Conservadurismo cortés ante la apostasía sinodal
Por MONS. CARLO
MARIA VIGANÒ
Estimado Dr. Valli:
He leído el comentario de Mons. Viganò[[1]]
sobre las palabras del Santo Padre en París que usted ha publicado.
En suma, según los paladines de la tradición, el
Papa habría debido ir a decir en la capital francesa que no existe la libertad
de conciencia, que el Estado no debería «abrirse a todo culto», sino solamente
a la verdadera religión, que la declaración de los derechos del hombre de 1948
es papel mojado, que libertad, igualdad, fraternidad son palabras masónicas y
que no pueden encontrar su inspiración última en el Evangelio.
No le ha bastado al mundo tradicionalista ver en el
corazón revolucionario de París a 800.000 personas participar devotamente en la
Santa Misa, en el estadio Saint Denis a 80.000 jóvenes cantar en latín la Salve
Regina, a multitud de sacerdotes confesar en la calle (como no se veía desde
hacía tiempo), en el Palacio del Elíseo escuchar del Santo Padre la defensa del
derecho a la vida como fundamento de todo otro derecho humano y la condena de
la maternidad subrogada, todo ello en la cara de un desdichado Presidente que
ha querido introducir el derecho al aborto en la Constitución.
Yo ciertamente no poseo la cultura de Mons. Viganò,
pero creo que una cosa es defender la tradición, y otra atrincherarse en
posiciones preconcebidas, pretender tomas de posición autorreferenciales que
nos sitúan fuera de la realidad y contra el sentido común, negar el justo
esfuerzo —debido por la Iglesia de todo tiempo— de encontrar puntos de
convergencia entre la fe y la historia de un pueblo, lo cual no significa
renegar del Evangelio de Cristo ni comprometerse con el espíritu del tiempo.
El Santo Padre debe anunciar a Cristo al hombre
moderno, respetando su sensibilidad y su capacidad de comprensión, sin ponerse
necesariamente a la defensiva mediante palabras de condena lapidaria que
tendrían como único efecto el de no ser comprendidas y dispersar el rebaño.
Invito de todo corazón a quienes verdaderamente
aman a la Iglesia a trabajar por su unidad, evitando todo aquello que pueda
desgarrar la túnica inconsútil del Señor; y recemos unidos por los frutos
duraderos de este extraordinario viaje apostólico a Francia, en el que hemos
podido tocar con la mano la gracia de Dios que convierte el corazón del hombre,
a pesar de nuestras insuficiencias.
Es una responsabilidad nuestra precisa ante Dios: y
lo es —con mayor razón— para quien cree que la tradición es una fuente perenne
de la vida de la Iglesia en una dinámica siempre nueva.
Con estima,
Pietro Piciocchi
Reconocieron
la injusticia y le dieron ciudadanía.
2 Ts 2,
11-12
Estimado Abogado Piciocchi:
He leído atentamente la
carta que Usted ha dirigido al Dr. Aldo Maria Valli y que me ha transmitido, a
propósito de mi comentario al discurso de León XIV en el Elíseo. Sé que Aldo
Maria ya ha publicado en su blog una respuesta ejemplar[[2]]; por mi
parte, no quiero eximirme de afrontar Su carta: sin secundar la caricatura, sin
dejarnos arrastrar al terreno emocional de las multitudes y sin ceder el
principio a cambio de un aplauso por alguna frase compartible.
Su carta se abre con una
paráfrasis: según los «paladines de la tradición», el Papa «habría debido ir a
decir» en París que no existe la libertad de conciencia, que el Estado no debe
abrirse a todo culto, que la Declaración de 1948 es papel mojado, que libertad,
igualdad y fraternidad son palabras masónicas y no pueden encontrar inspiración
en el Evangelio. Le respondo que nadie ha pedido a León que se dirigiera al
Elíseo para recitar en voz alta el Syllabus ante Macron. Se ha pedido —y es
cosa distinta— que un Romano Pontífice no contradiga, en la capital de la
Revolución, la enseñanza constante de sus Predecesores sobre lo que aquella
Revolución fue y sobre lo que aquel lema significa. No es el mismo acto. El
primero es una escenificación que Usted nos atribuye para hacernos ridículos;
el segundo es lo mínimo debido a quien se sienta en la Cátedra de Pedro.
