Las
contradicciones y la pseudo-oposición de los tres cardenales Müller, Sarah y
Burke
La
intervención de Müller
El pasado 21 de febrero,
en Kath.Net, el cardenal Gerhard Ludwig Müller comentó la decisión de la
Fraternidad Sacerdotal San Pío X de proceder a las consagraciones episcopales
sin mandato pontificio, después de que el Prefecto del Dicasterio para la
Doctrina de la Fe reiterara al Superior General, el padre Davide Pagliarani, el
veto de la Santa Sede sobre la concesión del mandato y la negativa a revisar
los textos del Concilio Vaticano II que la Fraternidad considera, con razón,
heterodoxos.
En su discurso Die
Piusbruderschaft und ihre Einheit mit der Kirche, el cardenal alemán
sostiene que proceder sin mandato pontificio constituye una “herida objetiva a
la unidad visible de la Iglesia”: no una simple desobediencia administrativa,
sino un acto que socava la autoridad papal en sus fundamentos. Insiste en que
“ningún obispo puede consagrar contra el sucesor de Pedro”. Müller subraya la
necesidad de reconocer la autoridad papal no solo en teoría sino también en la
práctica, sin condiciones, afirmando que la FSSPX debe someterse al magisterio
de la Iglesia para ejercer una influencia positiva en la historia eclesial.
El antiguo Prefecto del
antiguo Santo Oficio intervino así:
“La única
solución posible ante Dios consiste en que la Fraternidad San Pío X, con sus
obispos, sacerdotes y laicos, reconozca no solo en teoría sino también en la
práctica a nuestro Santo Padre el Papa León XIV como el Papa legítimo y se
someta, sin condiciones previas, a su autoridad doctrinal y a su primacía de
jurisdicción. Entonces será también posible encontrar una solución justa a su
estatus canónico, por ejemplo dotando a su prelado de una jurisdicción
ordinaria para la Fraternidad, directamente subordinada al Papa (quizás sin la
mediación de una oficina de la Curia).”
La
intervención de Sarah
Al día siguiente, 22 de
febrero, en un artículo publicado en Le Journal du Dimanche, el cardenal
Robert Sarah reiteró el llamado a la unidad dentro de la Iglesia, expresando
profunda preocupación ante el posible cisma que podría fracturar su unidad.
Insistió en que la verdadera comunión eclesial debe estar arraigada en la
obediencia al Papa y en la adhesión al Magisterio.
Sus palabras no dejan lugar a malentendidos:

