Por MARCELO GONZALEZ
El papa León ha realizado
una visita exitosa a Francia. La simpatía que cientos de miles de franceses han
demostrado por el pontífice es sorprendente en un país que no hace mucho llevó
a un extremo satánico la posibilidad de abortar: seres humanos casi nacidos
(infanticidio legal) y además ha introducido la horrorosa práctica de la
eutanasia.
Francia ha sido la hija primogénita de la Iglesia, una nación central en el desarrollo de la Cristiandad, magnífica en sus santos, en sus obras de arte, en sus templos… Tuvo reyes santos pero también otros que no dudaron en someter a la Iglesia y a la persona misma de los papas a un trato miserable y blasfemo. Quizás por ello, a pesar de las advertencias celestiales a sus monarcas (1), Dios permitió que la Revolución prosperara y la destruyera. La Iglesia y la monarquía sufrieron persecuciones feroces en las cuales miles y miles de mártires alcanzaron el cielo, pero dejaron atrás una ruina espiritual profunda. El catolicismo francés pudo renacer tras esta plaga anticristiana, sin embargo nunca ha triunfado definitivamente ni ha recuperado su antigua gloria. Por el contrario, en este momento está en el fondo más oscuro de su historia.
El hecho
de que el papa, cabeza de la Iglesia visible, haya suscitado esta cordial
bienvenida en circunstancias tan adversas para la fe puede generar un optimismo
excesivo, una relación de causalidad equivocada que oscurezca la comprensión de
lo que ha ocurrido. Si 800.000 mil franceses se volcaron a las calles aclamando
al papa, ¿ha sido porque León XIV llevó a Francia un mensaje netamente católico
y esclarecido o porque Francia está renaciendo a la fe católica a pesar de las
décadas de confusión y contraprédicas del clero neomodernista que este papa,
lejos de condenar o corregir, auspicia?
¿León
llevó un mensaje católico a Francia?
¿Ha ido
León a condenar el laicismo, a lamentar la disolución de una Iglesia otrora
próspera y vigorosa que actualmente, antes que producir misioneros los recibe
desde otras naciones porque ya no puede abastecer a la mínima porción de católicos
que se acercan a los sacramentos, porcentajes patéticos, propios de un país de
misión y no de uno misionero como supo ser, donde la comunidad católica es un
pequeño núcleo de la población?
El papa
ha dicho frases encomiables y otras lamentables. Sus discursos han sido un
mosaico de expresiones que no se compatibilizan en un todo coherente. Ha sido
un discurso modernista en su mejor estilo, tal cual San Pío X lo definió en la
inmortal Pascendi:
“Y como
una táctica de los modernistas (…), táctica, a la verdad, la más insidiosa,
consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su
conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá,
lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas, cuando
en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes…” Pascendi Dominici gregis, San Pío X,
1907, nº 3.
Esta
breve descripción define la revolución conciliar, y León es un hijo de esta
revolución, que alienta con sus prédicas y con sus decisiones de gobierno, en
particular en el nombramiento del peor clero posible a la dignidad episcopal,
lo mismo que ha llevado a Francia a la postración. Es un hijo del modernismo,
educado en él, lleva impreso su carácter no solo en sus ideas, sino también en
sus tácticas.
Libertad,
igualdad y fraternidad
Para
evaluar su mensaje sin dejarse confundir por el entusiasmo de las masas —a
las que hemos visto aclamar a muchos papas sin que por eso se regenerara la
buena doctrina ni la conducta moral— para evaluar, digo, sin obnubilarse
por sus frases y actitudes más felices, conviene analizar también algunas de
las definiciones que demuestran su táctica insidiosa, adquirida o heredada,
pero asumida.
Los
errores doctrinales que resumen la trilogía revolucionaria fueron tratados por
León como fruto de las enseñanzas evangélicas. Donde el natural pacifismo
modernista debió señalar el horror por las matanzas, o más diplomáticamente si
se quiere, la gloria de los mártires asesinados metódicamente bajo tales
consignas, mediante un sistema que actualmente se calificaría como genocidio,
mantuvo un calculado silencio.