La fórmula es sencilla:
nosotros no pretendemos del Papa un anatema diplomáticamente inoportuno;
pretendemos que él no ratifique ni elogie aquello que los Papas han llamado peste. Una
vez restablecido esto, su carta pierde su eje.
El segundo argumento es el de la multitud: ochocientas mil personas en la Place de la Concorde, ochenta mil jóvenes en Saint-Denis que cantan la Salve Regina, sacerdotes que confiesan por la calle. Es el argumento más eficaz en el plano emotivo-sentimental, y el más débil en el plano de la Fe.
Nadie desprecia esos
gestos, al contrario: demuestran que la Gracia sigue actuando en el pueblo, a pesar de los
discursos, no gracias a ellos. Un joven que canta la Salve Regina en latín no convalida la tesis según la cual
Liberté, Égalité, Fraternité encuentran
en el Evangelio «una fuente inagotable de inspiración». Confundir la piedad de
los fieles con la ortodoxia de un discurso dirigido a las autoridades es un
sofisma. Si la cantidad de los presentes bastara para juzgar un pontificado,
habríamos debido canonizar cada Jornada Mundial de la Juventud, incluso cuando
en ella se ha callado aquello que no se puede callar.
Añado que precisamente
esos jóvenes merecían oír del Papa no la bendición de un lema nacido para
destronar a Cristo, sino la distinción —elemental y paterna— entre la libertad de los hijos de Dios y la libertad revolucionaria, entre la
igualdad de las almas redimidas y el igualitarismo colectivista, entre la
fraternidad en Cristo y la hermandad sin Dios Padre. Quitarles esa distinción
no es «respetar su capacidad de comprensión»: es sustraerles la clave para
comprender el tiempo en que viven. Es más: es hacer pasar por válida y
verdadera una falsa lectura de los acontecimientos.
Usted enumera, en
defensa del discurso de León, la tutela del derecho a la vida como fundamento
de todo otro derecho y la condena de la maternidad subrogada, pronunciadas «en
la cara» de un Presidente que ha inscrito el aborto en la Constitución. Aquí es
preciso ser precisos, porque es el punto sobre el cual los conservadores se
sienten en el deber de aplaudir.
No niego el dato: niego
más bien la consecuencia que Usted extrae de él. Una condena de la maternidad
subrogada y una alusión a la vida, insertadas en un marco que asume los
«derechos del hombre» iluministas y la Declaración de 1948 como «piedra angular
del progreso moral», siguen siendo conceptos abstractos. O mejor dicho:
permanecen en aquel hiperuranio [según Platón más allá del mundo de las formas]
en el que los funcionarios de la Iglesia sinodal quieren confinar la doctrina,
mientras adaptan la pastoral a la mentalidad del mundo. Esa misma matriz
revolucionaria de los «derechos» —desvinculada de la ley de Dios y de la
Realeza de Nuestro Señor Jesucristo— es precisamente lo que ha permitido
declarar «derecho» el aborto, y después constitucionalizarlo. Quien alaba el
principio y deplora uno de sus frutos no endereza el árbol: recoge sus frutos
envenenados mientras finge no ver las zarzas.
La respuesta útil es,
por tanto: no basta con decir la verdad sobre un efecto, si se bendice la
causa. Pío XI, en Quas
Primas, enseñó que la paz y la dignidad
no nacen de la rebelión de la Declaración de los Derechos del Hombre, sino del
Reino social de Cristo. Mientras esa lección permanezca callada, las frases
«pro vida» pronunciadas en el Elíseo son un correctivo cosmético sobre un
edificio construido sin la piedra angular. Y nadie mejor que el Vicario de
Cristo debería saber cuán verdaderas son las palabras del Salvador: Sine
me nihil potestis facere (Jn 15, 5).
