MONS.
CARLO MARIA VIGANÒ
Me dirijo a vosotros como «excomulgado»,
puesto que así me consideráis. Considero que la condición que me ha sido
atribuida puede arrojar luz sobre aquella en la que vosotros mismos os
encontráis de hecho hoy.
Vosotros no habéis sido excomulgados, y
hacéis todo lo posible por no serlo, como quien quiere escapar a un castigo. Y,
sin embargo, sois tratados como excomulgados. Hay que decir, no sin ironía, que
después de haberos negado la Basílica Vaticana para el Pontifical, ahora se os
prohíbe incluso la entrada para la profesión de Fe y para la devoción a la Sede
del Beatísimo Pedro. Y mientras se os ha impedido el acceso a la Basílica
Vaticana mediante barreras y en Santa María la Mayor se os ha concedido
solamente una Misa rezada en lugar del solemne pontifical, hace pocos meses se
acogía a grupos LGBTQ+, con sus banderas arcoíris y sus eslóganes blasfemos, y
a una abortista homoherética disfrazada de arzobispa.
Como comunidad ex Ecclesia Dei, como
sacerdotes y obispos ratzingerianos cultivadores del Summorum Pontificum, la
Misa de siempre os es concedida como una excepción que hay que justificar. Se
os excluye cada vez más de las parroquias; se os impone la autorización del
Obispo para celebrar aquello que nuestros padres celebraban sin permiso.
Vuestros Institutos están sometidos a visitas e inspecciones, vuestros
seminaristas son mirados con sospecha y vuestro rito es tolerado mientras no
moleste.
¿Qué es esto, sino una excomunión sin
proceso, o peor aún, la voluntad, por parte de las Autoridades romanas, de
doblegar vuestra conciencia? Una exclusión que no se atreve a decir su propio
nombre. Para evitar la sentencia, la sufrís de hecho. Para no parecer «fuera de
la Iglesia», vivís en sus márgenes, con contorsiones e incoherencias que ya
están a la vista de todos. Os atrevéis a decir que no existe ningún estado de
necesidad, censuráis duramente a la Fraternidad San Pío X, me consideráis un
paria… De ello se sigue que vuestro silencio no os preserva del castigo:
solamente os priva del derecho a llamarlo injusto.
Hay que reconocer, por amor a la verdad, que
León y la élite modernista-sinodalista que ocupa el Vaticano actúan con
coherencia. León cree firmemente en el Concilio Vaticano II y es un entusiasta
promotor de su versión sinodal: no puede sostener coherentemente el Rito de
siempre, que es su desmentido viviente. Summorum Pontificum siempre ha sido una
quimera: el desmembramiento del único venerable Rito en dos formas antitéticas,
un permiso que depende de quien lo concede y que se retira cuando ya no sirve.
Por tanto, no se os puede reprochar la confianza, sino la pretensión de querer
fundamentar aquello que os corresponde por derecho divino en la coexistencia de
dos ritos irreconciliables y en un indulto con el que apenas se os declara
tolerados.
Tampoco os sirve de nada apelar a la libertad
religiosa o de culto, o a la inclusividad sinodal, para aseguraros un taburete
en el Panteón: quien pide, en igualdad de condiciones con todos, el derecho a
practicar su propio culto ya ha admitido que la Misa Apostólica es una
experiencia religiosa entre otras, y que la Verdad es una opinión entre las
opiniones. Estas falsas libertades no protegen la Tradición: son el instrumento
mediante el cual la Verdad —la única Religión— es expulsada no solo de la vida
pública, sino incluso del Recinto Sagrado.
No basta con rechazar el Concilio en aquello
que contradice el Magisterio, como soléis repetir. El Vaticano II ha sido un
acontecimiento revolucionario y es una revolución permanente: hay que
repudiarlo como tal, no enmendarlo con una lista de correcciones, porque nadie
remedia mediante una exégesis benévola aquello que nació como una ruptura
deliberada.
Al Cardenal Burke y a Mons. Schneider me
permito decirles que su autoridad ya es enteramente una fachada: son la
caricatura de sí mismos, con sus mitras preciosas y sus capas magnas, la
defensa del Concilio y las concelebraciones.
Roma no calla solamente; no se limita a
«toleraros», confinándoos en reservas indias cada vez más estrechas: quiere
reeducaros y os lo dice, pretendiendo de vosotros —que gozáis de un seguimiento
significativo en el ambiente conservador— que os convirtáis en «oposición de Su
Majestad», actuando como gatekeeper —como se dice hoy— y conteniendo así la
hemorragia de católicos cada vez más desorientados por vuestra aquiescencia
ante los despropósitos vaticanos más escandalosos. Y ya es evidente que una
oposición controlada, lejos de obtener éxito alguno para la causa del
catolicismo romano, se convierte, por el contrario, en cómplice de la
destrucción de la Iglesia.
He aquí, pues, la declaración pacificadora
del Card. Burke: «Ciertamente, la situación actual no constituye un estado de
necesidad». Pero si hoy no existe un estado de necesidad, ¿después de qué nuevo
escándalo y de qué herejía inaudita encontraréis el valor para rebelaros?
¿Cuántos sapos más estáis dispuestos a hacer tragar a quienes os consideran un
referente moral y doctrinal? Después de Amoris Lætitia, la Pachamama, la
Declaración de Abu Dabi, Traditionis Custodes, Fiducia Supplicans, Mater populi
fidelis… ¿y después de que se os haya impedido profesar vuestra Fe sobre la
tumba del Príncipe de los Apóstoles?
Como he escrito en Scisma capitale: «Mientras
una parte de los católicos (los llamados conservadores) se obstine en no querer
reconocer el bipolarismo del “papado conciliar y sinodal”, se encontrará en la
terrible situación de prestar un asentimiento deliberado al error; en la
tremenda posición de quienes, con esa complacencia cortesana en una obediencia
servil, crean las premisas de la “desertio”, del abandono de Dios, del retiro
de la Gracia. Es precisamente ese reconocimiento del error lo que lo
institucionaliza, lo que lo hace irreversible, lo que desarma toda resistencia
y lo que, en última instancia, criminaliza a quien heroicamente resiste».
Con vuestro cortés consentimiento y guardando
silencio para no perder aquello que de hecho se os ha concedido, os prestáis a
la operación del engaño (2 Tes 2,11).
Os bendigo y rezo por todos vosotros.
In Christo Rege,
+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo
Viterbo, 24 de octubre de MMXXVI S. Raphaëlis
Archangeli
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https://x.com/ProtecttheFaith/status/2113936378606100692?s=20
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https://x.com/FlatCath/status/2113973141131125114?s=20
https://x.com/NiwaLimbu1988/status/2113987917844492378?s=20
https://x.com/CarloMVigano/status/2113683981707465213?s=20
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