Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

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jueves, 22 de octubre de 2026

LAS DIVERSAS ETAPAS DE LA REVOLUCIÓN FILOSÓFICO-RELIGIOSA POSCONCILIAR

 


Por DON CURZIO NITOGLIA

 

La Revolución cultural/teológica del posconcilio

1.º) con Juan Pablo II —de 1978 a 2005— se caracterizó, sobre todo, por el intento de regresar al judeocristianismo, que ya había sido condenado por el Concilio de Jerusalén bajo san Pedro en el año 49;

2.º) con Benedicto XVI —de 2005 a 2013— se distinguió especialmente por el intento de presentar la ruptura dogmática neomodernista real en continuidad ideal con la Tradición divino-apostólica;

3.º) con Francisco —de 2013 a 2025— se caracterizó, ante todo, por la revelación brutal, pero al menos en parte sincera, del alcance teológico y litúrgico revolucionario del Concilio Vaticano II y del posconcilio; y, finalmente,

4.º) con León XIV —2025/2026…— se ha distinguido particularmente por una agresividad sustancialmente modernista, enmascarada bajo apariencias clericales de marca, afectadamente conservadoras y ceremoniosamente apacibles en las formas, pero duras en cuanto a su sustancia despiadada: «Ferociter in re et suaviter in modo» [«Con ferocidad en el fondo y suavidad en las formas»].

La «segunda guerra civil europea» (1939-1945) como ariete para derribar la cultura metafísica de la Antigüedad clásica y de la Patrística y la Escolástica.

Lamentablemente:

1.º) la maniobra iniciada en 1943, con el desembarco «aliado» en Sicilia, que por desgracia no se detuvo en la «línea de playa»…;

2.º) la fundación de Pro Deo en Roma (1944-1946);

3.º) la promulgación del Concilio Vaticano II (8 de diciembre de 1965);

4.º) el «lanzamiento», en Roma, de la «misa beat» de Morlion (1966); y, después,

5.º) la «promulgación» del «Novus Ordo Missae» (1969), han destruido parcialmente la mentalidad metafísico-jurídica de la Antigüedad grecorromana, perfeccionada por la Cristiandad, y la especificidad dogmática del catolicismo romano, para asestarles finalmente el golpe de gracia a partir de la judaización del ambiente eclesial romano, sobre todo:

6.º) con Juan Pablo II (Maguncia, 17 de noviembre de 1980: «La Antigua Alianza nunca ha sido revocada»; Gran Templo o Sinagoga de Roma, 13 de abril de 1986, más el «Te Deum» en la iglesia del Gesù de Roma, el 31 de diciembre de 1986: «Los judíos, hermanos mayores de los cristianos […] / en la Fe de Abrahán»; la jornada panecuménica de Asís, el 27 de octubre de 1986, repetida cada «decenio de la era conciliar», que por desgracia ha durado más de veinte años); llevadas teológicamente al cenit, de manera discretamente oculta, académica y encubierta, por

7.º) Benedicto XVI (bajo la apariencia de una «hermenéutica de la continuidad», siempre afirmada pero nunca demostrada, como decía monseñor Brunero Gherardini) y por

8.º) el papa Francisco, que finalmente se quitó la máscara de la aparente «continuidad» bien educada para mostrar toda la fealdad, descamisada y maleducada, de la «ruptura» con la Tradición divino-apostólica; y, finalmente, continuadas sustancialmente por

9.º) León XIV; quien, aunque vista de «clergyman de marca» y se mueva pomposa y ceremoniosamente como Benedicto, en realidad actúa esencialmente como Francisco («latet in herba anguis», Publio Virgilio Marón, Bucólicas, III, 93).

sábado, 17 de octubre de 2026

LA REVOLUCIÓN PERPETUA: CÓMO LA IGLESIA SINODAL DERROCÓ A LA IGLESIA CONCILIAR

 


Desde el concilio de Juan XXIII hasta la revolución sinodal de Francisco y la consolidación de León XIV, cada nuevo régimen eclesiástico prepara a los fieles para aceptar aquello que su predecesor defendió en otro tiempo contra ellos.

 

Por CHRIS JACKSON

 

El 11 de octubre de 1962, más de dos mil obispos se reunieron bajo las inmensas bóvedas de la basílica de San Pedro para la apertura del Concilio Vaticano II. Juan XXIII los había convocado a Roma. Las antiguas ceremonias permanecían intactas, los obispos vestían las conocidas vestiduras de los prelados católicos y la jerarquía reunida profesaba el mismo Credo que los católicos habían recitado durante siglos.

Treinta años después, el 11 de octubre de 1992, Juan Pablo II promulgó el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica mediante la constitución apostólica Fidei Depositum. La fecha fue elegida deliberadamente para conmemorar la apertura del concilio. El Catecismo, declaró, era una «norma segura para la enseñanza de la fe».

El 11 de octubre de 2026 marca el sexagésimo cuarto aniversario del primer acontecimiento y el trigésimo cuarto aniversario del segundo.