Al
contrario, León afirmó ante la plana mayor francesa que: “A los célebres
pensadores del Renacimiento, y luego del Gran Siglo, sucederían los de la
Ilustración; con ellos, entonces, Francia aportó al mundo auténticos logros;
entre ellos, el reconocimiento de los “Derechos Humanos” inscritos en la
naturaleza de la persona humana, en particular el de la libertad religiosa.
Esta atención permanente a la dignidad inherente a toda persona humana
encuentra eco en su lema nacional. La libertad, la igualdad y la fraternidad
no son simples palabras grabadas en los frontones de sus edificios públicos,
sino que remiten a exigencias éticas universales que encuentran también en el
mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y plenitud.”
Y más
adelante: “La Declaración universal de los Derechos Humanos, proclamada en
esta ciudad de París —y en cuya elaboración el jurista francés y Premio Nobel
de la Paz, René Cassin, desempeñó un papel destacado— tuvo como objetivo
crear una conciencia general sobre la dignidad inalienable de la persona
humana.”
René
Cassin fue un prominente miembro de la Masonería, por lo que la mención
destacada de su nombre en boca del papa produce una inquietante sospecha: esta
hábil referencia, tal vez, la aconsejaría el obispo apóstata Talleyrand,
maestro de la astucia y del acomodamiento a las exigencias del mundo, que
sirvió a la monarquía y a sus enemigos con el mismo naturalizado cinismo.
El Magisterio
ante la Libertad y la Igualdad de la Revolución Francesa
Tan atrás
como en el siglo XVIII, el papa Pío VI escribe en su Breve Quod Aliquantum
(10 de marzo de 1791) su juicio sobre las exigencias que la Asamblea Nacional
francesa, fruto de la Revolución impuso a la Iglesia en las jornadas que el
papa León considera de inspiración evangélica:
“Sin
embargo, en contra de una afirmación tan firme y segura en la Iglesia
Católica, esta Asamblea Nacional se ha arrogado el poder de la Iglesia,
llegando incluso a establecer disposiciones tan extrañas, contrarias tanto al
dogma como a la disciplina eclesiástica, obligando a todos los obispos y
clérigos a jurar acatar sus decretos. Esto, no obstante, no debería
sorprender a quien deduce de la propia Constitución de la Asamblea que su
objetivo es la abolición de la religión católica y, con ella,
también la obediencia a los reyes. Con este mismo plan, se establece
como principio de derecho natural que el hombre que vive en sociedad debe
ser completamente libre; es decir, que en materia de religión no debe ser
perturbado por nadie, y que puede pensar libremente, escribir e incluso
publicar cualquier cosa sobre temas religiosos.”
Ni más ni
menos lo opuesto a los dichos del papa León.
(…) “Que
estas afirmaciones, ciertamente extrañas, descienden y derivan propiamente de
la igualdad de los hombres entre sí y de la libertad natural, ha sido declarado
por la propia Asamblea. Pero ¿qué mayor insensatez se puede imaginar que
considerar a todos los hombres iguales y libres de tal manera que no se tenga
en cuenta la razón, con la que el hombre ha sido dotado principalmente por
naturaleza y por la que se distingue de las bestias? Cuando Dios creó al
primer hombre y lo colocó en el Paraíso terrenal, ¿acaso no lo amenazó con la
muerte si probaba el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal? Con
este primer precepto, ¿no limitó inmediatamente su libertad?
Esta
noción de libertad, dice el papa Pío VI, es una insensatez.
(…)
“Ahora bien, puesto que el hombre posee la razón, de modo que no solo reconoce
a su Creador Supremo, sino que lo respeta y venera con admiración, y reconoce
que él mismo y todo lo que le pertenece provienen de Él, y es necesario que
desde el comienzo de su vida se someta a sus mayores, quienes pueden regularlo
e instruirlo, de manera que le resulte fácil conformar el curso de su vida a
las luces de la razón, los principios de la naturaleza y las máximas de la
religión, se deduce que el mismo nacimiento que cada hombre trae al mundo
demuestra claramente que la tan cacareada igualdad entre los hombres y la
libertad es vana y falsa.”
