisterio perenne llamaba delirio. Hace del Evangelio la fuente de un lema masónico acuñado para destronar a Nuestro Señor Jesucristo. Y, citando a Juan Pablo II, pone una declaración de las Naciones Unidas —documento sin Cristo, sin Iglesia, sin ley natural cumplida en la Revelación— en el lugar de la Tradición como criterio del «progreso moral». León somete el Papado a la religión del globalismo: dignidad sin Mandamientos, libertad de conciencia contra la Voluntad de Dios, falsas religiones como variedades a tutelar, multilateralismo como horizonte, laicidad «justa» como marco.

Prevost firma con la sangre de los Mártires de la Revolución la carta del hombre sin Dios. Como en el cisma capital, quien se sienta en la Cátedra de Pedro no retiene el error: lo bendice y lo convierte en dogma indiscutible.

https://x.com/CarloMVigano/status/2103846439860285851?s=20

 

viernes, 25 de septiembre de 2026

«LA IGLESIA CATÓLICA «ESTÁ VIVA»; «LA IGLESIA SINODAL ES UN CADÁVER»: TERCERA Y ÚLTIMA PARTE DE LA ENTREVISTA CONCEDIDA POR MONS. VIGANÒ

 


En la primera parte de esta entrevista concedida a Gaetano Masciullo para LifeSiteNews, Mons. Carlo Maria Viganò expuso la tesis central de su última obra, El Cisma capital : un cisma que ya no nace de miembros que se separan de la cabeza, sino de la propia cabeza, cuando quien ocupa la Sede de Pedro utiliza la autoridad recibida “ad ædificationem” para demoler aquello que tiene por misión guardar. Explicó cómo el Concilio Vaticano II debilitó el papel de la Iglesia como katéchon, esa fuerza que, según san Pablo, retiene el desencadenamiento del “mysterium iniquitatis” en la historia. También abordó la cuestión de la autoridad pontificia, las reformas posconciliares, la sinodalidad y la creciente presencia de mujeres al frente de los dicasterios romanos, que separa el poder de gobierno de la sacra potestas conferida por el Orden.

En la segunda parte, Su Excelencia se concentró en la reforma litúrgica y en el motu proprio Traditionis custodes, que considera elementos clave de una deformación teológica y eclesiológica más amplia. También evocó el pontificado de León XIV, cuyo estilo mesurado hace, según él, todavía más insidiosa la continuación del programa de su predecesor, así como la existencia de redes de protección mutua en el seno de las élites eclesiásticas y la influencia de las potencias globalistas sobre la jerarquía actual.

Esta tercera parte de la entrevista reúne las reflexiones del antiguo Nuncio apostólico en Estados Unidos sobre los límites de la obediencia, que él define como una virtud y no como un ídolo. Cuando un mandato contradice la Fe o el bien de las almas, recuerda con santo Tomás y el ejemplo de los santos, obœdire oportet Deo magis quam hominibus. Trata de la legitimidad de la resistencia al error doctrinal y del estado de necesidad invocado por la Fraternidad San Pío X para sus nuevas consagraciones episcopales. También responde a las acusaciones de sedevacantismo dirigidas contra él: nunca tuvo la intención de separarse de la comunión apostólica, y pidió en vano a León XIV que lo confirmara en la Fe (confirma fratres tuos) y que le indicara en qué contradiría el Depositum Fidei. Finalmente, indica lo que considera como el camino de una restauración de la doctrina, de la liturgia y del gobierno de la Iglesia católica. Este camino pasa primero por un Papa que condene solemnemente los errores del Concilio y devuelva a la Iglesia su liturgia. Mientras tanto, pasa por la fidelidad de los católicos a la Misa de siempre y por la certeza sobrenatural de que, según la promesa de Fátima, el Corazón Inmaculado de María triunfará.

Tercera Parte de la entrevista concedida por Mons. Viganò a Gaetano Masciullo de LifeSiteNews: Sede y Sedente, entre sedevacantismo y papolatría.

