Tradición, memoria y el suicidio espiritual de
una civilización.
Por
RICARDO ZORNOSA SALAZAR
I.
El mundo de ayer y el marco compartido
La primera generación de
la posguerra fue, probablemente, la que asistió a la transformación más
drástica y vertiginosa de la sociedad occidental. En apenas unas décadas
cambiaron profundamente las estructuras políticas, las costumbres, la vida
religiosa, la familia, la escala de valores y, en última instancia, la propia
concepción del hombre.
Quienes nacieron lejos de
los horrores de la guerra no lo hicieron, desde luego, en un paraíso. Había
violencia, crímenes, conflictos, envidias y todos los males que han acompañado
siempre a la condición humana. Sin embargo, aquellas sociedades conservaban
algo que hoy parece haberse perdido en buena medida: un marco moral compartido,
esencialmente cristiano, que contribuía a poner límites al mal, a contenerlo y
a orientar la vida social conforme a unos principios reconocidos por la
mayoría.
II.
Hispanoamérica: fe, comunidad y tradición rurales
En Hispanoamérica
pervivían sociedades rurales profundamente católicas que parecían detenidas en
el tiempo. Articuladas en torno a la familia, la parroquia y la comunidad, y
cohesionadas por una fe, unas costumbres y unas tradiciones compartidas. La
palabra empeñada — considerada sagrada— conservaba un valor cuya importancia
hoy resulta difícil transmitir a las nuevas generaciones. Muchos pueblos vivían
con una confianza elemental en sus vecinos y en sus instituciones; la familia
constituía el centro de la vida social y la religión ofrecía un horizonte de
sentido que se extendía desde el nacimiento hasta la muerte.
En aquel contexto, los
índices de criminalidad, drogadicción y suicidio eran, en términos generales,
considerablemente inferiores a los actuales, al igual que la demanda de
atención por problemas de salud mental. Aquellas sociedades, sin embargo,
tampoco estaban exentas de las miserias humanas. La diferencia fundamental
radicaba en otra parte: el mal aún no había sido rebautizado como progreso, ni
la transgresión convertida sistemáticamente en un derecho. Subsistía una
conciencia moral, más o menos extendida, de que era preciso cumplir los
Mandamientos para alcanzar la salvación eterna. Se reconocía, en definitiva,
que ciertas conductas eran intrínsecamente malas porque atentaban contra Dios,
contra la propia naturaleza humana o contra los fundamentos de la familia y la comunidad.
III.
La irrupción del "progreso" y el cambio de
mentalidad
Después llegó el progreso.
La televisión y los medios masivos penetraron hasta el último rincón de
aquellas sociedades. La cultura popular comenzó a uniformarse bajo modelos
provenientes de otras latitudes, mientras el consumo se convertía
progresivamente en una nueva forma de aspiración social. Hollywood no solo
exportó películas: exportó estilos de vida, modelos familiares, formas de
felicidad y una nueva antropología. Lo que durante siglos había sido
considerado virtud comenzó a parecer atraso; lo que había sido considerado
pecado comenzó a presentarse como liberación.
Al mismo tiempo, las leyes fueron modificando profundamente el orden social: el divorcio y otras transformaciones jurídicas expresaron y, a su vez, aceleraron el cambio de mentalidad. Las nuevas ideologías y corrientes religiosas encontraron un espacio cada vez mayor, mientras el catolicismo, que había constituido durante siglos el principal fundamento de las naciones hispánicas, de sus leyes y costumbres, comenzó a ser presentado como una reliquia del pasado y, en algunos ambientes, incluso como uno de los obstáculos para alcanzar el progreso material.
IV.
La paradoja de la libertad y el nuevo desarraigo
Resulta paradójico que la
multiplicación de promesas de libertad haya coincidido con un aumento de la
regulación, del control social y de la presión fiscal, y con el desarraigo y la
atomización de las comunidades. Cabe sospechar que esa supuesta libertad no es
sino el creciente poder del Estado para someter a un pueblo cada vez más
inerme, precisamente por ser cada vez más fragmentado e inconsciente de sí
mismo.
Lo cierto es que, ante la
intervención de un Estado que prioriza el supuesto bien común sobre las
libertades individuales, los problemas sociales preexistentes se vieron
agravados por nuevos fenómenos de magnitudes inusitadas: la ruptura de la
familia, la pérdida de identidad, la subordinación de los valores al dinero, el
deterioro de la salud mental, el aborto (llegando increíblemente a
preadolescentes), las adicciones, la soledad, el conflicto entre sectas antes
inexistentes y el desorden social y urbano, entre tantos otros. La sociedad que
se había prometido más libre no necesariamente se mostró más integrada; la que
se había prometido más feliz comenzó a exhibir nuevas formas de angustia.
