Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

martes, 20 de octubre de 2026

PRINCIPIO DEL MOTOR DE LA REVOLUCIÓN: LA TRAMPA FATAL DEL SUFRAGIO UNIVERSAL

 


Por FAOUDEL

10 de diciembre de 2021

 

Numerosos católicos y/o monárquicos esperan restaurar la ciudad tradicional —o al menos frenar la Revolución— por medio del sufragio universal. Para ello bastaría una campaña electoral o una labor de presión bien llevada. En efecto, es difícil resistir a la tentación de atrapar al adversario en su propia trampa, utilizando el arma que pone a nuestra disposición, a saber, el sufragio universal. Y, sin embargo, esto supondría equivocarse trágicamente acerca de la naturaleza del arma del enemigo, pues esta corrompe a todos los que la utilizan. El siguiente documento intenta poner de manifiesto el principio del motor de la Revolución. [La Redacción]

 

Tabla de contenidos

Introducción

Las dos ciudades

El motor de la Revolución

La espantosa trampa del sufragio universal

¿Cómo detener el motor revolucionario?

 

Introducción


A lo largo de este estudio, intentaremos modelizar el funcionamiento del proceso revolucionario.

Un modelo es una descripción, una representación de la realidad destinada a hacerla inteligible para nosotros. Si un modelo nunca pretende identificarse con la verdad —con un conocimiento perfecto de un fenómeno, de un proceso o de una cosa—, en cambio, permite adquirir un mayor conocimiento de la verdad sobre el objeto del estudio.

Ahora bien, el fenómeno revolucionario, por su magnitud y por el carácter inexorable de su propagación, parece confirmar la creencia de sus promotores según la cual existiría un sentido de la historia, un progreso de la humanidad. Por el contrario, al pensador tradicionalista le resulta casi ininteligible, hasta tal punto que algunos se sienten tentados a explicar su expansión por la sola intervención sobrenatural de fuerzas demoníacas. Se plantea, pues, la cuestión: ¿estaría toda ciudad tradicional condenada a desaparecer definitivamente?

Por otra parte, la Revolución francesa, que contempla el derrocamiento de una monarquía más que milenaria, nacida de la alianza del Trono y el Altar, del pacto de Tolbiac entre Clodoveo y Dios, constituye un acontecimiento tan considerable que los defensores de la Francia tradicional llegan a llamarse a sí mismos «contrarrevolucionarios». Se definen, por tanto, en relación con su enemigo, como si hubieran perdido su identidad.

Estos, porque olvidan los principios tradicionales, se sienten tentados a combatir a la Revolución en su propio terreno y con las herramientas que esta pone a su disposición, como el sufragio universal. Sin embargo, ¿es el voto, practicado en estas condiciones, un arma tan neutral como creen o pretenden? ¿No produce ningún efecto sobre quien la utiliza?

Para responder a estas preguntas, y puesto que se trata de una guerra entre un mundo tradicional y un mundo revolucionario, comenzaremos consultando a un ilustre guerrero, el general chino Sun Tzu (siglo VI a. C.). En su obra El arte de la guerra, este declara:

Quien conoce al otro y se conoce a sí mismo, en cien combates no será derrotado; quien no conoce al otro, pero se conoce a sí mismo, será vencedor una vez de cada dos; quien no conoce al otro ni se conoce a sí mismo será siempre derrotado1.

Debemos, por tanto, comenzar intentando identificar correctamente las dos fuerzas en presencia.

 

Las dos ciudades

 

Una distinción tradicional

 

Hay que reconocer en el bereber san Agustín (354-430) a uno de los principales artífices del Occidente cristiano, y su obra maestra, La ciudad de Dios, sigue siendo una referencia en las ciencias políticas. En esta obra, el obispo de Hipona distingue dos ciudades:

Dos amores fundaron dos ciudades; el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios hizo la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo hizo la ciudad de Dios2.

El medievalista Lemarignier (1908-1980) comenta:

La ciudad de Dios es la ciudad de los justos que buscan el Reino de Dios antes de formar parte, en el cielo, del número de los elegidos. A esta ciudad de Dios, civitas Dei, san Agustín opone la ciudad terrena, civitas terrena, que agrupa a quienes no buscan el Reino de Dios. A unos y a otros les dio el nombre místico de «ciudad»3.

Con el advenimiento de la modernidad, el amor de sí mismo toma su revancha; la Ilustración lo dota de un corpus doctrinal y político que produce un tipo de sociedad inédito en la historia de la humanidad: Dios está ausente de sus instituciones y relegado a la esfera privada.

Para hacer eco de la antigua distinción agustiniana y dar cuenta de la aparición de esta novedad, sociólogos, historiadores y filósofos han introducido los conceptos de heteronomía y autonomía.

La sociedad heterónoma encuentra su justificación, su legitimidad, fuera de sí misma, en la divinidad. Jean-Luc Chabot, jurista y profesor del Instituto de Estudios Políticos de París, precisa:

Las sociedades llamadas heterónomas funcionan […] sobre la base de un sistema de valores que se deriva de un principio que es a la vez exterior y superior a ellas […]; están marcadas por la trascendencia de la divinidad con respecto a la vida humana y a su organización social4.

