Por
P. SANTIAGO NAVARRO, C.M.F.
Del
libro TEOLOGIA DE FÁTIMA, Editorial Coculsa, Madrid, 1961.
El estudio de la devoción al Corazón de
María sigue analógicamente los por que el de la devoción al Corazón de Jesús.
Por eso, no pensamos detenernos mucho en el desarrollo de estas
consideraciones. En su estudio sobre el Corazón de María, afirma Campana que,
como la del Corazón de Jesús, la reparación tiene en la devoción al Corazón de María
un puesto privilegiado. Tampoco aquí orientaba San Juan Eudes la devoción en el
sentido reparador, dado luego por Santa Margarita. Sus ojos se volvían con
frecuencia a los dolores del Corazón de María, pero pensaba que la
consideración y el recuerdo de estos dolores, causados por nuestros pecados,
deben inducirnos, más que a la reparación, al arrepentimiento y a una renovación
de nuestra vida. A pesar de todo, afirma Campana, “es innegable que la idea de
la reparación al Corazón de María se va abriendo camino, y es ya ampliamente
practicada. Se ofrecen para ello la comunión y la misa de los primeros sábados
de mes. No está lejano el tiempo, no hace falta ser profeta para saberlo, en el
que esta reparación será una parte esencial de esta devoción”.
Los títulos de la Virgen a esta forma
especial de su culto son, análogamente, los mismos que vimos en el Corazón de Jesús:
un título de Justicia y un título de amor.
Un título de Justicia, porque los
pecados de los hombres son también un atentado contra los derechos que la
Virgen tiene sobre ellos. Un título de amor, porque la obra de María en la
redención del mundo es, como la de Jesucristo, obra de amor.
Nadie puede poner en duda los derechos
de María sobre los hombres, como Madre, Corredentora y Dispensadora de todas
las gracias. En la misma medida en que el pecado fue causa de los dolores
redentores de Cristo, lo fue de los sufrimientos de la Corredentora. Y el
pecado, que hoy vuelve a crucificar a Cristo, puede ser paralelamente
considerado un atentado contra la Corredentora. La intensidad de los
sufrimientos padecidos por María en la hora de la redención no pueden dejarla
hoy indiferente a la suerte de los redimidos. Y el oficio principal que su
misión corredentora le da en el cuerpo místico la hace más sensible a todos los
males de sus miembros.
Como Madre, es también sensible a las
ofensas inferidas a su Hijo Jesucristo, y al mal que a sí mismos se causan los
pecadores. Pecando, violan éstos los derechos que la Virgen tiene sobre ellos,
en razón de su Maternidad espiritual; la rebeldía contra Dios es también, en
cierta medida, insolencia y rebeldía contra la Virgen, y la herida causada en
el Corazón divino por la ingratitud de los hombres hiere, del mismo modo, el
Corazón de la Virgen.
Todo esto es consecuencia de la unión íntima
que Dios estableció entre el Redentor y la Corredentora; nuevo Adán y nueva
Eva, que el árbol de la cruz unió en el dolor y en el amor, en el uno como
fuente, en la otra, como canal de gracia".
Los dolores de la Virgen no estaban
yuxtapuestos a los de Jesús. Son idénticos en la causa; están ordenados al
mismo fin; el Corazón de María es el resonador, y su dolor es el eco de los
dolores del Corazón de Cristo.
No deja de sorprender la unanimidad con
los Pontífices últimos, que se han sucedido en el gobierno de la Iglesia, han
llamado la atención de los fieles sobre este aspecto de la vida de la Virgen,
del que deriva este carácter reparador de su devoción. San Pio X lo deduce de
lo que la Virgen trabaja en el cielo por sus hijos. Comenta el santo Pontífice
la conocida visión del Apocalipsis (12, 1 ss), en la que se muestra una mujer
vestida del sol... y que estaba encinta, y dice: “Clamaba al dar a luz, y era
que sufría en el parto. Vio pues Juan a la Santísima Madre de Dios gozando de
la bienaventuranza eterna, y, sin embargo, sufriendo por un parto misterioso.
¿Cuál? El nuestro... El sufrimiento del parto significa el deseo y el amor con
que la Virgen desde el cielo vigila y trabaja con ruegos asiduos para que sea
completado el número de los predestinados".
En 1904 enriquecía ya con indulgencias
la práctica de la comunión reparadora en los primeros sábados de mes; y el 3 de
junio de 1912 concedía indulgencia plenaria a cuantos, previa confesión y
comunión, practicaran el ejercicio de la reparación mariana.
Benedicto XV, el 9 de noviembre de
1920, concedía indulgencia plenaria in articulo mortis a todos los que
practicaran este ejercicio durante ocho primeros sábados de mes seguidos.
