Ante un
nuevo aniversario de la Batalla de Puerto Argentino -14 de junio de 1982- que
puso fin a la justa guerra que habíamos emprendido contra el invasor
inglés, vaya este magnífico discurso, pronunciado el 12 de agosto de
ese mismo año, día de la conmemoración de la Reconquista de Buenos Aires frente
a las invasiones inglesas de 1806.
https://blogdeciamosayer.blogspot.com/2025/06/discurso-contra-la-rendicion-anibal.html
El 2 de
abril de 1982 la Patria toda se hizo frontera. Allá en el Sur se abrió un
espacio que parecía condensar todos los espacios y aquel viernes otoñal
inauguró un tiempo nuevo, un tiempo que convocaba a la grandeza. Porque una
Nación se compone de toda clase de hombres, grandes y pequeños, sabios e
ignorantes, profundos y superficiales, del mismo modo que un cuerpo subsiste
por la diferenciación de sus órganos. No todo es corazón en un ser humano, pero
¡ay del ser humano que paraliza o mutila su corazón! No todo puede ser grandeza
en una Nación, pero ¡ay de la Nación que en la hora de la prueba no encuentre
en sus entrañas un hálito de grandeza!
Grandeza
que se alimenta de dos sentimientos básicos: la generosidad y el coraje.
Generosidad que es trascender los límites egoístas de nuestros intereses,
coraje que es llevar hasta las últimas consecuencias una decisión.
¿Puede
alguien dudar del ejemplo de grandeza, generosidad y coraje que dio nuestra
Nación en su hora difícil? La guerra puso al descubierto las reservas morales
de un pueblo puesto de pie. Y no sólo por aquellos que con decisión afrontaron
el combate en todas sus dimensiones. Hablo de las multitudes que con fervor y
místico entusiasmo llenaron las plazas de la República. Hablo de los padres de
combatientes muertos que sumieron su tragedia con ejemplar entereza. Hablo, en
fin, de los que durante y después de la guerra instamos a poner todos los
medios para la victoria, hasta el fin y sin retaceos. Pues una vez más se probó
que los apasionados son los prudentes. Es decir los que, sin haber iniciado la
guerra, pedían –y pedimos– a los que la decidieron, simplemente que saquen las
conclusiones lógicas de tal decisión, que cumplan el lema que llevan grabado en
sus espadas: «no desenvainarla sin razón, no envainarla sin honor».
Frente a
ellos, frente a los hombres de honor, se alzó –aún en pleno combate– el partido
de la derrota. Que no tuvo ni siquiera la grandeza de oponerse a la guerra
abiertamente sino que jugó desde el comienzo la carta de la «moderación». Pero
lo opuesto a grandeza no es moderación sino mediocridad.
Junto al
arrojo y la bravura de tantos, la guerra sacó a la luz la costra de mediocridad
que asfixiaba y asfixia a nuestro pueblo. Año tras año, como en las capas
sucesivas de una perla, un sedimento de pequeñez, de cobardía y egoísmo se
había ido instalando en la clase dirigente de la Nación. Y cuando la derrota
humilló por primera vez –por obra de ellos– a nuestra bandera, sonó la hora de
los microbios que se vengan de la grandeza carcomiendo sus bases.
Así despuntaron los más inicuos personajes: el pacifista, que no reconoce más alto valor que la paz, el humanitario que no justifica ninguna muerte. O el señor que mientras los ingleses combatían sin ley y sin piedad, sostenía que Gran Bretaña era tan solo un adversario y no un enemigo. ¡Y a ese señor lo han premiado ahora con la embajada en las Naciones Unidas![1]