Vale la pena considerar conjuntamente estos aniversarios, particularmente ahora que la revolución eclesiástica asociada al Vaticano II ha alcanzado una etapa que incluso algunos de sus arquitectos originales podrían tener dificultades para reconocer.

Juan Pablo II consideraba su Catecismo un logro definitivo del ordenamiento posconciliar. El cardenal Joseph Ratzinger, el futuro Benedicto XVI, había presidido la comisión responsable de prepararlo. Se suponía que el documento proporcionaría estabilidad doctrinal después de las convulsiones de las tres décadas precedentes.

Sin embargo, en 2018, Francisco ordenó que se reescribiera su enseñanza sobre la pena de muerte. Una pena que Juan Pablo II había reconocido como legítima en circunstancias excepcionalmente restringidas fue declarada entonces inadmisible porque atentaba contra la dignidad humana. El Vaticano insistió en que se trataba de un auténtico desarrollo doctrinal.

Y ayer mismo, 10 de octubre, León XIV reafirmó la formulación de Francisco.

Consideremos la secuencia histórica.

Se convoca un concilio. Se implementan sus reformas. Se elabora un nuevo Catecismo para estabilizar el orden eclesiástico resultante. Luego, un sucesor revisa ese Catecismo en una cuestión de doctrina moral, mientras que otro sucesor respalda la revisión como enseñanza católica.

El aniversario de la promulgación del Catecismo se ha convertido en una ocasión inesperadamente útil para preguntarse qué es, exactamente, lo que se supone que debe garantizar un Catecismo católico.

Pero la pena de muerte es solo un ejemplo.

La disciplina sacramental defendida por Juan Pablo II en Familiaris Consortio ha sido sustancialmente modificada mediante la interpretación y aplicación de Amoris Laetitia. El intento de Benedicto XVI de reconciliar a la Iglesia posconciliar con su herencia litúrgica romana tradicional fue desmantelado por Traditionis Custodes. A la prohibición de 2021 del Dicasterio para la Doctrina de la Fe de bendecir las uniones homosexuales le siguió, apenas tres años después, Fiducia Supplicans, que autorizó las bendiciones de parejas del mismo sexo.

Mientras tanto, el gobierno eclesiástico está experimentando una transformación propia. Las mujeres ocupan ahora puestos de autoridad dentro de la Curia Romana que habrían resultado extraordinarios incluso bajo Juan Pablo II. Las cuestiones relativas al ministerio ordenado de las mujeres siguen siendo objeto de debate, a veces por parte de obispos y altos funcionarios eclesiásticos, a pesar de la enseñanza definitiva sobre el sacerdocio.

Estos acontecimientos sugieren algo considerablemente más trascendental que la mera continuación de la implementación del Vaticano II.

sábado, 3 de octubre de 2026

LEÓN SOMETE EL PAPADO A LA RELIGIÓN DEL GLOBALISMO

 


Por ARCIVESCOVO CARLO MARIA VIGANÒ

 

En París, en el Elíseo, León XIV ha elogiado la Ilustración como «conquista», ha dicho que los «derechos del hombre» —«en particular la libertad religiosa»— son «inherentes a la naturaleza de la persona», y ha presentado Liberté, Égalité, Fraternité no como lema de la Revolución, sino como «exigencias éticas universales» que encuentran en el Evangelio «una fuente inagotable de inspiración». Luego ha elevado la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 a «piedra miliar» del progreso moral. Es exactamente lo contrario del Magisterio hasta Pío XII.

Gregorio XVI, en Mirari Vos, llama «delirio» la pretensión de garantizar a cada uno la libertad de conciencia.

Pío IX, en Quanta Cura y en el Syllabus, condena el error según el cual cada uno sea libre de abrazar la religión que juzga verdadera; que ya no convenga tener la Religión Católica como única religión del Estado; que sea laudable abrir a todo culto el ejercicio público; que esa libertad civil no corrompa las costumbres; y que el Pontífice Romano pueda y deba reconciliarse con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna.

León XIII, en Libertas e Immortale Dei, corta el nudo: no existe un derecho natural al error; la verdadera libertad es la de hacer el bien; el Estado reconoce la verdadera Religión, no la pone al mismo rango de las falsas.

Pío XI, en Quas Primas y Mortalium Animos, recuerda que la paz y la dignidad no nacen de la rebelión de la Declaración de los Derechos del Hombre, sino del Reino social de Cristo.

Pío X, en Notre charge apostolique, desenmascara la tríada revolucionaria por lo que es: igualdad sin jerarquía, libertad sin Verdad, fraternidad sin Dios Padre —falsificación de la fraternidad cristiana, no su cumplimiento.