Igualdad
y libertad vanas y falsas, esas que León atribuye a una contribución esencial
de Francia.
Francia y
la Masonería (2)
Como sabe
cualquier católico informado, la Revolución Francesa fue obra ideológica de la
Masonería, en su versión del Gran Oriente francés, caracterizada por su ateísmo
y militancia anticatólica desembozada. León no quiso recibir una condecoración
de parte del Estado francés, bien, pero quemó unos granos de incienso en el
altar de las instituciones más enemigas de la Iglesia. Omitió los justos
reproches pero además atribuyó a lo que debería haber condenado un mérito que
resulta absurdo y trágico en boca de un católico y más aún en la de un papa.
Como
estas gravísimas palabras, hay en todos sus discursos ripios doctrinales
propios de la voluntad de conciliación de la iglesia conciliar-sinodal con los
enemigos de la Iglesia Católica.
Por eso
es necesario distinguir entre su figura que convoca como papa y sus dichos. Y
entre sus dichos, distinguir los que proclaman las verdades de la fe y la
piedad y los que abrazan los principios revolucionarios como si estuvieran
inspirados en los Santos Evangelios.
No somos pesimistas
sobre los resultados de la visita. Dios obrará sobre las almas según sus
designios misteriosos. De algún modo llevará a los conversos sinceros de la
iglesia conciliar a la verdadera Iglesia de Cristo, a la integridad de la fe,
la moral y la sagrada liturgia tradicional, que no es una “preferencia”, como
afirmó León en uno de sus discursos, sino la ley perfecta de la fe católica
expresada en el culto divino.
Notas
(1) Santa Margarita María de Alacoque, vidente de
Paray-le-Monial envió a Luis XIV un pedido concreto del Sagrado Corazón para
evitar la revolución. Esto fue en 1689, 100 años exactos antes de que
ocurriera. El monarca desatendió los pedidos.
(2) Los papas han condenado a la Masonería especulativa desde
el siglo XVIII en diversas ocasiones y con términos severísimos. Como muestra
de estas advertencias reproducimos algo de lo dicho por León XIII:
(3) “(…) argumentos clarísimos, que ponen de manifiesto esta
contradicción de la masonería con la moral natural. Porque por muy grande
que sea la astucia de los hombres para ocultarse, por muy excesiva que sea su
costumbre de mentir, es imposible que no aparezca de algún modo en los efectos
la naturaleza de la causa. No puede árbol bueno dar malos frutos, ni árbol malo
dar frutos buenos (Mt.7,8). Los frutos de la masonería son frutos venenosos y
llenos de amargura. Porque de los certísimos indicios que antes hemos
mencionado, brota el último y principal de los intentos masónicos; a saber: la
destrucción radical de todo el orden religioso y civil establecido por el
cristianismo, y la creación, a su arbitrio, de otro orden nuevo con fundamentos
y leyes tomados de la entraña misma del naturalismo.”
“Y si los afiliados a la masonería no están
obligados a abjurar expresamente de la fe católica, esta táctica está tan lejos
de oponerse a los intentos masónicos, que más bien sirve a sus propósitos. En
primer lugar, porque éste es el camino de engañar fácilmente a los sencillos y
a los incautos y de multiplicar el número de adeptos. Y en segundo lugar, porque
al abrir los brazos a todos los procedentes de cualquier credo religioso,
logra, de hecho, la propagación del gran error de los tiempos actuales: el
indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos. Conducta muy
acertada para arruinar todas las religiones, singularmente la Católica, que,
como única verdadera, no puede ser igualada a las demás sin suma injusticia.”
León XIII, Encíclica Humanum genus. 1884.
https://panoramacatolico.substack.com/p/el-papa-en-francia-libertad-igualdad
