Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

lunes, 17 de agosto de 2026

LA REPARACION EN LA DEVOCION AL CORAZON DE MARIA

 


Por P. SANTIAGO NAVARRO, C.M.F.

Del libro TEOLOGIA DE FÁTIMA, Editorial Coculsa, Madrid, 1961.

 

El estudio de la devoción al Corazón de María sigue analógicamente los por que el de la devoción al Corazón de Jesús. Por eso, no pensamos detenernos mucho en el desarrollo de estas consideraciones. En su estudio sobre el Corazón de María, afirma Campana que, como la del Corazón de Jesús, la reparación tiene en la devoción al Corazón de María un puesto privilegiado. Tampoco aquí orientaba San Juan Eudes la devoción en el sentido reparador, dado luego por Santa Margarita. Sus ojos se volvían con frecuencia a los dolores del Corazón de María, pero pensaba que la consideración y el recuerdo de estos dolores, causados por nuestros pecados, deben inducirnos, más que a la reparación, al arrepentimiento y a una renovación de nuestra vida. A pesar de todo, afirma Campana, “es innegable que la idea de la reparación al Corazón de María se va abriendo camino, y es ya ampliamente practicada. Se ofrecen para ello la comunión y la misa de los primeros sábados de mes. No está lejano el tiempo, no hace falta ser profeta para saberlo, en el que esta reparación será una parte esencial de esta devoción”.

Los títulos de la Virgen a esta forma especial de su culto son, análogamente, los mismos que vimos en el Corazón de Jesús: un título de Justicia y un título de amor.

Un título de Justicia, porque los pecados de los hombres son también un atentado contra los derechos que la Virgen tiene sobre ellos. Un título de amor, porque la obra de María en la redención del mundo es, como la de Jesucristo, obra de amor.

Nadie puede poner en duda los derechos de María sobre los hombres, como Madre, Corredentora y Dispensadora de todas las gracias. En la misma medida en que el pecado fue causa de los dolores redentores de Cristo, lo fue de los sufrimientos de la Corredentora. Y el pecado, que hoy vuelve a crucificar a Cristo, puede ser paralelamente considerado un atentado contra la Corredentora. La intensidad de los sufrimientos padecidos por María en la hora de la redención no pueden dejarla hoy indiferente a la suerte de los redimidos. Y el oficio principal que su misión corredentora le da en el cuerpo místico la hace más sensible a todos los males de sus miembros.

Como Madre, es también sensible a las ofensas inferidas a su Hijo Jesucristo, y al mal que a sí mismos se causan los pecadores. Pecando, violan éstos los derechos que la Virgen tiene sobre ellos, en razón de su Maternidad espiritual; la rebeldía contra Dios es también, en cierta medida, insolencia y rebeldía contra la Virgen, y la herida causada en el Corazón divino por la ingratitud de los hombres hiere, del mismo modo, el Corazón de la Virgen.

Todo esto es consecuencia de la unión íntima que Dios estableció entre el Redentor y la Corredentora; nuevo Adán y nueva Eva, que el árbol de la cruz unió en el dolor y en el amor, en el uno como fuente, en la otra, como canal de gracia".

Los dolores de la Virgen no estaban yuxtapuestos a los de Jesús. Son idénticos en la causa; están ordenados al mismo fin; el Corazón de María es el resonador, y su dolor es el eco de los dolores del Corazón de Cristo.

No deja de sorprender la unanimidad con los Pontífices últimos, que se han sucedido en el gobierno de la Iglesia, han llamado la atención de los fieles sobre este aspecto de la vida de la Virgen, del que deriva este carácter reparador de su devoción. San Pio X lo deduce de lo que la Virgen trabaja en el cielo por sus hijos. Comenta el santo Pontífice la conocida visión del Apocalipsis (12, 1 ss), en la que se muestra una mujer vestida del sol... y que estaba encinta, y dice: “Clamaba al dar a luz, y era que sufría en el parto. Vio pues Juan a la Santísima Madre de Dios gozando de la bienaventuranza eterna, y, sin embargo, sufriendo por un parto misterioso. ¿Cuál? El nuestro... El sufrimiento del parto significa el deseo y el amor con que la Virgen desde el cielo vigila y trabaja con ruegos asiduos para que sea completado el número de los predestinados".

En 1904 enriquecía ya con indulgencias la práctica de la comunión reparadora en los primeros sábados de mes; y el 3 de junio de 1912 concedía indulgencia plenaria a cuantos, previa confesión y comunión, practicaran el ejercicio de la reparación mariana.