En su Encíclica Ingravescentibus malis, Pío XI, respondiendo a injurias lanzadas en
un escrito contra la santísima Virgen, exhorta a que, “unidos a los Obispos y
pueblo que veneran a la Virgen María como Reina del pueblo de Polonia,
cumpliendo un deber de piedad, ofrezcamos a la misma augusta Reina nuestra la
debida reparación”. No se trata, ciertamente, de una forma especial de
devoción, pero contiene todos los elementos que en ella son necesarios para que
pueda darse la verdadera reparación.
Pío XII habló muchas veces de este
tema, y hemos de citar más adelante algunas de las enseñanzas dadas por este
gran Maestro, ofrecido por Jesucristo a su Iglesia en estos tiempos difíciles.
Si examinamos tanto la tradición como algunos documentos del Magisterio de la Iglesia, encontramos que se habla en ellos con relativa frecuencia de dolores y sufrimientos de la Virgen; de ofensas inferidas a la Virgen, Todo lo cual, como hemos dicho al hablar de la devoción al Corazón de Jesús, pide una reparación. En este lugar hicimos notar cómo Jesucristo y los bienaventurados tienen una esperanza que será saciada sólo cuando haya llegado al cielo el último de los predestinados; en tanto llega esa hora, hay en el cielo un afecto de compasión, y una especie de inquietud, por la que se puede decir, en cierto sentido, que los santos sufren con todos los miembros del cuerpo místico que padecen en la tierra, aunque notábamos que las palabras no tienen un significado totalmente idéntico en ambos casos. La Virgen es miembro privilegiado del cuerpo místico, y, en razón de tal, participa más intensamente que todos los miembros, exceptuado Cristo, Cabeza del cuerpo, de los sentimientos de compasión y solicitud por los miembros que aún se encuentran peregrinando por este valle de lágrimas.
En sus comentarios a la Salve Regina,
Santiago de Voragine escribía: «La Virgen posee la misericordia, en su corazón,
manifestando el afecto de la compasión, y en sus labios, rogando a Dios por nosotros".
Antes hemos visto cómo San Pío X nos
hablaba de la vigilancia y trabajos de la Virgen, a la que nos presentaba “sufriendo
por un parto misterioso”.
Pío XII, en carta escrita el 13 de
agosto de 1954 al Arzobispo de Sucre, refiriéndose a los que son infieles a sus
creencias, decía: “¡Cómo han de disgustar al Corazón de María estas
defecciones!”. Y el 17 de octubre del mismo año, en un radiomensaje dirigido a
los sicilianos, recordando la emoción que le había causado la noticia del
llanto de la Virgen, testimoniado por todo el Episcopado de Sicilia, decía:
«Sin duda, María es, en el cielo, eternamente feliz y no sufre dolor ni
tristeza; pero no permanece insensible, antes bien, alienta siempre amor y
piedad para con el desgraciado género humano... ¿Comprenderán los hombres el arcano
lenguaje de aquellas lágrimas? ¡Oh las lágrimas de María! ¿Llora aún por las
renovadas llagas producidas en el Corazón de Jesús? O ¿llora por tantos hijos
en quienes el error y la culpa han apagado la vida de la gracia y ofenden
gravemente a la Majestad divina? O ¿son lágrimas. de espera por el retorno de
otros hijos suyos, un día fieles y hoy arrastrados por falsos encantos entre
las filas de los enemigos de Dios?”.
Cuando explicábamos cómo era posible
hablar de un influjo actual de los pecados de los hombres en Cristo, recurríamos
al hecho del conocimiento eterno del divino Redentor, que no por ser hombre había
perdido uno solo de los atributos de su divinidad. Es claro que no podemos
emplear este argumento hablando de los sufrimientos de la Virgen y del consuelo
que puede ofrecerla nuestra reparación. No por eso carece por completo de base
esta doctrina, tantas veces aprobada por la Iglesia, al aprobar y enriquecer
con gracias y privilegios esta forma y este carácter de la devoción mariana.
Los teólogos nos hablan de la ciencia
de la Virgen. Con la mayor parte de ellos, hemos de colocar entre las opiniones
piadosas, poco fundamentadas, la que concede a la Virgen el favor o privilegio
de la visión beatífica durante su vida mortal. Tenida de modo permanente,
hubiera hecho imposibles en ella virtudes, como la fe y la esperanza, que
ciertamente tuvo. El Evangelio pondrá en labios de su prima Santa Isabel esta
expresa declaración: “Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá lo que se
te ha dicho de parte del Señor”. Lo mismo deberiamos decir del mérito, que tan
abundantemente acumuló la Virgen durante su vida. La visión beatífica,
concedida accidental y transitoriamente, en las circunstancias más solemnes de
su existencia en la tierra, no haría imposible esos actos, pero carece de
fundamento real.
