Por ANTONIO CAPONNETTO
El
Nacionalismo Católico y la realidad histórica
El pasado 17 de abril del corriente año, en el marco
del Curso Anual: Resistencia Católica a
la Revolución Anticristiana, impartido por el benemérito y querido Centro
Pieper,el profesor Claudio Mayeregger dictó una conferencia titulada: “¿Qué es
la Revolución?” (Versión disponible en https://www.youtube.com/live/8XdkskFy4ik?si=sUw2izGMDp6Q1iBa).
Se trata de una enjundiosa y meritoria exposición, tanto por el extenso tiempo
dedicado al análisis como por la hondura de los contenidos abordados y la
versación desplegada en distintos ámbitos del saber. Quienes nos hemos
beneficiado en ocasiones anteriores de otras lecciones suyas, sabemos cuán
provechosas suelen ser y estamos prontos a manifestar nuestra gratitud.
Sin embargo,
hay algo, sobre todo en los momentos finales del discurso mentado, ante lo cual
nos vemos obligados a disentir, con dolor cuanto con energía. En general se
trata de su visión del proceso independentista hispanoamericano; en particular
se trata de su opinión injustísimamente despectiva y tergiversadora respecto
del Nacionalismo Católico Argentino. Sobre ambos tópicos repite –como si jamás hubiesen sido respondidos-
los argumentos de los que se viene valiendo el Carlismo para agredir sin mesura
ni genuino conocimiento a esta escuela nuestra identificada con el nombre de
Nacionalismo Católico. Escuela que ha dado (sin mengua de los humanos defectos
de toda obra terrena) desde pensadores insignes hasta mártires, desde varones
de alta vara académica hasta modelos de vida testimonial; desde humanistas de
nota y relieve hasta celosos defensores de nuestra identidad hispano-criolla.
Del párrafo precedente subrayamos la expresión: “como
si jamás hubiesen sido respondidos”, porque hiere a la inteligencia por un
lado, pero desmerece el rigor científico por otro, constatar que en un tema
naturalmente polémico no se respeta el status
quaestionis, encarándoselo incluso con calculada displicencia. Es como si abordáramos la controversia
De Auxiliis desconociendo las
recientes discusiones planteadas en espacios como Catholic Answers o Catholic
Philosophy, o las posiciones de Stephen Brock ; o como si quisiéramos
discutir sobre Pearl Harbor ignorando los estudios más recientes de Steve
Twomey o Eri Hotta. Cuando un tema es de naturaleza controversial, se tome la
postura que se tomase, el rigor intelectual exige no desconocer ninguna de las
posiciones actuales en litigio, sopesándolas según recto saber y entender.
Incumpliendo esta norma necesaria, Mayeregger
desacredita al Nacionalismo Católico por “la necesidad de rescatar como
próceres cristianos a los próceres de la Revolución en Argentina. Y en la
medida en que eso implica una operación de distorsión de la historia es algo
completamente insano y ajeno a la verdad. Negar que hombres como Belgrano o
José de San Martín tienen una ideología liberal profundamente arraigada en su
mente, es negar una evidencia...”.
Curioso criterio éste y extrañísimo desconocimiento de los vaivenes de la historiografía nacional. El Nacionalismo Católico –principalmente a través de una de sus capitales aportaciones que fue el Revisionismo Histórico- tuvo el honor y el mérito de probar, contra viento y marea y a pesar de abrumadores pesares, que nuestro pasado había sido falsificado intencionalmente, con “errores a designio” y por una banda de orates cuanto de mentirosos seriales, encabezados entre otros por la tríada maldita de Mitre, Sarmiento y Vicente Fidel López. Fueron ellos y sus secuaces los que durante larguísimo tiempo hilvanaron un relato ficto e ideológico “completamente insano y ajeno a la verdad”. Fueron ellos, liberales y masones, los que escamotearon “las evidencias” que probaban exactamente lo contrario de la imagen que querían transmitirle a la posteridad de hombres como Belgrano o San Martín. Un verdadero desquiciado mental cual lo fue Sarmiento (lo demostró entre otros el afamado psiquiatra Nerio Rojas), unos inescrupulosos como Mitre y López que se jactaron de haber fabricado nuestro pretérito con la crueldad de “un despotismo turco”, más una recua de personajes secundarios, como Agrelo, Albarellos o Félix Frías, que se gloriaron de proponer la falsificación histórica como política de Estado, quedan libres de culpa y cargo. Inventaron, entre otras cosas, que Belgrano y San Martín eran liberales y masones; y lo impusieron como dogma a multitud de generaciones.