Tal es el caso de la Francia monárquica, donde Jesucristo es reconocido institucionalmente como verdadero rey por su lugarteniente durante la ceremonia de la consagración. Esta sociedad cristiana merece, por tanto, plenamente la calificación de ciudad de Dios.

La sociedad autónoma encuentra su justificación, su legitimidad, en sí misma y, en última instancia, en el hombre.

En el seno de [las] sociedades de Europa occidental se desarrolló, a partir del siglo XVI, un proyecto de autonomía, no solo del poder civil con respecto al poder eclesiástico, sino, de manera mucho más fundamental, de la sociedad humana, que pretendía constituirse en principio de sí misma.

Semejante propósito apuntaba implícitamente a efectuar una transferencia del absoluto de la trascendencia religiosa en beneficio de la inmanencia política y social, a sustituir una normatividad fundada en la alteridad religiosa por una normatividad puramente humana, que pretendía autolegitimarse, ya fuera mediante la razón individual, ya fuera mediante el orden social5.

Este es el caso de las sociedades surgidas de las tres ideologías revolucionarias de 1789: el liberalismo, el nacionalismo y el socialismo. Llamaremos a esta sociedad inédita surgida de la modernidad la «ciudad del hombre-dios». El filósofo y antiguo ministro Luc Ferry (nacido en 1951) afirma en El hombre-dios o el sentido de la vida que los sentimientos que emergen de la modernidad…

… dan testimonio de una nueva relación con lo sagrado: una trascendencia inscrita en la inmanencia de la subjetividad humana, en el espacio de un humanismo del hombre-dios6.

Por naturaleza, el objeto de la lucha entre estas dos ciudades es una concepción radicalmente opuesta de lo que es el ser humano y del lugar que ocupa en el mundo.

 

La concepción cristiana del hombre

 

Existe una sola naturaleza humana a través de los siglos. Desde la lectura de los textos bíblicos, pasando por los de la Antigüedad, hasta la época contemporánea, se constata que el hombre no cambia: siempre se plantea las mismas preguntas, experimenta los mismos sentimientos, sigue siendo sede de las mismas pasiones, de las mismas aflicciones y de las mismas esperanzas.

La moral natural es una ciencia fundada en la observación del comportamiento humano. Su principio parte de la constatación —enunciada, entre otros, por Aristóteles— de que «el hombre es por naturaleza un animal político7». Esta ciencia estudia la jerarquía de los actos humanos para alcanzar la máxima felicidad. Cuando trata de la ley natural, santo Tomás dice sencillamente:

Hay en todo ser humano una inclinación natural a obrar conforme a su razón. Esto es, propiamente, obrar según la virtud8.

La inteligencia del hombre ha quedado oscurecida por el pecado original y, a causa de sus pasiones, con frecuencia se siente tentado a justificar sus malas acciones contra su razón, contra la moral natural. Para ayudarlo a orientarse y gracias a la Revelación, Dios —el Creador— le ha regalado los diez mandamientos, resumidos en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.




En cuanto Creador, Dios es la fuente del poder. Jesús dice a Pilato:

No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto9.

San Pablo confirma:

Todo poder viene de Dios10.

Dios es el principio y el fin de todas las cosas:

En el principio era el Verbo11.

Por último, si el sacrificio de Jesucristo permitió la Redención del género humano, la salvación es individual y nos exige aceptar nuestra propia naturaleza: Dios nos ha querido animales políticos. Ahora bien, la vida en sociedad solo es posible porque nos necesitamos unos a otros, porque somos diferentes y, por tanto, desiguales.

 

La concepción revolucionaria del hombre

 

No existe una naturaleza humana; el hombre evoluciona continuamente a través de los siglos hacia algo superior. Esta es la teoría del evolucionismo, el mito del progreso de la humanidad. Pero ¿hacia qué puede progresar el hombre, si no es hacia una especie de estado angélico y después divino?

No puede haber una moral fija. Es más, el hombre moderno considera con soberbia que ha llegado a la fase adulta de su evolución; por tanto, debe emanciparse de esa moral de otra época, elaborada por el espíritu arcaico, tosco y masoquista de nuestros antepasados. La evolución es ineluctable: es el famoso sentido de la historia.

La Revolución permite acelerar la toma de conciencia de la humanidad acerca de su gran destino. El hombre, en marcha hacia la divinidad, por fin puede decidir por sí mismo. El filósofo hegeliano alemán Feuerbach (1804-1872) declara:

El ser absoluto, el Dios del hombre, es el ser mismo del hombre12.

El hombre de la modernidad afirma ahora ser la fuente del poder, como declara el artículo III de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1791:

El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación.

Y el artículo II del título III de la Constitución de 1791 insiste:

La Nación, de la que emanan únicamente todos los poderes […]

Monseñor Gaume resume así la doctrina revolucionaria:

Soy el odio a todo orden religioso y social que el hombre no haya establecido y en el que no sea al mismo tiempo rey y dios; soy la proclamación de los derechos del hombre contra los derechos de Dios; soy la filosofía de la rebelión, la política de la rebelión, la religión de la rebelión; soy la negación armada; soy la fundación del estado religioso y social sobre la voluntad del hombre en lugar de la voluntad de Dios; en una palabra, soy la anarquía, porque soy Dios destronado y el hombre puesto en su lugar. He aquí por qué me llamo Revolución, es decir, inversión, porque pongo arriba lo que, según las leyes eternas, debe estar abajo, y abajo lo que debe estar arriba13.