Mayor fundamento teológico tiene la
doctrina de la concesión a la Virgen de una ciencia que le permitió conocer en
el momento, por lo menos, de la Encarnación, el misterio que en ella se estaba
obrando. En la Bula Ineffabilis
afirma Pío IX que la Virgen fue enriquecida ya desde su concepción «con la
abundancia de todos los celestiales carismas». Sin querer dar a estas palabras
el sentido que algunos autores les conceden, atribuyendo a la Virgen una
ciencia infusa que abarcara todo el contenido de las enseñanzas teológicas
sobre la Encarnación y la Redención, parece indudable que ellas encierran, por
lo menos, la concesión hecha a la Virgen de un conocimiento que la permitiera
dar su consentimiento al misterio que se le propondrá en la Anunciación,
sabiendo lo que hacía y a lo que se comprometía con el fiat pronunciado en
aquella hora. El P. Francis J. Connell, después de haber consultado los mejores
autores, no duda en afirmar que la Virgen tuvo esta ciencia, no sólo en su
Concepción, sino de un modo habitual. Del mismo parecer son también Roschini y
Alastruey. En cambio, Bertetto no se atreve a conceder ese privilegio a la
Virgen habitualmente, y lo admite sólo en ocasiones especiales, que lo exigían
para su misión.
Mayor es aún la dificultad que se
presenta, cuando se trata de determinar el objeto de esta ciencia infusa,
habitual o accidentalmente. Rechazadas esas piadosas exageraciones, que quieren
hacer a la Virgen primera en todos los órdenes del conocimiento humano, sin
excluir las ciencias puramente naturales, como las matemáticas, astronomía,
física, etc., tiene sólido fundamento la doctrina que enseña que el conocimiento
sobrenatural concedido a la Virgen no sólo se refería a la ciencia relativa a
Dios, sino también a todas aquellas cosas que hacían más eficaz su colaboración
en las distintas obras para las cuales Dios la había predestinado. Así, conoció
y supo desde la Encarnación la divinidad del Hijo que de ella había de nacer.
Es esta una verdad que, si los exégetas no se atreven a conceder como
claramente contenida en el relato de San Lucas, los teólogos deducen con toda
fidelidad de ese relato comparado con otros pasajes escriturísticos que lo
aclaran. El notable mariólogo Laurentin, después de haber analizado los textos
del mensaje de la Anunciación, concluye con estas palabras: «Los datos de Lucas
en favor de un conocimiento de la divinidad de Jesús por la Virgen desde el día
de la Anunciación, son consistentes: por una parte, los términos del mensaje
(que implican la identificación de Jesús con Yavé); de otra, los medios de
comprensión que el autor concede a María: información escriturística,
reflexión, gracia. Es muy difícil al que no reduce la inspiración a una palabra
vana, eludir la resultante. ¿Cómo hacerlo, sin alterar dos elementos
importantísimos y, a mi parecer, esenciales al propósito de Lucas (1-2): el
mensaje tenía por fin último, aunque alusivo, la divinidad del Mesías; este
mensaje ha sido recibido por María con pleno conocimiento de causa?". A la
misma conclusión llega también Lyonnet.
En lo que se refiere concretamente al
conocimiento de la Virgen con relación a los hombres, puede recibirse la
conclusión de Roschini, resumen de toda la doctrina mariológica en los siglos
precedentes: «Con referencia al conocimiento de los futuros, y, en particular
al decreto divino relativo a la santificación y a la salvación de la humanidad,
la Virgen debió conocerlo desde la Anunciación, si no en todos sus detalles,
por lo menos de una manera complexiva, en razón de su oficio de Corredentora»
(l. c.). Este conocimiento debió hacerse más detallado aún en la hora de la
Pasión, por ser en ese momento más actual su cooperación a la obra redentora de
Cristo.
Admitida esta ciencia infusa, siquiera
transitoriamente, en los momentos en que la necesitaba para la misión que de
Dios había recibido, hemos de admitirla en la hora de la Pasión, cuando su alma
sintió la herida que le había anunciado Simeón, y sufrió en su Corazón los tormentos
que Jesús estaba sufriendo en su cuerpo. Con Cristo padecía por los pecados de
todos los hombres; nuestros pecados eran la causa del martirio de la Virgen,
del mismo modo que lo eran de los padecimientos de Jesús. Porque estos
padecimientos eran voluntarios, imponían un conocimiento de su causa, los
pecados. Y, con los pecados, los actos reparadores de las almas, que, para
hacer más eficazmente suyos los sufrimientos de la Pasión, habían de esforzarse
por participar en los sentimientos de Jesús y acomodar a ellos su vida. Cuando
hoy nos muestra la Virgen su Corazón herido con la espada, o sus ojos arrasados
en lágrimas, y pide compasión por las ofensas que se hacen a Dios y a su Hijo,
no hace otra cosa que mostrar lo que en aquella hora pasó. Y, al excitarnos a
la reparación, nos pide hagamos efectivas aquellas disposiciones de alma que,
previstas por Jesús y, en algún modo, también por ella, les sirvieron de
consuelo en las horas de la crucifixión y muerte del Salvador.