León XIV realiza la operación inversa. Pone en una misma línea a Clodoveo y a las Luces, como si el bautismo de Francia y la guillotina de clérigos y aristócratas pertenecieran al mismo «genio». Llama conquista a aquello que los Pontífices Romanos llamaban peste. Transforma en derecho aquello que el Magisterio perenne llamaba delirio. Hace del Evangelio la fuente de un lema masónico acuñado para destronar a Nuestro Señor Jesucristo. Y, citando a Juan Pablo II, pone una declaración de las Naciones Unidas —documento sin Cristo, sin Iglesia, sin ley natural cumplida en la Revelación— en el lugar de la Tradición como criterio del «progreso moral». León somete el Papado a la religión del globalismo: dignidad sin Mandamientos, libertad de conciencia contra la Voluntad de Dios, falsas religiones como variedades a tutelar, multilateralismo como horizonte, laicidad «justa» como marco.

Prevost firma con la sangre de los Mártires de la Revolución la carta del hombre sin Dios. Como en el cisma capital, quien se sienta en la Cátedra de Pedro no retiene el error: lo bendice y lo convierte en dogma indiscutible.

https://x.com/CarloMVigano/status/2103846439860285851?s=20

 

miércoles, 20 de mayo de 2026

“JUDEO/CRISTIANOS” Y “JUDAIZANTES”

 



por DON CURZIO NITOGLIA

 

Introducción: un problema de máxima actualidad

 

El tema de este artículo podría parecer cronológicamente superado. Sin embargo, tanto 1.º desde el punto de vista teológico (después del Concilio Vaticano II, con la Declaración Nostra aetate del 28 de octubre de 1965; luego con la teología claramente judaizante de Juan Pablo II desde 1978 hasta 2005; retomada y continuada por Benedicto XVI desde 2005 hasta 2013); como 2.º desde el punto de vista hegemónico cultural/político/económico (con la Religio holocáustica, el único dogma que no puede ser puesto en discusión ni siquiera en la posmodernidad); como 3.º desde el punto de vista bélico (con el nacimiento del Estado de Israel en 1948 hasta el genocidio de los gazatíes y cisjordanos desde 2024 hasta 2026…), el problema del Judeo/Cristianismo y de los Judaizantes ha vuelto al primer plano con una enorme fuerza y actualidad.

Por ello, para ser comprendido en toda su importancia y gravedad —que nos está conduciendo hacia un conflicto universal—, debe ser afrontado primero desde un punto de vista teológico para poder luego ser resuelto políticamente, socialmente, económicamente y militarmente.

En efecto, mientras se siga considerando que Israel es el “Mesías militante” de los Goyim, que (según el Talmud) son una especie de “animales parlantes” al servicio de Israel, no habrá paz sobre esta tierra.

 

LOS JUDEO/CRISTIANOS:

 

Cristianos de religión, pero de etnia hebrea.

El término Judeo/Cristianismo se aplica —en sentido estricto— a los “Cristianos nacidos judíos, los cuales sostenían que la Ley ceremonial del Antiguo Testamento no había sido abolida y entraron así en conflicto no sólo con san Pablo, sino con el Cristianismo mismo”.

 

Complot contra la Iglesia de Cristo

 

Ellos, desde el nacimiento mismo de la Iglesia de Cristo, que perfeccionaba la Antigua Alianza, comenzaron a sembrar errores doctrinales y cizaña práctica entre las filas de los Cristianos, presumiendo ser una “raza superior” ante la cual debían inclinarse incluso Cristo y el Evangelio.

No satisfechos con haberlo crucificado, al constatar el nacimiento de una numerosa comunidad de Cristianos, intentaron matar al Cristianismo, ya no de manera cruenta, como hicieron el Viernes Santo en el Gólgota, sino de modo incruento, mediante el complot secreto y la infiltración subterránea, para transformar el Evangelio de Cristo desde dentro y devolverlo al viejo fariseísmo talmúdico y cabalístico.

Esta infiltración en el seno de la Iglesia de Cristo (como lamentó san Pío X, hasta el punto de llamar al Modernismo “secta secreta”) nunca ha cesado, así como tampoco el complot contra la Roma de los Papas, que —en la Nueva Alianza— ha tomado el lugar de la Jerusalén deicida, la cual había renegado no sólo de Cristo, sino también del Antiguo Testamento, que está enteramente referido al Nuevo y Eterno.

 

sábado, 27 de diciembre de 2025

LA CANONIZACIÓN DE JUAN PABLO II

 


Por P. JOSÉ Mª MESTRE ROC

 

Más de un millón de personas asistió a la beatificación de Juan Pablo II en Roma el 1 de mayo de 2011. Esta inmensa reunión fue la respuesta al clamor que se oyó el 8 de abril de 2005, día del entierro de quien tuvo el tercer pontificado más largo de la historia: «¡Santo súbito!», gritaba la multitud. Y ahora el nuevo Papa Francisco anunció la canonización del supuesto Beato Juan Pablo II para el 27 de abril de 2014.

Mientras en el mundo entero se levantaba inmediatamente un concierto de aprobación, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X presentaba a Roma sus graves objeciones contra la santidad del Papa Juan Pablo II, que causó más destrucción en la Iglesia que todas las revoluciones y persecuciones de los tiempos pasados. Por eso cabe preguntarse:

¿Puede ser canonizado un Papa como Juan Pablo II?

