Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

jueves, 8 de octubre de 2026

TODO EL MUNDO QUIERE SER SANTO, PERO NADIE QUIERE SER PECADOR

 



Por FRANCISCO SEGARRA

 

Existe una blasfemia silenciosa, un pecado gravísimo que jamás se confiesa a los sacerdotes pero que gobierna las vidas de tres cuartas partes de los cristianos de nuestro tiempo: «Quiero la santidad, Señor, pero líbrame de ser el pecador al que has venido a salvar». He aquí la gran impostura de nuestra época, la secreta tragedia de las almas respetables. Codiciamos la corona de los santos, pero nos horroriza la llaga que la justificó. Nos estremece la aureola dorada en las vidrieras de las catedrales, pero ocultamos con un celo satánico las cicatrices de nuestra propia miseria, olvidando que Dios no esculpe sus obras maestras sobre el mármol limpio, sino sobre el barro más inmundo.

¡Qué empeño tan tonto el de adorar a San Pedro fingiendo que jamás existió el patio de la traición, ni el frío de aquella noche, ni el canto del gallo que resonó como una condena! Veneramos a Santa María Magdalena a condición de desinfectar su pasado, y leemos a San Pablo pasando de puntillas sobre los cadáveres de los cristianos que arrastró hacia la muerte cuando respiraba amenazas. Pretendemos comprender la santidad amputándole el pecado del que fue rescatada. La paradoja es de un cinismo colosal: adoramos el remedio pero nos ofende profundamente que se nos asocie con la enfermedad. Es el refinamiento supremo de la soberbia: nos entusiasma el santo ya pulido y empaquetado para el devocionario, ese héroe de escayola que ya no molesta a nadie, pero procuramos borrar al miserable real del que Dios tuvo que partir. Al obrar así, convertimos al Redentor en un personaje decorativo y lejano, un mero inspector de aduanas espirituales encargado de certificar nuestra intachabilidad, y no el Médico de almas que se ensucia las manos en nuestra lepra, en ese pasado que nos gustaría borrar del guión de nuestras vidas. ¡Mostradlo, hipócritas, es bueno y dará paz a vuestros hijos, amigos, hermanos, o al tendero de la esquina, que sepan cómo sois de verdad! Porque aquello que fuisteis lo sois siempre. Y siempre sois salvados, si bajáis la cabeza y os humilláis.

La frase de Cristo sigue siendo un cuerpo extraño, un bloque de granito intolerable para nuestro orgullo burgués: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Todos los hombres de bien de nuestras parroquias quieren ser llamados, pero ninguno acepta pertenecer al bando de los enfermos. Nos agrada la idea de que Dios nos felicite por nuestras virtudes de guardarropía; nos ofende profundamente la sospecha de que deba perdonarnos. Insisto: preferimos mil veces la mentira de parecer justos a la humillación de ser salvados. Hay que tener el alma muy retorcida para presentarse ante el Crucificado y exigirle una medalla al mérito en lugar de mendigar su piedad, pero esa es la comedia cotidiana de los templos.

El Evangelio, sin embargo, es una crónica de mendigos, de ladrones de caminos, de adúlteras sorprendidas en el fango, de cobardes crónicos y publicanos traidores a su patria. Hombres y mujeres execrables que tenían una sola virtud, la única que la Gracia exige para obrar el milagro: no ocultaban su indigencia cuando el Nazareno se cruzaba en sus vidas. No tenían nada que perder porque ya lo habían perdido todo. Los únicos que intentaron maquillar su propia podredumbre, los únicos que merecieron las palabras más duras y terribles de los labios de Jesús, no fueron los grandes criminales. Fueron los especialistas en parecer santos. Los fariseos de ayer y de hoy, esos hombres limpios por fuera pero llenos de huesos de muertos por dentro.