Benedicto XV, el 9 de noviembre de 1920, concedía indulgencia plenaria in articulo mortis a todos los que practicaran este ejercicio durante ocho primeros sábados de mes seguidos.

En su Encíclica Ingravescentibus malis, Pío XI, respondiendo a injurias lanzadas en un escrito contra la santísima Virgen, exhorta a que, “unidos a los Obispos y pueblo que veneran a la Virgen María como Reina del pueblo de Polonia, cumpliendo un deber de piedad, ofrezcamos a la misma augusta Reina nuestra la debida reparación”. No se trata, ciertamente, de una forma especial de devoción, pero contiene todos los elementos que en ella son necesarios para que pueda darse la verdadera reparación.

Pío XII habló muchas veces de este tema, y hemos de citar más adelante algunas de las enseñanzas dadas por este gran Maestro, ofrecido por Jesucristo a su Iglesia en estos tiempos difíciles.

Si examinamos tanto la tradición como algunos documentos del Magisterio de la Iglesia, encontramos que se habla en ellos con relativa frecuencia de dolores y sufrimientos de la Virgen; de ofensas inferidas a la Virgen, Todo lo cual, como hemos dicho al hablar de la devoción al Corazón de Jesús, pide una reparación. En este lugar hicimos notar cómo Jesucristo y los bienaventurados tienen una esperanza que será saciada sólo cuando haya llegado al cielo el último de los predestinados; en tanto llega esa hora, hay en el cielo un afecto de compasión, y una especie de inquietud, por la que se puede decir, en cierto sentido, que los santos sufren con todos los miembros del cuerpo místico que padecen en la tierra, aunque notábamos que las palabras no tienen un significado totalmente idéntico en ambos casos. La Virgen es miembro privilegiado del cuerpo místico, y, en razón de tal, participa más intensamente que todos los miembros, exceptuado Cristo, Cabeza del cuerpo, de los sentimientos de compasión y solicitud por los miembros que aún se encuentran peregrinando por este valle de lágrimas.

En sus comentarios a la Salve Regina, Santiago de Voragine escribía: «La Virgen posee la misericordia, en su corazón, manifestando el afecto de la compasión, y en sus labios, rogando a Dios por nosotros".

Antes hemos visto cómo San Pío X nos hablaba de la vigilancia y trabajos de la Virgen, a la que nos presentaba “sufriendo por un parto misterioso”.

Pío XII, en carta escrita el 13 de agosto de 1954 al Arzobispo de Sucre, refiriéndose a los que son infieles a sus creencias, decía: “¡Cómo han de disgustar al Corazón de María estas defecciones!”. Y el 17 de octubre del mismo año, en un radiomensaje dirigido a los sicilianos, recordando la emoción que le había causado la noticia del llanto de la Virgen, testimoniado por todo el Episcopado de Sicilia, decía: «Sin duda, María es, en el cielo, eternamente feliz y no sufre dolor ni tristeza; pero no permanece insensible, antes bien, alienta siempre amor y piedad para con el desgraciado género humano... ¿Comprenderán los hombres el arcano lenguaje de aquellas lágrimas? ¡Oh las lágrimas de María! ¿Llora aún por las renovadas llagas producidas en el Corazón de Jesús? O ¿llora por tantos hijos en quienes el error y la culpa han apagado la vida de la gracia y ofenden gravemente a la Majestad divina? O ¿son lágrimas. de espera por el retorno de otros hijos suyos, un día fieles y hoy arrastrados por falsos encantos entre las filas de los enemigos de Dios?”.

Cuando explicábamos cómo era posible hablar de un influjo actual de los pecados de los hombres en Cristo, recurríamos al hecho del conocimiento eterno del divino Redentor, que no por ser hombre había perdido uno solo de los atributos de su divinidad. Es claro que no podemos emplear este argumento hablando de los sufrimientos de la Virgen y del consuelo que puede ofrecerla nuestra reparación. No por eso carece por completo de base esta doctrina, tantas veces aprobada por la Iglesia, al aprobar y enriquecer con gracias y privilegios esta forma y este carácter de la devoción mariana.

Los teólogos nos hablan de la ciencia de la Virgen. Con la mayor parte de ellos, hemos de colocar entre las opiniones piadosas, poco fundamentadas, la que concede a la Virgen el favor o privilegio de la visión beatífica durante su vida mortal. Tenida de modo permanente, hubiera hecho imposibles en ella virtudes, como la fe y la esperanza, que ciertamente tuvo. El Evangelio pondrá en labios de su prima Santa Isabel esta expresa declaración: “Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá lo que se te ha dicho de parte del Señor”. Lo mismo deberiamos decir del mérito, que tan abundantemente acumuló la Virgen durante su vida. La visión beatífica, concedida accidental y transitoriamente, en las circunstancias más solemnes de su existencia en la tierra, no haría imposible esos actos, pero carece de fundamento real.

