Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

sábado, 12 de septiembre de 2026

LA ILUSIÓN DE LA SOBERANÍA

 


Del Estado laico a la hegemonía cultural en Occidente

 

Por RICARDO ZORNOSA SALAZAR

 

Para abordar el análisis de las convulsiones políticas, económicas y sociales de nuestro tiempo, solemos olvidar los hitos históricos más decisivos que han trazado el derrotero que hoy padecemos. Resulta, pues, indispensable recordar la verdadera dimensión de aquel proceso revolucionario que, iniciado con la Revolución Francesa, edificó un nuevo poder sobre las ruinas humeantes de la Iglesia católica y de la Cristiandad milenaria, y que significó para Occidente no un simple ajuste de rumbo, sino un giro de ciento ochenta grados.

Este triunfo del Trono sobre el Altar constituyó un episodio decisivo en la confrontación trazada ya desde el Génesis (3, 15) entre dos estirpes espirituales: por un lado, la del hombre autosuficiente que ─olvidando que no se hizo a sí mismo, y que es apenas una criatura contingente, limitada y fugaz─ se rebela henchido de orgullo creyéndose su propio dios y negándose a reconocer la autoridad de su Creador; por el otro, la de aquellos que, aun en su fragilidad humana, buscan con corazón sincero subordinar su existencia a la Revelación divina.

Se había instaurado así el Estado laico, un Estado que, suplantando a Dios, escondía su aversión hacia Él y hacia su Iglesia bajo una pretendida neutralidad, y se alzaba como árbitro supremo de la conciencia humana, de la verdad y el bien, y de todas las creencias y religiones. Este cambio de paradigma no implicó una simple sucesión de gobernantes, sino una ruptura con el orden trascendente para instaurar una hegemonía antropocéntrica. Las naciones que durante siglos habían moldeado sus instituciones conforme a las leyes inmutables de Dios se vieron constreñidas a someterse a la voluntad mudable y coyuntural del legislador humano.

El cristianismo no había ocupado un lugar accesorio en la historia: había civilizado continentes; erigido miles de ciudades e instituciones de caridad al servicio de la sociedad, sin antecedentes en la historia, tales como colegios, universidades y hospitales; inculcado el amor, el perdón, la dignidad humana y la práctica de las virtudes; sentado las bases de la ciencia, y cultivado hasta los niveles más altos el arte, la música y la literatura. Como reconoció el filósofo e historiador Benedetto Croce en su célebre ensayo de 1942, Por qué no podemos no llamarnos «cristianos»:


«El cristianismo ha sido la mayor revolución que la humanidad ha cumplido jamás, tan profunda que las revoluciones posteriores no han sido sino sus desarrollos o sus derivaciones... transformando el pensamiento, la moral y la matriz cultural de Occidente.»

En esta misma línea, GK Chesterton advirtió la fragilidad de toda estructura que reniegue de sus cimientos:

«La civilización occidental se sostiene sobre la fe cristiana; si se retira la fe, toda la estructura social y cultural comienza a tambalearse, porque sus cimientos morales provienen de esa fuente.»

En otras palabras, el cristianismo y la Iglesia por derecho se habían ganado un lugar privilegiado en la historia, un lugar que el Estado triunfante, el nuevo Estado laico, con todo su poder quería denigrar y borrar de la memoria humana. Y había razones teológicas y prácticas: el nuevo poder había triunfado sobre su enemigo atávico después de siglos de lucha. Ahora, empoderado como nunca antes en la historia, venía a cobrar lo suyo.

Sin embargo, el nuevo Estado laico, después de milenios de civilización fundada sobre el Evangelio, quiso presentarse al mundo como un hito evolutivo que había superado a los antiguos sátrapas del paganismo, aquellos que basaban su poder en la violencia. Y así justificó la legitimidad de su dominio ejecutando una de las maniobras de ingeniería social más logradas de la era moderna: persuadir al pueblo —como la Serpiente a Eva— de que alcanzaba un poder insólito: su propia «soberanía». Le bastaba, para ello, reconocer al Estado laico como la única vía posible de gobierno.

Al mismo tiempo, consciente de la imposibilidad de extirpar de golpe la fe arraigada profundamente en el alma de Occidente, el nuevo régimen optó por relativizar la Verdad. Mediante la graciosa concesión de la «libertad religiosa», confinó al cristianismo al ámbito estrictamente privado, reduciéndolo a una opción más dentro del panteón de las religiones. Así, el cristianismo pasó de ser el faro radiante y rector de la civilización a una débil cerilla encendida frente a un abismo de oscuridad.

Con ello, el campo de batalla se desplazó de lo trascendente a lo adjetivo. Si antes los hombres ─asumiendo la lucha espiritual entre el bien y el mal─ orientaban sus tensiones en contra del pecado y en procura de la salvación eterna, el Estado moderno introdujo un mecanismo sustitutivo: la urna electoral. A través de ella, el pueblo quedó fragmentado en tantas ideologías, facciones y caudillismos como el sistema necesitara para entretener y adormecer su fe.

Nació así la polarización estructural: fuente inagotable de partidismos, enfrentamientos viscerales y violencias políticas y religiosas, que fracturaron incluso el seno de las familias. Contra toda promesa de progreso, las naciones terminaron debilitadas y desgastadas internamente, mientras el verdadero poder supranacional consolidaba su dominio definitivo.

