Por FAOUDEL
10 de diciembre de 2021
Numerosos
católicos y/o monárquicos esperan restaurar la ciudad tradicional —o al menos
frenar la Revolución— por medio del sufragio universal. Para ello bastaría una
campaña electoral o una labor de presión bien llevada. En efecto, es difícil
resistir a la tentación de atrapar al adversario en su propia trampa, utilizando
el arma que pone a nuestra disposición, a saber, el sufragio universal. Y, sin
embargo, esto supondría equivocarse trágicamente acerca de la naturaleza del
arma del enemigo, pues esta corrompe a todos los que la utilizan. El siguiente
documento intenta poner de manifiesto el principio del motor de la Revolución.
[La Redacción]
Tabla de contenidos
Introducción
Las dos
ciudades
El motor
de la Revolución
La
espantosa trampa del sufragio universal
¿Cómo
detener el motor revolucionario?
Introducción
A lo
largo de este estudio, intentaremos modelizar el funcionamiento del proceso
revolucionario.
Un modelo
es una descripción, una representación de la realidad destinada a hacerla
inteligible para nosotros. Si un modelo nunca pretende identificarse con la
verdad —con un conocimiento perfecto de un fenómeno, de un proceso o de una
cosa—, en cambio, permite adquirir un mayor conocimiento de la verdad sobre el
objeto del estudio.
Ahora
bien, el fenómeno revolucionario, por su magnitud y por el carácter inexorable
de su propagación, parece confirmar la creencia de sus promotores según la cual
existiría un sentido de la historia, un progreso de la humanidad. Por el
contrario, al pensador tradicionalista le resulta casi ininteligible, hasta tal
punto que algunos se sienten tentados a explicar su expansión por la sola
intervención sobrenatural de fuerzas demoníacas. Se plantea, pues, la cuestión:
¿estaría toda ciudad tradicional condenada a desaparecer definitivamente?
Por otra
parte, la Revolución francesa, que contempla el derrocamiento de una monarquía
más que milenaria, nacida de la alianza del Trono y el Altar, del pacto de
Tolbiac entre Clodoveo y Dios, constituye un acontecimiento tan considerable
que los defensores de la Francia tradicional llegan a llamarse a sí mismos
«contrarrevolucionarios». Se definen, por tanto, en relación con su enemigo,
como si hubieran perdido su identidad.
Estos, porque olvidan los principios
tradicionales, se sienten tentados a combatir a la Revolución en su propio
terreno y con las herramientas que esta pone a su disposición, como el sufragio
universal. Sin embargo, ¿es el voto, practicado en estas condiciones, un arma
tan neutral como creen o pretenden? ¿No produce ningún efecto sobre quien la
utiliza?
Para
responder a estas preguntas, y puesto que se trata de una guerra entre un mundo
tradicional y un mundo revolucionario, comenzaremos consultando a un ilustre
guerrero, el general chino Sun Tzu (siglo VI a. C.). En su obra El arte de la guerra, este declara:
Quien
conoce al otro y se conoce a sí mismo, en cien combates no será derrotado;
quien no conoce al otro, pero se conoce a sí mismo, será vencedor una vez de
cada dos; quien no conoce al otro ni se conoce a sí mismo será siempre derrotado1.
Debemos,
por tanto, comenzar intentando identificar correctamente las dos fuerzas en
presencia.
Las dos ciudades
Una distinción tradicional
Hay que
reconocer en el bereber san Agustín (354-430) a uno de los principales
artífices del Occidente cristiano, y su obra maestra, La ciudad de Dios, sigue siendo una referencia en las ciencias
políticas. En esta obra, el obispo de Hipona distingue dos ciudades:
Dos
amores fundaron dos ciudades; el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios
hizo la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo hizo la
ciudad de Dios2.
El
medievalista Lemarignier (1908-1980) comenta:
La
ciudad de Dios es la ciudad de los justos que buscan el Reino de Dios antes de
formar parte, en el cielo, del número de los elegidos. A esta ciudad de Dios,
civitas Dei, san Agustín opone la ciudad terrena, civitas terrena, que agrupa a
quienes no buscan el Reino de Dios. A unos y a otros les dio el nombre místico
de «ciudad»3.
Con el
advenimiento de la modernidad, el amor de sí mismo toma su revancha; la
Ilustración lo dota de un corpus doctrinal y político que produce un tipo de
sociedad inédito en la historia de la humanidad: Dios está ausente de sus
instituciones y relegado a la esfera privada.
Para hacer eco de la antigua distinción agustiniana y dar cuenta de la aparición de esta novedad, sociólogos, historiadores y filósofos han introducido los conceptos de heteronomía y autonomía.
La
sociedad heterónoma encuentra su justificación, su legitimidad, fuera de sí
misma, en la divinidad. Jean-Luc Chabot, jurista y profesor del Instituto de
Estudios Políticos de París, precisa:
Las
sociedades llamadas heterónomas funcionan […] sobre la base de un sistema de
valores que se deriva de un principio que es a la vez exterior y superior a
ellas […]; están marcadas por la trascendencia de la divinidad con respecto a
la vida humana y a su organización social4.
Tal es el
caso de la Francia monárquica, donde Jesucristo es reconocido
institucionalmente como verdadero rey por su lugarteniente durante la ceremonia
de la consagración. Esta sociedad cristiana merece, por tanto, plenamente la
calificación de ciudad de Dios.