El ministro masón y positivista Jules Ferry (1832-1893) no dice otra cosa:

Mi objetivo es organizar la humanidad sin Dios y sin rey14.

La Revolución se presenta a sí misma como un movimiento permanente y eterno: «En el principio era la acción15», según las célebres palabras de Fausto en la tragedia del masón Goethe (1749-1832).

El Estado revolucionario se erige en redentor y pretende aportar una salvación colectiva mediante la realización de la igualdad. Jules Ferry declara además:

¿Qué es, ante todo, la igualdad? ¡Es la ley misma del progreso humano! ¡Es más que una teoría: es un hecho social, es la esencia misma y la legitimidad de la sociedad a la que pertenecemos! En efecto, la sociedad humana no tiene más que un fin último: atenuar cada vez más, a través de los siglos, las desigualdades primitivas dadas por la naturaleza16.

 

Problemática relativa a la perpetuidad del proceso revolucionario

 

Sin embargo, si la Revolución se emancipa de la naturaleza, si no es natural:

– ¿Cómo explicar su perpetuidad desde hace más de dos siglos?

– ¿Cómo se explica que el número de partidarios de la ciudad del hombre-dios no deje de aumentar?

– ¿Cómo explicar este movimiento artificial y permanente de conversión de las mentes de la ciudad de Dios a la ciudad del hombre-dios?

Ahora bien, un movimiento artificial y permanente solo puede mantenerse mediante un motor. De ahí la idea de modelizar el fenómeno revolucionario mediante un motor.

 

El motor de la Revolución

 

Funcionamiento de un motor

Las ciencias físicas nos enseñan que los motores funcionan gracias a dos tipos de magnitudes:

– Una diferencia de potenciales (o de polos): es la diferencia de potencial (ddp). – Una corriente (o caudal) que recorre un conductor.

Demos algunos ejemplos:

Un motor eléctrico funciona gracias a:

– Una tensión, o diferencia de potenciales eléctricos (polos positivo y negativo). – Una corriente eléctrica que pasa de un polo al otro a través de un conductor eléctrico.

Un motor térmico funciona gracias a:

– Una diferencia de potenciales térmicos (fuente caliente, fuente fría).

– Una corriente térmica que pasa de la fuente caliente a la fuente fría a través de un conductor térmico.

Un molino de agua funciona gracias a:

– Un desnivel, o diferencia de potenciales de altitud (arriba y abajo).

– Una corriente de agua que pasa de arriba hacia abajo por un canal conductor.

Podemos suponer, por tanto, que lo mismo ocurre con la Revolución, que es un movimiento de ideas. Según este esquema, el motor revolucionario funcionaría gracias a:

– Una diferencia de potenciales en el orden de las ideas (tesis, antítesis).

– Una corriente de opiniones que pasaría de la tesis a la antítesis, de la ciudad de Dios a la ciudad del hombre-dios.

Nos queda, pues, precisar la diferencia de potencial y el conductor de esta corriente.

 

La diferencia de potencial revolucionaria: el odio a la desigualdad

 

El revolucionario que quiere acelerar la evolución del hombre tropieza primero con la inercia de la naturaleza humana. Para «cambiar las mentalidades», «hacer que la sociedad se mueva» y suscitar el movimiento, el método consiste en:

– hacer que se «tome conciencia» de las desigualdades (diferencia de potencial) entre las personas;

– situar a los individuos en una actitud mental de rebelión mediante un argumento motor: la desigualdad es sinónimo de injusticia.

A tal efecto, se procura introducir odio en las diferencias que existen naturalmente entre las personas (diferencias de edad, de sexo, de clase social, de sabiduría, de riqueza, de conocimientos…).

Hacia 1840, en los albores de los sistemas democráticos, Tocqueville (1805-1859) se asombra de esta pasión por la igualdad:

El hecho particular y dominante que singulariza estos siglos es la igualdad de condiciones; la pasión principal que agita a los hombres en esos tiempos es el amor a esa igualdad17.

De ello deduce —como consecuencia lógica— el auge de ese individualismo que corroe nuestras sociedades modernas y que todo el mundo deplora sin querer reconocer su origen:

El individualismo es de origen democrático y amenaza con desarrollarse a medida que las condiciones se igualan18.

Mientras que, en una sociedad tradicional, las desigualdades naturales son fuente de intercambios y de riqueza para todos, en la sociedad revolucionaria se convierten en factores de oposición, de luchas, de tesis y antítesis. El odio, los celos y el egoísmo de ambas partes ahondan las diferencias hasta hacerlas insoportables.

A partir de entonces, estalla la rebelión y conduce la mayoría de las veces a una igualdad impuesta y artificial en la que persiste el estado de odio. En efecto, siempre se sospecha que el otro quiere disfrutar de una ventaja de la que uno mismo carecería, y esta idea resulta insoportable. Recordemos estas terribles palabras del filósofo marxista Herbert Marcuse (1898-1979):

No cabe duda de que un movimiento revolucionario da origen a un odio sin el cual la revolución sencillamente no es posible, sin el cual no es posible ninguna liberación. Nada resulta más repugnante que el mandamiento de amor «No odies a tu enemigo» en un mundo donde el odio está institucionalizado por todas partes. En el curso del movimiento revolucionario, este odio puede transformarse naturalmente en crueldad, brutalidad y terror. El límite es, en este ámbito, terriblemente móvil19.