V.
Europa y el "suicidio" demográfico
Europa siguió una
trayectoria semejante. Al perder progresivamente la consciencia de su ser
cristiano y el horizonte trascendente que durante siglos había orientado su
vida pública y cultural, fue perdiendo también la confianza en su propia
capacidad de perpetuarse. El fenómeno demográfico resulta particularmente
elocuente: una civilización que durante siglos se expandió por el mundo parece
haber emprendido una suerte de suicidio colectivo al proteger con celo los
huevos de las tortugas mientras tolera, e incluso promueve, la eliminación de
la vida humana en el vientre materno y, al mismo tiempo, deja de tener los
hijos necesarios para asegurar su propia continuidad. La maternidad pasó, en
preocupante medida, de ser considerada una dignidad y una bendición, fundamento
de la continuidad de la familia y de la cultura, a ser percibida como una carga
o incluso como una amenaza para la autonomía individual.
VI.
Inmigración orgánica versus invasión estratégica
Mientras tanto, Europa
comenzó a recibir crecientes flujos migratorios. La inmigración, en sí misma,
no constituye necesariamente un problema: las sociedades humanas siempre han
conocido movimientos de población y procesos de integración. Sin embargo, hay
una diferencia entre la inmigración orgánica y lo que parece una invasión
programada, financiada y ejecutada estratégicamente con fines políticos y
religiosos. El caso de Ceuta en España es elocuente: organizar el
desplazamiento de miles de marroquíes no ocurre de un día para otro sin la
intervención del Estado ni de grandes organizaciones. Europa se encuentra,
pues, ante un fenómeno nuevo frente al cual buena parte de su población empieza
a reaccionar, viéndolo como una violación de su soberanía y de su identidad
cultural.
VII.
La paz esquiva y la condición humana
Aquí aparece una paradoja
que Occidente parece haber tardado en comprender. La humanidad continúa soñando
con un mundo en el que todos los hombres puedan convivir en paz. Es un ideal
noble y, desde la perspectiva cristiana, profundamente deseable. Sin embargo, a
lo largo de la historia también ha sido instrumentalizado políticamente para
promover utopías que prometen una paz definitiva al margen de la realidad de la
naturaleza humana. Pero la paz no puede confundirse con la negación de la
naturaleza humana ni con la ilusión de que los conflictos desaparecerán
simplemente mediante leyes, consignas o proyectos políticos. El Génesis
presenta, desde sus primeras páginas, la existencia de una lucha que atraviesa
la historia humana: la enemistad entre la descendencia de la serpiente y la
descendencia de la mujer. El cristianismo interpreta esa lucha en clave
espiritual y universal: el drama del hombre no consiste únicamente en organizar
mejor sus instituciones, sino también en enfrentarse al mal que habita en su
propio corazón.
VIII.
El papel civilizador de la Iglesia y el ideal de caridad
La Iglesia comprendió
desde antiguo esta realidad. Por eso no se limitó a predicar una doctrina
abstracta. Extendió el mensaje del amor, del perdón y de la dignidad de la
persona; fundó universidades y hospitales; cultivó la ciencia, la filosofía, la
música, la arquitectura y las artes; y contribuyó a construir una civilización
en la que la caridad pudiera convertirse también en institución. No prometió
abolir mágicamente el sufrimiento humano, sino, siguiendo el ejemplo de Cristo
en la Cruz redentora, conferirle un sentido trascendente. Su obra consiste en
transformar al hombre desde dentro, mediante el amor y el sacrificio; sostenerlo
en las luces y las sombras de la historia y, a partir de esa renovación
interior, humanizar la sociedad.
IX.
La ineludible lucha y la falsa neutralidad occidental
Las religiones abrahámicas
saben que la paz total y duradera es ajena a este mundo. Según el Génesis
(3,15), el conflicto entre dos estirpes —la del Dios verdadero y la del
impostor— atravesará la historia hasta el fin de los tiempos. A esa guerra se
suma la controversia entre credos, donde cada uno cree adorar al verdadero Dios
y ve en el dios de las otras a un demonio. En definitiva, la guerra no se
abolirá mediante discursos ideológicos grandilocuentes, por más altruistas que
pretendan ser. Para alcanzar semejante ideal de paz absoluta, tendría que
rediseñarse primero la propia condición humana.