La
sociedad autónoma encuentra su justificación, su legitimidad, en sí misma y, en
última instancia, en el hombre.
En el
seno de [las] sociedades de Europa occidental se desarrolló, a partir del siglo
XVI, un proyecto de autonomía, no solo del poder civil con respecto al poder
eclesiástico, sino, de manera mucho más fundamental, de la sociedad humana, que
pretendía constituirse en principio de sí misma.
Semejante
propósito apuntaba implícitamente a efectuar una transferencia del absoluto de
la trascendencia religiosa en beneficio de la inmanencia política y social, a
sustituir una normatividad fundada en la alteridad religiosa por una
normatividad puramente humana, que pretendía autolegitimarse, ya fuera mediante
la razón individual, ya fuera mediante el orden social5.
Este es
el caso de las sociedades surgidas de las tres ideologías revolucionarias de
1789: el liberalismo, el nacionalismo y el socialismo. Llamaremos a esta
sociedad inédita surgida de la modernidad la «ciudad del hombre-dios». El
filósofo y antiguo ministro Luc Ferry (nacido en 1951) afirma en El hombre-dios o el sentido de la vida que
los sentimientos que emergen de la modernidad…
…
dan testimonio de una nueva relación con lo sagrado: una trascendencia inscrita
en la inmanencia de la subjetividad humana, en el espacio de un humanismo del
hombre-dios6.
Por
naturaleza, el objeto de la lucha entre estas dos ciudades es una concepción
radicalmente opuesta de lo que es el ser humano y del lugar que ocupa en el
mundo.
La concepción cristiana del hombre
Existe
una sola naturaleza humana a través de los siglos. Desde la lectura de los
textos bíblicos, pasando por los de la Antigüedad, hasta la época
contemporánea, se constata que el hombre no cambia: siempre se plantea las
mismas preguntas, experimenta los mismos sentimientos, sigue siendo sede de las
mismas pasiones, de las mismas aflicciones y de las mismas esperanzas.
La moral
natural es una ciencia fundada en la observación del comportamiento humano. Su
principio parte de la constatación —enunciada, entre otros, por Aristóteles— de
que «el hombre es por naturaleza un animal político7». Esta ciencia estudia la
jerarquía de los actos humanos para alcanzar la máxima felicidad. Cuando trata
de la ley natural, santo Tomás dice sencillamente:
Hay en
todo ser humano una inclinación natural a obrar conforme a su razón. Esto es,
propiamente, obrar según la virtud8.
La
inteligencia del hombre ha quedado oscurecida por el pecado original y, a causa
de sus pasiones, con frecuencia se siente tentado a justificar sus malas
acciones contra su razón, contra la moral natural. Para ayudarlo a orientarse y
gracias a la Revelación, Dios —el Creador— le ha regalado los diez
mandamientos, resumidos en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.
En cuanto
Creador, Dios es la fuente del poder. Jesús dice a Pilato:
No
tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto9.
San Pablo
confirma:
Todo
poder viene de Dios10.
Dios es
el principio y el fin de todas las cosas:
En
el principio era el Verbo11.
Por
último, si el sacrificio de Jesucristo permitió la Redención del género humano,
la salvación es individual y nos exige aceptar nuestra propia naturaleza: Dios
nos ha querido animales políticos. Ahora bien, la vida en sociedad solo es
posible porque nos necesitamos unos a otros, porque somos diferentes y, por
tanto, desiguales.
La concepción revolucionaria del hombre
No existe
una naturaleza humana; el hombre evoluciona continuamente a través de los
siglos hacia algo superior. Esta es la teoría del evolucionismo, el mito del
progreso de la humanidad. Pero ¿hacia qué puede progresar el hombre, si no es
hacia una especie de estado angélico y después divino?
No puede
haber una moral fija. Es más, el hombre moderno considera con soberbia que ha
llegado a la fase adulta de su evolución; por tanto, debe emanciparse de esa
moral de otra época, elaborada por el espíritu arcaico, tosco y masoquista de
nuestros antepasados. La evolución es ineluctable: es el famoso sentido de la
historia.
La
Revolución permite acelerar la toma de conciencia de la humanidad acerca de su
gran destino. El hombre, en marcha hacia la divinidad, por fin puede decidir
por sí mismo. El filósofo hegeliano alemán Feuerbach (1804-1872) declara:
El
ser absoluto, el Dios del hombre, es el ser mismo del hombre12.
El hombre
de la modernidad afirma ahora ser la fuente del poder, como declara el artículo
III de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1791:
El
principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación.
Y el
artículo II del título III de la Constitución de 1791 insiste:
La
Nación, de la que emanan únicamente todos los poderes […]
Monseñor
Gaume resume así la doctrina revolucionaria:
Soy
el odio a todo orden religioso y social que el hombre no haya establecido y en
el que no sea al mismo tiempo rey y dios; soy la proclamación de los derechos
del hombre contra los derechos de Dios; soy la filosofía de la rebelión, la
política de la rebelión, la religión de la rebelión; soy la negación armada;
soy la fundación del estado religioso y social sobre la voluntad del hombre en
lugar de la voluntad de Dios; en una palabra, soy la anarquía, porque soy Dios
destronado y el hombre puesto en su lugar. He aquí por qué me llamo Revolución,
es decir, inversión, porque pongo arriba lo que, según las leyes eternas, debe
estar abajo, y abajo lo que debe estar arriba13.