Las tres ideologías revolucionarias manifiestan esta pasión por la igualdad:

– El socialismo opone la clase proletaria divinizada a la clase burguesa para desembocar en la dictadura mundial del proletariado, donde se supone que reina la igualdad. De hecho, sabemos lo que ocurre: una élite no natural (la nomenklatura) oprime a la ciudad.

– El nacionalismo [nacionalismo no católico] opone la nación divinizada a los demás pueblos. Las revoluciones nacionalistas conducen siempre a la guerra expansionista: la Revolución francesa declara la guerra a Europa; lo mismo sucede con las revoluciones de la Alemania nazi, de la Italia fascista… En el interior de la nación reina una igualdad particular: la uniformidad. Se combate despiadadamente a las minorías y a las identidades regionales, pues se las considera otros tantos factores de división.

– El liberalismo opone entre sí a los individuos-dioses. Cada persona es absolutamente libre; triunfa el individualismo: el otro es quien viene a limitar nuestra libertad. Por tanto, hay que emanciparse de su autoridad natural, que su egoísmo puede volver odiosa. Así se crean conflictos artificiales entre hombre y mujer, padre e hijo, profesor y alumno, sacerdote y fiel, patrón y obrero…

Cuando se pierde de vista la idea del bien común, la jerarquía deja de estar justificada, lo que conduce a la reivindicación de la igualdad absoluta.

 

El conductor de la corriente revolucionaria: el sufragio universal

 

La experiencia demuestra que establecer la ciudad del hombre-dios de manera demasiado ostensible, demasiado brutal o demasiado autoritaria provoca una interrupción de la corriente de conversión de las mentes a la Revolución:

– Fracaso de la Convención en su intento de imponer el culto a la diosa Razón.

– Fracaso de las revoluciones socialistas con su materialismo científico.

– Fracaso de las revoluciones nacionalistas cuando la guerra se vuelve en su contra.

La democracia liberal, porque lleva a cabo sus reformas gradualmente, resulta ser un motor revolucionario mucho más eficaz que las ideologías nacionalistas y socialistas:

– Para no asustar a la opinión pública y realizar la igualdad —y la libertad—, ataca el orden natural por pequeñas etapas. Por ejemplo, el divorcio, el aborto, el «matrimonio» entre homosexuales y la eutanasia no se legalizarán al mismo tiempo, sino poco a poco…

– Para prevenir cualquier contestación, gracias al sufragio universal, deja creer a las personas que ellas mismas han deseado estos cambios. Para ello basta con trabajar la opinión pública mediante grandes campañas mediáticas que susciten diferencias de potencial, y después invocar los mitos de la voluntad general, del sentido de la historia y del progreso de la humanidad.

– Para desviar la atención del verdadero asunto en juego (la ciudad del hombre-dios contra la ciudad de Dios), crea una oposición artificial, la diferencia de potencial Derecha/Izquierda, en la que ocupa la posición central —la del árbitro— y sitúa sus ideologías rivales (socialismo y nacionalismo), así como las formas híbridas: socialdemocracia, nacionalismo liberal, nacionalsocialismo…

A causa de sus aparentes oposiciones, se olvida que todas estas ideologías tienen como finalidad al hombre-dios, y la ciudad de Dios pierde a sus combatientes en batallas electorales que no le conciernen.

Así, la democracia liberal —gracias al sufragio universal y a la diferencia de potencial Derecha/Izquierda— mantiene una corriente permanente de conversión de las mentes a la Revolución. El motor gira, gira, gira.

 


La espantosa trampa del sufragio universal

 

¿Es la democracia liberal una religión?

 

La superioridad de la democracia liberal sobre sus dos ideologías rivales reside en que su finalidad (la ciudad del hombre-dios) se realiza en su propio funcionamiento:

– Mediante el sufragio universal, independientemente de la edad, la competencia o la sabiduría, todo individuo está llamado a pronunciarse sobre el destino de la ciudad, eligiendo a hombres a los que no conoce y que representan ideologías de las que lo ignora todo.

– Mediante un referéndum, se le pide su opinión sobre cuestiones que pertenecen al ámbito de la moral natural (aborto, eutanasia…) o que decida sobre el destino de aquello que no le pertenece, como la desaparición del país dentro de Europa.

No se reconoce a priori ninguna referencia moral, ningún orden natural sirve de punto de referencia. Como buen discípulo del sofista y demócrata griego Protágoras, el votante acaba pensando que…

… el hombre es la medida de todas las cosas20.

Poco a poco y sin saberlo, mediante la propia práctica del voto, se acostumbra a la idea de que él mismo es la fuente de la verdad, de que puede decidir qué es el bien y qué es el mal. Ahora bien, ¿no corresponde este privilegio al Autor de todas las cosas, a Dios mismo? De hecho, objetivamente, el votante se sustituye a Dios: es el hombre-dios.

