Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

domingo, 1 de noviembre de 2026

LOS ANTICRISTOS EN LA IGLESIA DE CRISTO

 


NOTA DEL BLOG: “Los anticristos en la Iglesia de Cristo” fue el título que le dio Emanuele Brunatto a un libro que escribió y publicó en 1933, para defender al Padre Pío de Pietrelcina de la feroz persecución desatada contra él desde una parte del clero italiano. Era el tercer libro que hizo con ese fin, y fue decisivo para exonerar al capuchino de las falsas acusaciones con que pretendían derribarlo. El primero, publicado como este bajo seudónimo, fue colocado, tres días después de aparecer, en el Index. El segundo, de 1929, lo distribuyó entre personal selecto del clero. Las calumnias contra P. Pío alcanzaron a llegar al Santo Oficio, que prohibió al santo capuchino celebrar misa públicamente y recibir a los fieles o incluso intercambiar cartas con ellos. Ocurría esto en 1926.

Fue Brunatto, su primer hijo espiritual y su primer biógrafo, quien inició la defensa del fraile estigmatizado. Pero debió luchar contra viento y marea, descubriendo la oposición o la gran indiferencia entre el clero. Fue gracias a la decisiva ayuda de Don Orione, del Card. Merry del Val, del Card. Gasparri, del Card. Sily y de Mons. Bevilacqua, que finalmente la verdad salió a la luz y se pudo desbaratar una siniestra trama de complicidades entre una verdadera mafia de corruptos en el clero italiano. No sería la única persecución sufrida por el Padre Pío. Y ese hecho nos hace entender mejor que cuando hay podredumbre en la Iglesia, es sólo a la manera de Cristo, como una Víctima ofrecida al Padre en una vida santa, como se contrarresta y se vence. O al menos desde una heroica paciencia y determinación en el sufrimiento, pero sin renegar de la verdad. Como al P. Pío, también al P. Dolindo Ruotolo, al P. Castellani y a Mons. Lefebvre (como mucho antes a otros santos como S. Alfonso) la peor persecución les llegó desde dentro mismo de la Iglesia. Y estamos hablando de una Iglesia que aun no estaba dominada por sus enemigos mortales y la herejía modernista. ¿Qué tenemos que decir hoy?

Con lo que venimos a ver que la cobarde actitud de aceptación sin más, de la obediencia cobarde y ciega sin buscar restablecer la verdad y la justicia, no es propia de cristianos. Sobre todo de parte de aquellos que pudiendo defender a los victimados, no lo hacen, en una borreguil postura de creer que los superiores no pueden equivocarse y que los malvados se encuentran sólo en la vereda de enfrente, en la izquierda y los progresistas.

Pero el fariseísmo está siempre latente dentro de la Iglesia.

Ofrecemos abajo un par de fragmentos del libro de Brunatto “Padre Pio, mon   père spirituel”, Parole et Silence, 2024.

 

La tragedia de Manfredonia

 

San Giovanni Rotondo formaba parte de la diócesis de Manfredonia, que desde hacía veinticinco años estaba gobernada por un obispo simoníaco. Toda esta región de Apulia, antaño tan religiosa, había sido corrompida por la corrupción de este prelado. El Padre Pío llevaba una gran pena en el corazón, pero evitaba hablar de ello. Sin embargo, un día hizo al respecto una alusión significativa. El doctor Festa, que debía operarlo de un quiste en la mejilla, le decía mientras exploraba los contornos de la afección:

—He aquí la zona infectada.

—«Las Apulias», le respondió el capuchino con una pálida sonrisa.