El
ministro masón y positivista Jules Ferry (1832-1893) no dice otra cosa:
Mi
objetivo es organizar la humanidad sin Dios y sin rey14.
La
Revolución se presenta a sí misma como un movimiento permanente y eterno: «En
el principio era la acción15», según las célebres palabras de Fausto en la
tragedia del masón Goethe (1749-1832).
El Estado
revolucionario se erige en redentor y pretende aportar una salvación colectiva
mediante la realización de la igualdad. Jules Ferry declara además:
¿Qué
es, ante todo, la igualdad? ¡Es la ley misma del progreso humano! ¡Es más que
una teoría: es un hecho social, es la esencia misma y la legitimidad de la
sociedad a la que pertenecemos! En efecto, la sociedad humana no tiene más que
un fin último: atenuar cada vez más, a través de los siglos, las desigualdades
primitivas dadas por la naturaleza16.
Problemática relativa a la perpetuidad del
proceso revolucionario
Sin
embargo, si la Revolución se emancipa de la naturaleza, si no es natural:
– ¿Cómo
explicar su perpetuidad desde hace más de dos siglos?
– ¿Cómo
se explica que el número de partidarios de la ciudad del hombre-dios no deje de
aumentar?
– ¿Cómo
explicar este movimiento artificial y permanente de conversión de las mentes de
la ciudad de Dios a la ciudad del hombre-dios?
Ahora
bien, un movimiento artificial y permanente
solo puede mantenerse mediante un motor. De ahí la idea de modelizar el
fenómeno revolucionario mediante un motor.
El motor de la Revolución
Funcionamiento de un motor
Las
ciencias físicas nos enseñan que los motores funcionan gracias a dos tipos de
magnitudes:
– Una
diferencia de potenciales (o de polos): es la diferencia de potencial (ddp). –
Una corriente (o caudal) que recorre un conductor.
Demos
algunos ejemplos:
Un motor
eléctrico funciona gracias a:
– Una
tensión, o diferencia de potenciales eléctricos (polos positivo y negativo). –
Una corriente eléctrica que pasa de un polo al otro a través de un conductor
eléctrico.
Un motor
térmico funciona gracias a:
– Una
diferencia de potenciales térmicos (fuente caliente, fuente fría).
– Una
corriente térmica que pasa de la fuente caliente a la fuente fría a través de
un conductor térmico.
Un molino
de agua funciona gracias a:
– Un
desnivel, o diferencia de potenciales de altitud (arriba y abajo).
– Una
corriente de agua que pasa de arriba hacia abajo por un canal conductor.
Podemos
suponer, por tanto, que lo mismo ocurre con la Revolución, que es un movimiento
de ideas. Según este esquema, el motor revolucionario funcionaría gracias a:
– Una
diferencia de potenciales en el orden de las ideas (tesis, antítesis).
– Una
corriente de opiniones que pasaría de la tesis a la antítesis, de la ciudad de
Dios a la ciudad del hombre-dios.
Nos
queda, pues, precisar la diferencia de potencial y el conductor de esta
corriente.
La diferencia de potencial revolucionaria: el
odio a la desigualdad
El
revolucionario que quiere acelerar la evolución del hombre tropieza primero con
la inercia de la naturaleza humana. Para «cambiar las mentalidades», «hacer que
la sociedad se mueva» y suscitar el movimiento, el método consiste en:
– hacer
que se «tome conciencia» de las desigualdades (diferencia de potencial) entre
las personas;
– situar
a los individuos en una actitud mental de rebelión mediante un argumento motor:
la desigualdad es sinónimo de injusticia.
A tal
efecto, se procura introducir odio en las diferencias que existen naturalmente
entre las personas (diferencias de edad, de sexo, de clase social, de
sabiduría, de riqueza, de conocimientos…).
Hacia
1840, en los albores de los sistemas democráticos, Tocqueville (1805-1859) se
asombra de esta pasión por la igualdad:
El
hecho particular y dominante que singulariza estos siglos es la igualdad de
condiciones; la pasión principal que agita a los hombres en esos tiempos es el
amor a esa igualdad17.
De ello
deduce —como consecuencia lógica— el auge de ese individualismo que corroe
nuestras sociedades modernas y que todo el mundo deplora sin querer reconocer
su origen:
El
individualismo es de origen democrático y amenaza con desarrollarse a medida
que las condiciones se igualan18.
Mientras
que, en una sociedad tradicional, las desigualdades naturales son fuente de
intercambios y de riqueza para todos, en la sociedad revolucionaria se
convierten en factores de oposición, de luchas, de tesis y antítesis. El odio,
los celos y el egoísmo de ambas partes ahondan las diferencias hasta hacerlas
insoportables.
A partir
de entonces, estalla la rebelión y conduce la mayoría de las veces a una
igualdad impuesta y artificial en la que persiste el estado de odio. En efecto,
siempre se sospecha que el otro quiere disfrutar de una ventaja de la que uno
mismo carecería, y esta idea resulta insoportable. Recordemos estas terribles
palabras del filósofo marxista Herbert Marcuse (1898-1979):
No
cabe duda de que un movimiento revolucionario da origen a un odio sin el cual
la revolución sencillamente no es posible, sin el cual no es posible ninguna
liberación. Nada resulta más repugnante que el mandamiento de amor «No odies a
tu enemigo» en un mundo donde el odio está institucionalizado por todas partes.
