Por FRANCISCO SEGARRA
Existe
una blasfemia silenciosa, un pecado gravísimo que jamás se confiesa a los
sacerdotes pero que gobierna las vidas de tres cuartas partes de los cristianos
de nuestro tiempo: «Quiero la santidad, Señor, pero líbrame de ser el pecador
al que has venido a salvar». He aquí la gran impostura de nuestra época, la
secreta tragedia de las almas respetables. Codiciamos la corona de los santos,
pero nos horroriza la llaga que la justificó. Nos estremece la aureola dorada
en las vidrieras de las catedrales, pero ocultamos con un celo satánico las
cicatrices de nuestra propia miseria, olvidando que Dios no esculpe sus obras
maestras sobre el mármol limpio, sino sobre el barro más inmundo.
¡Qué
empeño tan tonto el de adorar a San Pedro fingiendo que jamás existió el patio
de la traición, ni el frío de aquella noche, ni el canto del gallo que resonó
como una condena! Veneramos a Santa María Magdalena a condición de desinfectar
su pasado, y leemos a San Pablo pasando de puntillas sobre los cadáveres de los
cristianos que arrastró hacia la muerte cuando respiraba amenazas. Pretendemos
comprender la santidad amputándole el pecado del que fue rescatada. La paradoja
es de un cinismo colosal: adoramos el remedio pero nos ofende profundamente que
se nos asocie con la enfermedad. Es el refinamiento supremo de la soberbia: nos
entusiasma el santo ya pulido y empaquetado para el devocionario, ese héroe de
escayola que ya no molesta a nadie, pero procuramos borrar al miserable real
del que Dios tuvo que partir. Al obrar así, convertimos al Redentor en un
personaje decorativo y lejano, un mero inspector de aduanas espirituales
encargado de certificar nuestra intachabilidad, y no el Médico de almas que se
ensucia las manos en nuestra lepra, en ese pasado que nos gustaría borrar del
guión de nuestras vidas. ¡Mostradlo, hipócritas, es bueno y dará paz a vuestros
hijos, amigos, hermanos, o al tendero de la esquina, que sepan cómo sois de
verdad! Porque aquello que fuisteis lo sois siempre. Y siempre sois salvados,
si bajáis la cabeza y os humilláis.
La frase de Cristo sigue siendo un cuerpo extraño, un bloque de granito intolerable para nuestro orgullo burgués: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Todos los hombres de bien de nuestras parroquias quieren ser llamados, pero ninguno acepta pertenecer al bando de los enfermos. Nos agrada la idea de que Dios nos felicite por nuestras virtudes de guardarropía; nos ofende profundamente la sospecha de que deba perdonarnos. Insisto: preferimos mil veces la mentira de parecer justos a la humillación de ser salvados. Hay que tener el alma muy retorcida para presentarse ante el Crucificado y exigirle una medalla al mérito en lugar de mendigar su piedad, pero esa es la comedia cotidiana de los templos.
El
Evangelio, sin embargo, es una crónica de mendigos, de ladrones de caminos, de
adúlteras sorprendidas en el fango, de cobardes crónicos y publicanos traidores
a su patria. Hombres y mujeres execrables que tenían una sola virtud, la única
que la Gracia exige para obrar el milagro: no ocultaban su indigencia cuando el
Nazareno se cruzaba en sus vidas. No tenían nada que perder porque ya lo habían
perdido todo. Los únicos que intentaron maquillar su propia podredumbre, los
únicos que merecieron las palabras más duras y terribles de los labios de
Jesús, no fueron los grandes criminales. Fueron los especialistas en parecer
santos. Los fariseos de ayer y de hoy, esos hombres limpios por fuera pero
llenos de huesos de muertos por dentro.