LA
REPARACION EN FATIMA
El Cardenal Cerejeira ha afirmado que
«Fátima es el milagro del Corazón de María, la misericordiosa intervención del
cielo en la pavorosa crisis que el mundo está pasando». Y Pio XII la llamó “oasis
bendito, impregnado de lo sobrenatural, en el que todos sentís más cerca el
Corazón Inmaculado, que late de inmensa ternura y solicitud maternal por
vosotros y por el mundo entero”.
Esta íntima conexión de Fátima y la
devoción al Corazón de María hace que en Fátima se sienta el carácter reparador
de esta devoción. No nos extenderemos demasiado en esta exposición. Queremos
contentarnos con hacer resaltar la importancia que en Fátima tiene este aspecto
de la devoción al Corazón de María, a través de todos los hechos allí
verificados.
El Ángel-. El Señor empezó a preparar
las almas de los videntes de Fátima con las apariciones del Ángel. La primera
sirvió para enseñarles a orar: «Dios
mío, yo creo, adoro, espero y os amo; os pido perdón por los que no creen, no
adoran, no esperan y no os aman».
Oración sencillísima, perfectamente al
alcance de las inteligencias de aquellos sencillos niños aldeanos; y, a la vez,
completa en su significado, ya que contiene el ejercicio de las virtudes
teologales, uniendo así la profundidad y exactitud, con la sencillez. En esta
primera lección se advierte ya la intención de hacer entrar a los pequeños
videntes en contacto con el cuerpo místico, reparando con su oración las
ofensas inferidas a Dios por los que no creen, no adoran, no esperan y no aman.
La recomendación del Ángel orienta las oraciones de los niños a los Corazones
sacratísimos de Jesús y de María.
Poco tiempo después, el Ángel volverá a
los niños: están jugando. No era la suya la edad mejor para las grandes
preocupaciones. «¿Qué hacéis?... Orad
mucho... Ofreced continuamente al Señor plegarias y sacrificios en reparación
por tantos pecados con los que es ofendido... Sobre todo, aceptad y llevad con
sumisión los sufrimientos que el Señor os enviará». La idea de la
reparación, contenida antes en el sentido de la plegaria, ha sido expresamente
indicada en esta aparición: reparación teocéntrica: Dios es el objeto del
culto; el término real y verdadero contra el que van todos los pecados: los
niños han comprendido su misión: desde ese día orarán más y comenzarán a
ofrecer al Señor las mortificaciones que se les ocurrían.
Pasados unos meses, los niños se
encuentran de nuevo en el lugar de la primera aparición. El Angel vuelve a
ellos con la hostia y el cáliz. La oración que les enseña no es de menor
sentido teológico que la anterior: «Santísima
Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo; os adoro profundamente y os ofrezco el
preciosísimo cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo... en
reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que El es ofendido;
y por los méritos infinitos de su Corazón Santísimo y los del Corazón
Inmaculado de María os pido la conversión de los pobres pecadores».
Esta oración ha suscitado algunas
dificultades teológicas. La primera parte de la expresión de la ofrenda: se
ofrece a la Santísima Trinidad la divinidad de Jesucristo. Efectivamente, el
rigor teológico hubiera exigido otra redacción. Sin embargo, un análisis
objetivo de la frase nos llevará a no ver en ella otra cosa que la explicación
de la misma ofrenda hecha en la misa, en la oración Suscipe, sancta Trinitas; la ofrenda que en esta plegaria
presentamos a la Santísima Trinidad es la Hostia inmaculada que se ofreció en
la Pasión por los hombres, el cuerpo mismo de Jesús; pues no es posible separar
la divinidad de la humanidad santísima del Salvador.