En el curso del movimiento revolucionario, este odio puede transformarse
naturalmente en crueldad, brutalidad y terror. El límite es, en este ámbito,
terriblemente móvil19.
Las tres
ideologías revolucionarias manifiestan esta pasión por la igualdad:
– El
socialismo opone la clase proletaria divinizada a la clase burguesa para
desembocar en la dictadura mundial del proletariado, donde se supone que reina
la igualdad. De hecho, sabemos lo que ocurre: una élite no natural (la
nomenklatura) oprime a la ciudad.
– El
nacionalismo [nacionalismo no católico] opone la nación divinizada a los demás
pueblos. Las revoluciones nacionalistas conducen siempre a la guerra
expansionista: la Revolución francesa declara la guerra a Europa; lo mismo
sucede con las revoluciones de la Alemania nazi, de la Italia fascista… En el
interior de la nación reina una igualdad particular: la uniformidad. Se combate
despiadadamente a las minorías y a las identidades regionales, pues se las
considera otros tantos factores de división.
– El
liberalismo opone entre sí a los individuos-dioses. Cada persona es
absolutamente libre; triunfa el individualismo: el otro es quien viene a
limitar nuestra libertad. Por tanto, hay que emanciparse de su autoridad
natural, que su egoísmo puede volver odiosa. Así se crean conflictos
artificiales entre hombre y mujer, padre e hijo, profesor y alumno, sacerdote y
fiel, patrón y obrero…
Cuando se pierde de vista la idea del bien
común, la jerarquía deja de estar justificada, lo que conduce a la
reivindicación de la igualdad absoluta.
El conductor de la corriente revolucionaria:
el sufragio universal
La
experiencia demuestra que establecer la ciudad del hombre-dios de manera
demasiado ostensible, demasiado brutal o demasiado autoritaria provoca una
interrupción de la corriente de conversión de las mentes a la Revolución:
– Fracaso
de la Convención en su intento de imponer el culto a la diosa Razón.
– Fracaso
de las revoluciones socialistas con su materialismo científico.
– Fracaso
de las revoluciones nacionalistas cuando la guerra se vuelve en su contra.
La
democracia liberal, porque lleva a cabo sus reformas gradualmente, resulta ser
un motor revolucionario mucho más eficaz que las ideologías nacionalistas y
socialistas:
– Para no
asustar a la opinión pública y realizar la igualdad —y la libertad—, ataca el
orden natural por pequeñas etapas. Por ejemplo, el divorcio, el aborto, el
«matrimonio» entre homosexuales y la eutanasia no se legalizarán al mismo
tiempo, sino poco a poco…
– Para
prevenir cualquier contestación, gracias al sufragio universal, deja creer a
las personas que ellas mismas han deseado estos cambios. Para ello basta con
trabajar la opinión pública mediante grandes campañas mediáticas que susciten
diferencias de potencial, y después invocar los mitos de la voluntad general, del
sentido de la historia y del progreso de la humanidad.
– Para
desviar la atención del verdadero asunto en juego (la ciudad del hombre-dios
contra la ciudad de Dios), crea una oposición artificial, la diferencia de
potencial Derecha/Izquierda, en la que ocupa la posición central —la del
árbitro— y sitúa sus ideologías rivales (socialismo y nacionalismo), así como
las formas híbridas: socialdemocracia, nacionalismo liberal,
nacionalsocialismo…
A causa
de sus aparentes oposiciones, se olvida que todas estas ideologías tienen como
finalidad al hombre-dios, y la ciudad de Dios pierde a sus combatientes en
batallas electorales que no le conciernen.
Así, la
democracia liberal —gracias al sufragio universal y a la diferencia de
potencial Derecha/Izquierda— mantiene una corriente permanente de conversión de
las mentes a la Revolución. El motor gira, gira, gira.
La espantosa trampa del sufragio universal
¿Es la democracia liberal una religión?
La
superioridad de la democracia liberal sobre sus dos ideologías rivales reside
en que su finalidad (la ciudad del hombre-dios) se realiza en su propio
funcionamiento:
–
Mediante el sufragio universal, independientemente de la edad, la competencia o
la sabiduría, todo individuo está llamado a pronunciarse sobre el destino de la
ciudad, eligiendo a hombres a los que no conoce y que representan ideologías de
las que lo ignora todo.
–
Mediante un referéndum, se le pide su opinión sobre cuestiones que pertenecen
al ámbito de la moral natural (aborto, eutanasia…) o que decida sobre el
destino de aquello que no le pertenece, como la desaparición del país dentro de
Europa.
No se
reconoce a priori ninguna referencia moral, ningún orden natural sirve de punto
de referencia. Como buen discípulo del sofista y demócrata griego Protágoras, el
votante acaba pensando que…
…
el hombre es la medida de todas las cosas20.
Poco a
poco y sin saberlo, mediante la propia práctica del voto, se acostumbra a la
idea de que él mismo es la fuente de la verdad, de que puede decidir qué es el
bien y qué es el mal. Ahora bien, ¿no corresponde este privilegio al Autor de
todas las cosas, a Dios mismo? De hecho, objetivamente, el votante se sustituye
a Dios: es el hombre-dios.
Recordemos
la caída de Adán:
La
serpiente replicó […] «el día en que comáis [de este fruto], se abrirán
vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal21».
