Observaciones
sobre la Nota «Un camino de esperanza» de los Dicasterios para la Doctrina de
la Fe, para la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo Interreligioso
Por MONS. CARLO MARIA VIGANÒ
Et non est in alio aliquo salus. Nec enim aliud
nomen est sub caelo datum
hominibus, in quo oporteat nos salvos fieri.
Act 4, 12
Habere non potest
Deum patrem qui Ecclesiam non habet matrem.
S. Cyprianus, De unitate Ecclesiæ, 6
Preámbulo: una fecha que acusa
La Nota Un
camino de esperanza, redactada con motivo del sexagésimo aniversario de Nostra
Ætate, lleva la firma de los Cardenales Fernández, Koch y Koovakad. León
XIV la ha aprobado y ha ordenado su publicación. Está fechada el 16 de
septiembre, memoria de los Santos Cornelio y Cipriano.
No sé si
los redactores se han dado cuenta de la ironía: San Cipriano es el Padre que
entregó a la Iglesia la fórmula salus extra Ecclesiam non est. Él enseñó
que no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre.
Bajo su protección se publica un documento que, durante sesenta párrafos, se
cuida mucho de no repetir aquella verdad; es más, de muchos modos la contradice
y la niega. Y se trata del Dicasterio que fue el Santo Oficio. El órgano
instituido para custodiar la Fe Católica ahora firma su liquidación.
Añadiré
que la Nota ve la luz cuatro días después de la fiesta del Santísimo Nombre de
María. El Beato Inocencio XI la extendió a la Iglesia universal en acción de
gracias por la liberación de Viena de los otomanos, en 1683. Precisamente en
esos días la Santa Sede nos explica que el verdadero peligro para la
Cristiandad se llama islamofobia.
Examinemos,
pues, el documento, no por lo que declara que quiere ser, sino por lo que
«enseña».
I.
Una ruptura confesada
La Nota
se presenta como testimonio de una «continuidad enriquecida». Pero basta leerla
para darse cuenta de que ella misma desmiente esta pretensión, y más de una
vez.
Ya al
comienzo (n. 1) afirma que Nostra Ætate ha marcado un cambio profundo en
el modo en que la Iglesia comprende su propia relación con las otras
religiones. En la conclusión (n. 57) se complace en que aquella Declaración
conciliar haya transformado radicalmente las relaciones interreligiosas. La
Iglesia, se lee allí, habría pasado de una actitud reservada y distante a un
camino de diálogo. En el n. 51 se llega a decir que el diálogo transforma
a las personas, las comunidades y a veces incluso las estructuras eclesiales.
Ahora
bien, la Iglesia no puede «comprender de otro modo» su propia relación con el error, porque esa relación está fijada por la Revelación divina. El Concilio Vaticano I lo enseñó con palabras que no admiten
actualizaciones. El sentido de los sagrados dogmas declarado una vez por la
Iglesia debe mantenerse para siempre: nec umquam ab eo sensu, altioris
intelligentiæ specie et nomine, recedendum; jamás se debe apartar uno de
aquel sentido [de los dogmas] bajo el pretexto o la apariencia de una mejor
comprensión (Dei Filius, cap. 4). Y en el Juramento Antimodernista de
San Pío X todo clérigo, hasta 1967, juraba: prorsus rejicio hæreticum
commentum evolutionis dogmatum, ab uno in alium sensum transeuntium diversum ab
eo, quem prius habebat Ecclesia; rechazo absolutamente la ficción herética
de la evolución de los dogmas, que pasarían de un significado a otro diferente
de aquel que la Iglesia profesaba anteriormente.
Un
documento que celebra la «transformación radical» de una enseñanza no describe
un desarrollo homogéneo. Describe una mutación. Y quienes desde esos
Dicasterios adulteran la Fe, con el consentimiento y bajo los auspicios de
León, traicionan y abusan de la autoridad que ocupan.
II. El
indiferentismo con sotana
El
corazón doctrinal de la Nota es una tesis que la Iglesia ha condenado siempre:
las falsas religiones serían, en alguna medida, vías de acceso a Dios.
Se repite
(n. 1) que la Iglesia no rechaza nada de lo que es verdadero y santo en las otras religiones. Se hace propia (n. 33) la catequesis de León
del 29 de octubre de 2025, según la cual en toda búsqueda religiosa sincera se
debería discernir un reflejo del único Misterio divino. Se afirma (n. 59) que el Espíritu Santo actúa en el interior de las diversas religiones de los pueblos y
en ellas enciende la llama de la sabiduría. Y finalmente (n. 51) se define el diálogo interreligioso «un lugar teológico, donde el Espíritu Santo quiere
hacerse oír».







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