Por JUAN MANUEL DE PRADA
En diversas
ocasiones hemos señalado que estamos cerrando los ojos ante una evidente
involución de la especie humana. Dicha involución resulta fácilmente
distinguible, por ejemplo, en la depauperación constante de la
llamada ‘música pop’, cada vez más volcada en complacer gustos homínidos; o en
el encumbramiento de una literatura de pura fórmula, cada vez
más mazorral y estereotipada, más carente de estilo y de
sustancia, con su lenguaje párvulo y sus trepidaciones memas. Y resulta también
distinguible en la degradación moral que nos rodea, que no es mera aceptación
del ‘libertinaje’ (como se quejaba antaño la gente
impresionable), sino incapacidad para discernir la naturaleza de
nuestras acciones, amputación o parálisis de la conciencia, convertida en
un nuevo Bartleby que «preferiría no hacerlo», que hiberna o se tapa los oídos
para vivir más tranquilamente. Pero lo mismo en el deterioro cognitivo que nos
demanda música o literatura más degradadas que en el retraimiento de la
conciencia hay una aminoración de nuestra humanidad, hay una ‘delegación’ de
algo que siempre habíamos considerado intransferiblemente humano
y de lo que, de repente, estamos empezando a
renunciar, a veces con pesarosa melancolía (en las sensibilidades todavía no
estragadas plenamente), a veces con fatuo orgullo.
Como a nadie se le
escapa, hemos ‘delegado’ esas facultades en la tecnología, que ha dejado de ser
una ‘prolongación’ de nuestro cuerpo (una palanca, una rueda, un
electrodoméstico) para convertirse en un ‘órgano’ más que realiza nuestras
funciones vitales básicas; sólo que no es un órgano natural como el corazón o
los pulmones, sino un órgano artificial que actúa usurpando dichas funciones,
parasitándolas al estilo de la tenia, que nos hace creer que comemos sin
engordar, mientras ella hace la ‘digestión’. Aquellas visiones transhumanistas
que imaginaron un futuro de hombres convertidos en cyborgs se
han hecho realidad sin necesidad de implantes invasores ni extrañas
hibridaciones entre la carne y la máquina. El teléfono móvil es el ‘órgano’ que
suplanta nuestras funciones vitales sin necesidad de costosas cirugías ni
mutaciones genéticas abracadabrantes, con tan sólo ofrecernos su dulce pantalla
táctil, palpitante de avisos que reclaman nuestra atención, como un remedo
chusco de aquel aleph borgiano, que contenía simultáneamente todo el
universo. Pero, ¡ay!, ese teléfono móvil que ya se ha convertido en nuestro
‘órgano’ más preciado, en realidad se comporta como un cáncer invasor que
devora nuestra vida.
Lo hace en un
sentido literal, arrebatándonos cada día una porción de tiempo sin provocarnos
angustia ni exasperación, sino una adormecedora impresión de bienestar. En esta
risueña inconsciencia con que entregamos nuestra posesión más preciosa
–siquiera mientras dura nuestra existencia terrenal– ya se percibe que estamos
dejando de ser humanos: pues la conciencia del paso del tiempo –tempus fugit–
ha sido, en cualquier época pasada, un acicate constante para emplear nuestra
vida en los más nobles empeños y un censor implacable de nuestra abulia.
Misteriosamente, el teléfono móvil, ese órgano que nos devora, ha conseguido
reducir drásticamente nuestra vida (robando varias horas a cada uno de nuestros
días) sin que tengamos conciencia de esta pérdida, a través de un embeleco
genial. Ha disfrazado nuestra abulia de activismo desnortado, haciéndonos creer
que atiende nuestras curiosidades (cuando no hace sino imbuirnos curiosidades
memas), que soluciona nuestras necesidades (cuando sólo nos crea necesidades
superfluas), que agiliza y abrevia los más engorrosos trámites (cuando sólo los
multiplica y enreda). Así, ‘llena’ de borra el vacío que genera en nuestra
vida.
Pero la tecnología
devora nuestra vida de formas más sibilinas y alevosas. La neurología ha
estudiado sobradamente los deterioros cognitivos que el uso compulsivo de la
tecnología nos está infligiendo, haciendo añicos nuestra capacidad de
concentración y aminorando nuestras sinapsis neuronales. Todos estos efectos se
van a multiplicar exponencialmente con el uso de la inteligencia artificial,
que impondrá una delegación del pensamiento, exonerándonos de juicios críticos
y discernimientos morales, atrofiando –en fin– nuestras facultades mentales,
porque «la función hace el órgano»; y un órgano que se deja de emplear o se
emplea subalternamente se vuelve fofo y alfeñique, mientras el ‘órgano’
artificial que lo suple se hipertrofia. Aunque no lo queramos aceptar, la
tecnología se dispone a crear (ya está creando) una especie involucionada y
homínida, distinta de la especie humana. Y tendremos que elegir a qué especie
deseamos pertenecer.
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