Mayor fundamento teológico tiene la doctrina de la concesión a la Virgen de una ciencia que le permitió conocer en el momento, por lo menos, de la Encarnación, el misterio que en ella se estaba obrando. En la Bula Ineffabilis afirma Pío IX que la Virgen fue enriquecida ya desde su concepción «con la abundancia de todos los celestiales carismas». Sin querer dar a estas palabras el sentido que algunos autores les conceden, atribuyendo a la Virgen una ciencia infusa que abarcara todo el contenido de las enseñanzas teológicas sobre la Encarnación y la Redención, parece indudable que ellas encierran, por lo menos, la concesión hecha a la Virgen de un conocimiento que la permitiera dar su consentimiento al misterio que se le propondrá en la Anunciación, sabiendo lo que hacía y a lo que se comprometía con el fiat pronunciado en aquella hora. El P. Francis J. Connell, después de haber consultado los mejores autores, no duda en afirmar que la Virgen tuvo esta ciencia, no sólo en su Concepción, sino de un modo habitual. Del mismo parecer son también Roschini y Alastruey. En cambio, Bertetto no se atreve a conceder ese privilegio a la Virgen habitualmente, y lo admite sólo en ocasiones especiales, que lo exigían para su misión.

Mayor es aún la dificultad que se presenta, cuando se trata de determinar el objeto de esta ciencia infusa, habitual o accidentalmente. Rechazadas esas piadosas exageraciones, que quieren hacer a la Virgen primera en todos los órdenes del conocimiento humano, sin excluir las ciencias puramente naturales, como las matemáticas, astronomía, física, etc., tiene sólido fundamento la doctrina que enseña que el conocimiento sobrenatural concedido a la Virgen no sólo se refería a la ciencia relativa a Dios, sino también a todas aquellas cosas que hacían más eficaz su colaboración en las distintas obras para las cuales Dios la había predestinado. Así, conoció y supo desde la Encarnación la divinidad del Hijo que de ella había de nacer. Es esta una verdad que, si los exégetas no se atreven a conceder como claramente contenida en el relato de San Lucas, los teólogos deducen con toda fidelidad de ese relato comparado con otros pasajes escriturísticos que lo aclaran. El notable mariólogo Laurentin, después de haber analizado los textos del mensaje de la Anunciación, concluye con estas palabras: «Los datos de Lucas en favor de un conocimiento de la divinidad de Jesús por la Virgen desde el día de la Anunciación, son consistentes: por una parte, los términos del mensaje (que implican la identificación de Jesús con Yavé); de otra, los medios de comprensión que el autor concede a María: información escriturística, reflexión, gracia. Es muy difícil al que no reduce la inspiración a una palabra vana, eludir la resultante. ¿Cómo hacerlo, sin alterar dos elementos importantísimos y, a mi parecer, esenciales al propósito de Lucas (1-2): el mensaje tenía por fin último, aunque alusivo, la divinidad del Mesías; este mensaje ha sido recibido por María con pleno conocimiento de causa?". A la misma conclusión llega también Lyonnet.

En lo que se refiere concretamente al conocimiento de la Virgen con relación a los hombres, puede recibirse la conclusión de Roschini, resumen de toda la doctrina mariológica en los siglos precedentes: «Con referencia al conocimiento de los futuros, y, en particular al decreto divino relativo a la santificación y a la salvación de la humanidad, la Virgen debió conocerlo desde la Anunciación, si no en todos sus detalles, por lo menos de una manera complexiva, en razón de su oficio de Corredentora» (l. c.). Este conocimiento debió hacerse más detallado aún en la hora de la Pasión, por ser en ese momento más actual su cooperación a la obra redentora de Cristo.