Otra dificultad puede encontrarse en la
fórmula: «los méritos infinitos de su Corazón Santísimo y los del Corazón
Inmaculado de María», como si la infinitud de los méritos fuera común a Jesús y
a María. El sentido obvio de la frase no es la igualdad de méritos en
Jesucristo y en la Virgen, sino que a los méritos infinitos de Jesús, se unen
los de la Virgen. Esto es precisamente lo que Dios hizo al constituirla verdadera
Corredentora del género humano. No porque los méritos infinitos del Redentor
necesitaran ayuda de ninguna clase, siquiera sea ella tan perfecta como lo son
los méritos de la Virgen; sino por pura liberalidad y en plan de recirculación,
como explican los teólogos. Por lo demás, no olvidemos cómo el apóstol y
maestro de esta devoción, San Juan Eudes, ha identificado, en cierto modo,
algunos de los términos relativos a los Sagrados Corazones, hablando del
«divino Corazón de María». El Padre Joaquín M. Alonso, C. M. F., da una
explicación satisfactoria del verdadero sentido teológico de esta expresión.
Remitimos a su comentario, para una explicación más amplia de la doctrina que
venimos exponiendo.
Analizado así el contenido teológico de
la oración, poco hemos de decir de su sentido reparador. Nuevamente el Angel lo
ha hecho explícito, y completará esta explicitación cuando, al darles el Cuerpo
y la Sangre de Jesús, les dirá: «Reparad
los pecados de los hombres ingratos y consolad a vuestro Dios». Reparación,
consuelo. El proceso ha seguido un orden de manifestación. En la primera
aparición, la idea reparadora está implícita en los actos de las virtudes
teologales, ofrecidos a Dios, pidiéndole perdón por los que no lo hacen. En la
segunda, se les manda unir a la oración el sacrificio reparador. Y en la
tercera, se les da a conocer que sus reparaciones no han de ser otra cosa que
la misma reparación de Cristo, la única eficaz ofrecida al Padre, en unión de
la del Inmaculado Corazón de María; y que esta reparación servirá a Dios de
compensación y de consuelo.
Con estas sencillas lecciones los niños
han quedado preparados para la gran revelación. Tendrá ella lugar el 13 de mayo
de 1917.
La Virgen.- Hacia el mediodía, se les
hace visible una bellísima Señora, y les habla tan apaciblemente, que, en su
infantilismo, le dirigen algunas preguntas curiosas. La Señora da algunas
respuestas, pero en seguida añade: «¿Queréis
ofreceros al Señor, dispuestos a sacrificaros y aceptar con gusto todas las
penas que El quiera enviaros, en reparación de tantos pecados con que se ofende
a la Divina Majestad, en reparación de las blasfemias y de todas las ofensas
hechas al Inmaculado Corazón de María y para alcanzar la conversión de tantos
pecadores que se van al infierno?» La idea que predominará en todas las
apariciones está patente. ¡La salvación de las almas del mundo entero! ¡El
sufrimiento y la reparación! Y todo esto, por medio del rezo del Rosario y de
la devoción al Corazón Inmaculado de María.
En la segunda visión, la Virgen
mostrará a los videntes su Corazón “rodeado de espinas, que parecían estar
clavadas en él”.
¡El pecado era como la gran obsesión! «Que no ofendan más a nuestro Dios». La
Madre de Dios, Madre de los hombres, siente en su Corazón el mal de ambos.
Primero, la ofensa inferida a Dios. Desde la primera aparición del Angel hasta
la última de la Virgen, se va repitiendo esta frase en formas diversas como un
leitmotif.
Con ella, el mal de los hombres: son
muchos los que van al infierno. Y los videntes contemplaron las almas, “cayendo (en el infierno) por todas partes,
semejando el caer de los chispas en los grandes incendios”.
Luego, la oración y la reparación; la
doctrina del cuerpo místico hecha auténtica realidad. El mal de cualquiera de
los miembros afecta a todos los demás; el bien de uno solo los favorece a
todos. La Virgen insistirá. La candidez de los niños les llevará, en casi todas
las visiones, a plantear a la Señora problemas y preocupaciones de otra índole.
Las respuestas de la Virgen no la apartan de su designio principal, y vuelve a
él a cada instante: «Orad por la
conversión de los pecadores». «Sacrificaos por los pecadores». «Rezad mucho y
haced sacrificios por los pecadores. Mirad que van muchas almas al infierno,
por no haber quien se sacrifique y ruegue por ellas».
Siempre la misma recomendación, y
siempre esta honda preocuраción de un mundo que no acaba de comprender que
todos los hombres están unidos por Cristo en Dios. Los pastorcitos de Fátima
aprendieron bien la lección, y, pensando sólo en las ofensas hechas a Dios y al
Corazón Inmaculado, y en los tormentos que sufren las almas en el infierno,
practican los sacrificios más dolorosos, hasta el punto que la misma Virgen, en
una de las apariciones -la quinta-, les mandará moderar algunas de las
mortificaciones que realizaban.