Gaetano Masciullo: En varias ocasiones, usted ha informado de haber pedido en vano a León XIV una aclaración teológica. ¿Cómo interpreta el hecho de que un Papa que insiste tanto en el diálogo, la reconciliación y la escucha esté dispuesto a encontrarse con interlocutores muy alejados de la doctrina católica (pienso en James Martin o en el pseudoarzobispo de Canterbury), y no parezca dispuesto a abrir una confrontación con un arzobispo que le pide públicamente explicaciones sobre cuestiones teológicas fundamentales?

Lo interpreto como la prueba más clara de lo que digo desde hace varios años. El diálogo de la Iglesia sinodal no es un diálogo: es un dispositivo selectivo. Se dialoga con quienes no creen, porque con quienes no creen no hay nada que defender; no se dialoga con quienes creen, porque quienes creen hacen preguntas a las que no se quiere responder. La audiencia que me había sido concedida fue anulada sin explicación; en esos mismos días, una «arzobispa anglicana» era recibida con honores y daba su bendición cerca de la Tumba de San Pedro. La secuencia de los acontecimientos es más elocuente que cualquier comentario.

Escribí a León tres cosas sencillas: le pedí audiencia; le pedí que se arrepintiera y me confirmara en la Fe, como Cristo lo ordenó a Pedro; y le pedí que me dijera de qué manera yo contradecía el Depositum Fidei, porque se lo habría mostrado punto por punto, y le habría dicho cómo tengo intención de continuar. No recibí ninguna señal de respuesta. Y la razón no es ni una simple distracción ni la carga de trabajo: es que responder le habría exigido decir en qué cree la Iglesia sinodal, y por tanto confesar en qué difiere de lo que la Iglesia católica siempre ha creído. El silencio le sirve para mantener la ambigüedad; la excomunión lo dispensa de refutar. Pero el silencio es en sí mismo una respuesta, y la más elocuente. Un Papa que recibe a James Martin y no recibe a un Arzobispo que le pide ser confirmado en la Fe ya ha dicho de qué lado se coloca.

SPES CONTRA SPEM – MONS. CARLO MARIA VIGANÒ

 


Observaciones sobre la Nota «Un camino de esperanza» de los Dicasterios para la Doctrina de la Fe, para la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo Interreligioso

 

Por MONS. CARLO MARIA VIGANÒ

Et non est in alio aliquo salus. Nec enim aliud nomen est sub caelo datum
hominibus, in quo oporteat nos salvos fieri.

Act 4, 12

Habere non potest Deum patrem qui Ecclesiam non habet matrem.

S. Cyprianus, De unitate Ecclesiæ, 6

 

Preámbulo: una fecha que acusa

 

La Nota Un camino de esperanza, redactada con motivo del sexagésimo aniversario de Nostra Ætate, lleva la firma de los Cardenales Fernández, Koch y Koovakad. León XIV la ha aprobado y ha ordenado su publicación. Está fechada el 16 de septiembre, memoria de los Santos Cornelio y Cipriano.

No sé si los redactores se han dado cuenta de la ironía: San Cipriano es el Padre que entregó a la Iglesia la fórmula salus extra Ecclesiam non est. Él enseñó que no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre. Bajo su protección se publica un documento que, durante sesenta párrafos, se cuida mucho de no repetir aquella verdad; es más, de muchos modos la contradice y la niega. Y se trata del Dicasterio que fue el Santo Oficio. El órgano instituido para custodiar la Fe Católica ahora firma su liquidación.

Añadiré que la Nota ve la luz cuatro días después de la fiesta del Santísimo Nombre de María. El Beato Inocencio XI la extendió a la Iglesia universal en acción de gracias por la liberación de Viena de los otomanos, en 1683. Precisamente en esos días la Santa Sede nos explica que el verdadero peligro para la Cristiandad se llama islamofobia.

Examinemos, pues, el documento, no por lo que declara que quiere ser, sino por lo que «enseña».

 

I.           Una ruptura confesada

 

La Nota se presenta como testimonio de una «continuidad enriquecida». Pero basta leerla para darse cuenta de que ella misma desmiente esta pretensión, y más de una vez.

Ya al comienzo (n. 1) afirma que Nostra Ætate ha marcado un cambio profundo en el modo en que la Iglesia comprende su propia relación con las otras religiones. En la conclusión (n. 57) se complace en que aquella Declaración conciliar haya transformado radicalmente las relaciones interreligiosas. La Iglesia, se lee allí, habría pasado de una actitud reservada y distante a un camino de diálogo. En el n. 51 se llega a decir que el diálogo transforma a las personas, las comunidades y a veces incluso las estructuras eclesiales.

