Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

domingo, 1 de noviembre de 2026

APUNTES DESDE LA TRINCHERA - MOTUS IN FINE VELOCIOR

 

Soldado austrohúngaro, en una trinchera.

MOTUS IN FINE VELOCIOR

 

 

Por FRAY LLANEZA

 

 

“Participa a Mis Ministros que, en vista de que siguen el ejemplo del rey de Francia en la dilación de la ejecución de Mi Petición, también lo han de seguir en la aflicción. Nunca será tarde para recurrir a Jesús y a María”.

(Nuestro Señor a la Hna. Lucía. Relato de la vidente a Mons. da Silva, 29 de agosto de 1931)

 

“Ellos no han querido escuchar mi demanda. Como el rey de Francia, se arrepentirán, ellos lo harán, pero será tarde”.

(Nuestro Señor a la Hna. Lucía. En Notas personales, mayo 1936)

 

“Para todo sacerdote que quiera permanecer católico, es un deber estricto separarse de esta iglesia conciliar mientras ella no regrese a la tradición del magisterio de la iglesia y de la fe católica”.

(Monseñor Marcel Lefebvre)

 

“Estote fortes in bello, et pugnate cun antique serpente: et accipietis regnum aeternum”.

 Sed valientes en la lucha, pelead con la vieja serpiente, y recibiréis el reino eterno.

(Ant. del Magnificat en el Común de Apóstoles fuera de tiempo pascual)

 

 

“El movimiento se hace más rápido hacia el final”

Esta fórmula latina de carácter proverbial suele utilizarse metafóricamente para indicar que, cuando algo se aproxima a su término o caída, los acontecimientos se precipitan.

Esto es lo que vemos que ocurre hoy, cada día, en un movimiento más y más acelerado.

Es lo que vieron los que, a bordo del Titanic, comprendían que el barco se hundía inexorablemente rápido.

Tratemos de ver esta tragedia sin los ojos estremecidos de pánico de quienes se despiertan a la realidad cuando el fin se acerca, y ante el abismo se dejan dominar por el vértigo.

No nos tapemos los ojos, pero sobre todo, no tapemos los ojos de nuestro espíritu, para verlo todo sobrenaturalmente.

De aquí en adelante, nada puede sorprendernos.

Nada.

Todo está invertido. Ninguna locura es imposible que ocurra, pues el mundo está siendo manipulado por enfermos desquiciados.

La Iglesia ocupada por los invertidos, estructurada en la Sinodalidad, avanza en su tenaz persecución de la Tradición católica, ante la impasible mirada de los conservadores y los pseudo tradicionalistas.

Muchos no abren los ojos. No quieren ver.

Otros ven, pero no les importa.

A otros les importa, pero callan y no reaccionan.

Otros, aún, nos creen exagerados o pesimistas.

Lo ha expresado bien el cardenal Pie: “Quiero decirlo bien alto, hermanos míos: hoy más que nunca, la principal fuerza de los malvados es la debilidad de los buenos, y el nervio del reinado de Satanás entre nosotros es el debilitamiento del cristianismo en los cristianos”.

Es para morir de tristeza, si no fuera que nos oprime la náusea.

No hemos sido ilustrados de los detalles patéticos, inverosímiles para quienes vivieron unas décadas en el pasado. Pero hemos sido advertidos de la caída, de la apostasía, del gran desastre.

La Revolución del mundo, vehículo de la Sinagoga de Satanás, triunfó en la Iglesia con el Concilio Vaticano II. Ni los mismos papas conciliares lo pudieron negar. Ellos abrieron la caja de Pandora. Ahora es tarde para lágrimas.

Una música incurablemente triste, europeamente nostálgica, envuelve a los sobrevivientes que son testigos del salvajismo que se aposenta dentro de la Iglesia y se apodera, en el viejo continente, de monumentos y calles.

Perdida la fe, todo son ruinas, trofeos de la barbarie ilustrada, que se enorgullece de su “dignidad infinita”, vaticanamente asegurada.

