Por PADRE ÁLVARO CALDERÓN
Introducción
Estos años de Simposio han puesto de manifiesto que
las dificultades suscitadas por el Concilio Vaticano II son graves y muchas;
pero en su multiplicidad podemos señalar tres rasgos comunes: la confusión,
la proscripción y la conexión. Los problemas
planteados por el Vaticano II son confusos por dos
motivos; primero, porque el grupo innovador que dominó el Concilio
tuvo la prudencia de no ser explícito para evitar la confrontación abierta con
la mens tradicional de la mayoría; segundo, porque
el pensamiento moderno que lo anima es necesaria y deliberadamente ambiguo,
pues no cultiva los instrumentos que dan rigor al pensamiento con la intención
de permanecer en el pacífico ámbito del pluralismo doctrinal. Son también
errores proscriptos, pues cuando con heroico esfuerzo se logra
precisar el pensamiento conciliar tras la bruma de sus textos, se halla que en
la mayoría de los casos son errores ya condenados explícitamente por el
magisterio antimoderno de los cien años anteriores. Y son planteos, por
último, conectados; porque, a pesar de la confusión en que se
envuelven, hemos podido comprobar que las novedades prohijadas en los diversos
documentos conciliares están ligadas en estrecha trabazón.
Hasta ahora hemos ido destruyendo los diversos errores
conciliares por medio de su explicitación, pues una vez quitado el
velo de confusión que los protege, aparece su carácter de proscriptos. Pero
como están conectados en única construcción, hay una segunda manera de destruir
el edificio; la primera es con largo trabajo, demoliendo parte por parte desde
el techo hasta los cimientos; la segunda es con un único esfuerzo, golpeando en
el punto crucial donde concurren las fuerzas de todos los extremos. Llegados al
término de nuestro Simposio, convenía atacar entonces la piedra angular que
traba toda la construcción conciliar, impidiendo que el peso de las condenas
anteriores la derrumbe. Y esta pieza clave no es otra que la autoridad del
Concilio. El constante recurso a la
autoridad del Concilio es lo que otorgó a los Papas posteriores la enorme
energía necesaria para frenar el impulso antiliberal que traía la Iglesia y
lanzarla con fuerza en sentido contrario; y es también lo que anula nuestra
resistencia. Pero podemos precisar más, porque la autoridad se divide en doctrinal y disciplinar,
y ésta está subordinada a aquélla; por lo tanto, el problema fundamental que
debemos resolver es el que plantea la autoridad doctrinal del
Concilio Vaticano II, es decir, el valor de su magisterio.
Este problema se resuelve a la luz de dos premisas, cada una de las cuales presenta su dificultad. Como premisa mayor necesitamos decir cuáles son los criterios verdaderos que permiten juzgar el valor del magisterio de un concilio ecuménico, doctrina que tiene todavía muchas zonas de sombra entre los teólogos.