Y el
masón Oswald Wirth (1860-1943) se felicita por ello:
La
serpiente seductora simboliza un instinto particular […] cuya característica es
hacer que el individuo experimente la necesidad de elevarse en la escala de los
seres. Este aguijón secreto es el promotor de todos los progresos22.
El pecado original fue el pecado de orgullo
del hombre que quería ser dueño del bien y del mal, que rechazaba su naturaleza
humana. Atribuirse una competencia que no se posee, ¿no es acaso la definición
misma de la presunción, del orgullo? Cada vez que vota a favor o en contra de
algo que no es de su competencia, el ciudadano comete, por tanto, un acto de
orgullo. De este modo, cada votante constituye una piedra de orgullo que sirve
para edificar una gigantesca torre de orgullo: la democracia universal, la
torre de Babel, la torre del Hombre-Dios23. Todo ello bajo la mirada
atenta del Gran Artífice de la rebelión, aquel primero que dijo «Non serviam»
(¡no serviré!).
¿Se
identificaría, pues, la democracia con la religión del hombre?
Como una
religión, ¿no tiene la democracia liberal:
– Su
dogma: el dogma de la voluntad general como fuente del poder. Al igual que
Jean-Marie Le Pen, ¿no proclama acaso:
Desde que
el poder ya no se funda en Dios, sino en el pueblo, es este el que debe ser
objeto de todas nuestras consideraciones24?
– Su
credo: la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
– Su
sacramento: la gran misa del sufragio universal.
Augustin
Cochin (1876-1916) se expresa de manera semejante al comentar El contrato social de Rousseau:
Estaríamos
perdidos, dice el cristianismo, sin una ayuda de lo alto; no somos capaces de
salvarnos por nosotros mismos. Y lo mismo dice Jean-Jacques: somos incapaces de
extraer de nosotros mismos la voluntad general y de seguirla. Necesitamos la
ayuda exterior de la ley (gracia), efecto del voto (sacramento) que crea en
nosotros al hombre nuevo. […]
Así
pues, El contrato social no es un
tratado de política, sino un tratado de teología, la teoría de una voluntad
extranatural, creada en el corazón del hombre natural, sustituida en él por su
voluntad actual mediante el misterio de la ley, realizado en el seno de la
sociedad contractual, voluntaria o de pensamiento, bajo las especies sensibles
del sacramento del voto25.
La solución suicida: el partido católico
A veces
es grande la tentación de querer atrapar a la democracia en su propia trampa,
constituir un polo católico y luchar contra la Revolución con sus propias armas
(campañas, presión política, eslóganes, elecciones, peticiones…). Sin embargo, la historia nos muestra que nunca ha
prosperado ningún intento, ni siquiera en condiciones favorables.
Recordemos
el funesto asunto del Ralliement de la Iglesia a la República en 1892. La
Francia de aquella época era católica en su inmensa mayoría y, sin embargo, el
país estaba dirigido por la III República, violentamente anticristiana. La
élite católica era monárquica. Por eso, el papa León XIII hizo el siguiente razonamiento:
la Iglesia no depende de ningún tipo de gobierno (monarquía, aristocracia,
república). Por tanto, si se obliga moralmente a los católicos a votar, es
matemáticamente seguro que sus representantes serán mayoría y la República se
volverá cristiana. Por ello, después del Ralliement, todos los catecismos
hicieron del voto un deber del cristiano.
Conocemos
lo que sucedió después… En 1893, el número de diputados católicos ascendió
efectivamente a doscientos, pero seis meses más tarde volvió a caer a 97. No se
concedió ningún ministerio a los partidarios del Ralliement y las leyes
antirreligiosas volvieron a imponerse con más fuerza.
Más de un
siglo después, el balance es demoledor:
– Francia
sigue siendo revolucionaria.
– El
partido católico ha desaparecido sin dejar rastro, y encontramos diputados que
se declaran cristianos en todos los partidos del espectro político. Han
adoptado las respectivas ideologías de estos.
– Los
católicos en Francia se han convertido en una minoría.
¿Cuáles
son las razones de este desastre? ¿Por qué fracasó el partido católico
respaldado por el papa, a pesar de contar con una relación de fuerzas
abrumadoramente favorable? A la luz del estudio precedente, daremos dos
respuestas relacionadas entre sí.
En primer
lugar, crear un partido cristiano que
utilice las reglas del juego del sistema democrático presta a este último el
eminente servicio de aportar la contradicción, de suscitar una nueva diferencia
de potencial. Esto genera nuevas posibilidades de movimiento de ideas. El
sufragio universal practicado por los cristianos cumple entonces perfectamente
su función de conductor de la corriente de conversión de las mentes a la
Revolución.
En
segundo lugar, siguiendo el ejemplo de León XIII, sería peligroso considerar la democracia únicamente como una forma de
gobierno. Hemos visto que era esencialmente una religión, la del hombre-dios.
Comprendamos bien que al revolucionario le importa un comino por quién se vote,
con tal de que se vote. Lo importante es practicar (praxis) este acto de
orgullo. Sabe que así se producirá en las almas una transformación interior
semejante a la que produce un rito.
Mediante
el sufragio universal, el miembro del partido católico se ve conducido a
adoptar la actitud mental del revolucionario, que no tiene otro amo que a sí
mismo. Practica el acto revolucionario mientras pretende luchar contra la
Revolución. Así, sin saberlo, actúa como un hombre-dios y, si esta
esquizofrenia no le hace perder la fe, los riesgos son mucho mayores para sus
hijos.