Quemar, romper, robar, profanar, corromper, matar, mentir, falsificar, son acciones meritorias en el tiempo veloz de la caída. ¿Será que los bárbaros lo huelen y ahítos de esa libertad se extasían entre risas para perderse?

Cada día una nueva locura, una nueva grotesca y demencial innovación en las iglesias, por parte de los curas que ya no saben lo que es ser cura. El cura debe llamarse hoy “locura”.

“Sin el experimento moderno –escribió Gómez Dávila- no se sabría aun que la libertad puede corromper más que el tirano”.

Esta es la “magnífica humanidad” celebrada por los purpurados pacifistas que confiscan la verdad por miedo, y promueven la falsa hermandad democrática.

La palabra paz no se cae nunca de la boca de los insensatos que idolatran al hombre y rechazan al verdadero Dios, Jesucristo.

Se multiplican las asambleas que anuncian un futuro promisorio: feo, triste, imbécil, como la nueva y moderna misa Novus Ordo y las nuevas catedrales.

El mal ya no puede ser malo sin ser a la vez ridículo, obsceno, presuntuoso, como que es una forma de profesar los derechos del hombre emancipado, es decir, emasculado.

Todas las formas de la corrupción moral despliegan publicitariamente sus torpezas. Nada es sagrado.

La Iglesia conciliar y sinodal es un pozo séptico de perversidades.

Pero todo tiene un final. Y este final parece estar muy cercano.

La secta modernista va a pagar muy caro su traición a Jesucristo y su trabajo de “autodemolición” de la Iglesia.

Le queda poco tiempo.

La Bondad de Dios se manifiesta también en su Justicia.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán hartados” (Mt. 5,6).

Justicia para que Dios sea adorado como se debe: en espíritu y en verdad.

Y el hombre no ocupe su lugar, ese lugar que, incitado por el diablo, neciamente ha usurpado.

LA LUCHA ES PRINCIPALMENTE UNA LUCHA DE DOCTRINAS – CARDENAL PIE

 


Vuestra resistencia, hermanos míos, consistirá, por tanto, en mantener vuestro entendimiento firme contra la seducción de todos los principios falsos y engañosos; y, para ello, formaréis siempre vuestra conciencia en la escuela de vuestra fe, en la escuela de la Iglesia. […]

Cuando pregunto a los sabios de nuestro tiempo cuál es la mayor plaga de la sociedad actual, oigo responder por todas partes que es el deterioro de los caracteres, el debilitamiento de las almas. Sobre este tema hay frases hechas, que están al alcance de todos.

Pero esta respuesta suscita, por sí misma, una pregunta ulterior […]: ¿De dónde procede, entonces, este síntoma tan grave del debilitamiento de los caracteres? ¡Ah! ¿No será cierto que es la consecuencia natural e inevitable del debilitamiento de las doctrinas, del debilitamiento de las creencias y, para decirlo con la palabra exacta, del debilitamiento de la fe?

El valor, después de todo, solo tiene razón de ser en la medida en que está al servicio de una convicción. La voluntad es una potencia ciega cuando no está iluminada por el entendimiento. No se camina con paso firme cuando se avanza en las tinieblas, o siquiera en la penumbra. Ahora bien, si la generación actual tiene toda la incertidumbre y la indecisión del hombre que avanza a tientas, ¿no será, oh Señor, porque vuestra palabra ya no es la antorcha que guía nuestros pasos, ni la luz que ilumina nuestros senderos (Ps. 118, 105)? Nuestros padres buscaban en todo su orientación en la enseñanza del Evangelio y de la Iglesia: nuestros padres caminaban a plena luz del día. Sabían lo que querían, lo que rechazaban, lo que amaban, lo que odiaban y, por eso, eran enérgicos en la acción. […]