Para examinar correctamente la cuestión, conviene saber que, para la Iglesia católica, la santidad consiste en la práctica constante y heroica de las virtudes cristianas, esto es, de las virtudes coronadas por los dones del Espíritu Santo. Si en el proceso de canonización de alguien se probara que sus virtudes carecieron del modo heroico de los dones, automáticamente se interrumpiría el proceso, y aun se clausuraría para siempre. En el caso de Juan Pablo II, las virtudes, para ser heroicas, especialmente en sus deberes como Papa, deberían haber cumplido lo que el Señor pidió a Pedro, de «confirmar a sus hermanos en la fe» (Lc. 22 31), y esto hasta el heroísmo, conforme al criterio según el cual «la Iglesia de Cristo, diligente custodia y defensora de los dogmas a ella confiados, jamás cambia, ni disminuye, ni añade nada en ellos».

Examinemos, pues, al menos las tres virtudes teologales, para ver si cumplen con los requisitos para una canonización. Si Juan Pablo II hubiese desnaturalizado la esencia de esas virtudes, necesariamente se habría equivocado en la práctica cristiana de las mismas, y de ningún modo se lo podría considerar como un santo, ni siquiera como un buen católico.

 

1° Fe en el hombre, perspectiva fundamental para la Iglesia.

 

Todo cristiano, especialmente en los peligros actuales contra la fe, esperaría ver al Papa en la práctica heroica de la virtud teologal de fe, recordando a tiempo y a destiempo las enseñanzas perennes, y salvaguardando el depósito confiado a Pedro. Por desgracia, Juan Pablo II dirigió la barca de Pedro por caminos novedosos muy peligrosos para la fe, asumiendo la corrupción doctrinal propia de los modernistas del siglo XX.

Por empezar, la fe de Juan Pablo II estuvo centrada en el hombre: «La Navidad es la fiesta del hombre [...]. Este mensaje se dirige a cada hombre, precisamente en cuanto es hombre, a su humanidad». Esta teología antropocéntrica permaneció sin cambios durante décadas y se hizo más clara todavía en los últimos años de su pontificado. Para Juan Pablo II, la Revelación divina sólo consiste en la revelación del hombre al hombre; la Redención de Cristo justificó a todos los hombres, haciéndolos conscientes de su dignidad: «El Hijo de Dios, por su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo hombre, lo sepa o no lo sepa, lo quiera o no lo quiera». Así, Dios envió un Redentor que «revela plenamente el hombre a sí mismo», invitándolo a encontrarse con Cristo, que por su acto redentor ha unido a todos los hombres consigo mismo para siempre.

Conforme a esta nueva enseñanza, el Papa Juan Pablo II difundió tesis incompatibles con la doctrina católica:

•        En cuanto a la Redención, enseñó la salvación universal, ya que se aplica: a todos y a cada uno de los hombres; de modo perpetuo e inamisible; desde la concepción, cualquiera que sea el destino de cada uno.

•        En cuanto al bautismo: la gracia santificante es el vínculo indisoluble entre todos los bautizados; se halla en cada uno de ellos, independientemente de sus disposiciones en el momento del bautismo; y el pecado no la destruye.

•        En cuanto al pecado y la satisfacción del pecado por Cristo: el pecado no ofende a la justicia divina, es sólo «una incoherencia en la conciencia del hombre»; en su pasión, Cristo no satisfizo verdadera y propiamente a la justicia divina; estrictamente hablando, en el Juicio final Dios no condenará a los réprobos, y nadie está siquiera seguro de que haya alguien en el infierno.

 

2° Esperanza de la unificación de la familia humana.

 

Juan Pablo II se esforzó en sostener las esperanzas de la humanidad en el paso al tercer milenio, haciéndose llamar «el mensajero de la esperanza». Pues bien, esta esperanza se centró también en el hombre, y su meta fue cumplir «la expectativa de un mundo más humano, enraizado en el reconocimiento universal de la dimensión trascendente del hombre».

sábado, 20 de diciembre de 2025

LA TEOLOGÍA DEL VATICANO II PROVIENE DE LA ANTROPOLATRÍA Y CONDUCE AL LUCIFERISMO

 


Por CANONICUS ROMANUS

 

Prólogo


Parafraseando al padre Cornelio Fabro, afronto la cuestión del “giro antropológico”[1] del Concilio Vaticano II para tratar de comprender de dónde ha venido y adónde podría conducirnos si lo siguiéramos.

 

O Dios o el Yo


Pablo VI, en la Homilía de la novena sesión del Concilio (7 de diciembre de 1965), dijo: «La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión (porque tal es) del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, un anatema? Podía haber sido, pero no ha sucedido. […]. Una inmensa simpatía lo ha invadido todo. […]. ¡También nosotros, nosotros más que nadie, somos los cultores del hombre!» (Enchiridion Vaticanum, Documentos. El Concilio Vaticano II, EDB, Bolonia, IX ed., 1971, pp. 282-283).

