Del Estado laico a la
hegemonía cultural en Occidente
Por RICARDO ZORNOSA
SALAZAR
Para abordar el análisis de las convulsiones políticas,
económicas y sociales de nuestro tiempo, solemos olvidar los hitos históricos
más decisivos que han trazado el derrotero que hoy padecemos. Resulta, pues,
indispensable recordar la verdadera dimensión de aquel proceso revolucionario
que, iniciado con la Revolución Francesa, edificó un nuevo poder sobre las
ruinas humeantes de la Iglesia católica y de la Cristiandad milenaria, y que
significó para Occidente no un simple ajuste de rumbo, sino un giro de ciento
ochenta grados.
Este triunfo del Trono sobre el Altar constituyó un
episodio decisivo en la confrontación trazada ya desde el Génesis (3, 15) entre
dos estirpes espirituales: por un lado, la del hombre autosuficiente que
─olvidando que no se hizo a sí mismo, y que es apenas una criatura contingente,
limitada y fugaz─ se rebela henchido de orgullo creyéndose su propio dios y
negándose a reconocer la autoridad de su Creador; por el otro, la de aquellos
que, aun en su fragilidad humana, buscan con corazón sincero subordinar su
existencia a la Revelación divina.
Se había instaurado así el Estado laico, un Estado que, suplantando a Dios, escondía su aversión hacia Él y hacia su Iglesia bajo una pretendida neutralidad, y se alzaba como árbitro supremo de la conciencia humana, de la verdad y el bien, y de todas las creencias y religiones. Este cambio de paradigma no implicó una simple sucesión de gobernantes, sino una ruptura con el orden trascendente para instaurar una hegemonía antropocéntrica. Las naciones que durante siglos habían moldeado sus instituciones conforme a las leyes inmutables de Dios se vieron constreñidas a someterse a la voluntad mudable y coyuntural del legislador humano.
El cristianismo no había ocupado un lugar accesorio en la
historia: había civilizado continentes; erigido miles de ciudades e
instituciones de caridad al servicio de la sociedad, sin antecedentes en la
historia, tales como colegios, universidades y hospitales; inculcado el amor,
el perdón, la dignidad humana y la práctica de las virtudes; sentado las bases
de la ciencia, y cultivado hasta los niveles más altos el arte, la música y la
literatura. Como reconoció el filósofo e historiador Benedetto Croce en su
célebre ensayo de 1942, Por qué no podemos no llamarnos «cristianos»:
«El cristianismo ha sido la mayor revolución que la
humanidad ha cumplido jamás, tan profunda que las revoluciones posteriores no
han sido sino sus desarrollos o sus derivaciones... transformando el
pensamiento, la moral y la matriz cultural de Occidente.»
En esta misma línea, GK Chesterton advirtió la fragilidad
de toda estructura que reniegue de sus cimientos:
«La civilización occidental se sostiene sobre la fe
cristiana; si se retira la fe, toda la estructura social y cultural comienza a
tambalearse, porque sus cimientos morales provienen de esa fuente.»
En otras palabras, el cristianismo y la Iglesia por
derecho se habían ganado un lugar privilegiado en la historia, un lugar que el
Estado triunfante, el nuevo Estado laico, con todo su poder quería denigrar y
borrar de la memoria humana. Y había razones teológicas y prácticas: el nuevo
poder había triunfado sobre su enemigo atávico después de siglos de lucha.
Ahora, empoderado como nunca antes en la historia, venía a cobrar lo suyo.
Sin embargo, el nuevo Estado laico, después de milenios
de civilización fundada sobre el Evangelio, quiso presentarse al mundo como un
hito evolutivo que había superado a los antiguos sátrapas del paganismo,
aquellos que basaban su poder en la violencia. Y así justificó la legitimidad
de su dominio ejecutando una de las maniobras de ingeniería social más logradas
de la era moderna: persuadir al pueblo —como la Serpiente a Eva— de que
alcanzaba un poder insólito: su propia «soberanía». Le bastaba, para ello,
reconocer al Estado laico como la única vía posible de gobierno.
Al mismo tiempo, consciente de la imposibilidad de
extirpar de golpe la fe arraigada profundamente en el alma de Occidente, el
nuevo régimen optó por relativizar la Verdad. Mediante la graciosa concesión de
la «libertad religiosa», confinó al cristianismo al ámbito estrictamente
privado, reduciéndolo a una opción más dentro del panteón de las religiones.
Así, el cristianismo pasó de ser el faro radiante y rector de la civilización a
una débil cerilla encendida frente a un abismo de oscuridad.
Con ello, el campo de batalla se desplazó de lo
trascendente a lo adjetivo. Si antes los hombres ─asumiendo la lucha espiritual
entre el bien y el mal─ orientaban sus tensiones en contra del pecado y en
procura de la salvación eterna, el Estado moderno introdujo un mecanismo
sustitutivo: la urna electoral. A través de ella, el pueblo quedó fragmentado
en tantas ideologías, facciones y caudillismos como el sistema necesitara para
entretener y adormecer su fe.
Nació así la polarización estructural: fuente inagotable
de partidismos, enfrentamientos viscerales y violencias políticas y religiosas,
que fracturaron incluso el seno de las familias. Contra toda promesa de
progreso, las naciones terminaron debilitadas y desgastadas internamente,
mientras el verdadero poder supranacional consolidaba su dominio definitivo.