Por eso, hermanos míos, que otros se entreguen a vanas lamentaciones y a estériles quejas; yo tomaré los acentos del profeta para decir: La tierra está desolada con una gran desolación porque pronto ya no habrá ningún bautizado que se acuerde, como debe, de su bautismo, que tenga conciencia de las grandezas y de las energías de su bautismo. «Jamás había encontrado a un cristiano tan orgulloso», exclamó el sultán después de haber escuchado a san Luis. ¡Gran Dios! ¿No estamos a punto de dejar de encontrar en ninguna parte de la tierra a esa raza de cristianos orgullosos? […]

Devolved, pues, hermanos míos, devolved a vuestra alma toda la vida, toda la expansión, todo el florecimiento de su bautismo; volved a ser lo que fueron vuestros padres: verdaderos cristianos, cristianos orgullosos. […] Pero, para ello, bebed en las fuentes puras, en las fuentes vivas de la fe cristiana. No os detengáis en esas doctrinas intermedias que cierto tercer partido, nacido de un capricho de ayer, inventa cada día en materia religiosa. ¿Acaso este cristianismo empobrecido, debilitado, el único que encuentra gracia ante ciertos sabios del pórtico moderno, volverá a formar alguna vez los caracteres vigorosos, los temperamentos sólidamente constituidos de los tiempos antiguos? No; con las doctrinas disminuidas, con las verdades reducidas, solo se obtendrán cristianos a medias. […]

Quiero decirlo bien alto, hermanos míos: hoy más que nunca, la principal fuerza de los malvados es la debilidad de los buenos, y el nervio del reinado de Satanás entre nosotros es el debilitamiento del cristianismo en los cristianos.

[Panegírico de san Emiliano, 8 de noviembre de 1859. — ŒE, t. 3, pp. 518-519; 521-522; 525.]



LOS ANTICRISTOS EN LA IGLESIA DE CRISTO

 


NOTA DEL BLOG: “Los anticristos en la Iglesia de Cristo” fue el título que le dio Emanuele Brunatto a un libro que escribió y publicó en 1933, para defender al Padre Pío de Pietrelcina de la feroz persecución desatada contra él desde una parte del clero italiano. Era el tercer libro que hizo con ese fin, y fue decisivo para exonerar al capuchino de las falsas acusaciones con que pretendían derribarlo. El primero, publicado como este bajo seudónimo, fue colocado, tres días después de aparecer, en el Index. El segundo, de 1929, lo distribuyó entre personal selecto del clero. Las calumnias contra P. Pío alcanzaron a llegar al Santo Oficio, que prohibió al santo capuchino celebrar misa públicamente y recibir a los fieles o incluso intercambiar cartas con ellos. Ocurría esto en 1926.

Fue Brunatto, su primer hijo espiritual y su primer biógrafo, quien inició la defensa del fraile estigmatizado. Pero debió luchar contra viento y marea, descubriendo la oposición o la gran indiferencia entre el clero. Fue gracias a la decisiva ayuda de Don Orione, del Card. Merry del Val, del Card. Gasparri, del Card. Sily y de Mons. Bevilacqua, que finalmente la verdad salió a la luz y se pudo desbaratar una siniestra trama de complicidades entre una verdadera mafia de corruptos en el clero italiano. No sería la única persecución sufrida por el Padre Pío. Y ese hecho nos hace entender mejor que cuando hay podredumbre en la Iglesia, es sólo a la manera de Cristo, como una Víctima ofrecida al Padre en una vida santa, como se contrarresta y se vence. O al menos desde una heroica paciencia y determinación en el sufrimiento, pero sin renegar de la verdad. Como al P. Pío, también al P. Dolindo Ruotolo, al P. Castellani y a Mons. Lefebvre (como mucho antes a otros santos como S. Alfonso) la peor persecución les llegó desde dentro mismo de la Iglesia. Y estamos hablando de una Iglesia que aun no estaba dominada por sus enemigos mortales y la herejía modernista. ¿Qué tenemos que decir hoy?