Recordemos la caída de Adán:

La serpiente replicó […] «el día en que comáis [de este fruto], se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal21».

Y el masón Oswald Wirth (1860-1943) se felicita por ello:

La serpiente seductora simboliza un instinto particular […] cuya característica es hacer que el individuo experimente la necesidad de elevarse en la escala de los seres. Este aguijón secreto es el promotor de todos los progresos22.

El pecado original fue el pecado de orgullo del hombre que quería ser dueño del bien y del mal, que rechazaba su naturaleza humana. Atribuirse una competencia que no se posee, ¿no es acaso la definición misma de la presunción, del orgullo? Cada vez que vota a favor o en contra de algo que no es de su competencia, el ciudadano comete, por tanto, un acto de orgullo. De este modo, cada votante constituye una piedra de orgullo que sirve para edificar una gigantesca torre de orgullo: la democracia universal, la torre de Babel, la torre del Hombre-Dios23. Todo ello bajo la mirada atenta del Gran Artífice de la rebelión, aquel primero que dijo «Non serviam» (¡no serviré!).

¿Se identificaría, pues, la democracia con la religión del hombre?

Como una religión, ¿no tiene la democracia liberal:

– Su dogma: el dogma de la voluntad general como fuente del poder. Al igual que Jean-Marie Le Pen, ¿no proclama acaso:

Desde que el poder ya no se funda en Dios, sino en el pueblo, es este el que debe ser objeto de todas nuestras consideraciones24?

– Su credo: la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

– Su sacramento: la gran misa del sufragio universal.

Augustin Cochin (1876-1916) se expresa de manera semejante al comentar El contrato social de Rousseau:

Estaríamos perdidos, dice el cristianismo, sin una ayuda de lo alto; no somos capaces de salvarnos por nosotros mismos. Y lo mismo dice Jean-Jacques: somos incapaces de extraer de nosotros mismos la voluntad general y de seguirla. Necesitamos la ayuda exterior de la ley (gracia), efecto del voto (sacramento) que crea en nosotros al hombre nuevo. […]

Así pues, El contrato social no es un tratado de política, sino un tratado de teología, la teoría de una voluntad extranatural, creada en el corazón del hombre natural, sustituida en él por su voluntad actual mediante el misterio de la ley, realizado en el seno de la sociedad contractual, voluntaria o de pensamiento, bajo las especies sensibles del sacramento del voto25.

 

La solución suicida: el partido católico

 

A veces es grande la tentación de querer atrapar a la democracia en su propia trampa, constituir un polo católico y luchar contra la Revolución con sus propias armas (campañas, presión política, eslóganes, elecciones, peticiones…). Sin embargo, la historia nos muestra que nunca ha prosperado ningún intento, ni siquiera en condiciones favorables.

Recordemos el funesto asunto del Ralliement de la Iglesia a la República en 1892. La Francia de aquella época era católica en su inmensa mayoría y, sin embargo, el país estaba dirigido por la III República, violentamente anticristiana. La élite católica era monárquica. Por eso, el papa León XIII hizo el siguiente razonamiento: la Iglesia no depende de ningún tipo de gobierno (monarquía, aristocracia, república). Por tanto, si se obliga moralmente a los católicos a votar, es matemáticamente seguro que sus representantes serán mayoría y la República se volverá cristiana. Por ello, después del Ralliement, todos los catecismos hicieron del voto un deber del cristiano.

Conocemos lo que sucedió después… En 1893, el número de diputados católicos ascendió efectivamente a doscientos, pero seis meses más tarde volvió a caer a 97. No se concedió ningún ministerio a los partidarios del Ralliement y las leyes antirreligiosas volvieron a imponerse con más fuerza.

Más de un siglo después, el balance es demoledor:

– Francia sigue siendo revolucionaria.

– El partido católico ha desaparecido sin dejar rastro, y encontramos diputados que se declaran cristianos en todos los partidos del espectro político. Han adoptado las respectivas ideologías de estos.

– Los católicos en Francia se han convertido en una minoría.

¿Cuáles son las razones de este desastre? ¿Por qué fracasó el partido católico respaldado por el papa, a pesar de contar con una relación de fuerzas abrumadoramente favorable? A la luz del estudio precedente, daremos dos respuestas relacionadas entre sí.

En primer lugar, crear un partido cristiano que utilice las reglas del juego del sistema democrático presta a este último el eminente servicio de aportar la contradicción, de suscitar una nueva diferencia de potencial. Esto genera nuevas posibilidades de movimiento de ideas. El sufragio universal practicado por los cristianos cumple entonces perfectamente su función de conductor de la corriente de conversión de las mentes a la Revolución.

En segundo lugar, siguiendo el ejemplo de León XIII, sería peligroso considerar la democracia únicamente como una forma de gobierno. Hemos visto que era esencialmente una religión, la del hombre-dios. Comprendamos bien que al revolucionario le importa un comino por quién se vote, con tal de que se vote. Lo importante es practicar (praxis) este acto de orgullo. Sabe que así se producirá en las almas una transformación interior semejante a la que produce un rito.

Mediante el sufragio universal, el miembro del partido católico se ve conducido a adoptar la actitud mental del revolucionario, que no tiene otro amo que a sí mismo. Practica el acto revolucionario mientras pretende luchar contra la Revolución. Así, sin saberlo, actúa como un hombre-dios y, si esta esquizofrenia no le hace perder la fe, los riesgos son mucho mayores para sus hijos.