No obstante, para hacer avanzar la Revolución anticatólica la violencia abierta no sería la única estrategia. Con el paso del tiempo, la lucha contra el antiguo orden adoptaría ─paralelamente a la guerrilla o el terrorismo─ formas de violencia menos visibles y de mayor alcance: la conquista de la cultura, de la educación, del lenguaje y de la formación de la conciencia colectiva.

Fue el teórico italiano Antonio Gramsci quien formuló la metodología de esta conquista silenciosa en sus Cuadernos de la cárcel (1929-1935):

«La conquista del poder político no comienza con el asalto a las instituciones del Estado, sino con la transformación previa de la mente y del sentido común de la sociedad mediante el control de la cultura, la educación y el lenguaje.»

Con esta estrategia de inspiración gramsciana, el conflicto revolucionario se trasladó en el siglo XX al terreno de la hegemonía cultural. Para tal fin, el nuevo poder encontró —más allá de la instauración de un marco legislativo e internacional— un instrumento capaz de penetrar hasta la intimidad de los hogares para moldear la mentalidad de la sociedad, especialmente la de las nuevas generaciones.

Sin necesidad de consultar al «pueblo soberano» en las urnas, apenas ondeando la bandera de la «libertad de expresión», este mecanismo comenzó a transformar silenciosamente a las naciones, seduciendo a las masas como el canto de las sirenas mediante un lenguaje inédito de imágenes y sonidos que los avances tecnológicos extendieron por todo el planeta.

Se trataba de la red articulada de la prensa, la cinematografía y los modernos medios de comunicación de masas, encabezados por sus creadores de opinión pública. Bajo el patronazgo del gran capital y del poder secular, estos aparatos propagaron una revisión sesgada de la historia —caricaturizando hitos como la Inquisición o las Cruzadas— para presentar la fe como sinónimo de oscuridad y oscurantismo. Simultáneamente, estigmatizaron con etiquetas descalificadoras todo intento de renovación del pensamiento católico en la vida pública, al tiempo que inoculaban patrones culturales que rehabilitaban costumbres paganas y normas abiertamente opuestas a la Ley Natural.

De este modo, la hegemonía cultural reforzó aún más la premisa de que el Estado laico era el modelo de neutralidad moral y, por tanto, el único viable para el progreso humano. Propagaba esta idea con la jactancia del vencedor que ya había enterrado al régimen monárquico y a la sociedad católica tradicional, tildándolos de atrasados e ignorantes; y, bajo esa misma premisa ideológica, legisló sistemáticamente para despojar a la fe del pueblo de todo amparo público y desmantelar —cuando no apropiarse de— el vasto entramado institucional edificado por la Iglesia: universidades, hospitales y obras de beneficencia.

Dentro de este esquema, resultaba impensable una restauración de los principios espirituales que habían constituido el fundamento espiritual de la patria, aun cuando el pueblo ─paradójicamente investido de una «soberanía» que ya no podía ejercer sobre lo esencial─ anhelara su vigencia legal de esos mismos principios.

Cabe entonces preguntarse con todo rigor: si las élites dirigentes no gobernaban según las convicciones profundas del pueblo mayoritariamente católico que las había elegido, ¿a qué poderes servían verdaderamente?

Semejante claudicación de la ley divina ante la ingeniería estatal habría sido impensable e inaceptable para las civilizaciones islámica o judía, las cuales jamás han disociado sus principios sagrados de la ordenación comunitaria. No obstante, en el seno del Occidente cristiano, esta separación fue asimilada tras un prolongado proceso de coacción e inducción ideológica. Como sintetizó el historiador Christopher Dawson en El juicio de las naciones (1942):

«A diferencia de otras grandes civilizaciones que mantuvieron su cohesión adhiriéndose a su matriz sagrada, Occidente ha cometido el experimento único de intentar erigir una sociedad puramente secular, despojada de todo fundamento trascendente.»

El trágico desenlace de este «experimento único» está hoy a la vista de todos: una civilización desgajada de sus raíces no produce una edad de oro de libertad e imparcialidad, sino una sociedad presa de la anomia, la desintegración familiar, el vacío existencial y una tiranía blanda que administra la desesperanza. Al vaciar el espacio público de la Verdad divina, el Estado laico no creó un terreno neutral; simplemente erigió un nuevo templo al antropocentrismo radical donde el hombre, habiéndose proclamado soberano, termina siendo esclavo de sus propias pasiones y de las estructuras supranacionales que lo dirigen.

Frente a este horizonte de escombros culturales y políticos, el dilema de nuestro tiempo se revela con absoluta nitidez. Occidente no padece una crisis meramente administrativa, de partidos o de modelos económicos, sino una fractura de orden espiritual y ontológico. Ninguna ingeniería electoral ni reforma cosmética devolverá la paz social a las naciones mientras persistan en el intento absurdo de edificar la «polis» contra la Ley Suprema de su Creador.

Restaurar el rumbo no consistirá en añorar pasados ​​añejos como meros espectadores de la historia, sino en reconquistar la inteligencia, el lenguaje y las instituciones desde sus cimientos primeros. Se trata de recordar que los imperios y las ideologías inmanentistas —por deslumbrante que sea su despliegue técnico o su propaganda— llevan en sí el germen de su propia caducidad. Mientras el Estado secular gasta sus fuerzas en adormecer conciencias y sofocar la chispa de lo divino, la Verdad permanece inalterable; y la historia, lejos de haber concluido bajo la tutela de los hombres, sigue estando sujeta a los designios de Aquel que reina por encima de todos los tronos y de todas las urnas.

 

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