No olvidemos nunca que siempre se acaba
pensando como se actúa; precisamente en esto reside la extraordinaria
importancia del ritual religioso. ¿No son significativos los dos
ejemplos siguientes?
– Al
felicitarse por la participación récord en el referéndum sobre el Tratado de
Maastricht, a pesar de que el «sí» solo había obtenido un escaso 51 %, el
diario Ouest-France anunciaba en primera página:
UNA GRAN
VICTORIA PARA LA DEMOCRACIA.
– En el
Courrier de l’Ouest del 8 de enero de 1988, el gran maestre del Gran Oriente,
Jean-Robert Ragache, titulaba así su artículo:
¡UNA SOLA
CONSIGNA PARA LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES: VOTAR!
Traduzcamos:
poco importa que votéis a la derecha o a la izquierda, o incluso a la extrema
derecha… ¡solo queremos que votéis!
¿Cómo detener el motor revolucionario?
Decir la verdad y denunciar la impostura del
hombre-dios
En primer
lugar, es importante restablecer las cosas en su justo lugar. Primero, hay que
reconocer nuestra condición de criaturas enteramente dependientes de Dios. Hay
que aceptar nuestra naturaleza humana (animal político) e intentar obrar
conforme a lo que esta exige. Esta es la condición para alcanzar la máxima
felicidad en este mundo y la felicidad eterna en el otro. A tal efecto, nuestro
ideal debe ser el respeto de los diez mandamientos —que son un resumen de la
ley natural— y del mandamiento del amor a Dios y al prójimo.
En
segundo lugar, hay que denunciar esta impostura que convierte al hombre en
dueño del bien y del mal.
– En la
ciudad de Dios, a causa del pecado original, siempre hay faltas contra nuestra
naturaleza (y, por tanto, contra los mandamientos de Dios), pero se reconocen
como tales y se lamentan.
– En la
ciudad revolucionaria, para dar rienda suelta a sus pasiones desordenadas y
tranquilizar su conciencia, el hombre decide que ya no existe el pecado. Es
juez y parte al mismo tiempo. Su moral es subjetiva, hecha a su medida, y ya no
objetiva. Ahora bien, el mayor de los pecados no consiste tanto en ir contra
una ley de Dios como en decir que esa ley no existe, pues, a partir de ahí,
todo está permitido.
En tercer
lugar, hay que decir la verdad en voz alta y sin concesiones: la verdad es una;
no podemos tomar de ella lo que nos convenga y dejar el resto a nuestro antojo;
no somos sus dueños. Ahora bien, en el juego democrático, «hay que hacer masa
si se quiere hacer oír la propia voz». Por eso, el cristiano entra en el
partido cuya ideología juzga más aceptable. Para no contrariar a sus nuevos
amigos, se ve llevado a hacer concesiones, a callar ciertos puntos de la
doctrina que no están de moda; además, acaba olvidando esos detalles incómodos.
Es notable que todos los partidos cuenten con católicos entre sus miembros,
pero ninguno incluya en su programa la doctrina de Cristo Rey. De ello se
deduce que estos cristianos comprometidos se avergüenzan de una parte de la
verdad revelada y la han censurado. De ese modo, se convierten, en cierto
sentido, en dueños de la verdad; saben mejor que Nuestro Señor qué es lo bueno
para nosotros: también ellos se han convertido, por tanto, en hombres-dioses.
A
propósito de esta tentación de profesar únicamente una doctrina edulcorada, el
cardenal Pie (1815-1880) declara:
Con un cristianismo a medias no se salvará
nada: los medios a medias y los remedios a medias ya no tienen eficacia. […] Y
yo declaro que, con un mínimo de religión, la salvación pública se ha vuelto
imposible. Ser franca y plenamente cristiano, en la creencia y en la práctica,
afirmar toda la ley doctrinal y toda la ley moral, es necesario; pero esta
necesidad será eficaz26.
Para reducir la diferencia de potencial:
poner amor en las diferencias
Si
nuestro deber exige permanecer intransigentes con los principios, también
implica ser indulgentes con las personas y aceptar las desigualdades naturales
que provienen de nuestras limitaciones: todos tenemos defectos y debilidades,
pero también experiencias, competencias y un pasado diferentes.
El
Evangelio nos dice: «Bienaventurados los que trabajan por la paz27». A
diferencia del revolucionario y de conformidad con el mandamiento de Cristo, el
cristiano pondrá amor en las diferencias naturales y apaciguará las tensiones
sociales. No se trata de hacer desaparecer las desigualdades naturales,
precisamente porque forman parte de nuestra naturaleza. En efecto, es gracias a
estas desigualdades que la vida social es posible. ¿Acaso no nos necesitamos
unos a otros a lo largo de toda nuestra vida?
– En la
infancia y la adolescencia, para nuestra educación.
– En la
edad adulta, porque no poseemos todas las competencias.
– Al
final de nuestra vida, porque nos encontramos debilitados.
Así, es
el amor al prójimo el que proporciona a la sociedad su felicidad, su
prosperidad y su riqueza. Contrariamente a lo que sostienen los cristianos
liberales, Jesucristo nunca vino a abolir las desigualdades. Afirma su realeza
y su superioridad jerárquica, al tiempo que nos da el ejemplo que debemos
seguir:
Si, pues,
yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis
lavaros los pies unos a otros28.