No olvidemos nunca que siempre se acaba pensando como se actúa; precisamente en esto reside la extraordinaria importancia del ritual religioso. ¿No son significativos los dos ejemplos siguientes?

– Al felicitarse por la participación récord en el referéndum sobre el Tratado de Maastricht, a pesar de que el «sí» solo había obtenido un escaso 51 %, el diario Ouest-France anunciaba en primera página:

UNA GRAN VICTORIA PARA LA DEMOCRACIA.

– En el Courrier de l’Ouest del 8 de enero de 1988, el gran maestre del Gran Oriente, Jean-Robert Ragache, titulaba así su artículo:

¡UNA SOLA CONSIGNA PARA LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES: VOTAR!

Traduzcamos: poco importa que votéis a la derecha o a la izquierda, o incluso a la extrema derecha… ¡solo queremos que votéis!

 

¿Cómo detener el motor revolucionario?

 

Decir la verdad y denunciar la impostura del hombre-dios

 

En primer lugar, es importante restablecer las cosas en su justo lugar. Primero, hay que reconocer nuestra condición de criaturas enteramente dependientes de Dios. Hay que aceptar nuestra naturaleza humana (animal político) e intentar obrar conforme a lo que esta exige. Esta es la condición para alcanzar la máxima felicidad en este mundo y la felicidad eterna en el otro. A tal efecto, nuestro ideal debe ser el respeto de los diez mandamientos —que son un resumen de la ley natural— y del mandamiento del amor a Dios y al prójimo.

En segundo lugar, hay que denunciar esta impostura que convierte al hombre en dueño del bien y del mal.

– En la ciudad de Dios, a causa del pecado original, siempre hay faltas contra nuestra naturaleza (y, por tanto, contra los mandamientos de Dios), pero se reconocen como tales y se lamentan.

– En la ciudad revolucionaria, para dar rienda suelta a sus pasiones desordenadas y tranquilizar su conciencia, el hombre decide que ya no existe el pecado. Es juez y parte al mismo tiempo. Su moral es subjetiva, hecha a su medida, y ya no objetiva. Ahora bien, el mayor de los pecados no consiste tanto en ir contra una ley de Dios como en decir que esa ley no existe, pues, a partir de ahí, todo está permitido.

En tercer lugar, hay que decir la verdad en voz alta y sin concesiones: la verdad es una; no podemos tomar de ella lo que nos convenga y dejar el resto a nuestro antojo; no somos sus dueños. Ahora bien, en el juego democrático, «hay que hacer masa si se quiere hacer oír la propia voz». Por eso, el cristiano entra en el partido cuya ideología juzga más aceptable. Para no contrariar a sus nuevos amigos, se ve llevado a hacer concesiones, a callar ciertos puntos de la doctrina que no están de moda; además, acaba olvidando esos detalles incómodos. Es notable que todos los partidos cuenten con católicos entre sus miembros, pero ninguno incluya en su programa la doctrina de Cristo Rey. De ello se deduce que estos cristianos comprometidos se avergüenzan de una parte de la verdad revelada y la han censurado. De ese modo, se convierten, en cierto sentido, en dueños de la verdad; saben mejor que Nuestro Señor qué es lo bueno para nosotros: también ellos se han convertido, por tanto, en hombres-dioses.

A propósito de esta tentación de profesar únicamente una doctrina edulcorada, el cardenal Pie (1815-1880) declara:

Con un cristianismo a medias no se salvará nada: los medios a medias y los remedios a medias ya no tienen eficacia. […] Y yo declaro que, con un mínimo de religión, la salvación pública se ha vuelto imposible. Ser franca y plenamente cristiano, en la creencia y en la práctica, afirmar toda la ley doctrinal y toda la ley moral, es necesario; pero esta necesidad será eficaz26.

 

Para reducir la diferencia de potencial: poner amor en las diferencias

 

Si nuestro deber exige permanecer intransigentes con los principios, también implica ser indulgentes con las personas y aceptar las desigualdades naturales que provienen de nuestras limitaciones: todos tenemos defectos y debilidades, pero también experiencias, competencias y un pasado diferentes.

El Evangelio nos dice: «Bienaventurados los que trabajan por la paz27». A diferencia del revolucionario y de conformidad con el mandamiento de Cristo, el cristiano pondrá amor en las diferencias naturales y apaciguará las tensiones sociales. No se trata de hacer desaparecer las desigualdades naturales, precisamente porque forman parte de nuestra naturaleza. En efecto, es gracias a estas desigualdades que la vida social es posible. ¿Acaso no nos necesitamos unos a otros a lo largo de toda nuestra vida?

– En la infancia y la adolescencia, para nuestra educación.

– En la edad adulta, porque no poseemos todas las competencias.

– Al final de nuestra vida, porque nos encontramos debilitados.

Así, es el amor al prójimo el que proporciona a la sociedad su felicidad, su prosperidad y su riqueza. Contrariamente a lo que sostienen los cristianos liberales, Jesucristo nunca vino a abolir las desigualdades. Afirma su realeza y su superioridad jerárquica, al tiempo que nos da el ejemplo que debemos seguir:

Si, pues, yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros28.

