Por DON CURZIO NITOGLIA
En
el Evangelio según San Juan (XI, 45-53) leemos que Jesús
resucitó a Lázaro, que llevaba cuatro días muerto, y entonces «muchos judíos
creyeron» (v. 45). Sin embargo, otros fueron y lo denunciaron a los fariseos y
sumos sacerdotes (vv. 46-47). Entonces «los sumos sacerdotes y los fariseos
reunieron el Sanedrín» (v. 47) para decretar legalmente la sentencia de muerte
de Jesús, que ellos ya habían establecido en sus corazones.
Santo
Tomás de Aquino, en su In evangelium Joannis expositio (lección
VII, parte II, n. 1567), explica: «a propósito de aquella reunión del Sanedrín
emerge la maldad de los sumos sacerdotes que querían hacer perecer a Jesús […]
sobre todo por la condición de sus personas, pues no eran simples fieles o
personas comunes, sino sumos sacerdotes y fariseos. Ahora bien, los sumos
sacerdotes eran los jefes de las cosas sagradas, pero ellos las ignoraron y las
odiaron en la persona de Jesús».
¡Atención! La maldad de los sacerdotes de la Antigua Alianza no se debía a su vida privada, sino a su incredulidad en el Mesías prometido por la Revelación divina y a su voluntad perversa e incluso deicida de matarlo, y, aun así, ellos son siempre llamados «sumos sacerdotes» por los cuatro Evangelios.
Además,
su malicia es extrema precisamente porque son sacerdotes, que son puestos
al frente de las cosas sagradas y, por el contrario, las violan, mientras
que la culpa de los fieles es mucho menos grave que la de los jefes, pues
estos los siguen precisamente porque son sacerdotes.
Los jefes
sabían claramente, como enseña Santo Tomás de Aquino, (S. Th., III, q.
47, a. 5, 6; S. Th., II-II, q. 2, a. 7, 8) que Jesús era el Mesías y
querían ignorar o no admitir que Él era Dios (ignorancia afectada, lo que
agrava la culpa).
El pueblo,
que en su mayoría seguía a los jefes, mientras un «pequeño resto» seguía a
Cristo, tenía una ignorancia que no era afectada o querida, sino vencible, por
tanto una falta menos grave que la de los líderes, pero objetivamente o en sí
misma grave (subjetivamente no lo sabemos, pues solo Dios entra en el corazón
de cada hombre). El pueblo, que había visto los milagros de Cristo, tenía el
atenuante de haber seguido al sumo sacerdote, al Sanedrín, a los jefes; su
pecado es grave en sí mismo, aunque en parte disminuido, no totalmente
cancelado, por la ignorancia que es vencible, pero no afectada (S. Th., ut
supra). San Juan continúa: «pero uno de ellos, llamado Caifás, que era
sumo sacerdote aquel año» (v. 49).
El Doctor
Angélico (lección VII, parte V, n. 1574) comenta: «la persona
que pronunció la sentencia [de muerte contra Jesús] es indicada por su
nombre: “Caifás” y por su dignidad: “era sumo sacerdote”. A
este respecto, debe observarse que el Señor instituyó (Levítico, VIII) un
único sumo sacerdote, después de cuya muerte sería sustituido por un
sucesor que ejercería el oficio de pontífice durante toda la vida. Pero
después, a medida que la ambición y las disputas crecían entre los judíos, se
permitió que hubiera varios sumos sacerdotes, que ejercieran esta dignidad por
turnos, uno cada año. A veces, ellos adquirían cargos, como narra
Flavio Josefo (Antigüedades Judías, libro XX, cap. 10).
La
simonía ya existía prácticamente en la Antigua Alianza, antes de Simón, el Mago
(Hechos, VIII, 18), y no era un impedimento para la legítima posesión de
la autoridad por aquellos que la habían comprado sacrílegamente con dinero. En
Levítico, leemos que Dios había establecido solamente un sumo sacerdote
vitalicio, pero entonces, así como en el caso del divorcio, dada la dureza de
corazón de los judíos, las autoridades humanas concedieron el derecho de elegir
varios sumos sacerdotes que ejercerían el poder durante solamente un año, uno
después de otro. El «simoníaco», a pesar de ser un infiel,
incrédulo o ateo, que no cree en nada, ni siquiera en Dios, pues
compra cosas espirituales con dinero como si fueran materiales (cf. S. Th.,
II-II, q- 100, a. 1), todavía tiene la autoridad espiritual que compró,
también en la Nueva y Eterna Alianza, aunque haya cometido un
pecado mortal de sacrilegio (San Pío X, Constitución Dogmática Vacante
Sede Apostolica, 25 de diciembre de 1904; Pío XI, motu proprio Cum proxime,
1 de marzo de 1922; Pío XII, Constitución Dogmática Vacantis
Apostolicae Sedis, 8 de diciembre de 1945).