Con lo que venimos a ver que la cobarde actitud de aceptación sin más, de la obediencia cobarde y ciega sin buscar restablecer la verdad y la justicia, no es propia de cristianos. Sobre todo de parte de aquellos que pudiendo defender a los victimados, no lo hacen, en una borreguil postura de creer que los superiores no pueden equivocarse y que los malvados se encuentran sólo en la vereda de enfrente, en la izquierda y los progresistas.

Pero el fariseísmo está siempre latente dentro de la Iglesia.

Ofrecemos abajo un par de fragmentos del libro de Brunatto “Padre Pio, mon   père spirituel”, Parole et Silence, 2024.

 

La tragedia de Manfredonia

 

San Giovanni Rotondo formaba parte de la diócesis de Manfredonia, que desde hacía veinticinco años estaba gobernada por un obispo simoníaco. Toda esta región de Apulia, antaño tan religiosa, había sido corrompida por la corrupción de este prelado. El Padre Pío llevaba una gran pena en el corazón, pero evitaba hablar de ello. Sin embargo, un día hizo al respecto una alusión significativa. El doctor Festa, que debía operarlo de un quiste en la mejilla, le decía mientras exploraba los contornos de la afección:

—He aquí la zona infectada.

—«Las Apulias», le respondió el capuchino con una pálida sonrisa.

Suspendido a divinis y alejado de San Giovanni Rotondo, Dilano* [seudónimo de un canónigo calumniador del P. Pío] se instaló en el palacio episcopal de Manfredonia y se convirtió en el hombre de confianza del arzobispo. Siete canónigos, de los diez que componían el capítulo de la catedral, denunciaron este hecho (entre muchos otros) en un llamamiento dirigido al Santo Padre, fechado el 29 de noviembre. Era el tercer recurso del capítulo ante la Santa Sede: todos los firmantes fueron suspendidos a divinis y enviados a Nápoles para realizar un retiro espiritual. La carta de castigo fue entregada personalmente por Dilano a cada canónigo. Uno de ellos, de ochenta años de edad, cayó enfermo de pena y murió a su regreso a Manfredonia.

Dilano*, por el contrario, obtuvo nuevamente la facultad de celebrar la misa y, a pesar de la prohibición de Roma de administrar los santos sacramentos, fue nombrado por el arzobispo párroco de la iglesia de San Miguel de Manfredonia, de donde previamente había alejado a los padres franciscanos que hasta entonces la atendían. Por su parte, Duca* [seudónimo de un canónigo arcipreste persecutor del P. Pío], seguro de su impunidad gracias a sus generosidades para con el obispo, volvía a cobrar bríos.

Estaba claro que el absceso no podía ser reventado sin una documentación irrefutable sobre las actuaciones del obispo. El Publicano constituyó un expediente alucinante sobre estos veinticinco años de episcopado empleados en destruir los baluartes de la oración y de la fe, oprimir a los santos sacerdotes y favorecer a los indignos, sembrar por todas partes la corrupción y el odio...

LOS NORTEAMERICANOS DESCUBREN AL PADRE CASTELLANI (YA ERA HORA)

 Descubriendo los deliciosos, incisivos y espiritualmente profundos escritos de Leonardo Castellani


Autor prolífico de unos cincuenta libros y mil artículos, Leonardo Castellani (1899–1981) es ampliamente venerado como uno de los más grandes escritores argentinos modernos en múltiples géneros.

De una manera sumamente llamativa, Castellani se presenta casi como el tipo negativo exacto de su compatriota Bergoglio: era espiritual, intelectual y escatológico, mientras que su opuesto papal era político, propagandístico y mundano; era ingenioso, poético y apologéticamente anticuado, mientras que el otro era astuto, directo y sin ningún conflicto con la modernidad. Después de las experiencias de 2013 a 2025, leer a un jesuita argentino de un tipo muy diferente resulta delicioso; incluso podría decirse que medicinal.