Admitida esta ciencia infusa, siquiera transitoriamente, en los momentos en que la necesitaba para la misión que de Dios había recibido, hemos de admitirla en la hora de la Pasión, cuando su alma sintió la herida que le había anunciado Simeón, y sufrió en su Corazón los tormentos que Jesús estaba sufriendo en su cuerpo. Con Cristo padecía por los pecados de todos los hombres; nuestros pecados eran la causa del martirio de la Virgen, del mismo modo que lo eran de los padecimientos de Jesús. Porque estos padecimientos eran voluntarios, imponían un conocimiento de su causa, los pecados. Y, con los pecados, los actos reparadores de las almas, que, para hacer más eficazmente suyos los sufrimientos de la Pasión, habían de esforzarse por participar en los sentimientos de Jesús y acomodar a ellos su vida. Cuando hoy nos muestra la Virgen su Corazón herido con la espada, o sus ojos arrasados en lágrimas, y pide compasión por las ofensas que se hacen a Dios y a su Hijo, no hace otra cosa que mostrar lo que en aquella hora pasó. Y, al excitarnos a la reparación, nos pide hagamos efectivas aquellas disposiciones de alma que, previstas por Jesús y, en algún modo, también por ella, les sirvieron de consuelo en las horas de la crucifixión y muerte del Salvador.

 

LA REPARACION EN FATIMA

 

El Cardenal Cerejeira ha afirmado que «Fátima es el milagro del Corazón de María, la misericordiosa intervención del cielo en la pavorosa crisis que el mundo está pasando». Y Pio XII la llamó “oasis bendito, impregnado de lo sobrenatural, en el que todos sentís más cerca el Corazón Inmaculado, que late de inmensa ternura y solicitud maternal por vosotros y por el mundo entero”.

Esta íntima conexión de Fátima y la devoción al Corazón de María hace que en Fátima se sienta el carácter reparador de esta devoción. No nos extenderemos demasiado en esta exposición. Queremos contentarnos con hacer resaltar la importancia que en Fátima tiene este aspecto de la devoción al Corazón de María, a través de todos los hechos allí verificados.

 

El Ángel-. El Señor empezó a preparar las almas de los videntes de Fátima con las apariciones del Ángel. La primera sirvió para enseñarles a orar: «Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo; os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no os aman».

Oración sencillísima, perfectamente al alcance de las inteligencias de aquellos sencillos niños aldeanos; y, a la vez, completa en su significado, ya que contiene el ejercicio de las virtudes teologales, uniendo así la profundidad y exactitud, con la sencillez. En esta primera lección se advierte ya la intención de hacer entrar a los pequeños videntes en contacto con el cuerpo místico, reparando con su oración las ofensas inferidas a Dios por los que no creen, no adoran, no esperan y no aman. La recomendación del Ángel orienta las oraciones de los niños a los Corazones sacratísimos de Jesús y de María.

Poco tiempo después, el Ángel volverá a los niños: están jugando. No era la suya la edad mejor para las grandes preocupaciones. «¿Qué hacéis?... Orad mucho... Ofreced continuamente al Señor plegarias y sacrificios en reparación por tantos pecados con los que es ofendido... Sobre todo, aceptad y llevad con sumisión los sufrimientos que el Señor os enviará». La idea de la reparación, contenida antes en el sentido de la plegaria, ha sido expresamente indicada en esta aparición: reparación teocéntrica: Dios es el objeto del culto; el término real y verdadero contra el que van todos los pecados: los niños han comprendido su misión: desde ese día orarán más y comenzarán a ofrecer al Señor las mortificaciones que se les ocurrían.

Pasados unos meses, los niños se encuentran de nuevo en el lugar de la primera aparición. El Angel vuelve a ellos con la hostia y el cáliz. La oración que les enseña no es de menor sentido teológico que la anterior: «Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo; os adoro profundamente y os ofrezco el preciosísimo cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo... en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que El es ofendido; y por los méritos infinitos de su Corazón Santísimo y los del Corazón Inmaculado de María os pido la conversión de los pobres pecadores».

Esta oración ha suscitado algunas dificultades teológicas. La primera parte de la expresión de la ofrenda: se ofrece a la Santísima Trinidad la divinidad de Jesucristo. Efectivamente, el rigor teológico hubiera exigido otra redacción. Sin embargo, un análisis objetivo de la frase nos llevará a no ver en ella otra cosa que la explicación de la misma ofrenda hecha en la misa, en la oración Suscipe, sancta Trinitas; la ofrenda que en esta plegaria presentamos a la Santísima Trinidad es la Hostia inmaculada que se ofreció en la Pasión por los hombres, el cuerpo mismo de Jesús; pues no es posible separar la divinidad de la humanidad santísima del Salvador.