La
simonía es un pecado contra la Fe, o mejor dicho, es la negación total de ella
(incredulidad, infidelidad o irreligión) y no de uno o más artículos de
Fe (Herejía). Sin embargo, esto no hace que la persona que lo robó,
comprándolo sacrílegamente, pierda su autoridad.
San
Jerónimo en su Comentario sobre Mateo IV (XXVI, 57) escribe:
«Flavio Josefo narra que Caifás había comprado de Herodes el pontificado
supremo por un solo año por dinero. No es de extrañar, por tanto, que este
pontífice perverso juzgue injustamente».
El
Evangelio continúa y narra que Caifás entonces dijo: «Es mejor que uno solo
muera por todo el pueblo» (v. 50). Entonces San Juan añade: «No dijo esto de sí
mismo, sino siendo sumo sacerdote profetizó» (v. 51).
El Doctor
Común de la Iglesia comenta (lección VII, párrafo VII, n. 1576): «cuando un
hombre habla usando su propia razón, habla por sí mismo, pero cuando habla
movido por una causa superior y por una inspiración externa,
no habla por sí mismo». Después (n. 1577) el Doctor Angélico
especifica: «habiendo Juan añadido: “Siendo Caifás sumo sacerdote aquel año”,
Juan se refiere a la dignidad pontificia de Caifás para
deducir que él habló en aquel momento bajo la moción del Espíritu Santo. Esto
nos hace comprender que el Paráclito mueve incluso a los malos
constituidos en autoridad a expresar ciertas cosas futuras para
beneficio de sus súbditos». Finalmente (n. 1579) el Aquinate explica que
«el Espíritu Santo no hizo buena su mente y voluntad, que permanecieron
intencionadas al mal, sino solamente su lengua para pronunciarse de tal manera
que se cumpliera la salvación y la redención del pueblo».
San
Agustín, en su Comentario sobre Juan (XI, 49-51, Discurso
XLIX), explica: «San Juan evangelista atribuye a un designio divino el hecho
de que Caifás hubiera sido el pontífice, es decir, sumo sacerdote».
Dios
quería que Caifás fuera sumo sacerdote para decretar con su boca la muerte de
Jesús mediante su mala voluntad, pero Dios mismo solamente movió su lengua para
profetizar la Redención de la raza humana por medio de la muerte de Cristo; sin
embargo, la voluntad de Caifás permaneció mala y él, a pesar de todo,
permaneció sumo sacerdote.
El Evangelio
según San Mateo (XXVI, 65) narra que cuando Jesús confesó su
divinidad, interrogado por Caifás, «el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras». El
Aquinate, en su Catena aurea, refiere el comentario de varios
Padres de la Iglesia sobre este pasaje. El de San Jerónimo es muy fuerte y debe
leerse en el contexto de su «Homilía 85 sobre el Evangelio de Mateo» para ser
bien comprendido: «Caifás, al rasgar sus vestiduras, muestra o profetiza que
los judíos perdieron su gloria sacerdotal y que el trono del pontífice está
vacío» (Catena aurea, Expositio in Matthaeum, cap. XXVI, lec.
16, Turín, Marietti, 1953). Ahora bien, en el contexto de la Homilía 85 de
Jerónimo sobre Mateo, leemos que «el celo furioso con el que Caifás rasgó su
vestidura fue un vaticinio o una profecía del fin del sacerdocio del
Antiguo Testamento, que sería sustituido, después del deicidio y de la
ruptura del velo del Templo, por el del Nuevo y Eterno Testamento hasta el fin
del mundo» (Homilia in Matth., 85). Por tanto, el gesto de Caifás,
como el rasgarse del velo del Templo, muestra, profetiza o anuncia el fin de la
Antigua Alianza, pero esto no significa que, según San Jerónimo, Caifás no
fuera el sumo pontífice; de hecho, a lo largo de la Homilía 85 y
del Comentario IV a Mateo, Jerónimo continúa llamando a Caifás sumo
pontífice, como en todos los Evangelios y los demás Padres de la Iglesia.