No es fácil encontrar una teología más
completa del pecado y de la reparación. No aparece por ninguna parte esta
doctrina legalista del pecado. En él, no ven los pastorcitos otra cosa que la
ofensa hecha a Dios, a Jesucristo y al Corazón de María; y aceptarán todos los
sacrificios “en reparación de tantos
pecados con que la Divina Majestad es ofendida, y en desagravio de las
blasfemias y ultrajes hechos al Inmaculado Corazón de María”. La salvación
de las almas viene luego, como consecuencia lógica.
De idéntica manera vemos el desarrollo
de la doctrina de la expiación: Cristo, ofreciéndose en la santísima Eucaristía
como el principal Reparador al Padre; el Corazón de María, presentándose como «refugio y camino para llegar hasta Dios.
Los sacrificios propios, presentados por el mismo Corazón Inmaculado, porque
sólo la Virgen les podrá valer» (Terc. aparición).
Cuando oímos o leemos que la reparación
así entendida suena a sensiblería, no comprendemos que eso se pueda escribir,
después de lo visto en estos sencillos pastorcitos.
Los que apenas sabían rezar; los que no
sabían prescindir de sus juegos y de sus diversiones (los domingos, Lucía iba
ya al baile con sus amigas); los que no tenían la menor idea de lo que pudiera
ser un sacrificio, y menos aún de la utilidad que los demás pudieran reportar
de los que ellos practicaran, cambian inmediatamente de vida; rezan bien;
prescinden de sus juegos, aun de los más inocentes; y de todo hacen medio para
sacrificarse, porque saben que con esos sacrificios hacen un «acto de amor a Dios, de reparación al
Corazón de María y por la conversión de los pecadores» (palabras de Jacinta
a Lucía).
Lo único que no podemos olvidar los
encargados de enseñar y guiar a las almas, por el medio que sea, es la
enseñanza dada por la Virgen y por Jesucristo a estos videntes: «El sacrificio que exijo de cada uno es el
cumplimiento del propio deber y la observancia de mi Ley: ésta es la penitencia
que ahora pido y exijo» (palabras del Señor a Sor Lucía, en la carta de
ésta, del 20 de abril de 1943). Y ésa fue la penitencia que ellos hicieron
desde el primer momento.
MODOS DE REPARACION
Forman la reparación todos los
sacrificios. Los obligatorios para el cumplimiento de las propias obligaciones:
«Cuando Nuestra Señora pide penitencia,
pide, sobre todo y antes que todo, el fiel cumplimiento de los propios deberes»
(Carta de Sor Lucia).
Los añadidos para “suplir lo que falta
a la pasión de Cristo y por su cuerpo”: «De
todo lo que pudiereis ofreceréis sacrificios al Señor», decía el Angel a
los niños en la primera aparición.
Los aceptados voluntaria y
generosamente, cuando Dios los impone o los permite: «Aceptad y llevad con sumisión los sufrimientos que el Señor os enviará»,
repite el mismo Angel en la segunda visión. Y la Virgen propone a los videntes
el 13 de mayo de 1917: «¿Queréis
ofreceros al Señor, dispuestos a sacrificaros y aceptar con gusto todas las
penas que El quiera enviaros en reparación de tantos pecados?».
Jesús y la Virgen han querido valerse
de la única superviviente de los videntes de Fátima para dar a conocer otro
modo, que si no era nuevo, ha recibido en estas revelaciones un carácter
especial: nos referimos a la comunión reparadora de los primeros sábados de
mes.
La historia de esta práctica reparadora
ha seguido una evolución, que ha durado casi dos siglos, antes de recibir una
consagración definitiva.
Los primeros vestigios ciertos de una
práctica religiosa en honor del Corazón de María, se encuentran en los primeros
sábados de mes y en la vida de M. Olier. En 1644 estableció una Misa y una
procesión, que debían tener lugar en la parroquia todos los primeros sábados de
mes. Siguen luego los reglamentos de algunas asociaciones, en los que se
contiene una invitación hecha a sus miembros para que en ese día visiten la
capilla de la asociación y oren en ella por espacio de media o de una hora. En
1737, encontramos esta práctica en el monasterio de las Ursulinas de
Trévoux-en-Dombes; y en 1758 en el reglamento hecho para la Cofradía del
Corazón de María erigida en la parroquia de Caen. El P. Picot de la Clovière,
S. I., fomentó intensamente esta misma práctica durante el tiempo de la
revolución francesa, valiéndose, principalmente, de la institución denominada
«Hijas del Corazón Inmaculado de la Madre de Dios».
En estos reglamentos no se habla
propiamente de la comunión reparadora, sino tan sólo de una visita a la capilla
de la asociación.