Sin embargo, hasta ahora, el público angloparlante apenas ha tenido acceso a su extraordinario conjunto de obras, una laguna que esta nueva antología, Cristo y los fariseos y otras obras breves, viene a remediar decisivamente, con una sustancial introducción del traductor, Sebastián Randle.

Discípulo del cardenal Billot, pugilista en defensa de la ortodoxia en una época de desorden progresista y fiel jesuita de la vieja escuela que cayó en desgracia ante sus superiores y sufrió años de marginación, Castellani, al mismo tiempo, no temía abrir brechas en las piadosas convenciones y se quejaba de las tendencias malsanas de la Iglesia años antes de que el desastre del Vaticano II sacara a la luz muchas debilidades latentes.

En muchos aspectos, puede ser clasificado (ciertamente hoy en día) como tradicionalista, como lo muestran estas observaciones características, extraídas de su ensayo de 1954 «La destrucción de la tradición»:

“Es bastante desagradable encontrarse hablando como un profeta de desgracias, sabiendo todo el tiempo que, si uno desempeñara en cambio el papel de un adivino que anuncia buenas nuevas, siempre se ganaría el pan; y, en cualquier caso, yo preferiría siempre, Dios mediante, ser un profeta incompetente de calamidades. Pero la destrucción de la tradición en el mundo occidental es algo que salta a la vista, y negarla equivale a cerrar los ojos mientras se cruza una calle. En cualquier caso, abrir los ojos podría ser la cura, siguiendo los versos del poeta:

Antes que cualquier otro,

el primero de todos los remedios

es identificar la enfermedad.

No existe un progreso rectilíneo y uniforme en el sentido que le daba el marqués de Condorcet: el mito y dogma del Progreso Indefinido. Pero existe cierto tipo de progreso o, para expresarlo con mayor precisión, algo más parecido a dos líneas paralelas y, sin embargo, invisibles de progreso. «Decidnos, ¿cuándo sucederán estas cosas?», preguntaron los discípulos a Jesús (Mt 24, 3). Encontramos la respuesta al final del Apocalipsis: «El tiempo está cerca. El que es injusto, siga siendo injusto; y el que está manchado, siga manchándose; y el que es justo, siga practicando la justicia; y el que es santo, siga santificándose. Y he aquí que vengo pronto» (22, 10-12); es decir, existe cierto progreso en la humanidad, pero este debe entenderse correctamente. El progreso del que hablo tiene lugar en el interior de los hombres, en ese «interior» del que tanto hemos hablado; y, por consiguiente, el bien y el mal impregnan cada vez más el «interior» de los hombres y, por eso mismo, se vuelven más conscientes y, por tanto, más refinados y concentrados. En este sentido, Kierkegaard es más «interior» (o «sabio en cuanto a la interioridad») que san Agustín; y, por otra parte, Sartre, por ejemplo, es más pervertido que los peores autores paganos: comparado con Sartre, Petronio parece tan inocente como un recién nacido. La humanidad marcha hacia el dramático desenlace de la historia, un drama que incluye a un protagonista y a una multitud de enemigos hostiles.

La tradición es ese mundo ideal de valores humanos que heredamos al nacer, sin merecerlo... y ante el cual nos mostramos bastante ingratos. Pero no todo lo que heredamos pertenece a la tradición. Un hijo hereda de su padre una casa y, digamos, la tuberculosis; la casa es tradición, la tuberculosis no lo es. Puede que la tuberculosis se transmita en la familia, pero ese tipo de tradición debe interrumpirse lo antes posible. Sin embargo, hoy en día, en el plano moral, se están destruyendo los hogares y se está cultivando la tuberculosis. [...]