Ahora bien, la Iglesia no puede «comprender de otro modo» su propia relación con el error, porque esa relación está fijada por la Revelación divina. El Concilio Vaticano I lo enseñó con palabras que no admiten actualizaciones. El sentido de los sagrados dogmas declarado una vez por la Iglesia debe mantenerse para siempre: nec umquam ab eo sensu, altioris intelligentiæ specie et nomine, recedendum; jamás se debe apartar uno de aquel sentido [de los dogmas] bajo el pretexto o la apariencia de una mejor comprensión (Dei Filius, cap. 4). Y en el Juramento Antimodernista de San Pío X todo clérigo, hasta 1967, juraba: prorsus rejicio hæreticum commentum evolutionis dogmatum, ab uno in alium sensum transeuntium diversum ab eo, quem prius habebat Ecclesia; rechazo absolutamente la ficción herética de la evolución de los dogmas, que pasarían de un significado a otro diferente de aquel que la Iglesia profesaba anteriormente.

Un documento que celebra la «transformación radical» de una enseñanza no describe un desarrollo homogéneo. Describe una mutación. Y quienes desde esos Dicasterios adulteran la Fe, con el consentimiento y bajo los auspicios de León, traicionan y abusan de la autoridad que ocupan.

 

II. El indiferentismo con sotana

 

El corazón doctrinal de la Nota es una tesis que la Iglesia ha condenado siempre: las falsas religiones serían, en alguna medida, vías de acceso a Dios.

Se repite (n. 1) que la Iglesia no rechaza nada de lo que es verdadero y santo en las otras religiones. Se hace propia (n. 33) la catequesis de León del 29 de octubre de 2025, según la cual en toda búsqueda religiosa sincera se debería discernir un reflejo del único Misterio divino. Se afirma (n. 59) que el Espíritu Santo actúa en el interior de las diversas religiones de los pueblos y en ellas enciende la llama de la sabiduría. Y finalmente (n. 51) se define el diálogo interreligioso «un lugar teológico, donde el Espíritu Santo quiere hacerse oír».

¿POR QUÉ LA FRATERNIDAD SAN PIO X IGNORA A MONS. VIGANO?

 




 Por IGNACIO KILMOT

 

En lenguaje criollo diríamos que lo “ningunea”. Notoriamente. Esto es interesante porque la Fraternidad hace exactamente lo mismo que hace León XIV, exactamente la misma actitud, muy llamativa, ciertamente.

Para los sitios de noticias de la FSSPX, Mons. Viganò “no existe”. O, si existe, lo que dice no es digno de interés, no es digno de ser mencionado.

Y no es que la FSSPX no refleje o destaque las críticas de otros obispos contra Roma modernista. Por el contrario, suele destacar en su sitio web de noticias a Mons. Schneider, en primera plana, y también a Mons. Strickland a veces. Sin embargo, Viganò, quien es el más lúcido, el más punzante, el más jugado y comprobado defensor de la 0rtodoxia católica frente a la Iglesia conciliar/sinodal –y por eso fue excomulgado y repelido como si fuese un “hereje” y “cismático”, lo que no ocurrió con los otros obispos- sin embargo, la Fraternidad lo ignora olímpicamente. ¿Por qué?

Vamos a ver que se trata de una actitud farisaica, como son muchas de las actitudes de la Fraternidad, que en esto resulta coincidente con los herejes romanos. Por eso no puede decirse sino que los conciliares, dándoles la espalda a la Fraternidad, le han dado un poco de su propia medicina.

Esto no tiene nada que ver con las inválidas “excomuniones”, que repudiamos. Es algo relacionado con el orgullo religioso, que es el fermento farisaico que echa a perder lo que es verdaderamente religioso, y es por eso el mayor problema de la Tradición católica.