Usted contrapone a la
Tradición «el justo esfuerzo —debido por la Iglesia de todo tiempo— de encontrar
puntos de convergencia entre la fe y la historia de un pueblo». Es la fórmula
más insidiosa de Su carta, porque suena pastoral y razonable. Hay que afrontarla de frente.
No le son desconocidos
los actos magisteriales hasta Pío XII que condenan sin apelación la Revolución
y sus principios infernales. Estos textos no son «posiciones preconcebidas»:
son el Magisterio. Y quien los recuerda no se atrinchera: recuerda a un Papa
que él es custodio de la Verdad revelada, no dueño. Si hoy ese recordatorio «nos sitúa
fuera de la realidad», tanto peor para la realidad que se ha construido contra
ellos. No es el Magisterio quien debe disculparse ante el Elíseo, ni el
heredero de Pío VI quien debe humillarse ante el heredero de Jules Grévy, que
se acompaña de un hombre con peluca en la ficción más grotesca de la
normalidad.
Le cito, palabra por palabra, el pasaje
incriminado. León ha dicho que la Ilustración aportó «verdaderas conquistas»;
que entre ellas está «el reconocimiento de los derechos del hombre inherentes a
la naturaleza de la persona humana, en particular la libertad religiosa»; que
libertad, igualdad y fraternidad «remiten a exigencias éticas universales, que
encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de
inspiración y de realización»; y que la Declaración de 1948 es, con Juan Pablo
II, «piedra angular en el camino del progreso moral de la humanidad». Sobre
estas frases se discute. No sobre el hecho de que en Saint-Denis se haya
cantado en latín.
Usted concluye invocando la unidad y la
túnica inconsútil, atribuyendo la responsabilidad de desgarrarla a quien
critica el discurso papal. Es el argumento que los conservadores utilizan desde
hace sesenta años cada vez que se toca el nervio del Concilio, de la misa
montiniana, de la sinodalidad: hay que invertirlo.
La túnica la desgarra quien introduce en la
Iglesia un Evangelio diferente
del recibido, no quien se niega a ratificarlo. San Pablo no invita a los
Tesalonicenses a «trabajar por la unidad» a costa de la Tradición: los exhorta
a mantenerse firmes y a conservar las tradiciones aprendidas (2 Tes 2, 15). La
unidad católica es comunión en la Fe; no es la tregua entre quien bendice la
Revolución y quien la llama por su nombre.
Le recuerdo aquí la distinción que hice en «Scisma Capitale». Cuando quien
se sienta en la Cátedra acepta y promueve una noción de su oficio —y, con ella,
una noción de la sociedad y de la libertad— incompatible con aquella definida
por el Magisterio perenne, ya no es simplemente un Papa que se equivoca en un
discurso circunstancial: pone un obex,
un obstáculo al ejercicio mismo del Papado. Quien se resiste a él en aquello
que es ilícito no desgarra la Iglesia: la sirve. Quien, en cambio, para no
«dispersar el rebaño», consiente en el equívoco, se encuentra en la posición de
aquellos de quienes San Pablo dice εὐδοκήσαντες
τῇ ἀδικίᾳ: que han reconocido la injusticia y le han
dado ciudadanía (2 Tes 2, 11-12).
Le respondo, pues, que la unidad no se
construye sobre el silencio en torno al punto decisivo: se construye sobre la
roca de Pedro. Todo intento de «reiniciar» la realidad se funda sobre la arena
de un diálogo que utiliza el léxico de quienes han guillotinado a sus hijos.
Invocar la túnica inconsútil para cubrir la contradicción es, literalmente,
coser un remiendo nuevo sobre un vestido viejo.