No obstante, para hacer avanzar la Revolución
anticatólica la violencia abierta no sería la única estrategia. Con el paso del
tiempo, la lucha contra el antiguo orden adoptaría ─paralelamente a la
guerrilla o el terrorismo─ formas de violencia menos visibles y de mayor
alcance: la conquista de la cultura, de la educación, del lenguaje y de la
formación de la conciencia colectiva.
Fue el teórico italiano Antonio Gramsci quien formuló la
metodología de esta conquista silenciosa en sus Cuadernos de la cárcel (1929-1935):
«La conquista del poder político no comienza con el
asalto a las instituciones del Estado, sino con la transformación previa de la
mente y del sentido común de la sociedad mediante el control de la cultura, la
educación y el lenguaje.»
Con esta estrategia de inspiración gramsciana, el
conflicto revolucionario se trasladó en el siglo XX al terreno de la hegemonía
cultural. Para tal fin, el nuevo poder encontró —más allá de la instauración de
un marco legislativo e internacional— un instrumento capaz de penetrar hasta la
intimidad de los hogares para moldear la mentalidad de la sociedad,
especialmente la de las nuevas generaciones.
Sin necesidad de consultar al «pueblo soberano» en las
urnas, apenas ondeando la bandera de la «libertad de expresión», este mecanismo
comenzó a transformar silenciosamente a las naciones, seduciendo a las masas
como el canto de las sirenas mediante un lenguaje inédito de imágenes y sonidos
que los avances tecnológicos extendieron por todo el planeta.
Se trataba de la red articulada de la prensa, la
cinematografía y los modernos medios de comunicación de masas, encabezados por
sus creadores de opinión pública. Bajo el patronazgo del gran capital y del
poder secular, estos aparatos propagaron una revisión sesgada de la historia
—caricaturizando hitos como la Inquisición o las Cruzadas— para presentar la fe
como sinónimo de oscuridad y oscurantismo. Simultáneamente, estigmatizaron con
etiquetas descalificadoras todo intento de renovación del pensamiento católico
en la vida pública, al tiempo que inoculaban patrones culturales que
rehabilitaban costumbres paganas y normas abiertamente opuestas a la Ley
Natural.
De este modo, la hegemonía cultural reforzó aún más la
premisa de que el Estado laico era el modelo de neutralidad moral y, por tanto,
el único viable para el progreso humano. Propagaba esta idea con la jactancia
del vencedor que ya había enterrado al régimen monárquico y a la sociedad
católica tradicional, tildándolos de atrasados e ignorantes; y, bajo esa misma
premisa ideológica, legisló sistemáticamente para despojar a la fe del pueblo
de todo amparo público y desmantelar —cuando no apropiarse de— el vasto
entramado institucional edificado por la Iglesia: universidades, hospitales y
obras de beneficencia.
Dentro de este esquema, resultaba impensable una
restauración de los principios espirituales que habían constituido el
fundamento espiritual de la patria, aun cuando el pueblo ─paradójicamente
investido de una «soberanía» que ya no podía ejercer sobre lo esencial─
anhelara su vigencia legal de esos mismos principios.
Cabe entonces preguntarse con todo rigor: si las élites
dirigentes no gobernaban según las convicciones profundas del pueblo
mayoritariamente católico que las había elegido, ¿a qué poderes servían
verdaderamente?
Semejante claudicación de la ley divina ante la
ingeniería estatal habría sido impensable e inaceptable para las civilizaciones
islámica o judía, las cuales jamás han disociado sus principios sagrados de la
ordenación comunitaria. No obstante, en el seno del Occidente cristiano, esta
separación fue asimilada tras un prolongado proceso de coacción e inducción
ideológica. Como sintetizó el historiador Christopher Dawson en El juicio de
las naciones (1942):
«A diferencia de otras grandes civilizaciones que
mantuvieron su cohesión adhiriéndose a su matriz sagrada, Occidente ha cometido
el experimento único de intentar erigir una sociedad puramente secular,
despojada de todo fundamento trascendente.»
El trágico desenlace de este «experimento único» está hoy
a la vista de todos: una civilización desgajada de sus raíces no produce una
edad de oro de libertad e imparcialidad, sino una sociedad presa de la anomia,
la desintegración familiar, el vacío existencial y una tiranía blanda que administra
la desesperanza. Al vaciar el espacio público de la Verdad divina, el Estado
laico no creó un terreno neutral; simplemente erigió un nuevo templo al
antropocentrismo radical donde el hombre, habiéndose proclamado soberano,
termina siendo esclavo de sus propias pasiones y de las estructuras
supranacionales que lo dirigen.
Frente a este horizonte de escombros culturales y
políticos, el dilema de nuestro tiempo se revela con absoluta nitidez.
Occidente no padece una crisis meramente administrativa, de partidos o de
modelos económicos, sino una fractura de orden espiritual y ontológico. Ninguna
ingeniería electoral ni reforma cosmética devolverá la paz social a las
naciones mientras persistan en el intento absurdo de edificar la «polis» contra
la Ley Suprema de su Creador.
Restaurar el rumbo no consistirá en añorar pasados añejos como
meros espectadores de la historia, sino en reconquistar la inteligencia, el
lenguaje y las instituciones desde sus cimientos primeros. Se trata de recordar
que los imperios y las ideologías inmanentistas —por deslumbrante que sea
su despliegue técnico o su propaganda— llevan en sí el germen de su propia
caducidad. Mientras el Estado secular gasta sus fuerzas en adormecer
conciencias y sofocar la chispa de lo divino, la Verdad permanece inalterable;
y la historia, lejos de haber concluido bajo la tutela de los hombres, sigue
estando sujeta a los designios de Aquel que reina por encima de todos los
tronos y de todas las urnas.
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