¡Cuán estridente resulta esta frase, objetivamente blasfema, de Montini, “cultor del hombre” y, más aún, de la “religión del hombre que se hace Dios”!:

1.º) con la Encarnación del Verbo, que «se anonadó hasta tomar forma de hombre» (Flp., II, 3-7);

2.º) con lo que sobre ella escribe san Agustín: «El Verbo de Dios se hizo hombre para que el hombre no se atreviera a hacerse semejante a Dios» (Sermones, LXXVII, 11-12);

3.º) con lo dicho por Pío XII en el Radiomensaje de Navidad del 24 de diciembre de 1952: «El satanismo más profundo y capilar es la apoteosis del hombre»; y, por último,

4.º) con lo escrito en 1903 por san Pío X en la encíclica E supremi apostolatus cathedra, en la que identificaba el “culto del hombre” con «la esencia del Reino del Anticristo».

En resumen, Montini y el Vaticano II contradicen lo que enseñan la Sagrada Escritura (san Pablo) y la Tradición patrística (san Agustín); es decir, las dos Fuentes de la divina Revelación y el Magisterio (Pío X y Pío XII), que es su intérprete auténtico.

Si nos asaltara la duda de que este “culto del hombre” y esta “religión del hombre que se hace Dios”, presentados como los dos pilares del Vaticano II, fueran una opinión puramente subjetiva y personal de Montini, basta leer lo que escribió Juan Pablo II en la encíclica Dives in misericordia de 1980: «Mientras las diversas corrientes del pensamiento humano, en el pasado y en el presente, han sido y continúan siendo propensas a dividir e incluso a oponer el teocentrismo al antropocentrismo, la Iglesia [del Concilio Vaticano II, ndr] […] trata de conjugarlos […] de manera orgánica y profunda. Y éste es uno de los puntos fundamentales, y quizá el más importante, del Magisterio del último Concilio».

lunes, 8 de diciembre de 2025

LA VICTORIA PERSONAL DE LA INMACULADA…

 


El 29 de mayo de 1996, en una catequesis mariana de miércoles, Juan Pablo II afirmó que la santísima Virgen María no aplastaba la cabeza del demonio sino únicamente por medio de su Hijo. Al hacerlo, menospreciaba la exégesis mariana tradicional del Protoevangelio (Gn 3, 15), que el Padre de Montfort ha comentado tan bien en su Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen (VD 51-54).

Pío IX, en la bula Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854, que define el dogma de la Inmaculada Concepción, y Pío XII, en la Constitución apostólica Munificentissimus Deus del 1.º de noviembre de 1950, que define el dogma de la Asunción de la Virgen María, enseñan que el Protoevangelio es el fundamento escriturístico más antiguo de la Sagrada Escritura en favor de estos dos dogmas.

La razón es muy simple. Jesús y María están indisolublemente unidos en la obra de la Salvación, y san Luis María de Montfort dice que “antes se separaría la luz del sol y el calor del fuego” (VD 63) que separar a Jesús de María.

Jesucristo obtuvo una doble victoria sobre el demonio: la primera, sobre el pecado, por su muerte en la Cruz; la segunda, sobre la muerte —que es la principal consecuencia del pecado—, por su Resurrección. Es una victoria personal de Cristo. ¿Puede decirse también que María obtuvo una doble victoria semejante? ¿No la obtiene únicamente por medio de su Hijo, como dice Juan Pablo II?

¡Pues bien!, hay que responder que la victoria de la Virgen es también una victoria personal. Esto es fácil de demostrar: la Virgen María, Madre de Dios, obtiene la victoria sobre el pecado por su Inmaculada Concepción y su impecabilidad; obtiene la victoria sobre la muerte —principal consecuencia del pecado— por su Asunción. ¡La victoria de la Virgen sobre el demonio es, pues, igualmente una victoria personal!

Esta doctrina es totalmente clásica, puesto que el Padre de Montfort, en su primer Método para decir el Rosario, en el 4.º Misterio glorioso, formuló así la ofrenda del Misterio: «Os ofrecemos, Señor Jesús, esta decimocuarta decena [entendida: del Rosario] en honor de la Concepción Inmaculada y de la Asunción en cuerpo y alma de vuestra santa Madre a los cielos…» (MR 4).

El Padre Grignion supo poner al alcance de los sencillos fieles esta verdad mariana tradicional en sus Métodos para rezar el Rosario con atención y devoción, es decir, con fruto.

Confrérie Marie Reine des Cœurs, FSSPX, N° 238, Diciembre 2025.

 

 

sábado, 15 de noviembre de 2025

ERRORES FUNDAMENTALES DEL CONCILIO VATICANO II

 


Por MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE

 

Los errores fundamentales

Dolorosamente afectado por la perspectiva de la reunión de los representantes de todas las religiones, invitados por el Papa [Juan Pablo II] para reunirse en Asís el 27 de octubre, yo había dirigido una carta a varios Cardenales, para pedirles que suplicaran al Sumo Pontífice que renunciara a esta verdadera impostura. Nadie podrá decir que no hemos hecho todo lo posible para tratar de que fueran conscientes de la gravedad de la situación en que nos encontramos actualmente.