Quizá por ello, el celo
doctrinario, la militancia y la defensa de la propia cultura e identidad se
conservan entre musulmanes y judíos, quienes han resistido rechazando la utopía
del Estado laicista. Israel se afirma hoy como un Estado-Nación judío y las
naciones árabes permanecen como Estados musulmanes.
Resulta profundamente
irónico que, mientras el resto de las civilizaciones guardan su fe como un
tesoro milenario, el Occidente de matriz católica —o al menos la clase
dirigente que lo conduce— haya preferido renegar de su propio nombre y
dinamitar sus propios cimientos. En su afán por abrazar la Ilustración,
emprendió el único experimento que jamás se le ocurriría a un pueblo
ancestralmente cristiano: despojarse de su armadura para proclamar, con ingenua
solemnidad, que había alcanzado la neutralidad absoluta frente a todas las
creencias e ideologías.
X.
El alto precio del indiferentismo
Este experimento de indiferentismo
ante sus raíces ha cobrado su precio. La historia muestra cómo Occidente, en la
medida en que se alejaba de su credo y combatía a la Iglesia fundadora de su
civilización, ha producido las mayores guerras y genocidios de la humanidad, el
auge desmedido de la industria armamentística, la epidemia de la drogadicción,
el colapso de la salud mental y la promoción sistemática de prácticas
contrarias a la propia naturaleza.
Occidente alcanzó un
progreso material extraordinario, pero lo hizo al costo de una profunda crisis
de identidad. Mientras otras civilizaciones defendían celosamente sus
tradiciones, Occidente empezó a desconfiar de las suyas. Mientras unas
afirmaban quiénes eran, esta civilización comenzó a considerar sospechosa la
idea misma de tener una identidad. Y mientras sus instituciones seguían
beneficiándose de una herencia cristiana acumulada durante siglos, sus élites
intelectuales y políticas pasaron a señalar ese legado como un obstáculo para
la modernidad.
XI.Verdad trascendente y
orden social
No se trata de atribuir al
abandono del cristianismo la responsabilidad matemática de cada crimen o
fractura social de la modernidad; tal cosa sería una simplificación histórica.
Pero tampoco es razonable ignorar el vínculo indisoluble entre el alma de una
civilización y la arquitectura de sus instituciones. Cuando una sociedad pierde
la noción de una verdad trascendente, cuando la familia deja de ser el núcleo
fundamental, cuando la vida humana es privada de su carácter sagrado y la
libertad se divorcia del bien objetivo, las consecuencias terminan por
corromper la vida política y social.
Ahí radica una de las
grandes tragedias de nuestro tiempo. Occidente no solo ha dejado de creer en
las verdades que lo constituyeron: ha llegado a desconfiar de la necesidad
misma de tener raíces. Y, sin embargo, las raíces no mueren porque una
generación decida olvidarlas.
XII.Europa
ante su espejo
Europa vive hoy una
contradicción histórica insostenible: una civilización envejecida y de
natalidad agonizante recibe el impulso demográfico de culturas que conservan
una identidad religiosa y familiar mucho más vigorosa. Pero el problema de
fondo no es la inmigración ni el islam; el verdadero drama es lo que ocurre
cuando una civilización deja de saber quién es, mientras las culturas que
llegan conservan, con firmeza, la conciencia de lo que son.
La tragedia del hombre
moderno es el intento de suplantar a Dios. Al cortar el hilo de oro que lo unía
a la luz del Cielo, creyó quedar libre para construir su propio reino; pero ya
no edifica hacia las alturas, sino que desciende hacia las profundidades,
cavando su propia tumba.
Quizá todavía sea posible
despertar. Quizá no sea demasiado tarde para que Occidente vuelva la mirada
hacia aquello que lo hizo ser Occidente. Ese retorno, sin embargo, no
consistirá en una restauración folclórica de costumbres desaparecidas ni en
repetir fórmulas muertas del pasado. Deberá comenzar por recuperar la pregunta
fundamental que la modernidad pretendió abolir: ¿quién es el hombre y ante
quién responde?
Si la respuesta vuelve a
ser Dios, la familia, la vida, la libertad y la comunidad recuperarán un
fundamento inmune a las modas de cada época. Si la respuesta sigue siendo
únicamente el hombre, Occidente continuará levantando edificios cada vez más
altos sobre cimientos cada vez más débiles.