San
Gregorio Magno, en su Sermón XLIV, 2, escribe: «Caifás, al rasgar todas sus
vestiduras, se privó de su decoro de pontífice; de hecho, el Levítico (XXI,
10) enseña: “no rasguéis vuestras vestiduras”. El mismo desgarro que
hace pedazos su hábito y decoro sacerdotal pronto rasgará por la mitad el
velo del Templo».
Siempre
Santo Tomás, en la Catena aurea In Marcum (XIV, 63), cita a
San León Magno, quien comenta: «al rasgar su vestidura, Caifás, el sumo
sacerdote, ignorando el significado profético de este gesto, se despoja de su
honor sacerdotal, contrariando el capítulo VIII del Levítico: “no
rasguéis vuestras vestiduras”. […]. Como si quisiera demostrar que la Antigua
Ley acabaría, aquel desgarro en su ornamento sacerdotal es el mismo que pronto
rasgaría el velo del Templo», entonces el Doctor Angélico cita a San Beda, que
escribe: «Caifás rasga su vestidura, la túnica de Jesús no fue rasgada
ni siquiera por los soldados que la sortearon. Esta es una figura
del sacerdocio de la Antigua Alianza, que habría terminado a causa del deicidio;
en cambio, la fuerza de la Iglesia, simbolizada por la vestidura inconsútil de
Cristo, nunca terminará».
Además,
todos los versículos de los cuatro Evangelios llaman a Caifás
«sumo sacerdote» y ninguno de los Padres que los comentaron afirma que
Caifás no era el sumo sacerdote.
El abad
Giuseppe Ricciotti, en su Vida de Jesucristo (Milán,
Mondadori, 5.ª ed., 1974, 2.º vol., párr. 562-568, «El juicio de Jesús ante el
Sanedrín», pp. 642-648) llama a Caifás «sumo sacerdote» seis veces; además
(página 647, párrafo 567), escribe específicamente: «Aquel que interrogó [a
Jesús] estaba investido de la suma y oficial autoridad en
Israel. […]. Por peligroso que fuera, había llegado el momento [para Jesús] de
declarar abiertamente su propia condición ante todo Israel,
representado por el sumo sacerdote y el Sanedrín».
Por
tanto, se debe concluir con los Padres de la Iglesia, el Doctor Común y los
exegetas aprobados que Caifás era sumo sacerdote.
Mons.
Antonino Romeo, en el Diccionario Bíblico dirigido por Mons.
Francesco Spadafora (Roma, Studium, 3.ª ed., 1963, entrada «Caifás», pp.
94-95), escribe: «Caifás, sumo sacerdote judío […] durante 18 años consecutivos
(del 18 al 36 d.C.). […]. El consejo de Caifás de sacrificar a Cristo para
salvar al pueblo contiene dos significados, uno querido por el impío
sumo sacerdote y el otro por el Espíritu Santo y expresado por San
Juan en el Evangelio.
La impiedad de
la que habla Mons. Romeo se refiere a la falta de pietas (S.
Th., II-II, q. 80 y 101), que es una parte potencial de la virtud de
la justicia (II-II, qq. 58-79), que nos hace dar a cada uno lo que le es
debido. Entonces, la piedad para con Dios es la virtud de la religión (ibid.,
q. 81) y exige adoración (ibid., q. 84). La simonía (II-II, q.
100) es un pecado de impiedad o irreligión, que consiste en la irreverencia
para con Dios y las cosas sagradas, queriendo comprarlas con dinero. Como
se ve, Caifás y los Pontífices irreligiosos, impíos, ateos o simoníacos pecan
gravemente contra toda la Fe, pero continúan siendo igualmente —jurídica o
canónicamente— pontífices, aunque —moralmente— sean gravemente pecadores.
http://doncurzionitoglia.net/2014/01/24/caifa-era-sommo-sacerdote/