En una predicación que hice en Suiza, evoqué los puntos principales en los que la fe se encuentra en peligro y contradicha por el Papa, los Cardenales y los Obispos de manera general. De ahora en más hay tres errores fundamentales, que, de origen masónico, profesan públicamente los modernistas que ocupan la Iglesia:

  1. El reemplazo del Decálogo por los Derechos del Hombre. Los Derechos del Hombre se han convertido ahora en el leitmotiv para recordar la moral, sustituyendo así al Decálogo. Y el artículo principal de los Derechos del Hombre es sobre todo la libertad religiosa, que ha sido querida particularmente por los masones. Hasta entonces la religión católica era la religión, y las demás religiones eran falsas. Los masones no querían ya esta exclusividad: había que suprimirla. Entonces se decretó la libertad religiosa.
  2. El falso ecumenismo que establece de hecho la igualdad de las religiones. Es lo que manifiesta el Papa de manera concreta en toda ocasión, hasta llegar a decir que era uno de los principales objetivos de su pontificado. Con eso actúa contra el primer artículo del Credo y contra el primer Mandamiento de la Ley de Dios. Es de una gravedad excepcional.
  3. La negación del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo por la laicización de los Estados, y que se ha hecho ya algo corriente. El Papa ha pretendido, y lo ha conseguido en la práctica, laicizar las Sociedades, y por ende suprimir el reinado de Nuestro Señor sobre las Naciones.

Si reunimos estos tres cambios fundamentales, y que en realidad no forman más que uno solo, tenemos la negación de la unicidad de la religión de Nuestro Señor Jesucristo y, por consiguiente, de su reinado. Y ¿para qué, a favor de qué? Probablemente, de un sentimiento religioso universal, de una especie de sincretismo que apunta a reunir todas las religiones.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

HUMILITAS - POR MONS. CARLO MARIA VIGANÒ

 


Homilía en la fiesta de San Carlos Borromeo.

 

Una vez que el fundamento es destruido, todo lo que fue construido sobre él se derrumba y cae en ruinas.

En las últimas semanas, los acontecimientos que afectan al cuerpo eclesial nos han llenado de gran dolor, porque aquello que temíamos desde los primeros discursos de León se ha materializado muy por encima de nuestras peores expectativas. Hemos sido testigos de la “peregrinación jubilar” a la Basílica de San Pedro de activistas LGBTQ, promovida por su capellán, el jesuita James Martin, y celebrada por el vicepresidente de la Conferencia Episcopal Italiana, Francesco Savino. Hemos visto a Prevost bendecir un bloque de hielo y predicar la conversión ecológica para ratificar y hacer propaganda de la fantasmagórica emergencia climática. Hemos visto al jefe de la Iglesia de Inglaterra recibido en el Vaticano con todos los honores —y con su “esposa” concubinaria— para dar nuevo impulso al compromiso con los objetivos sostenibles de la agenda globalista. Durante esa visita, la Capilla Sixtina y la Basílica de San Pablo Extramuros fueron profanadas mediante la communicatio in sacris con pseudo-ministros de una secta cismática y herética, carente de Sucesión Apostólica. Hemos sido testigos de la Misa Pontifical Tridentina de Summorum Pontificum, con los cardenales Zuppi y Burke aclamados por conservadores y pseudo-tradicionalistas, mientras que la Conferencia Episcopal Italiana publicaba un documento promoviendo a las personas LGBTQ y normalizando la sodomía. Hemos escuchado a León pronunciar una homilía para la peregrinación jubilar de los “equipos sinodales y organismos de participación” (nótese la terminología propia del Komintern) en la que afirmaba que “nadie posee la verdad completa”, desautorizando de hecho al Papado Romano y a la Iglesia Católica. Y aún hay más: nuevamente a la estela del ecumenismo conciliar —que nunca ha sido suficientemente deplorado—, el 28 de octubre León participó en el “Encuentro Internacional por la Paz” organizado por la Comunidad de Sant’Egidio en el “espíritu de Asís”, ante el Arco de Constantino, precisamente en el día en que, en el año 312 d. C., el Emperador obtuvo la victoria sobre los paganos en el Puente Milvio, después de haber puesto la cruz de Cristo en sus estandartes. Esa misma tarde, León asistió en el Aula Pablo VI a un evento conmemorativo de la Declaración Conciliar Nostra Aetate que incluyó dos horas más de abominables actuaciones paganas, esotéricas y cabalísticas.