Recientemente, Mons. Viganò acaba de postear en la red social X acerca de su “ninguneo” por parte de León:

“Le escribí a León tres cosas simples: le pedí una audiencia; le pedí que se arrepintiera y me confirmara en la Fe, como Cristo ordenó a Pedro; y le pedí que me dijera en qué contradigo el Depositum Fidei, porque se lo habría mostrado punto por punto, y le habría dicho cómo pienso continuar. No recibí el menor indicio de respuesta. Y la razón no es la distracción ni el exceso de trabajo: es que responderle habría costado decir qué cree la iglesia sinodal, y por tanto confesar en qué difiere de lo que la Iglesia Católica ha creído siempre. El silencio le sirve para conservar la ambigüedad; la excomunión lo exime de refutar. Pero el silencio es en sí mismo una respuesta, y la más elocuente. Un papa que recibe a James Martin y no recibe a un Arzobispo que le pide ser confirmado en la Fe ya ha dicho de qué lado está”.

Va de suyo que Viganò no adoptó una posición sedevacantista, pues si lo fuera no tendría sentido pedirle una audiencia al papa León: simplemente lo ignoraría como a un impostor. Pues si bien Viganò en tiempos de Francisco cuestionó la legitimidad de éste, sin embargo, en un reciente libro que publicó toma distancia de la posición sedevacantista, y acaba de confirmar su rechazo de tal posición en una entrevista concedida a LifeSiteNews. Su postura no difiere esencialmente de la de Monseñor Lefebvre.

La actitud de Prevost hacia Viganò ha sido la misma hacia la FSSPX, que le demandó una audiencia pero fue ignorada.

Aparentemente, entonces, Mons. Viganò y la FSSPX coinciden. De hecho Mons. Viganò aplaudió la resolución de la Fraternidad de consagrar obispos y fue muy elogioso en sus términos de apoyo.

Recientemente, además, Mons. Viganò, que se mantiene muy activo, publicó un pequeño libro sumamente interesante y que se inscribe en este combate de la Tradición: “El cisma capital”, y luego brindó una extraordinaria entrevista (la mencionada al sitio LifeSiteNews, ver en este mismo blog) donde con mucha lucidez desmonta los mecanismos de acción subversiva de la secta conciliar que busca reemplazar la Iglesia católica mediante la “Iglesia sinodal”. Y finalmente hace dos días publicó un magistral análisis del último documento vaticano, celebratorio de los 60 años de Nostra Aetate.

Pero, pese a todo esto, la Fraternidad no hace la menor mención del valiente Arzobispo.

¿Qué pasa?

Creemos que hay dos motivos para esta actitud, ya dijimos farisaica, de la FSSPX.

1.-En primer lugar, hace varios años la congregación que entonces dirigía Mons. Fellay, en su campaña de acercamiento a Roma, en busca de un acuerdo práctico, y a instancias de una empresa de branding comercial, adoptó una política oficial de comunicación más light, menos dura, más simpática y amistosa, a fin de atraer más público (y donaciones). La marca de la Fraternidad pasó a ser manejada por una empresa que gestionaba distintas marcas comerciales, con el fin de hacerla más vendible (pueden verse detalles acá, acá y  acá ). Esa política institucional jamás cesó y es por eso que la FSSPX prefiere siempre usar un lenguaje más suave, diplomático, técnico o evasivo, “friendly”, y cuando hace críticas un poco más osadas lo hace a través de otras firmas y fuentes ajenas a la misma congregación. Un lenguaje acerado y viril como el del obispo Viganò no tiene cabida en ese marco lingüístico comunicacional (de paso: ¿alguien ha escuchado hablar últimamente a los nuevos obispos, desde que fueron consagrados?). Cuestiones como la religión noájida, el sionismo, el anticristo y la parusía, o la farsa pandémica no caben en la línea editorial de la FSSPX. Luego de la ignominiosa expulsión de Mons. Williamson de sus filas (debían expurgar a los “antisemitas”) muchas verdades quedaron al margen. Y eso no tiene que ver con la prudencia necesaria, sino con la imprudencia carnal de buscar agradar a Roma. ¿Acaso no pidieron el levantamiento de las “excomuniones”, cuando afirmaban que éstas eran nulas y no las reconocían?  Se nos dirá que la FSSPX terminó haciendo consagraciones episcopales contra la voluntad del Papa, pero eso obedeció a su extrema necesidad de supervivencia. Antes de ello buscaron desesperadamente (¿ingenuamente?) entenderse para obtener la aprobación romana. Y si bien la declaración de fe de la FSSPX está muy bien, se podrá observar que las críticas hacia Roma siempre han sido tímidas y nunca se dejó de remarcar el deseo de “dialogar”. Podrá verse también en este artículo un antecedente de esta actitud de la Fraternidad en relación al obispo Viganò. La Fraternidad debe tener el monopolio de la Tradición católica, así de simple.