Otra dificultad puede encontrarse en la fórmula: «los méritos infinitos de su Corazón Santísimo y los del Corazón Inmaculado de María», como si la infinitud de los méritos fuera común a Jesús y a María. El sentido obvio de la frase no es la igualdad de méritos en Jesucristo y en la Virgen, sino que a los méritos infinitos de Jesús, se unen los de la Virgen. Esto es precisamente lo que Dios hizo al constituirla verdadera Corredentora del género humano. No porque los méritos infinitos del Redentor necesitaran ayuda de ninguna clase, siquiera sea ella tan perfecta como lo son los méritos de la Virgen; sino por pura liberalidad y en plan de recirculación, como explican los teólogos. Por lo demás, no olvidemos cómo el apóstol y maestro de esta devoción, San Juan Eudes, ha identificado, en cierto modo, algunos de los términos relativos a los Sagrados Corazones, hablando del «divino Corazón de María». El Padre Joaquín M. Alonso, C. M. F., da una explicación satisfactoria del verdadero sentido teológico de esta expresión. Remitimos a su comentario, para una explicación más amplia de la doctrina que venimos exponiendo.

Analizado así el contenido teológico de la oración, poco hemos de decir de su sentido reparador. Nuevamente el Angel lo ha hecho explícito, y completará esta explicitación cuando, al darles el Cuerpo y la Sangre de Jesús, les dirá: «Reparad los pecados de los hombres ingratos y consolad a vuestro Dios». Reparación, consuelo. El proceso ha seguido un orden de manifestación. En la primera aparición, la idea reparadora está implícita en los actos de las virtudes teologales, ofrecidos a Dios, pidiéndole perdón por los que no lo hacen. En la segunda, se les manda unir a la oración el sacrificio reparador. Y en la tercera, se les da a conocer que sus reparaciones no han de ser otra cosa que la misma reparación de Cristo, la única eficaz ofrecida al Padre, en unión de la del Inmaculado Corazón de María; y que esta reparación servirá a Dios de compensación y de consuelo.

Con estas sencillas lecciones los niños han quedado preparados para la gran revelación. Tendrá ella lugar el 13 de mayo de 1917.

 

La Virgen.- Hacia el mediodía, se les hace visible una bellísima Señora, y les habla tan apaciblemente, que, en su infantilismo, le dirigen algunas preguntas curiosas. La Señora da algunas respuestas, pero en seguida añade: «¿Queréis ofreceros al Señor, dispuestos a sacrificaros y aceptar con gusto todas las penas que El quiera enviaros, en reparación de tantos pecados con que se ofende a la Divina Majestad, en reparación de las blasfemias y de todas las ofensas hechas al Inmaculado Corazón de María y para alcanzar la conversión de tantos pecadores que se van al infierno?» La idea que predominará en todas las apariciones está patente. ¡La salvación de las almas del mundo entero! ¡El sufrimiento y la reparación! Y todo esto, por medio del rezo del Rosario y de la devoción al Corazón Inmaculado de María.

En la segunda visión, la Virgen mostrará a los videntes su Corazón “rodeado de espinas, que parecían estar clavadas en él”.

¡El pecado era como la gran obsesión! «Que no ofendan más a nuestro Dios». La Madre de Dios, Madre de los hombres, siente en su Corazón el mal de ambos. Primero, la ofensa inferida a Dios. Desde la primera aparición del Angel hasta la última de la Virgen, se va repitiendo esta frase en formas diversas como un leitmotif.

Con ella, el mal de los hombres: son muchos los que van al infierno. Y los videntes contemplaron las almas, “cayendo (en el infierno) por todas partes, semejando el caer de los chispas en los grandes incendios”.

Luego, la oración y la reparación; la doctrina del cuerpo místico hecha auténtica realidad. El mal de cualquiera de los miembros afecta a todos los demás; el bien de uno solo los favorece a todos. La Virgen insistirá. La candidez de los niños les llevará, en casi todas las visiones, a plantear a la Señora problemas y preocupaciones de otra índole. Las respuestas de la Virgen no la apartan de su designio principal, y vuelve a él a cada instante: «Orad por la conversión de los pecadores». «Sacrificaos por los pecadores». «Rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores. Mirad que van muchas almas al infierno, por no haber quien se sacrifique y ruegue por ellas».

Siempre la misma recomendación, y siempre esta honda preocuраción de un mundo que no acaba de comprender que todos los hombres están unidos por Cristo en Dios. Los pastorcitos de Fátima aprendieron bien la lección, y, pensando sólo en las ofensas hechas a Dios y al Corazón Inmaculado, y en los tormentos que sufren las almas en el infierno, practican los sacrificios más dolorosos, hasta el punto que la misma Virgen, en una de las apariciones -la quinta-, les mandará moderar algunas de las mortificaciones que realizaban.

