por XAVIER CELTILLOS
Existe, en el orden de la polémica eclesial
contemporánea, pocos espectáculos más edificantes que el de un contradictor
sorprendido en flagrante delito de mala fe. Tal es precisamente el caso de esas
comunidades Ecclesia Dei que, desde el anuncio de las próximas consagraciones
episcopales (1) de la Fraternidad San Pío X, rivalizan en celo para condenar lo
que denominan con énfasis un «acto cismático». ¡Curiosa premura por parte de
instituciones que, frente a los escándalos doctrinales más graves emanados de
Roma misma, observan el más perfecto de los silencios! Esta geometría variable
en la indignación merece detenerse en ella, pues ilumina crudamente la
verdadera naturaleza de lo que conviene llamar el eclesiadéismo contemporáneo.
El silencio
cómplice frente a las desviaciones romanas
Recordemos primero los hechos. La Fraternidad San
Pío X se pronunció sobre Amoris laetitia el 2 de mayo de 2016 para
denunciar, con notable lucidez, los errores contenidos en esta exhortación
postsinodal que trastocaba la doctrina tradicional sobre el matrimonio y la
familia. ¿Dónde estaban entonces las voces de la Fraternidad San Pedro, del Instituto
de Cristo Rey Sumo Sacerdote, del Instituto del Buen Pastor y de todas esas
comunidades que hoy se envuelven en los harapos de la ortodoxia? ¿Dónde estaban
sus protestas frente a lo que constituía, sin embargo, una revolución pastoral
de una amplitud inaudita?
El silencio fue total. Peor aún: fue cómplice.
Porque estas comunidades “eclesiadéistas” deben, a cambio, reconocer la nueva
misa como un rito legítimo y abstenerse de denunciar los errores del Vaticano
II. He ahí el precio de su reconocimiento canónico: la aceptación tácita de
todas las desviaciones, con tal de que se les conceda el uso de la liturgia
tradicional. Tal silencio constituye, en sí mismo, una complicidad culpable.
Esta actitud no es nueva. Para obtener el reconocimiento canónico de la Iglesia conciliar, las
comunidades Ecclesia Dei aceptaron callar sobre los errores y escándalos
doctrinales de la jerarquía eclesiástica, e incluso justificarlos. El ejemplo
del monasterio de Le Barroux es, a este respecto, particularmente elocuente. Dom
Gérard, superior del monasterio de Le Barroux, había declarado que el
reconocimiento de su monasterio por Roma no iba acompañado de “ninguna
contrapartida doctrinal o litúrgica”, y que “ningún silencio sería impuesto a
su predicación antimodernista”. Los hechos demostrarían luego la vanidad de
tales garantías: algunos años más tarde, el monasterio de Le Barroux se
convertía en defensor del concilio Vaticano II y de la libertad religiosa.
La
indignación selectiva de los reconciliados
Pero he aquí que la Fraternidad San Pío X anuncia su intención de proceder a nuevas consagraciones episcopales y, de repente, ¡milagro! Las lenguas se desatan, las plumas tiemblan, la indignación estalla. El número de abril de 2026 del Courrier de Rome propone un estudio doctrinal de primer orden sobre la naturaleza del episcopado, en respuesta a las críticas formuladas por el movimiento Ecclesia Dei, especialmente la Fraternidad San Pedro. Porque hay que reconocer que estas comunidades, tan prontas al silencio frente a los extravíos doctrinales de la jerarquía moderna, recuperan súbitamente una voz atronadora cuando se trata de condenar los actos de resistencia tradicional.