El pecado más mortífero que hoy congela las almas no es la carne, ni la debilidad, ni la ira; es el barniz espiritual. Esa vanidad refinada que nos empuja a presentarnos ante el Altísimo con una versión corregida y aumentada de nosotros mismos, como si pudiéramos engañar a Aquel que cuenta los cabellos de nuestra cabeza y escudriña el fondo de los corazones. Olvidamos la escena más escandalosa de la Escritura: Jesús toca al leproso. Según la Ley de los hombres piadosos, ese contacto lo volvía impuro. Pero el Santo acepta la impureza del mundo para devolverle su pureza original. San Pablo llevó este misterio hasta un extremo que hace crujir la teología: «Al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros». Cristo bajó hasta el último sótano de nuestra abyección, hasta ese rincón oscuro donde nosotros jamás desearíamos ser encontrados, porque sabía que solo allí nos habíamos escondido de su Amor. ¿Y nosotros pretendemos recibirlo vistiendo un traje de etiqueta espiritual que apesta a falsedad?

El cristianismo nunca ha sido la religión de los perfectos, sino el milagro del Dios Perfecto que desciende a la miseria humana sin miedo a mancharse la túnica. Nosotros, en cambio, vivimos tiritando de miedo. Miedo de reconocer nuestra pobreza radical, miedo de confesar las caídas cotidianas que nos devuelven a nuestra condición de polvo, miedo insoportable de dejar de interpretar ese papel de personas respetables ante el vecindario. Exigimos la admiración del mundo, aunque para ello Dios tenga que quedarse esperando fuera de la puerta de nuestra alma, como un mendigo inoportuno.

Santa Teresita del Niño Jesús descubrió el secreto que dinamita toda la moral de los perfectos: amar nuestra propia miseria. No el pecado, que es la muerte del alma, sino esa debilidad constitutiva que nos impide confiar en nuestras propias fuerzas de juguete. Porque la miseria tiene una propiedad física en el orden de la Gracia: atrae irresistiblemente la misericordia, del mismo modo que el vacío atrae el aire. La autosuficiencia y la perfección imaginaria no encuentran ningún eco en el Cielo; Dios no sabe qué hacer con un hombre que se cree lleno. El hijo pródigo no inició el camino de regreso cuando diseñó una solución inteligente para su vida, sino cuando se quedó sin soluciones y sintió el hambre de los cerdos en las entrañas. Pedro no fue confirmado como roca de la Iglesia tras caminar sobre las aguas con aire triunfal, sino cuando se disolvió en lágrimas amargas tras comprender el tamaño de su traición.

El drama de la Iglesia contemporánea no es que sus hijos pequen demasiado; los hombres siempre han pecado. El drama es el ridículo espantoso de que ya nadie sabe reconocerse pecador. Hemos aprendido el arte diabólico de maquillar las heridas delante del cirujano, y un enfermo que oculta su llaga muere de gangrena bajo la mirada impotente del médico. Solo el sediento bebe; solo quien se sabe perdido acepta la mano que lo busca en la maleza.

Nuestra época está enferma de estética y de apariencias. Retocamos los rostros en las pantallas, retocamos las biografías para los negocios y acabamos intentando retocar el alma para el juicio de Dios. Pero el Reino de los Cielos no es un desfile de ciudadanos ejemplares. Está lleno de criminales perdonados, de prostitutas lavadas por las lágrimas, de ladrones que asaltaron el Paraíso en el último suspiro. Esa es la única diferencia entre el pecador y el hipócrita: el primero sabe que necesita un Salvador; el segundo solo busca un espejo donde admirar su propia justicia.

Cuando nos presentemos ante el tribunal definitivo, no nos salvará la impecabilidad que nunca poseímos, sino la Misericordia de la que nunca dejamos de tener necesidad. Todo el mundo quiere ser santo a la manera de los catálogos de piedad barata, pero casi nadie acepta ser el pecador roto al que Cristo vino a buscar a la hora de la agonía. Y sin embargo, la santidad no empieza cuando dejamos de ser miserables; empieza el día en que, por fin, dejamos de fingir que no lo somos y permitimos que la Gracia nos mire tal como somos.

 

https://www.religionenlibertad.com/blogs/la-columna-del-coronelpakez/260627/mundo-quiere-santo-nadie-quiere-pecador_118923.html

 

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