¿Qué es la tradición? Repitámoslo: la tradición es ese mundo ideal de valores humanos que heredamos al nacer, sin merecerlo, y ante el cual, por lo visto, también nos mostramos bastante ingratos. Para mí, cuando nací, la tradición estaba representada por una familia sólidamente establecida, unos abuelos italianos con la mente llena de leyendas europeas —mi abuela solía hablarme del Concilio de Trento de una manera enteramente legendaria—, llena de costumbres tenaces e incluso de una o dos obsesiones saludables (con la persistencia que es distintivo de una tradición inmutable)...

No podemos crear la civilización en la que nacemos, pero sí podemos destruirla, comenzando por nosotros mismos. Lo creáis o no, a los hombres les resultaría más fácil crear todo el universo físico que producir el universo moral e intelectual que constituye el vacilante patrimonio de la humanidad. Quizá sea difícil de creer, pero así es.”

Por encima de todo, el padre Castellani fue un lector de las Escrituras extraordinariamente atento y uno de sus mejores comentaristas modernos, capaz de obtener revelaciones asombrosas de textos conocidos, especialmente del Apocalipsis. Todas estas características se manifiestan plenamente en este pequeño volumen, esclarecedor y entretenido, una introducción ideal a la amplitud del genio de Castellani.

Aquí hay un vídeo en el que hablo más sobre el libro y leo dos pasajes del mismo (distintos del citado anteriormente):

«En mi vida como lector, he saboreado muchos momentos de asombro, pero ninguno tan inmenso y duradero como el que me proporcionó el argentino Leonardo Castellani. Polemista apasionado, crítico implacable de la modernidad y de toda su inmundicia ideológica, Castellani es, por encima de todo, un campeón de la ortodoxia, que, como ya sabemos, es la única forma de heterodoxia que nuestra época repudia. Castellani se revela como un consumado apologista y un formidable polemista, dotado de un estilo vibrante y de un humor sardónico, en la tradición de Cervantes, que le permite derribar los gruesos muros de las mentiras como si estuvieran hechos de azúcar tallada. En todas sus obras, Castellani manifiesta profundidad intelectual y una admirable capacidad para suscitar en la mente una respuesta de gozosa aceptación (o de mordaz rechazo, si la mente está infestada de tonterías políticamente correctas). Lo cierto es que nuestro autor era lo que los franceses llaman un maître à penser: alguien que no solo estimula nuestro intelecto, sino que también lo nutre, lo fortalece, le proporciona una sólida estructura y, al mismo tiempo, lo impulsa por caminos nunca antes recorridos. No es de extrañar que un escritor tan peligroso haya sido igualmente vilipendiado por los impíos, los esnobs y los santurrones, tanto en vida como después de su muerte». -Juan Manuel de Prada

«Castellani fue el hombre enviado por la Divina Providencia a mi patria y a todos aquellos que pueden acceder a su legado, para arrojar luz sobre la finalidad de la vida cristiana: la Parusía. Los libros de Castellani están llenos de buen humor, y esto los hace muy humanos, libres de una jerga teológica etérea. Sabe reírse de lo ridículo. Su obra no sigue una progresión determinada; uno puede sumergirse en ella desde cualquier ángulo, de manera muy semejante a un asado al estilo de la Pampa». -Daniel Francisco Giaquinta

«Castellani es, sin duda, una figura rica, multifacética y transcultural». -Javier Navascués

Disponible en la editorial, Os Justi Press, en edición de bolsillo, tapa dura o libro electrónico (en este enlace también se puede «ver el interior» para consultar una muestra), o en cualquier tienda de Amazon.

 

https://rorate-caeli.blogspot.com/2026/10/discovering-delightful-trenchant.html?m=1

TIKKUN OLAM: CABALA E PROGRESSISMO PÓS VATICANO II

 


LA NEGACIÓN DE LA CORREDENCIÓN DE MARÍA, EL MENSAJE DE LA VIRGEN DE FÁTIMA Y “LOS ERRORES DE RUSIA”

  Los “errores de Rusia”: El mesianismo judío anticristiano y naturalista, financiado por los banqueros internacionalistas, implementado por...