El deber del cristiano es, por tanto, servir a sus hermanos en el amor de Cristo, cada uno desde su posición. De este modo, trabaja por el bien común, procura que todos lleven una vida virtuosa en la unidad de la paz y realiza así la ciudad de Dios.

 

Para secar la corriente de conversión de las mentes a la Revolución: dejar de votar

 

Desde hace doscientos años, los combatientes de la ciudad de Dios se agotan en las luchas democráticas y su número no deja de disminuir. Hemos analizado la razón:

– Las reglas del juego democrático están amañadas: son una máquina diseñada para hacer perder a los cristianos.

– La práctica del voto, sin las competencias requeridas, constituye un acto de orgullo que conduce a usurpar el lugar de Dios y a aceptar las ideologías.

Votar es reconocer las reglas del juego, la ley del número, y dar crédito al mito de la voluntad general. Es aceptar la validez de la condena de Cristo por la multitud. ¿Acaso el Justo, el Dulce, el Inocente no murió por plebiscito, por la presión democrática, porque Dios no estaba a la altura de las miserables ambiciones de los sacerdotes y los fariseos? Lo ignominioso no es solamente el resultado de la elección popular —la condena de Dios—, sino principalmente el hecho de que esa elección se haya concedido al pueblo. Precisamente en esto reside el crimen del muy liberal Pilatos.

Pero hoy en día, ¿no nos enfrentamos a la misma situación? Por ejemplo, cuando un país organiza un referéndum sobre el aborto, esto es lo que se oye entre los católicos conscientes del carácter monstruoso de esta consulta electoral29: «Sé que votar en esta situación es intrínsecamente malo; sin embargo, si gracias a ello puedo salvar vidas…». Resultado: de todos modos, se votará «sí»; de lo contrario, la Revolución repetirá la operación hasta que se obtenga el «sí», y será definitivo, porque no se puede detener el «sentido de la historia». Y nuestros católicos se lamentan y levantan los brazos…

Esta actitud reaccionaria es irresponsable, porque no es contra el aborto contra lo que hay que luchar, sino contra las instituciones políticas que permiten que semejantes decisiones sean posibles. La reconstrucción de la ciudad de Dios pasa primero por preservar a sus combatientes y, después, por debilitar la ciudad del hombre-dios, es decir, por rechazar las reglas del juego democrático. Este es precisamente el sentido de esta declaración del papa Pío IX (1792-1878) a unos peregrinos franceses en 1874:

Bendigo a todos los que cooperan en la resurrección de Francia; los bendigo con el propósito —permítanme decírselo— de verlos ocuparse de una obra muy difícil, pero muy necesaria: hacer desaparecer o disminuir una horrible plaga que aflige a la sociedad contemporánea y que se llama sufragio universal.

¿No es entregarse al azar y correr voluntariamente hacia el abismo poner la decisión de las cuestiones más graves en manos de multitudes necesariamente carentes de inteligencia y apasionadas?

Sí, el sufragio universal merecería más bien el nombre de locura universal y, cuando las sociedades secretas se apoderan de él, como ocurre con demasiada frecuencia, el de mentira universal30.

El deber cívico del cristiano no consiste, por tanto, en votar, sino en trabajar con todas sus fuerzas para promover una institución política que respete la ley natural. Esta actitud es, por lo demás, también la recomendada por el rey Enrique V —conde de Chambord (1820-1883)—:

Hay situaciones en las que es necesario resignarse a soportar algunos inconvenientes para evitar otros aún mayores, y saber sacrificar lo que puede parecer útil en el momento a la utilidad permanente y verdadera. […] Tengamos fe en nuestras doctrinas, en nuestras tradiciones. El sentimiento moral es nuestra condición de existencia y nuestra fuerza; no renunciemos a él. Es lo que nos da valor a los ojos del país y lo que hará que el país vuelva hacia nosotros cuando recupere la libertad y vuelva a ser él mismo.

Tal como yo la entiendo, la abstención no es una falta de afirmación; por el contrario, es una afirmación y una protesta contundentes. Afirmarse y protestar consiste en decir al poder:

– los realistas no quieren prestarse a vuestras mentiras;

– no quieren dar la impresión de tomar en serio vuestras supuestas instituciones;

– no quieren, al aceptar una lucha demasiado desigual, añadir la apariencia de una oposición derrotada a vuestro fácil triunfo. […]

Creedlo: cuando llegue el momento, la abstención de hoy se convertirá para los realistas en un título y una recomendación más ante sus conciudadanos. […]

Creed que me cuesta apartar temporalmente a los realistas de los cargos electivos y de la vida pública. […]

Pero estoy convencido de ello: la protesta incesante mediante la abstención pública constituye la verdadera misión de los realistas bajo un régimen monstruoso que parece contrariar deliberadamente los instintos y las necesidades de Francia, que sustituye el sentimiento moral por el cinismo, la libertad por la intimidación electoral y las realidades fecundas del gobierno representativo por los miserables simulacros de un constitucionalismo engañoso31.

Dejemos de votar y la corriente de conversión de las mentes a la Revolución se secará; la Revolución se detendrá y será vencida.