La idea de la comunión reparadora se
debe a la Sierva de Dios, Sor Dolores († 1928). En febrero de 1889, y a
continuación de una visión tenida delante de una imagen de la Virgen de los
Dolores, se sintió movida por una especial inspiración a establecer la práctica
de la comunión reparadora en los primeros sábados de mes, mereciendo que la Autoridad
eclesiástica diera su aprobación a la Obra y se adhirieran a ella más de 700
Pías Uniones de Hijas de María de diversos países. La práctica quedó luego
unida a la Congregación de Siervas de María, cuyas Hermanas recibieron entonces
el nombre de «Reparadoras». En 1904, la misma Sierva de Dios compuso, sin saber
apenas leer, unos ejercicios piadosos para este acto, que fueron enriquecidos
por San Pío X con diversas indulgencias. El 13 de junio de 1912, el mismo Santo Pontífice concedió indulgencia
plenaria, aplicable a los difuntos, a cuantos en los primeros sábados de mes,
confesados y comulgados, hicieron los ejercicios peculiares de la reparación
mariana.
El 9 de noviembre de 1920, Benedicto XV
concede nueva indulgencia plenaria a los que hubieren practicado este ejercicio
reparador, durante ocho primeros sábados seguidos.
Sin embargo, la confirmación oficial de esta práctica ha venido con las revelaciones
de Fátima. En las distintas apariciones del 1917, la Virgen dio a entender
a los videntes su deseo de que fuera propagada la devoción a su Corazón
Inmaculado. La revelación relativa a la comunión reparadora de los primeros
sábados de mes es posterior. Según los escritos de Sor Lucía, fue el 10 de diciembre de 1925, cuando la
Virgen se le apareció, teniendo a su lado, como suspendido en una nube, al Niño
Jesús. La Virgen mostró a Sor Lucía su corazón, mientras el Niño le decía: «Ten compasión del Corazón de tu Santísima
Madre, que está cubierto de espinas, que los hombres ingratos le clavan a cada
instante, sin haber quien haga un acto de reparación para arrancárselas». Y
en seguida, la Virgen añadió: «Mira,
hija mía, mi Corazón rodeado de espinas, con las cuales los hombres ingratos lo
hieren a cada momento con sus blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura
con-solarme y anuncia de mi parte que yo prometo asistir en la hora de la
muerte con gracias necesarias para la salvación a todos los que en el primer
sábado de cinco meses consecutivos confiesen, reciban la Sagrada Comunión,
recen la tercera parte del Rosario y me hagan compañía durante quince minutos,
meditando los misterios del Rosario con el fin de ofrecerme reparación». Un
análisis de esta reparación nos permitirá conocer el término, el objeto y el
modo de la misma.
Término de esta reparación es
inmediatamente el Corazón de María. Tanto las palabras de Jesús como las de la
Virgen, así lo expresan con toda claridad. Sin embargo, nadie creerá que por
esto intentemos enseñar que el Corazón de María pueda ser objeto de una
veneración independiente de las relaciones que lo unen a Dios. Supuesto este
fundamento esencial en todo culto, hemos de decir que la Iglesia ha reconocido
como objeto de veneración al Corazón Inmaculado de María, de una manera análoga
a como ha reconocido la legitimidad del culto al Corazón de Jesús. María, Madre
y Esposa de Dios, es la criatura más íntimamente unida a El, con el cual la une
cierta especie de afinidad, en frase de Santo Tomás. Corredentora, Madre y Reina de los Hombres, nadie, después de Dios,
tiene, como Ella, derecho a nuestros homenajes. Y su Corazón es como el
compendio y síntesis de todos los misterios de su vida de relación para con
Dios y para con los hombres.
Objeto de esta reparación son las
ofensas inferidas al mismo Corazón Inmaculado, simbolizadas en las espinas con
que se apareció, primero, a todos los videntes, más tarde, a Lucía sola, y
hacia las cuales llamó su atención el mismo Niño Jesús, haciéndole ver en ellas
las injurias que los hombres hacen continuamente a ese Corazón Inmaculado.
Como en las palabras del Angel y en
algunas de las apariciones de la Virgen se habla de las blasfemias y de los
ultrajes hechos a María, ¿habremos de restringir exclusivamente a ellos el
objeto de esta reparación? No puede ser esa la mente auténtica ni el
significado de las revelaciones, según la doctrina antes expuesta. Esta
reparación debe extenderse a la injuria que hacen al Corazón Inmaculado todos
los pecados cometidos por los hombres.
Nada más fácil de probar. Hemos dicho
hace un momento cómo en la persona de la Virgen hay una relación directa a
Dios, como Madre, y otra a los hombres, como Corredentora y Madre espiritual.