No es fácil encontrar una teología más completa del pecado y de la reparación. No aparece por ninguna parte esta doctrina legalista del pecado. En él, no ven los pastorcitos otra cosa que la ofensa hecha a Dios, a Jesucristo y al Corazón de María; y aceptarán todos los sacrificios “en reparación de tantos pecados con que la Divina Majestad es ofendida, y en desagravio de las blasfemias y ultrajes hechos al Inmaculado Corazón de María”. La salvación de las almas viene luego, como consecuencia lógica.

De idéntica manera vemos el desarrollo de la doctrina de la expiación: Cristo, ofreciéndose en la santísima Eucaristía como el principal Reparador al Padre; el Corazón de María, presentándose como «refugio y camino para llegar hasta Dios. Los sacrificios propios, presentados por el mismo Corazón Inmaculado, porque sólo la Virgen les podrá valer» (Terc. aparición).

Cuando oímos o leemos que la reparación así entendida suena a sensiblería, no comprendemos que eso se pueda escribir, después de lo visto en estos sencillos pastorcitos.

Los que apenas sabían rezar; los que no sabían prescindir de sus juegos y de sus diversiones (los domingos, Lucía iba ya al baile con sus amigas); los que no tenían la menor idea de lo que pudiera ser un sacrificio, y menos aún de la utilidad que los demás pudieran reportar de los que ellos practicaran, cambian inmediatamente de vida; rezan bien; prescinden de sus juegos, aun de los más inocentes; y de todo hacen medio para sacrificarse, porque saben que con esos sacrificios hacen un «acto de amor a Dios, de reparación al Corazón de María y por la conversión de los pecadores» (palabras de Jacinta a Lucía).

Lo único que no podemos olvidar los encargados de enseñar y guiar a las almas, por el medio que sea, es la enseñanza dada por la Virgen y por Jesucristo a estos videntes: «El sacrificio que exijo de cada uno es el cumplimiento del propio deber y la observancia de mi Ley: ésta es la penitencia que ahora pido y exijo» (palabras del Señor a Sor Lucía, en la carta de ésta, del 20 de abril de 1943). Y ésa fue la penitencia que ellos hicieron desde el primer momento.

 

MODOS DE REPARACION

 

Forman la reparación todos los sacrificios. Los obligatorios para el cumplimiento de las propias obligaciones: «Cuando Nuestra Señora pide penitencia, pide, sobre todo y antes que todo, el fiel cumplimiento de los propios deberes» (Carta de Sor Lucia).

Los añadidos para “suplir lo que falta a la pasión de Cristo y por su cuerpo”: «De todo lo que pudiereis ofreceréis sacrificios al Señor», decía el Angel a los niños en la primera aparición.

Los aceptados voluntaria y generosamente, cuando Dios los impone o los permite: «Aceptad y llevad con sumisión los sufrimientos que el Señor os enviará», repite el mismo Angel en la segunda visión. Y la Virgen propone a los videntes el 13 de mayo de 1917: «¿Queréis ofreceros al Señor, dispuestos a sacrificaros y aceptar con gusto todas las penas que El quiera enviaros en reparación de tantos pecados?».

Jesús y la Virgen han querido valerse de la única superviviente de los videntes de Fátima para dar a conocer otro modo, que si no era nuevo, ha recibido en estas revelaciones un carácter especial: nos referimos a la comunión reparadora de los primeros sábados de mes.

La historia de esta práctica reparadora ha seguido una evolución, que ha durado casi dos siglos, antes de recibir una consagración definitiva.

Los primeros vestigios ciertos de una práctica religiosa en honor del Corazón de María, se encuentran en los primeros sábados de mes y en la vida de M. Olier. En 1644 estableció una Misa y una procesión, que debían tener lugar en la parroquia todos los primeros sábados de mes. Siguen luego los reglamentos de algunas asociaciones, en los que se contiene una invitación hecha a sus miembros para que en ese día visiten la capilla de la asociación y oren en ella por espacio de media o de una hora. En 1737, encontramos esta práctica en el monasterio de las Ursulinas de Trévoux-en-Dombes; y en 1758 en el reglamento hecho para la Cofradía del Corazón de María erigida en la parroquia de Caen. El P. Picot de la Clovière, S. I., fomentó intensamente esta misma práctica durante el tiempo de la revolución francesa, valiéndose, principalmente, de la institución denominada «Hijas del Corazón Inmaculado de la Madre de Dios».

En estos reglamentos no se habla propiamente de la comunión reparadora, sino tan sólo de una visita a la capilla de la asociación.