El pecado
más mortífero que hoy congela las almas no es la carne, ni la debilidad, ni la
ira; es el barniz espiritual. Esa vanidad refinada que nos empuja a
presentarnos ante el Altísimo con una versión corregida y aumentada de nosotros
mismos, como si pudiéramos engañar a Aquel que cuenta los cabellos de nuestra
cabeza y escudriña el fondo de los corazones. Olvidamos la escena más
escandalosa de la Escritura: Jesús toca al leproso. Según la Ley de los hombres
piadosos, ese contacto lo volvía impuro. Pero el Santo acepta la impureza del
mundo para devolverle su pureza original. San Pablo llevó este misterio hasta
un extremo que hace crujir la teología: «Al que no conoció pecado, Dios lo hizo
pecado por nosotros». Cristo bajó hasta el último sótano de nuestra abyección,
hasta ese rincón oscuro donde nosotros jamás desearíamos ser encontrados,
porque sabía que solo allí nos habíamos escondido de su Amor. ¿Y nosotros
pretendemos recibirlo vistiendo un traje de etiqueta espiritual que apesta a
falsedad?
El
cristianismo nunca ha sido la religión de los perfectos, sino el milagro del
Dios Perfecto que desciende a la miseria humana sin miedo a mancharse la
túnica. Nosotros, en cambio, vivimos tiritando de miedo. Miedo de reconocer
nuestra pobreza radical, miedo de confesar las caídas cotidianas que nos
devuelven a nuestra condición de polvo, miedo insoportable de dejar de
interpretar ese papel de personas respetables ante el vecindario. Exigimos la
admiración del mundo, aunque para ello Dios tenga que quedarse esperando fuera
de la puerta de nuestra alma, como un mendigo inoportuno.
Santa
Teresita del Niño Jesús descubrió el secreto que dinamita toda la moral de los
perfectos: amar nuestra propia miseria. No el pecado, que es la muerte del
alma, sino esa debilidad constitutiva que nos impide confiar en nuestras
propias fuerzas de juguete. Porque la miseria tiene una propiedad física en el
orden de la Gracia: atrae irresistiblemente la misericordia, del mismo modo que
el vacío atrae el aire. La autosuficiencia y la perfección imaginaria no
encuentran ningún eco en el Cielo; Dios no sabe qué hacer con un hombre que se
cree lleno. El hijo pródigo no inició el camino de regreso cuando diseñó una
solución inteligente para su vida, sino cuando se quedó sin soluciones y sintió
el hambre de los cerdos en las entrañas. Pedro no fue confirmado como roca de
la Iglesia tras caminar sobre las aguas con aire triunfal, sino cuando se
disolvió en lágrimas amargas tras comprender el tamaño de su traición.
El drama
de la Iglesia contemporánea no es que sus hijos pequen demasiado; los hombres
siempre han pecado. El drama es el ridículo espantoso de que ya nadie sabe
reconocerse pecador. Hemos aprendido el arte diabólico de maquillar las heridas
delante del cirujano, y un enfermo que oculta su llaga muere de gangrena bajo
la mirada impotente del médico. Solo el sediento bebe; solo quien se sabe
perdido acepta la mano que lo busca en la maleza.
Nuestra
época está enferma de estética y de apariencias. Retocamos los rostros en las
pantallas, retocamos las biografías para los negocios y acabamos intentando
retocar el alma para el juicio de Dios. Pero el Reino de los Cielos no es un
desfile de ciudadanos ejemplares. Está lleno de criminales perdonados, de
prostitutas lavadas por las lágrimas, de ladrones que asaltaron el Paraíso en
el último suspiro. Esa es la única diferencia entre el pecador y el hipócrita:
el primero sabe que necesita un Salvador; el segundo solo busca un espejo donde
admirar su propia justicia.
Cuando
nos presentemos ante el tribunal definitivo, no nos salvará la impecabilidad
que nunca poseímos, sino la Misericordia de la que nunca dejamos de tener
necesidad. Todo el mundo quiere ser santo a la manera de los catálogos de
piedad barata, pero casi nadie acepta ser el pecador roto al que Cristo vino a
buscar a la hora de la agonía. Y sin embargo, la santidad no empieza cuando
dejamos de ser miserables; empieza el día en que, por fin, dejamos de fingir
que no lo somos y permitimos que la Gracia nos mire tal como somos.
