“Lo mismo
ocurre con la noción de la fraternidad, cuyo fundamento ponen en el amor de los
intereses comunes o por encima de todas las filosofías y de todas las
religiones, en la simple noción de humanidad, englobando así en el mismo amor,
y en una igual tolerancia, a todos los hombres con todas sus miserias, lo mismo
intelectuales y morales que físicas y temporales. Pero la doctrina católica nos
enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las
doctrinas erróneas, por sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o
práctica para el error, o el vicio en que vemos sumidos a nuestros hermanos,
sino en el celo por su mejora intelectual y moral, no menos que por su
bienestar material.
“Al
separar la fraternidad de la caridad cristiana así entendida, la democracia,
lejos de ser su progreso, constituiría un retroceso desastroso para la
civilización.
“Porque si se quiere llegar, y Nos lo deseamos con toda nuestra alma, a la
mayor suma de bienestar posible para la sociedad y para cada uno de sus
miembros por la fraternidad, o, como también se dice, por la solidaridad
universal, es precisa la unión de los espíritus en la verdad, la unión de las
voluntades en la moral, la unión de los corazones en el amor de Dios y de su
Hijo Jesucristo. Pero esta unión no es realizable sino por la caridad católica,
la cual, por consiguiente, es la única que puede conducir a los pueblos por el camino
del progreso hacia el ideal de la civilización.
“Verdad es
que Jesucristo nos ha amado con un amor inmenso, infinito, y que vino a la
tierra a sufrir y a morir para que, reunidos en torno suyo, en la justicia y el
amor, animados de los mismos sentimientos, todos los hombres vivieran en la paz
y en la felicidad. Pero, a la realización de esta dicha temporal y eterna, Él
puso, con una autoridad soberana, la condición de que se forme parte de su
rebaño, que se acepte su doctrina, que se practique la virtud y que se deje
enseñar y guiar por Pedro y sus sucesores.
[…] si Jesús fue bueno para los extraviados y pecadores, no respetó sus
convicciones equivocadas, por sinceras que parecieran; los ha amado a todos
para instruirlos, convertirlos y salvarlos. Si ha llamado a Él, para
aliviarlos, a los que gimen y sufren, no ha sido para predicarles el sueño de
una igualdad quimérica. Si ha levantado a los humildes, no ha sido para
inspirarles el sentimiento de una dignidad independiente y rebelde a la
obediencia. Si su corazón desbordado de mansedumbre para las almas de buena
voluntad, igualmente supo armarse de una santa indignación contra los
profanadores de la casa de Dios, contra los miserables que escandalizaban a los
pequeñuelos, contra las autoridades que abrumaban al pueblo con la carga de
pesados impuestos, sin hacer nada para ayudarles. Fue tan enérgico como dulce;
regañó, amenazó, castigó sabiendo y enseñándonos que, con frecuencia, el temor
es el principio de la sabiduría, y que conviene, a veces, cortar un miembro
para salvar el cuerpo.
“[Jesús] no anunció para la sociedad futura el reinado de una felicidad ideal,
sin mezcla de sufrimiento, antes al contrario, con la palabra y con el ejemplo
trazó el camino de la dicha posible sobre la tierra y de la felicidad perfecta
en el cielo: el camino real de la cruz. Enseñanzas son estas que no deben
aplicarse tan sólo a la vida individual, con miras a la salvación eterna, sino
que son enseñanzas eminentemente sociales y que nos ofrecen en Nuestro Señor
Jesucristo algo más que un humanitarismo sin autoridad y sin consistencia”.
Papa
San Pío X, Notre charge apostolique, 25
de Agosto de 1910.
