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| Soldado austrohúngaro, en una trinchera. |
MOTUS IN FINE VELOCIOR
Por FRAY LLANEZA
“Participa a Mis Ministros que, en vista de
que siguen el ejemplo del rey de Francia en la dilación de la ejecución de Mi
Petición, también lo han de seguir en la aflicción. Nunca será tarde para
recurrir a Jesús y a María”.
(Nuestro
Señor a la Hna. Lucía. Relato de la vidente a Mons. da Silva, 29 de agosto de
1931)
“Ellos no han querido escuchar mi demanda.
Como el rey de Francia, se arrepentirán, ellos lo harán, pero será tarde”.
(Nuestro
Señor a la Hna. Lucía. En Notas personales, mayo 1936)
“Para todo sacerdote que quiera
permanecer católico, es un deber estricto separarse de esta iglesia conciliar
mientras ella no regrese a la tradición del magisterio de la iglesia y de la fe
católica”.
(Monseñor
Marcel Lefebvre)
“Estote fortes in bello, et
pugnate cun antique serpente: et accipietis regnum aeternum”.
Sed valientes en la lucha, pelead con la vieja serpiente, y recibiréis el reino eterno.
(Ant.
del Magnificat en el Común de Apóstoles fuera de tiempo pascual)
“El
movimiento se hace más rápido hacia el final”
Esta
fórmula latina de carácter proverbial suele utilizarse metafóricamente para
indicar que, cuando algo se aproxima a su término o caída, los acontecimientos
se precipitan.
Esto es
lo que vemos que ocurre hoy, cada día, en un movimiento más y más acelerado.
Es lo que
vieron los que, a bordo del Titanic, comprendían que el barco se hundía
inexorablemente rápido.
Tratemos
de ver esta tragedia sin los ojos estremecidos de pánico de quienes se
despiertan a la realidad cuando el fin se acerca, y ante el abismo se dejan dominar por el vértigo.
No nos
tapemos los ojos, pero sobre todo, no tapemos los ojos de nuestro espíritu,
para verlo todo sobrenaturalmente.
De aquí
en adelante, nada puede sorprendernos.
Nada.
Todo está
invertido. Ninguna locura es imposible que ocurra, pues el mundo está siendo
manipulado por enfermos desquiciados.
La
Iglesia ocupada por los invertidos, estructurada en la Sinodalidad, avanza en
su tenaz persecución de la Tradición católica, ante la impasible mirada de los
conservadores y los pseudo tradicionalistas.
Muchos no
abren los ojos. No quieren ver.
Otros ven,
pero no les importa.
A otros
les importa, pero callan y no reaccionan.
Otros,
aún, nos creen exagerados o pesimistas.
Lo ha expresado bien el cardenal Pie: “Quiero decirlo bien alto, hermanos
míos: hoy más que nunca, la principal fuerza de los malvados es la debilidad de
los buenos, y el nervio del reinado de Satanás entre nosotros es el
debilitamiento del cristianismo en los cristianos”.
Es para morir de tristeza, si no fuera que nos
oprime la náusea.
No hemos
sido ilustrados de los detalles patéticos, inverosímiles para quienes vivieron
unas décadas en el pasado. Pero hemos sido advertidos de la caída, de la
apostasía, del gran desastre.
La
Revolución del mundo, vehículo de la Sinagoga de Satanás, triunfó en la Iglesia
con el Concilio Vaticano II. Ni los mismos papas conciliares lo pudieron negar.
Ellos abrieron la caja de Pandora. Ahora es tarde para lágrimas.
Una
música incurablemente triste, europeamente nostálgica, envuelve a los
sobrevivientes que son testigos del salvajismo que se aposenta dentro de la
Iglesia y se apodera, en el viejo continente, de monumentos y calles.
Perdida
la fe, todo son ruinas, trofeos de la barbarie ilustrada, que se enorgullece de
su “dignidad infinita”, vaticanamente asegurada.
Quemar,
romper, robar, profanar, corromper, matar, mentir, falsificar, son acciones
meritorias en el tiempo veloz de la caída. ¿Será que los bárbaros lo huelen y
ahítos de esa libertad se extasían entre risas para perderse?
Cada día
una nueva locura, una nueva grotesca y demencial innovación en las iglesias,
por parte de los curas que ya no saben lo que es ser cura. El cura debe
llamarse hoy “locura”.
“Sin el
experimento moderno –escribió Gómez Dávila- no se sabría aun que la libertad
puede corromper más que el tirano”.
Esta es
la “magnífica humanidad” celebrada por los purpurados pacifistas que confiscan
la verdad por miedo, y promueven la falsa hermandad democrática.
La palabra
paz no se cae nunca de la boca de los insensatos que idolatran al hombre y
rechazan al verdadero Dios, Jesucristo.
Se
multiplican las asambleas que anuncian un futuro promisorio: feo, triste,
imbécil, como la nueva y moderna misa Novus Ordo y las nuevas catedrales.
El mal ya
no puede ser malo sin ser a la vez ridículo, obsceno, presuntuoso, como que es
una forma de profesar los derechos del hombre emancipado, es decir, emasculado.
Todas las
formas de la corrupción moral despliegan publicitariamente sus torpezas. Nada
es sagrado.
La
Iglesia conciliar y sinodal es un pozo séptico de perversidades.
Pero todo
tiene un final. Y este final parece estar muy cercano.
La secta
modernista va a pagar muy caro su traición a Jesucristo y su trabajo de
“autodemolición” de la Iglesia.
Le queda
poco tiempo.
La Bondad
de Dios se manifiesta también en su Justicia.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed
de la justicia, porque serán hartados” (Mt. 5,6).
Justicia
para que Dios sea adorado como se debe: en espíritu y en verdad.
Y el
hombre no ocupe su lugar, ese lugar que, incitado por el diablo, neciamente ha
usurpado.