2.-En segundo lugar, Mons. Viganò ha sido reconocido públicamente por los obispos de la “Resistencia” (ver acá), de quienes la Fraternidad condenó la consagración, por la única razón de que no pertenecían a la misma Fraternidad. Y, por si fuera poco, Mons. Viganò recibió la consagración bajo condición por parte de Mons. Williamson. Esto puso en evidencia algo que la Fraternidad dejó de hacer con el obispo Huonder, cuando lo recibió en su seno (sobre el dudoso obispo conciliar, judaizante y amigo de Francisco pueden verse estos artículos: acá, acá y acá). Por lo tanto, si Mons. Viganò tiene buenas relaciones con los obispos de la Resistencia, que salieron de la FSSPX, ésta no puede sino tratarlo de la misma manera desdeñosa. Por obvias razones no hace lo mismo con Mons. Schneider: porque éste tiene aún los pies dentro del plato y puede servirles para mantener las líneas de diálogo abiertas con Roma. Sin ir más lejos, en un artículo reciente (acá) el padre Daniele Di Sorco, superior de distrito de Italia, vuelve a insistir con el tema del diálogo, ese “mantra” que instaló el Vaticano II como muletilla para alcanzar la concordia universal. ¿La FSSPX quisiera dialogar para alcanzar la concordia con sus enemigos? Allí está el problema. La no distinción entre amigo-enemigo, una distinción que sólo tiene sentido cuando uno está en guerra. Dice Di Sorco que “a Roma no le gusta hablar de los problemas doctrinales planteados por el Concilio y el posconcilio. Esta discusión permanece siempre al margen y se busca más bien centrar la atención en los aspectos jurídicos o en aspectos de otra naturaleza, como la desobediencia, el cisma o las consagraciones episcopales”. ¡Chocolate por la noticia! Pero luego este sacerdote dice, no obstante eso: “…incluso antes de que termine esta crisis, se reanudarán las relaciones entre la Fraternidad y Roma”. ¿En qué quedamos? ¿Retomar relaciones, o sea, intercambio en un diálogo de sordos? Explica Di Sorco por qué dice eso: “Por una parte, porque la Fraternidad no se presenta como una alternativa a la Iglesia de Roma. La Fraternidad es parte de la Iglesia de Roma y busca, evidentemente, que las autoridades de la Iglesia de Roma vuelvan también a profesar la doctrina católica en su integridad”. Aquí vemos la gran confusión. La Fraternidad no es una alternativa a la Iglesia de Roma pero conserva la Tradición de la Iglesia de Roma, cosa que la Iglesia que hoy está en Roma no conserva ni quiere conservar. Eso es lo que impide el entendimiento y hace que la Roma modernista se sienta amenazada por la Tradición. Por lo tanto, hay que hacer la distinción que la Fraternidad ya no hace, pero que la Roma actual sí hace: ellos se llaman a sí mismos Iglesia sinodal, y enseñan una doctrina contraria a la doctrina católica tradicional. Allí sólo puede caber, por parte de la Tradición y de la Fraternidad, un anatema. En cambio, no se descarta reanudar las relaciones con quienes son enemigos, los peores enemigos, de la Iglesia católica.

Tal vez sea por esto, porque Mons. Viganò sí ve y señala el cisma capital que hay en Roma, que la corriente dominante en la Fraternidad no manifiesta su apoyo a este arzobispo. Y, en cambio, se mostró extrañamente obsequiosa con un obispo conciliar modernista y judaizante como Vitus Huonder, que nunca renegó de sus errores y su pasado y sin embargo fue sepultado con todos los honores junto a Mons. Lefebvre.

Es claro: el enemigo está adentro.

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