Por P. JOSÉ Mª MESTRE ROC
Más de un millón de personas asistió a la beatificación
de Juan Pablo II en Roma el 1 de mayo de 2011. Esta inmensa reunión fue la respuesta
al clamor que se oyó el 8 de abril de 2005, día del entierro de quien tuvo el
tercer pontificado más largo de la historia: «¡Santo súbito!», gritaba la
multitud. Y ahora el nuevo Papa Francisco anunció la canonización del supuesto
Beato Juan Pablo II para el 27 de abril de 2014.
Mientras en el mundo entero se levantaba inmediatamente
un concierto de aprobación, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X presentaba a
Roma sus graves objeciones contra la santidad del Papa Juan Pablo II, que causó
más destrucción en la Iglesia que todas las revoluciones y persecuciones de los
tiempos pasados. Por eso cabe preguntarse:
¿Puede ser canonizado un Papa como Juan Pablo II?
Para examinar correctamente la cuestión, conviene saber
que, para la Iglesia católica, la santidad consiste en la práctica constante y
heroica de las virtudes cristianas, esto es, de las virtudes coronadas por los
dones del Espíritu Santo. Si en el proceso de canonización de alguien se
probara que sus virtudes carecieron del modo heroico de los dones,
automáticamente se interrumpiría el proceso, y aun se clausuraría para siempre.
En el caso de Juan Pablo II, las virtudes, para ser heroicas, especialmente en
sus deberes como Papa, deberían haber cumplido lo que el Señor pidió a Pedro,
de «confirmar a sus hermanos en la fe» (Lc. 22 31), y esto hasta el heroísmo,
conforme al criterio según el cual «la Iglesia de Cristo, diligente custodia y
defensora de los dogmas a ella confiados, jamás cambia, ni disminuye, ni añade
nada en ellos».
Examinemos, pues, al menos las tres virtudes teologales,
para ver si cumplen con los requisitos para una canonización. Si Juan Pablo II
hubiese desnaturalizado la esencia de esas virtudes, necesariamente se habría
equivocado en la práctica cristiana de las mismas, y de ningún modo se lo
podría considerar como un santo, ni siquiera como un buen católico.
1° Fe en el hombre, perspectiva fundamental para la
Iglesia.
Todo cristiano, especialmente en los peligros actuales
contra la fe, esperaría ver al Papa en la práctica heroica de la virtud
teologal de fe, recordando a tiempo y a destiempo las enseñanzas perennes, y
salvaguardando el depósito confiado a Pedro. Por desgracia, Juan Pablo II
dirigió la barca de Pedro por caminos novedosos muy peligrosos para la fe,
asumiendo la corrupción doctrinal propia de los modernistas del siglo XX.
Por empezar, la fe de Juan Pablo II estuvo centrada en el
hombre: «La Navidad es la fiesta del hombre [...]. Este mensaje se dirige a
cada hombre, precisamente en cuanto es hombre, a su humanidad». Esta teología
antropocéntrica permaneció sin cambios durante décadas y se hizo más clara
todavía en los últimos años de su pontificado. Para Juan Pablo II, la
Revelación divina sólo consiste en la revelación del hombre al hombre; la
Redención de Cristo justificó a todos los hombres, haciéndolos conscientes de
su dignidad: «El Hijo de Dios, por su encarnación, se ha unido en cierto modo
con todo hombre, lo sepa o no lo sepa, lo quiera o no lo quiera». Así, Dios
envió un Redentor que «revela plenamente el hombre a sí mismo», invitándolo a
encontrarse con Cristo, que por su acto redentor ha unido a todos los hombres
consigo mismo para siempre.
Conforme a esta nueva enseñanza, el Papa Juan Pablo II
difundió tesis incompatibles con la doctrina católica:
•
En cuanto a
la Redención, enseñó la salvación universal, ya que se aplica: a todos y a cada
uno de los hombres; de modo perpetuo e inamisible; desde la concepción,
cualquiera que sea el destino de cada uno.
•
En cuanto al
bautismo: la gracia santificante es el vínculo indisoluble entre todos los
bautizados; se halla en cada uno de ellos, independientemente de sus
disposiciones en el momento del bautismo; y el pecado no la destruye.
•
En cuanto al
pecado y la satisfacción del pecado por Cristo: el pecado no ofende a la
justicia divina, es sólo «una incoherencia en la conciencia del hombre»; en su
pasión, Cristo no satisfizo verdadera y propiamente a la justicia divina;
estrictamente hablando, en el Juicio final Dios no condenará a los réprobos, y
nadie está siquiera seguro de que haya alguien en el infierno.
2° Esperanza
de la unificación de la familia humana.
Juan Pablo II se esforzó en sostener las esperanzas de la humanidad en el paso al tercer milenio, haciéndose llamar «el mensajero de la esperanza». Pues bien, esta esperanza se centró también en el hombre, y su meta fue cumplir «la expectativa de un mundo más humano, enraizado en el reconocimiento universal de la dimensión trascendente del hombre».