Usted teme «palabras de condena lapidaria»
que quedarían incomprendidas. Admitiendo, y no concediendo, que los católicos,
de vez en cuando, darían un suspiro de alivio si oyeran no a un mediador, un
conciliador, un diplomático, un ecuménico, un filántropo, un globalista, un
inmigracionista, un masón o un pagano, sino a un Papa que finalmente habla como
Papa. Pero incluso concediéndole la exigencia de la pedagogía, no puedo
concederle que la pedagogía obligue a decir lo falso.
Un Pontífice podía, en el Elíseo, recordar
la herencia cristiana de Francia —Clodoveo, San Luis, Santa Juana de Arco, las
Carmelitas de Compiègne— y añadir, con mansedumbre, que la libertad cristiana
no es la libertad de 1789; que la igualdad de las almas ante Dios no es el
igualitarismo que ha nivelado altares y tronos; que la fraternidad evangélica
tiene un Padre celestial, y que sin ese Padre se convierte en la hermandad de
las Logias. Podía decir que la «justa laicidad» no consiste en poner a la
verdadera Religión al mismo nivel que las falsas, y que Nuestro Señor es Rey
también de las naciones en las que rige un régimen republicano que se profesa
laico. Podía, venerando la Corona de Espinas en Notre-Dame, recordar que esa
Corona es de un Rey, y que ese Rey no se concilia con el lema acuñado para
deponerlo.
Nada de todo esto es «autorreferencial». Es
el catecismo. Si hoy suena inaudito, es porque desde hace décadas se ha
preferido el aplauso del Elíseo a la voz de Pío VI.
Estimado Abogado, no lo trato como
adversario. Su carta es sincera por el temor a una Iglesia que «se sitúa fuera
de la realidad», aunque hace décadas que los embarazosos intentos de complacer
al mundo vuelven patéticos a sus mitrados partidarios. Ese temor debe ser
respetado pero corregido: la realidad de la Iglesia no es el espejo del mundo,
es el juicio de Cristo
sobre el mundo. Quien verdaderamente ama a la Iglesia no le pide que se vuelva
creíble a los ojos de un Presidente que ha hecho del aborto una norma
constitucional; le pide que permanezca creíble ante Dios. Porque el principio de la sabiduría es el temor del Señor
(Prov 9, 10).
Concluyo recordándole que la Tradición no
es «una fuente perenne en una dinámica siempre nueva», si por dinámica se
entiende la reconciliación con el liberalismo que el Syllabus ha declarado
imposible. La Tradición es la transmisión íntegra del Depositum fidei, sin cortes y
sin injertos. Quien la custodia no desgarra la túnica: impide que se la
sustituya por la librea tricolor.
Los mártires de la Vendée, los sacerdotes
de septiembre, las campesinas de Angers no necesitan que nosotros los
utilicemos como garrote. Necesitan que un Papa, al pasar sobre las piedras
mojadas por su sangre, no elogie el lema en cuyo nombre fueron martirizados. Si
este recordatorio «dispersa el rebaño», entonces ese rebaño ya había sido
dispersado por quien le ha enseñado que obedecer al error es virtud y que
resistir a la mentira es cisma.
Le he escrito porque su carta no representa
un caso aislado: constituye el manual, por así decirlo, con el que, después de
cada gesto «positivo» de este pontificado, se pedirá a los católicos que se
dejen convencer por la emoción de la plaza sin mirar los principios que,
entretanto, son subvertidos. Es exactamente el mecanismo descrito en «Scisma
Capitale». Conviene desmontarlo ahora, con calma y con doctrina, antes de que
se convierta en el sentido común incluso de quien se dice amigo de la
Tradición.
Con gratitud por la franqueza con que Usted
ha escrito,
+ Carlo
Maria Viganò, Arcivescovo
Viterbo,
1 Ottobre 2026
S.Remigii
Episcopi et Confessoris
[1] https://x.com/CarloMVigano/status/2103846439860285851?s=20
[2] https://www.aldomariavalli.it/2026/09/28/una-lettera-sul-papa-alleliseo-e-la-risposta-di-duc-in-altum/