Finalmente, como si se quisiera sellar esta serie de ataques sistemáticos a la Santa Iglesia con la marca inconfundible del Adversario, León y Tucho Fernández (el pornógrafo) han promulgado hoy un documento que define el título de Corredentora, atribuido a la Virgen Madre de Dios, como “inapropiado”. Tucho y Prevost no hacen sino confirmar su coherencia con los subversores del Concilio Vaticano II, quienes impidieron que el dogma de la Corredención fuera proclamado durante la asamblea solemne, a pesar de la amplia petición del episcopado mundial. Y aquí vemos cómo los herejes revelan su naturaleza anti-mariana, no por casualidad vinculada a su naturaleza anti-católica, porque María Santísima es Madre y Reina de la Iglesia precisamente en virtud de su copasión y corredención. Y Satanás sabe muy bien que su derrota final será sellada por Aquella que aplastará —con su talón virginal— su cabeza rebelde.

Todo esto ha atravesado el corazón de los católicos como la afilada hoja de un puñal; porque ver a nuestra Santa Madre Iglesia desfigurada y humillada por sus Pastores es un espectáculo desgarrador que nunca imaginamos ver, y que muchos se engañaron creyendo que había terminado al concluir el largo “interludio” bergogliano. Pero la evidencia de los hechos ahora nos vuelve a hacer tocar tierra y nos muestra que el Papado Romano ha sido transformado en la función de presidencia de un parlamento sinodal, modelado según las democracias posrevolucionarias, y el Papa en líder de la Religión Universal masónica. La sinodalización de la Iglesia —como he dicho en diversas ocasiones— pretende ser el instrumento de su destrucción, intentando fundir a la Iglesia Católica en el único recipiente de la Religión de la Humanidad, así como la parlamentarización de las naciones fue concebida como el instrumento de su desestabilización, cuyas desastrosas consecuencias estamos viendo con nuestros propios ojos. Por ello, y dada la continuidad de la línea de gobierno de Prevost con la de Bergoglio, no podemos hacernos ilusiones de que las decisiones que ha tomado y las declaraciones que ha publicado sean fruto de la inexperiencia o de la ingenuidad. Constituyen una declaración de intenciones subversivas que no puede ser ignorada.

HACIA EL IDEAL MASÓNICO - POR MONS. MARCEL LEFEBVRE

 


Por MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE

 

Conferencia pronunciada por Mons. Marcel Lefebvre el 21 de noviembre de 1986 en Buenos Aires, sobre la situación de la Iglesia tras la reunión ecuménica de Asís, el 27 de octubre de aquel año.

 

Estoy contento de tener esta oportunidad de hablarles nuevamente, desgraciadamente, en este tiempo, muchas cosas han sucedido y nada ha mejorado. 

Trataré de explicar la situación actual para saber qué hacer como verdaderos hijos de la Iglesia Católica.

Les hablaré, rápidamente, de lo que parece ser el complot urdido contra la Iglesia, en contra de Nuestro Señor Jesucristo, de Dios Padre y, luego, cómo fue posible que esos autores -de los cuales el principal es el mismo Satanás- hayan logrado introducirse en la Iglesia y servirse de sus hombres para concretar sus planes. 

Nos encontramos, sin duda, en una situación trágica, por lo tanto, debemos tomar resoluciones firmes; somos los herederos de Dios que vivimos en esta época, en esta situación de la Iglesia en la que el mismo Papa está comprometido en el camino de la Revolución, por eso hemos de obrar en consecuencia, para defender a todo precio la Fe católica y la Santa Iglesia.


Ustedes conocen el libro de Sardá y Salvany: “El liberalismo es pecado”, este libro fue escrito ya hace casi un siglo y aprobado por San Pío X, aprobado por la Santa Sede. EL LIBERALISMO ES PECADO. ¿Y qué es ese pecado de liberalismo? Es la Revolución del hombre en contra de Dios; el deseo de independencia: el hombre quiso liberarse de Dios, o la libertad del hombre que quiso alejarse de Dios. 

¿De qué hizo la libertad el hombre? ¿Para qué la hizo? Hizo la libertad de pecar, de ser libre para poder pecar, para obrar según su conciencia: libertad de conciencia, libertad de prensa, libertad de pensamiento... 

Antes de producirse esto el hombre dependía de Dios y sentía esa dependencia de la Autoridad Suprema, la Verdad perfecta, la Ley misma [...] ahora festejan la independencia, los países festejan su independencia, no sería nada si se tratara de una independencia de orden político o de un hecho simplemente histórico, lo hacen festejando la de Dios. 

Podríamos preguntarnos ¿qué es ese liberalismo, cuál es su definición? Y diremos que el LIBERALISMO es una religión; una que quiere reemplazar a la Católica; que tiene sus propios sacerdotes: los dirigentes de la Masonería. Ellos son sus sagrados pontífices, ellos enseñaron esta religión en sus logias y desde allí dirigen la operación de destrucción de la Iglesia y de la Cristiandad. 

Esa religión-liberal tiene su culto laico, el de la Diosa Razón, que fuera adorada en la Catedral de París en la Revolución Francesa. El culto a la libertad; ese culto que hace estatuas que reemplazan a las de la Santísima Virgen María y a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. 

