NOTA DEL
BLOG: “Los anticristos en la Iglesia de
Cristo” fue el título que le dio Emanuele Brunatto a un libro que escribió
y publicó en 1933, para defender al Padre Pío de Pietrelcina de la feroz persecución
desatada contra él desde una parte del clero italiano. Era el tercer libro que
hizo con ese fin, y fue decisivo para exonerar al capuchino de las falsas
acusaciones con que pretendían derribarlo. El primero, publicado como este bajo
seudónimo, fue colocado, tres días después de aparecer, en el Index. El
segundo, de 1929, lo distribuyó entre personal selecto del clero. Las calumnias
contra P. Pío alcanzaron a llegar al Santo Oficio, que prohibió al santo
capuchino celebrar misa públicamente y recibir a los fieles o incluso intercambiar
cartas con ellos. Ocurría esto en 1926.
Fue Brunatto,
su primer hijo espiritual y su primer biógrafo, quien inició la defensa del fraile
estigmatizado. Pero debió luchar contra viento y marea, descubriendo la oposición
o la gran indiferencia entre el clero. Fue gracias a la decisiva ayuda de Don
Orione, del Card. Merry del Val, del Card. Gasparri, del Card. Sily y de Mons.
Bevilacqua, que finalmente la verdad salió a la luz y se pudo desbaratar una siniestra
trama de complicidades entre una verdadera mafia de corruptos en el clero
italiano. No sería la única persecución sufrida por el Padre Pío. Y ese hecho nos
hace entender mejor que cuando hay podredumbre en la Iglesia, es sólo a la
manera de Cristo, como una Víctima ofrecida al Padre en una vida santa, como se
contrarresta y se vence. O al menos desde una heroica paciencia y determinación
en el sufrimiento, pero sin renegar de la verdad. Como al P. Pío, también al P.
Dolindo Ruotolo, al P. Castellani y a Mons. Lefebvre (como mucho antes a otros
santos como S. Alfonso) la peor persecución les llegó desde dentro mismo de la
Iglesia. Y estamos hablando de una Iglesia que aun no estaba dominada por sus
enemigos mortales y la herejía modernista. ¿Qué tenemos que decir hoy?
Con lo
que venimos a ver que la cobarde actitud de aceptación sin más, de la
obediencia cobarde y ciega sin buscar restablecer la verdad y la justicia, no
es propia de cristianos. Sobre todo de parte de aquellos que pudiendo defender
a los victimados, no lo hacen, en una borreguil postura de creer que los
superiores no pueden equivocarse y que los malvados se encuentran sólo en la
vereda de enfrente, en la izquierda y los progresistas.
Pero el
fariseísmo está siempre latente dentro de la Iglesia.
Ofrecemos
abajo un par de fragmentos del libro de Brunatto “Padre Pio, mon père spirituel”,
Parole et Silence, 2024.
La
tragedia de Manfredonia
San
Giovanni Rotondo formaba parte de la diócesis de Manfredonia, que desde hacía
veinticinco años estaba gobernada por un obispo simoníaco. Toda esta región de
Apulia, antaño tan religiosa, había sido corrompida por la corrupción de este
prelado. El Padre Pío llevaba una gran pena en el corazón, pero evitaba hablar
de ello. Sin embargo, un día hizo al respecto una alusión significativa. El
doctor Festa, que debía operarlo de un quiste en la mejilla, le decía mientras
exploraba los contornos de la afección:
—He aquí
la zona infectada.
—«Las
Apulias», le respondió el capuchino con una pálida sonrisa.
Suspendido
a divinis y alejado de San Giovanni Rotondo, Dilano* [seudónimo de un canónigo
calumniador del P. Pío] se instaló en el palacio episcopal de Manfredonia y se
convirtió en el hombre de confianza del arzobispo. Siete canónigos, de los diez
que componían el capítulo de la catedral, denunciaron este hecho (entre muchos
otros) en un llamamiento dirigido al Santo Padre, fechado el 29 de noviembre.
Era el tercer recurso del capítulo ante la Santa Sede: todos los firmantes
fueron suspendidos a divinis y enviados a Nápoles para realizar un retiro
espiritual. La carta de castigo fue entregada personalmente por Dilano a cada
canónigo. Uno de ellos, de ochenta años de edad, cayó enfermo de pena y murió a
su regreso a Manfredonia.
Dilano*,
por el contrario, obtuvo nuevamente la facultad de celebrar la misa y, a pesar
de la prohibición de Roma de administrar los santos sacramentos, fue nombrado
por el arzobispo párroco de la iglesia de San Miguel de Manfredonia, de donde
previamente había alejado a los padres franciscanos que hasta entonces la
atendían. Por su parte, Duca* [seudónimo de un canónigo arcipreste persecutor
del P. Pío], seguro de su impunidad gracias a sus generosidades para con el
obispo, volvía a cobrar bríos.
Estaba claro que el absceso no podía ser reventado sin una documentación irrefutable sobre las actuaciones del obispo. El Publicano constituyó un expediente alucinante sobre estos veinticinco años de episcopado empleados en destruir los baluartes de la oración y de la fe, oprimir a los santos sacerdotes y favorecer a los indignos, sembrar por todas partes la corrupción y el odio...
Sacerdotes
y capítulos, asociaciones civiles y religiosas habían solicitado justicia en
vano durante años: toda reclamación contra la autoridad diocesana terminaba en
la Congregación Consistorial, donde era archivada por el prefecto de la
Congregación, el cardenal de Lai, amigo del arzobispo de Manfredonia.
La gangrena
En lo
alto de las gradas del Trono, dos prelados indignos ocupaban los puestos de
honor junto al Soberano Pontífice. A falta de una prueba formal de su
indignidad, estos prelados eran prácticamente inamovibles, pues sus cargos los
destinaban, según los usos de la corte, a la púrpura cardenalicia. Roberto*
[seudónimo], el de mayor rango, había «resistido» bajo tres pontificados:
San Pío X
había ordenado su destitución, pero había muerto dos días después y la orden
había quedado en suspenso...
Benedicto
XV, implorado de rodillas por el cardenal Merry del Val para que pusiera fin a
este escándalo, había ordenado una investigación. Pero el acusado, ayudado por
toda una camarilla, había conseguido hacer fracasar la instrucción.
Incluso
creyó, bajo Pío XI, que realizaría el sueño de su vida y recibiría la púrpura a
cambio de su alejamiento de Roma. Su ambición lo perdió. El comunicado oficioso
destinado a dar a conocer las candidaturas de los príncipes de la Iglesia para
sondear la opinión sobre ellos desencadenó la investigación que terminó
demostrando la culpabilidad del candidato. Por consiguiente, no hubo carta de
nombramiento, sino una simple y pura expulsión de la Corte, sin la habitual
audiencia pontificia de despedida.
Quedaba
en el cargo el segundo dignatario, al que llamaremos Predati. Era un viejo
amigo del Pontífice y persona grata entre ciertas personalidades de la Compañía
de Jesús. El Publicano acababa de recoger las confesiones de un cómplice de
Predati* cuando recibió la orden de interrumpir su investigación...
Obedeció
las órdenes y rompió todo contacto con el «testigo» en cuestión. Pero este
quiso aprovecharse de la situación para vender caro su silencio: fue a amenazar
a Predati en los palacios apostólicos e hizo estallar el escándalo. La
autoridad suprema decidió entonces alejar por algún tiempo a este prelado de la
Corte y le encargó una misión en Sídney.