La idea de la comunión reparadora se debe a la Sierva de Dios, Sor Dolores († 1928). En febrero de 1889, y a continuación de una visión tenida delante de una imagen de la Virgen de los Dolores, se sintió movida por una especial inspiración a establecer la práctica de la comunión reparadora en los primeros sábados de mes, mereciendo que la Autoridad eclesiástica diera su aprobación a la Obra y se adhirieran a ella más de 700 Pías Uniones de Hijas de María de diversos países. La práctica quedó luego unida a la Congregación de Siervas de María, cuyas Hermanas recibieron entonces el nombre de «Reparadoras». En 1904, la misma Sierva de Dios compuso, sin saber apenas leer, unos ejercicios piadosos para este acto, que fueron enriquecidos por San Pío X con diversas indulgencias. El 13 de junio de 1912, el mismo Santo Pontífice concedió indulgencia plenaria, aplicable a los difuntos, a cuantos en los primeros sábados de mes, confesados y comulgados, hicieron los ejercicios peculiares de la reparación mariana.

El 9 de noviembre de 1920, Benedicto XV concede nueva indulgencia plenaria a los que hubieren practicado este ejercicio reparador, durante ocho primeros sábados seguidos.

 

Sin embargo, la confirmación oficial de esta práctica ha venido con las revelaciones de Fátima. En las distintas apariciones del 1917, la Virgen dio a entender a los videntes su deseo de que fuera propagada la devoción a su Corazón Inmaculado. La revelación relativa a la comunión reparadora de los primeros sábados de mes es posterior. Según los escritos de Sor Lucía, fue el 10 de diciembre de 1925, cuando la Virgen se le apareció, teniendo a su lado, como suspendido en una nube, al Niño Jesús. La Virgen mostró a Sor Lucía su corazón, mientras el Niño le decía: «Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre, que está cubierto de espinas, que los hombres ingratos le clavan a cada instante, sin haber quien haga un acto de reparación para arrancárselas». Y en seguida, la Virgen añadió: «Mira, hija mía, mi Corazón rodeado de espinas, con las cuales los hombres ingratos lo hieren a cada momento con sus blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura con-solarme y anuncia de mi parte que yo prometo asistir en la hora de la muerte con gracias necesarias para la salvación a todos los que en el primer sábado de cinco meses consecutivos confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen la tercera parte del Rosario y me hagan compañía durante quince minutos, meditando los misterios del Rosario con el fin de ofrecerme reparación». Un análisis de esta reparación nos permitirá conocer el término, el objeto y el modo de la misma.

Término de esta reparación es inmediatamente el Corazón de María. Tanto las palabras de Jesús como las de la Virgen, así lo expresan con toda claridad. Sin embargo, nadie creerá que por esto intentemos enseñar que el Corazón de María pueda ser objeto de una veneración independiente de las relaciones que lo unen a Dios. Supuesto este fundamento esencial en todo culto, hemos de decir que la Iglesia ha reconocido como objeto de veneración al Corazón Inmaculado de María, de una manera análoga a como ha reconocido la legitimidad del culto al Corazón de Jesús. María, Madre y Esposa de Dios, es la criatura más íntimamente unida a El, con el cual la une cierta especie de afinidad, en frase de Santo Tomás. Corredentora, Madre y Reina de los Hombres, nadie, después de Dios, tiene, como Ella, derecho a nuestros homenajes. Y su Corazón es como el compendio y síntesis de todos los misterios de su vida de relación para con Dios y para con los hombres.

Objeto de esta reparación son las ofensas inferidas al mismo Corazón Inmaculado, simbolizadas en las espinas con que se apareció, primero, a todos los videntes, más tarde, a Lucía sola, y hacia las cuales llamó su atención el mismo Niño Jesús, haciéndole ver en ellas las injurias que los hombres hacen continuamente a ese Corazón Inmaculado.

Como en las palabras del Angel y en algunas de las apariciones de la Virgen se habla de las blasfemias y de los ultrajes hechos a María, ¿habremos de restringir exclusivamente a ellos el objeto de esta reparación? No puede ser esa la mente auténtica ni el significado de las revelaciones, según la doctrina antes expuesta. Esta reparación debe extenderse a la injuria que hacen al Corazón Inmaculado todos los pecados cometidos por los hombres.

Nada más fácil de probar. Hemos dicho hace un momento cómo en la persona de la Virgen hay una relación directa a Dios, como Madre, y otra a los hombres, como Corredentora y Madre espiritual. Todo pecado, sea de la especie que sea, es un mal de Dios y un mal de los hombres. En cuanto mal de Dios, es un ataque dirigido contra el Corazón de María, que nada tiene tan en su alma como la gloria de Dios y que nada busca como su bien y el reinado de su amor. El pecador «pisotea al Hijo de Dios y reputa por inmunda la sangre de su testamento... e insulta al Espíritu de la gracia». No es posible pensar que la Madre pueda permanecer insensible a estos ultrajes a la que puede llamar, en cierto sentido, “carne de su carne y sangre de su sangre”. Por eso, todo pecado hiere al Corazón de María, y por todos merece reparación.