El deber del cristiano es, por tanto, servir
a sus hermanos en el amor de Cristo, cada uno desde su posición. De este modo,
trabaja por el bien común, procura que todos lleven una vida virtuosa en la
unidad de la paz y realiza así la ciudad de Dios.
Para secar la corriente de conversión de las
mentes a la Revolución: dejar de votar
Desde hace doscientos años, los combatientes
de la ciudad de Dios se agotan en las luchas democráticas y su número no deja
de disminuir. Hemos analizado la razón:
– Las
reglas del juego democrático están amañadas: son una máquina diseñada para
hacer perder a los cristianos.
– La
práctica del voto, sin las competencias requeridas, constituye un acto de
orgullo que conduce a usurpar el lugar de Dios y a aceptar las ideologías.
Votar es
reconocer las reglas del juego, la ley del número, y dar crédito al mito de la
voluntad general. Es aceptar la validez de la condena de Cristo por la
multitud. ¿Acaso el Justo, el Dulce, el Inocente no murió por plebiscito, por
la presión democrática, porque Dios no estaba a la altura de las miserables
ambiciones de los sacerdotes y los fariseos? Lo ignominioso no es solamente el
resultado de la elección popular —la condena de Dios—, sino principalmente el
hecho de que esa elección se haya concedido al pueblo. Precisamente en esto reside
el crimen del muy liberal Pilatos.
Pero hoy
en día, ¿no nos enfrentamos a la misma situación? Por ejemplo, cuando un país
organiza un referéndum sobre el aborto, esto es lo que se oye entre los
católicos conscientes del carácter monstruoso de esta consulta electoral29: «Sé
que votar en esta situación es intrínsecamente malo; sin embargo, si gracias a
ello puedo salvar vidas…». Resultado: de todos modos, se votará «sí»; de lo
contrario, la Revolución repetirá la operación hasta que se obtenga el «sí», y será
definitivo, porque no se puede detener el «sentido de la historia». Y nuestros
católicos se lamentan y levantan los brazos…
Esta actitud reaccionaria es irresponsable,
porque no es contra el aborto contra lo que hay que luchar, sino contra las
instituciones políticas que permiten que semejantes decisiones sean posibles.
La reconstrucción de la ciudad de Dios pasa primero por preservar a sus
combatientes y, después, por debilitar la ciudad del hombre-dios, es decir, por
rechazar las reglas del juego democrático. Este es precisamente el sentido de esta declaración del papa Pío IX
(1792-1878) a unos peregrinos franceses en 1874:
Bendigo a
todos los que cooperan en la resurrección de Francia; los bendigo con el propósito —permítanme decírselo— de verlos ocuparse
de una obra muy difícil, pero muy necesaria: hacer desaparecer o disminuir una
horrible plaga que aflige a la sociedad contemporánea y que se llama sufragio
universal.
¿No es
entregarse al azar y correr voluntariamente hacia el abismo poner la decisión
de las cuestiones más graves en manos de multitudes necesariamente carentes de
inteligencia y apasionadas?
Sí, el sufragio universal merecería más bien el
nombre de locura universal y, cuando las sociedades secretas se apoderan de él,
como ocurre con demasiada frecuencia, el de mentira universal30.
El deber
cívico del cristiano no consiste, por tanto, en votar, sino en trabajar con
todas sus fuerzas para promover una institución política que respete la ley
natural. Esta actitud es, por lo demás, también la recomendada por el rey
Enrique V —conde de Chambord (1820-1883)—:
Hay
situaciones en las que es necesario resignarse a soportar algunos
inconvenientes para evitar otros aún mayores, y saber sacrificar lo que puede
parecer útil en el momento a la utilidad permanente y verdadera. […] Tengamos
fe en nuestras doctrinas, en nuestras tradiciones. El sentimiento moral es
nuestra condición de existencia y nuestra fuerza; no renunciemos a él. Es lo
que nos da valor a los ojos del país y lo que hará que el país vuelva hacia
nosotros cuando recupere la libertad y vuelva a ser él mismo.
Tal
como yo la entiendo, la abstención no es
una falta de afirmación; por el contrario, es una afirmación y una protesta
contundentes. Afirmarse y protestar consiste en decir al poder:
–
los realistas no quieren prestarse a vuestras mentiras;
–
no quieren dar la impresión de tomar en serio vuestras supuestas instituciones;
–
no quieren, al aceptar una lucha demasiado desigual, añadir la apariencia de
una oposición derrotada a vuestro fácil triunfo. […]
Creedlo:
cuando llegue el momento, la abstención de hoy se convertirá para los realistas
en un título y una recomendación más ante sus conciudadanos. […]
Creed
que me cuesta apartar temporalmente a los realistas de los cargos electivos y de
la vida pública. […]
Pero
estoy convencido de ello: la protesta incesante mediante la abstención pública
constituye la verdadera misión de los realistas bajo un régimen monstruoso que
parece contrariar deliberadamente los instintos y las necesidades de Francia,
que sustituye el sentimiento moral por el cinismo, la libertad por la
intimidación electoral y las realidades fecundas del gobierno representativo
por los miserables simulacros de un constitucionalismo engañoso31.
Dejemos de votar y la corriente de conversión
de las mentes a la Revolución se secará; la Revolución se detendrá y será
vencida.
