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jueves, 16 de julio de 2026

LA PASIÓN ARGENTINA Y EL FÚTBOL

 


Por MARCELO GONZÁLEZ

 

Sin ánimo de polemizar con personas de sólida formación intelectual y buena doctrina, que califican la pasión futbolística como una mera idolatría, me atrevo a hacer unas pocas reflexiones matizando -apenas la Argentina se ha lanzado a las calles a festejar su paso a la final del campeonato mundial-. Deberá defenderlo ante la selección de España en pocos días y si bien será un partido “final”, quizás no disfrute tanto si lo gana como lo ha hecho al vencer al seleccionado de Inglaterra (nótese, no Gran Bretaña).

Admitiendo lo indiscutible, a saber, que el negocio del fútbol está entre los más lucrativos de la historia contemporánea y en crecimiento, y además que nuestras naciones pavorosamente descristianizadas han caído en una pasión casi desenfrenada por este deporte, su popularidad es asombrosa y genuina en todo el mundo. Y por lo tanto, si bien una forma de idolatría como tantas, más o menos matizada, según las personas y las circunstancias y otras características que queremos señalar. Sin ese poderoso atractivo jamás se hubiera podido montar tan fabuloso negocio. Y el negocio alimenta la pasión, cierto, pero la pasión produce el negocio y le da la posibilidad de ampliarlo en múltiples direcciones.

Sin embargo… en los deportes internacionales, incluyendo los masónicos juegos olímpicos modernos, pueden observarse signos de una condición natural, humana, el amor por lo propio, por la tierra, por la bandera. En los campeonatos internacionales, de momento y seguramente por mucho tiempo, lo que se defiende es la representación de una bandera nacional. Las nacionalidades modernas, pos-revolucionarios sin duda pero a pesar de ello son el resto más genuino que nos queda de un tiempo en que las personas tenían un arraigo y ideal que admirar y defender, por lo que dar la vida a lo largo de años de trabajo o en una sola batalla. Las banderas pesan. Sobre todo cuando los jugadores son nacidos bajo esa misma bandera que defienden y no importados por medio de trucos legales, cosa que viene ocurriendo ya mucho en Europa.

Decía el padre Castellani que el fútbol es un deporte jerárquico, sus cuadros tienen un capitán, los partidos un juez (cuya autoridad también tiende a ponerse en cuestión hoy bajo razones técnicas) pero juez sigue siendo casi inapelable. Es su forma pura son escuadras que se someten a un general (el director técnico) y a un capitán que anima y ordena el juego en el campo, normalmente más eficaz cuando él mismo es ejemplo de orden y disciplina. A veces juegan sucio y se finge: nada más natural para quienes son hijos del pecado original como todos nosotros. Pero eso no nos impide se leales a una causa, son pecado que se borran cuando al final del encuentro se manifiesta la caballerosidad.

En un ensayito a modo de diálogo sobre la educación el padre fantasea un diálogo en el que un joven discute con su tío, hombre a la antigua, que ve en este deporte y en otros una pérdida de tiempo y un embrutecimiento. Dice el tío en diálogo con su sobrino:

—Lo que yo censuro no es el juego en sí, es el entusiasmo exagerado de las turbas. Revela poquísimo ideal, poquísima elevación de miras, un materialismo craso, el culto animal de la fuerza...

—El pueblo tiene que admirar alguna cosa, tío. Ay del pueblo sin entusiasmo. “We live of admiration, hope and love”, dijo un poeta. (Para que vea si sé solamente jugar fútbol). “Il faut que les pauvres gens aient aussi son ideal”, dijo otro. ¡Que vayan las masas a ver partidos atléticos para respirar aire puro y olvidar que son desdichadas, tío!

—¿Y no pueden entusiasmarse por cosas un poco más elevadas que la fuerza bruta?

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