Suspendido a divinis y alejado de San Giovanni Rotondo, Dilano* [seudónimo de un canónigo calumniador del P. Pío] se instaló en el palacio episcopal de Manfredonia y se convirtió en el hombre de confianza del arzobispo. Siete canónigos, de los diez que componían el capítulo de la catedral, denunciaron este hecho (entre muchos otros) en un llamamiento dirigido al Santo Padre, fechado el 29 de noviembre. Era el tercer recurso del capítulo ante la Santa Sede: todos los firmantes fueron suspendidos a divinis y enviados a Nápoles para realizar un retiro espiritual. La carta de castigo fue entregada personalmente por Dilano a cada canónigo. Uno de ellos, de ochenta años de edad, cayó enfermo de pena y murió a su regreso a Manfredonia.

Dilano*, por el contrario, obtuvo nuevamente la facultad de celebrar la misa y, a pesar de la prohibición de Roma de administrar los santos sacramentos, fue nombrado por el arzobispo párroco de la iglesia de San Miguel de Manfredonia, de donde previamente había alejado a los padres franciscanos que hasta entonces la atendían. Por su parte, Duca* [seudónimo de un canónigo arcipreste persecutor del P. Pío], seguro de su impunidad gracias a sus generosidades para con el obispo, volvía a cobrar bríos.

Estaba claro que el absceso no podía ser reventado sin una documentación irrefutable sobre las actuaciones del obispo. El Publicano constituyó un expediente alucinante sobre estos veinticinco años de episcopado empleados en destruir los baluartes de la oración y de la fe, oprimir a los santos sacerdotes y favorecer a los indignos, sembrar por todas partes la corrupción y el odio...

Sacerdotes y capítulos, asociaciones civiles y religiosas habían solicitado justicia en vano durante años: toda reclamación contra la autoridad diocesana terminaba en la Congregación Consistorial, donde era archivada por el prefecto de la Congregación, el cardenal de Lai, amigo del arzobispo de Manfredonia.

 

La gangrena

 

En lo alto de las gradas del Trono, dos prelados indignos ocupaban los puestos de honor junto al Soberano Pontífice. A falta de una prueba formal de su indignidad, estos prelados eran prácticamente inamovibles, pues sus cargos los destinaban, según los usos de la corte, a la púrpura cardenalicia. Roberto* [seudónimo], el de mayor rango, había «resistido» bajo tres pontificados:

San Pío X había ordenado su destitución, pero había muerto dos días después y la orden había quedado en suspenso...

Benedicto XV, implorado de rodillas por el cardenal Merry del Val para que pusiera fin a este escándalo, había ordenado una investigación. Pero el acusado, ayudado por toda una camarilla, había conseguido hacer fracasar la instrucción.

Incluso creyó, bajo Pío XI, que realizaría el sueño de su vida y recibiría la púrpura a cambio de su alejamiento de Roma. Su ambición lo perdió. El comunicado oficioso destinado a dar a conocer las candidaturas de los príncipes de la Iglesia para sondear la opinión sobre ellos desencadenó la investigación que terminó demostrando la culpabilidad del candidato. Por consiguiente, no hubo carta de nombramiento, sino una simple y pura expulsión de la Corte, sin la habitual audiencia pontificia de despedida.

Quedaba en el cargo el segundo dignatario, al que llamaremos Predati. Era un viejo amigo del Pontífice y persona grata entre ciertas personalidades de la Compañía de Jesús. El Publicano acababa de recoger las confesiones de un cómplice de Predati* cuando recibió la orden de interrumpir su investigación...

Obedeció las órdenes y rompió todo contacto con el «testigo» en cuestión. Pero este quiso aprovecharse de la situación para vender caro su silencio: fue a amenazar a Predati en los palacios apostólicos e hizo estallar el escándalo. La autoridad suprema decidió entonces alejar por algún tiempo a este prelado de la Corte y le encargó una misión en Sídney.

 


LA NEGACIÓN DE LA CORREDENCIÓN DE MARÍA, EL MENSAJE DE LA VIRGEN DE FÁTIMA Y “LOS ERRORES DE RUSIA”

  Los “errores de Rusia”: El mesianismo judío anticristiano y naturalista, financiado por los banqueros internacionalistas, implementado por...