NOTAS:
1.-Sun Tzu, El arte de la guerra, traducido y presentado por
Jean Lévi, París, Hachette, 2000, p. 61.↩
2.-San Agustín, La ciudad de Dios, libro IV, cap. IV, ed. P.
de Labriolle, París, 1957, p. 332.↩
3.-Jean-François Lemarignier, La Francia medieval, ed. A.
Colin, París, 2002, p. 37.↩
4.-Jean-Luc Chabot, El nacionalismo, PUF, col. «Que sais-je?»,
París, 1986, p. 14.↩
5.-Jean-Luc Chabot, El nacionalismo, op. cit., p. 15.↩
6.-Luc Ferry, El hombre-dios o el sentido de la vida, Grasset,
1996, p. 226.↩
7.-«El hombre es naturalmente un animal político, destinado a
vivir en sociedad». (Aristóteles, La Política, libro I, cap. I, párr. 9, trad.
Thurot, Garnier Frères, París, sin fecha, p. 5.)↩
8.-Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Ia-IIae, «La ley», cuestión
94, artículo III, traducción francesa de M.-J. Laversin O.P., Éditions de la
Revue des Jeunes, Société Saint Jean l’Évangéliste, Desclée et Cie,
París-Tournai-Roma, 1935, p. 115.↩
9.-Juan, XIX, 10-11.↩
10.-Epístola a los Romanos, XIII, 2.↩
11.-Juan, I, 1.↩
12.-Ludwig Feuerbach, La esencia del cristianismo, Librairie
Internationale, París, 1864, p. 27.↩
13.-Monseñor Gaume, La Revolución. Investigaciones históricas,
tomo I, cap. I, Librairie de Gaume frères et Duprey, París, 1856, pp. 16-17.↩
14.-Jules Ferry, citado por Jean Jaurès, prefacio a Discursos
parlamentarios, El socialismo y el radicalismo en 1885, presentación de
Madeleine Rebérioux, «Ressources», reedición Slatkine, 1980, pp. 28-29.↩
15.-Goethe, Fausto, parte I, escena V.↩
16..Jules Ferry, Discurso sobre la igualdad de educación,
Discursos y opiniones de Jules Ferry, tomo I, Armand Colin, París, 1893, p.
284.↩
17.-Alexis de Tocqueville, La democracia en América, tomo IV,
Meline Cans et Cie, Bruselas, 1840, p. 152.↩
18.-Alexis de Tocqueville, La democracia en América, tomo IV,
op. cit., p. 157.↩
19.-Herbert Marcuse, El fin de la utopía, Seuil, París, 1968,
p. 33.↩
20.-Platón, Teeteto, 152a.↩
21.-Génesis, III, 5, Biblia de Jerusalén, Cerf/Verbum Bible,
1988.↩
22.-Oswald Wirth, La francmasonería explicada a sus adeptos,
tomo II (El compañero), Dervy-Livres, París, p. 92.↩
23.-Conviene señalar que el voto no es condenable en sí mismo:
es perfectamente legítimo votar en elecciones profesionales, en elecciones
municipales de una pequeña ciudad, etc. Lo repetimos: aquí se cuestiona el voto
sobre algo que no pertenece a nuestra competencia.↩
24.-Artículo «Entrevista con JMLP», Aspects de la France,
jueves 10 de octubre de 1991.↩
25.-Augustin Cochin, Las sociedades de pensamiento y la
democracia moderna (publicación póstuma), La mística del librepensamiento, «El
catolicismo de Rousseau», cap. II, Plon-Nourrit, París, 1921.↩
26.-Cardenal Pie, Obras de Monseñor el Obispo de Poitiers,
tomo IX, H. Houdin & Cie, París, 1884, p. 227.↩
27.-Mateo, V, 9.↩
28.-Juan, XIII, 14.↩
29.-El aborto es contrario a la naturaleza, tanto si el pueblo
está a favor como si está en contra.↩
30.-R. P. Limbour, Vida popular de Pío IX, cap. XIII:
«Palabras de Pío IX sobre los errores modernos», Société Saint-Augustin, París,
1904, pp. 114-115.↩
31.-Enrique V, citado por Daniel de Montplaisir, El conde de
Chambord, último rey de Francia, Perrin, 2008, pp. 281-282. Según los archivos
de Lucca depositados en 1962 por la familia de Beatriz de Borbón, princesa
Massimo (1874-1961), hija de Carlos de Borbón, duque de Madrid (1848-1909), y
heredera del castillo de Frohsdorf en 1931. Constan de 28 cajas, cada una
compuesta por una veintena de legajos: – cartas, direcciones, memorias y
estudios de realistas, 1847-1883; – actas de reuniones de realistas en Francia,
1832-1884; – manuscritos del conde de Chambord: notas de reflexión, comentarios
de estudios, manifiestos y borradores de manifiestos, instrucciones al duque de
Lévis y a los gentilhombres de servicio, diarios de viaje, diario personal y
político, 1852-1881; – copias de cartas del conde de Chambord; –
correspondencia y notas de la condesa de Chambord; – documentos del último
duque de Módena.↩
32.-Santo Tomás de Aquino, De regno, cap. II, col. «Los
maestros de la política cristiana», Éditions de la Gazette Française, París,
1926, p. 16.↩
33.-San Pío X, Carta sobre Le Sillon, Notre charge
apostolique, del 25 de agosto de 1910.
https://viveleroy.net/principe-du-moteur-de-la-revolution/