 

NOTAS:

1.-Sun Tzu, El arte de la guerra, traducido y presentado por Jean Lévi, París, Hachette, 2000, p. 61.↩

2.-San Agustín, La ciudad de Dios, libro IV, cap. IV, ed. P. de Labriolle, París, 1957, p. 332.↩

3.-Jean-François Lemarignier, La Francia medieval, ed. A. Colin, París, 2002, p. 37.↩

4.-Jean-Luc Chabot, El nacionalismo, PUF, col. «Que sais-je?», París, 1986, p. 14.↩

5.-Jean-Luc Chabot, El nacionalismo, op. cit., p. 15.↩

6.-Luc Ferry, El hombre-dios o el sentido de la vida, Grasset, 1996, p. 226.↩

7.-«El hombre es naturalmente un animal político, destinado a vivir en sociedad». (Aristóteles, La Política, libro I, cap. I, párr. 9, trad. Thurot, Garnier Frères, París, sin fecha, p. 5.)↩

8.-Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Ia-IIae, «La ley», cuestión 94, artículo III, traducción francesa de M.-J. Laversin O.P., Éditions de la Revue des Jeunes, Société Saint Jean l’Évangéliste, Desclée et Cie, París-Tournai-Roma, 1935, p. 115.↩

9.-Juan, XIX, 10-11.↩

10.-Epístola a los Romanos, XIII, 2.↩

11.-Juan, I, 1.↩

12.-Ludwig Feuerbach, La esencia del cristianismo, Librairie Internationale, París, 1864, p. 27.↩

13.-Monseñor Gaume, La Revolución. Investigaciones históricas, tomo I, cap. I, Librairie de Gaume frères et Duprey, París, 1856, pp. 16-17.↩

14.-Jules Ferry, citado por Jean Jaurès, prefacio a Discursos parlamentarios, El socialismo y el radicalismo en 1885, presentación de Madeleine Rebérioux, «Ressources», reedición Slatkine, 1980, pp. 28-29.↩

15.-Goethe, Fausto, parte I, escena V.↩

16..Jules Ferry, Discurso sobre la igualdad de educación, Discursos y opiniones de Jules Ferry, tomo I, Armand Colin, París, 1893, p. 284.↩

17.-Alexis de Tocqueville, La democracia en América, tomo IV, Meline Cans et Cie, Bruselas, 1840, p. 152.↩

18.-Alexis de Tocqueville, La democracia en América, tomo IV, op. cit., p. 157.↩

19.-Herbert Marcuse, El fin de la utopía, Seuil, París, 1968, p. 33.↩

20.-Platón, Teeteto, 152a.↩

21.-Génesis, III, 5, Biblia de Jerusalén, Cerf/Verbum Bible, 1988.↩

22.-Oswald Wirth, La francmasonería explicada a sus adeptos, tomo II (El compañero), Dervy-Livres, París, p. 92.↩

23.-Conviene señalar que el voto no es condenable en sí mismo: es perfectamente legítimo votar en elecciones profesionales, en elecciones municipales de una pequeña ciudad, etc. Lo repetimos: aquí se cuestiona el voto sobre algo que no pertenece a nuestra competencia.↩

24.-Artículo «Entrevista con JMLP», Aspects de la France, jueves 10 de octubre de 1991.↩

25.-Augustin Cochin, Las sociedades de pensamiento y la democracia moderna (publicación póstuma), La mística del librepensamiento, «El catolicismo de Rousseau», cap. II, Plon-Nourrit, París, 1921.↩

26.-Cardenal Pie, Obras de Monseñor el Obispo de Poitiers, tomo IX, H. Houdin & Cie, París, 1884, p. 227.↩

27.-Mateo, V, 9.↩

28.-Juan, XIII, 14.↩

29.-El aborto es contrario a la naturaleza, tanto si el pueblo está a favor como si está en contra.↩

30.-R. P. Limbour, Vida popular de Pío IX, cap. XIII: «Palabras de Pío IX sobre los errores modernos», Société Saint-Augustin, París, 1904, pp. 114-115.↩

31.-Enrique V, citado por Daniel de Montplaisir, El conde de Chambord, último rey de Francia, Perrin, 2008, pp. 281-282. Según los archivos de Lucca depositados en 1962 por la familia de Beatriz de Borbón, princesa Massimo (1874-1961), hija de Carlos de Borbón, duque de Madrid (1848-1909), y heredera del castillo de Frohsdorf en 1931. Constan de 28 cajas, cada una compuesta por una veintena de legajos: – cartas, direcciones, memorias y estudios de realistas, 1847-1883; – actas de reuniones de realistas en Francia, 1832-1884; – manuscritos del conde de Chambord: notas de reflexión, comentarios de estudios, manifiestos y borradores de manifiestos, instrucciones al duque de Lévis y a los gentilhombres de servicio, diarios de viaje, diario personal y político, 1852-1881; – copias de cartas del conde de Chambord; – correspondencia y notas de la condesa de Chambord; – documentos del último duque de Módena.↩

32.-Santo Tomás de Aquino, De regno, cap. II, col. «Los maestros de la política cristiana», Éditions de la Gazette Française, París, 1926, p. 16.↩

33.-San Pío X, Carta sobre Le Sillon, Notre charge apostolique, del 25 de agosto de 1910.

 

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