Todo pecado, sea de la especie que sea, es un mal de Dios y un mal de los
hombres. En cuanto mal de Dios, es un ataque dirigido contra el Corazón de
María, que nada tiene tan en su alma como la gloria de Dios y que nada busca
como su bien y el reinado de su amor. El pecador «pisotea al Hijo de Dios y
reputa por inmunda la sangre de su testamento... e insulta al Espíritu de la
gracia». No es posible pensar que la Madre pueda permanecer insensible a estos
ultrajes a la que puede llamar, en cierto sentido, “carne de su carne y sangre
de su sangre”. Por eso, todo pecado hiere al Corazón de María, y por todos
merece reparación.
Mirado el pecado como mal del hombre y
causa de su eterna condenación, es, igualmente, doloroso para la Virgen, que,
como Corredentora, desea vivamente la aplicación del fruto de la sangre de su
Hijo y de sus propios dolores a todos los hombres; y, como Madre, nada anhela
tanto como la comunicación a cada uno de sus hijos de la vida que Jesucristo
vino a traer al mundo, para que todos la tuvieran con abundancia. Nadie,
después de Dios, ama tanto a los hombres como María; nadie desea y coopera tan
eficazmente como Ella a la salvación de todos. Por eso, cada pecado puede ser
muy bien considerado una verdadera espina clavada en su Corazón, por ser un
desprecio de ese amor y de esa solicitud maternal, por la que puede decir, con
mayor y más perfecta razón que San Pablo: «Hijitos
míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado
en vosotros».
El modo de la reparación pedida por la
Virgen supone tres actos fundamentales: confesión y comunión, rezo de una parte
del Santo Rosario, y meditación de los misterios del Rosario por espacio de un
cuarto de hora. La explicación de estas condiciones se encuentra en todos los
manuales. Por eso, omitiéndola aquí, terminaremos añadiendo unas palabras sobre
la autenticidad de la revelación.
¿No se podrá hablar de plagio, dada la
semejanza que existe entre la visión de Sor Lucía y la de Santa Margarita, en
la revelación de los primeros viernes de mes? Es innegable que hay una gran
semejanza en la aparición; que sigue esa semejanza en las expresiones aquí
empleadas por la Virgen y las que Jesús dirige a su confidente; como la hay también
en la gran promesa, siendo diferentes solamente el número de comuniones y la
adición del rezo del santo Rosario con la meditación.
Comencemos por afirmar que en todas las
manifestaciones hechas por los videntes y en su modo constante de proceder,
todos estaban de acuerdo en que Lucía había sido elegida por la Virgen para ser
la divulgadora de la devoción a su Corazón Inmaculado, y que para eso se
quedaba en la tierra. Todo esto lo afirmaban los tres, aun antes de caer
enfermos Jacinta y Francisco, aunque una parte de esta misión de Sor Lucía
formara parte del secreto, hasta la revelación del 17 de diciembre de 1927, en
que el Señor le mandó manifestarla a su confesor.
Sin querer ahora dar a nuestras
palabras mayor alcance del que pueden tener, tratándose de revelaciones
particulares, podemos decir que el mensaje de Fátima ha sido aprobado por Pío
XII en todos sus aspectos. En varias partes hemos visto publicada, sin que
sepamos que nunca haya recibido rectificación, la manifestación hecha por este
Papa al llorado General de los Dominicos, P. Suárez. En una audiencia que Pío
XII le concediera, preguntaba el P. Suárez al Papa acerca de la fuerza de
algunos recelos que se atribuían a S. S., con relación a Fátima. El Papa le
contestó: «¿Qué más pruebas quieren de la predilección del Papa por Fátima?
Diga que el pensamiento del Papa está contenido en el Mensaje de Fátima. Diga a
sus religiosos que continúen trabajando con el mayor entusiasmo en la
propagación del culto de Nuestra Señora de Fátima».
Nos haríamos interminables, si
quisiéramos aducir los múltiples testimonios dados por Pío XII sobre Fátima, y,
en particular, sobre la devoción al Corazón de María. Ahí están, como respuesta
a todas las dudas, la consagración del mundo al Inmaculado Corazón; la consagración
de Rusia, y, por fin, la Encíclica Ad caeli Reginam, en la que, después de
instituir la fiesta de la Realeza de María, en el día 31 de mayo, manda que en ese
mismo día se renueve todos los años la consagración del género humano al
Corazón Inmaculado de la Bienaventurada Virgen María».
Ante estas aprobaciones, precedidas,
como es natural, de los juicios del Episcopado portugués, perfecto conocedor de
los hechos, deben cesar todas las dudas. Es cierta la semejanza. No olvidemos
que la devoción al Corazón de María es toda una perfecta analogía con la
devoción al Corazón de Jesús. Una vez más, claro que con un sentido superior y
místico, podemos nosotros repetir: «No puede el hombre separar lo que Dios unió».