 

Mirado el pecado como mal del hombre y causa de su eterna condenación, es, igualmente, doloroso para la Virgen, que, como Corredentora, desea vivamente la aplicación del fruto de la sangre de su Hijo y de sus propios dolores a todos los hombres; y, como Madre, nada anhela tanto como la comunicación a cada uno de sus hijos de la vida que Jesucristo vino a traer al mundo, para que todos la tuvieran con abundancia. Nadie, después de Dios, ama tanto a los hombres como María; nadie desea y coopera tan eficazmente como Ella a la salvación de todos. Por eso, cada pecado puede ser muy bien considerado una verdadera espina clavada en su Corazón, por ser un desprecio de ese amor y de esa solicitud maternal, por la que puede decir, con mayor y más perfecta razón que San Pablo: «Hijitos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros».

El modo de la reparación pedida por la Virgen supone tres actos fundamentales: confesión y comunión, rezo de una parte del Santo Rosario, y meditación de los misterios del Rosario por espacio de un cuarto de hora. La explicación de estas condiciones se encuentra en todos los manuales. Por eso, omitiéndola aquí, terminaremos añadiendo unas palabras sobre la autenticidad de la revelación.

¿No se podrá hablar de plagio, dada la semejanza que existe entre la visión de Sor Lucía y la de Santa Margarita, en la revelación de los primeros viernes de mes? Es innegable que hay una gran semejanza en la aparición; que sigue esa semejanza en las expresiones aquí empleadas por la Virgen y las que Jesús dirige a su confidente; como la hay también en la gran promesa, siendo diferentes solamente el número de comuniones y la adición del rezo del santo Rosario con la meditación.

Comencemos por afirmar que en todas las manifestaciones hechas por los videntes y en su modo constante de proceder, todos estaban de acuerdo en que Lucía había sido elegida por la Virgen para ser la divulgadora de la devoción a su Corazón Inmaculado, y que para eso se quedaba en la tierra. Todo esto lo afirmaban los tres, aun antes de caer enfermos Jacinta y Francisco, aunque una parte de esta misión de Sor Lucía formara parte del secreto, hasta la revelación del 17 de diciembre de 1927, en que el Señor le mandó manifestarla a su confesor.

Sin querer ahora dar a nuestras palabras mayor alcance del que pueden tener, tratándose de revelaciones particulares, podemos decir que el mensaje de Fátima ha sido aprobado por Pío XII en todos sus aspectos. En varias partes hemos visto publicada, sin que sepamos que nunca haya recibido rectificación, la manifestación hecha por este Papa al llorado General de los Dominicos, P. Suárez. En una audiencia que Pío XII le concediera, preguntaba el P. Suárez al Papa acerca de la fuerza de algunos recelos que se atribuían a S. S., con relación a Fátima. El Papa le contestó: «¿Qué más pruebas quieren de la predilección del Papa por Fátima? Diga que el pensamiento del Papa está contenido en el Mensaje de Fátima. Diga a sus religiosos que continúen trabajando con el mayor entusiasmo en la propagación del culto de Nuestra Señora de Fátima».

Nos haríamos interminables, si quisiéramos aducir los múltiples testimonios dados por Pío XII sobre Fátima, y, en particular, sobre la devoción al Corazón de María. Ahí están, como respuesta a todas las dudas, la consagración del mundo al Inmaculado Corazón; la consagración de Rusia, y, por fin, la Encíclica Ad caeli Reginam, en la que, después de instituir la fiesta de la Realeza de María, en el día 31 de mayo, manda que en ese mismo día se renueve todos los años la consagración del género humano al Corazón Inmaculado de la Bienaventurada Virgen María».

Ante estas aprobaciones, precedidas, como es natural, de los juicios del Episcopado portugués, perfecto conocedor de los hechos, deben cesar todas las dudas. Es cierta la semejanza. No olvidemos que la devoción al Corazón de María es toda una perfecta analogía con la devoción al Corazón de Jesús. Una vez más, claro que con un sentido superior y místico, podemos nosotros repetir: «No puede el hombre separar lo que Dios unió».

LA NEGACIÓN DE LA CORREDENCIÓN DE MARÍA, EL MENSAJE DE LA VIRGEN DE FÁTIMA Y “LOS ERRORES DE RUSIA”

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