Esta nueva religión tiene su calendario, sus gestas laicas reemplazando a las de Dios con sus mitos: el hombre, la razón, la libertad. El hombre es tratado como todopoderoso, como centro de la Creación, sin deberle nada a Dios. 

martes, 4 de noviembre de 2025

CUATRO RAZONES PARA RECHAZAR EL NUEVO ROSARIO

 



Por P. FABRICE DELESTRE

 

En un artículo publicado en Le Lien, boletín trimestral de la Cruzada del Rosario, y del cual damos los principales extractos, el P. Delestre presenta cuatro razones para rechazar el nuevo rosario [1].

Le Sel de la terre.

 

1.             — El rosario, tal como ha sido recitado desde la época de santo Domingo (hacia 1170-1221), es decir, desde hace ocho siglos, ha dado innumerables pruebas de su eficacia sobrenatural, tanto en el plano individual (es un instrumento poderoso de santificación, gracias al cual el cielo se ha poblado y se poblará, hasta el fin del mundo, de innumerables elegidos) como en el plano social y político, al asegurar la victoria de la cristiandad sobre los enemigos de la verdadera fe (cátaros, musulmanes y protestantes en particular: toda la historia de la Iglesia desde el siglo XIII da testimonio de ello). El santo rosario, habiendo demostrado así su perfecta eficacia durante ocho siglos para asegurar la salvación de las almas y de la Iglesia militante, no tiene ninguna razón para ser modificado sustancialmente. Además, en sus últimas apariciones de Fátima, reconocidas por la Iglesia y que el Papa evoca en su carta apostólica (§ 7), la santísima Virgen pide, en cada una de sus apariciones, la recitación diaria del rosario tal como siempre se ha practicado.

2. — El Antiguo Testamento contiene 150 salmos, que forman la trama del Oficio Divino o breviario que los sacerdotes están obligados a recitar cada día, en honor de la Santísima Trinidad y de Nuestro Señor Jesucristo. Este Oficio Divino está ordenado de tal modo que, cada semana, el sacerdote recita al menos una vez cada salmo. El rosario, con sus 150 Ave María recitados en honor de Nuestra Señora, ha sido siempre considerado, en el espíritu de la Iglesia, como el equivalente del Oficio Divino; por esta razón fue llamado “el salterio de Nuestra Señora”, lo que tenía la ventaja de subrayar bien el lugar especial y único ocupado por Nuestra Señora en la devoción de la Iglesia, y por consiguiente el culto particular que se debe rendir a la santísima Virgen María: el culto de hiperdulía.
El mismo Papa subraya esta correspondencia entre las 150 Ave del rosario y los 150 salmos del Antiguo Testamento (§ 19). ¿Por qué entonces añadir cinco nuevos misterios, haciendo así pasar el rosario a 200 Ave María, lo cual introduce confusión y rompe la bella simetría que expresaba tan bien la verdadera devoción de la Iglesia en toda su riqueza tan perfectamente ordenada?

3. — De igual modo, hay una elocuente correspondencia entre los quince misterios del rosario y los tiempos más importantes del año litúrgico:
— los cinco misterios gozosos, centrados en la encarnación y el nacimiento de Nuestro Señor, hacen eco a los tiempos litúrgicos del Adviento y de la Navidad;
— los cinco misterios dolorosos nos sumergen en el espíritu del tiempo de Cuaresma, todo orientado hacia la pasión de Nuestro Señor y su muerte en la cruz;
— finalmente, los cinco misterios gloriosos recuerdan a nuestras almas el tiempo pascual y su espíritu lleno de gozo y de esperanza sobrenatural [2].

Pero mientras que el año litúrgico tiene por fin “hacer que el cristiano participe, estación por estación y casi día por día, de los sentimientos de Cristo en sus diversos misterios y así [hacer] vivir al hombre de la vida en Dios [3]”, el rosario considera los principales misterios de la vida de Nuestro Señor de otro modo: “Prestando una atención muy explícita al lugar que ocupa Nuestra Señora en ellos [4].” De ahí se sigue que el año litúrgico y el santo rosario, complementarios uno del otro, tienen cada uno su lugar bien definido en la vida cristiana: “[…] La liturgia no suprime el rosario, que posee un carácter propio e irreductible [5].”

Proponer cinco nuevos misterios, centrados en Nuestro Señor y de los cuales María está casi totalmente ausente [6], “a fin de dar una consistencia claramente más cristológica al rosario [7]”, equivale a desnaturalizar este último al no respetar su especificidad, lo cual es muy grave. Hay aquí un peligro muy real que puede conducir a un nuevo desprecio del rosario y a nuevos ataques contra su utilidad en la vida cristiana: si se hace perder al rosario su “carácter propio e irreductible”, se volverá inútil para muchos, pues será considerado como redundante respecto de la liturgia.

LA NEGACIÓN DE LA CORREDENCIÓN DE MARÍA, EL MENSAJE DE LA VIRGEN DE FÁTIMA Y “LOS ERRORES DE RUSIA”

  Los “errores de Rusia”: El mesianismo judío anticristiano y naturalista, financiado por los banqueros internacionalistas, implementado por...