Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

sábado, 3 de octubre de 2026

LEÓN SOMETE EL PAPADO A LA RELIGIÓN DEL GLOBALISMO

 


Por ARCIVESCOVO CARLO MARIA VIGANÒ

 

En París, en el Elíseo, León XIV ha elogiado la Ilustración como «conquista», ha dicho que los «derechos del hombre» —«en particular la libertad religiosa»— son «inherentes a la naturaleza de la persona», y ha presentado Liberté, Égalité, Fraternité no como lema de la Revolución, sino como «exigencias éticas universales» que encuentran en el Evangelio «una fuente inagotable de inspiración». Luego ha elevado la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 a «piedra miliar» del progreso moral. Es exactamente lo contrario del Magisterio hasta Pío XII.

Gregorio XVI, en Mirari Vos, llama «delirio» la pretensión de garantizar a cada uno la libertad de conciencia.

Pío IX, en Quanta Cura y en el Syllabus, condena el error según el cual cada uno sea libre de abrazar la religión que juzga verdadera; que ya no convenga tener la Religión Católica como única religión del Estado; que sea laudable abrir a todo culto el ejercicio público; que esa libertad civil no corrompa las costumbres; y que el Pontífice Romano pueda y deba reconciliarse con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna.

León XIII, en Libertas e Immortale Dei, corta el nudo: no existe un derecho natural al error; la verdadera libertad es la de hacer el bien; el Estado reconoce la verdadera Religión, no la pone al mismo rango de las falsas.

Pío XI, en Quas Primas y Mortalium Animos, recuerda que la paz y la dignidad no nacen de la rebelión de la Declaración de los Derechos del Hombre, sino del Reino social de Cristo.

Pío X, en Notre charge apostolique, desenmascara la tríada revolucionaria por lo que es: igualdad sin jerarquía, libertad sin Verdad, fraternidad sin Dios Padre —falsificación de la fraternidad cristiana, no su cumplimiento.

León XIV realiza la operación inversa. Pone en una misma línea a Clodoveo y a las Luces, como si el bautismo de Francia y la guillotina de clérigos y aristócratas pertenecieran al mismo «genio». Llama conquista a aquello que los Pontífices Romanos llamaban peste. Transforma en derecho aquello que el Magisterio perenne llamaba delirio. Hace del Evangelio la fuente de un lema masónico acuñado para destronar a Nuestro Señor Jesucristo. Y, citando a Juan Pablo II, pone una declaración de las Naciones Unidas —documento sin Cristo, sin Iglesia, sin ley natural cumplida en la Revelación— en el lugar de la Tradición como criterio del «progreso moral». León somete el Papado a la religión del globalismo: dignidad sin Mandamientos, libertad de conciencia contra la Voluntad de Dios, falsas religiones como variedades a tutelar, multilateralismo como horizonte, laicidad «justa» como marco.

Prevost firma con la sangre de los Mártires de la Revolución la carta del hombre sin Dios. Como en el cisma capital, quien se sienta en la Cátedra de Pedro no retiene el error: lo bendice y lo convierte en dogma indiscutible.

https://x.com/CarloMVigano/status/2103846439860285851?s=20

 

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