Las
escenas de guerrilla urbana que en estos días han devastado París, Lyon,
Marsella, Limoges y —en Italia— Milán, Turín, Bolonia y otras ciudades no
pueden reducirse a simples disturbios de plaza: son manifestaciones de
violencia y de barbarie que transforman las calles en campos de batalla.
Saqueos, incendios de edificios públicos y de tiendas, ataques a las fuerzas
del orden, cientos de heridos, miles de arrestos: lo que se presenta como
protesta contra el encarecimiento de la vida es en realidad uno de los
instrumentos principales de la planificación científica con la que la élite
tecnocrática globalista pretende introducir y alimentar focos de guerra civil
en la población.
El
malestar económico es real, pero se exacerba deliberadamente y luego se desvía.
Grupos organizados —black bloc, núcleos de la ultraizquierda, bandas de jóvenes
en su mayoría extracomunitarios que actúan “sin órdenes” según el modelo
francés— transforman manifestaciones teóricamente pacíficas en caos controlado
y fomentado. El objetivo es claro: crear el pretexto para legitimar nuevas
formas de represión, de control social y de compresión de las libertades
residuales. En todo esto no hay nada de espontáneo.
Condeno
la complicidad de los gobernantes. Ellos han contribuido a generar las
condiciones de empobrecimiento y de alienación, y ahora se sirven del desorden
para fortalecer el aparato represivo, mientras pronuncian condenas de fachada.
Condeno asimismo la traición de la jerarquía de la iglesia conciliar-sinodal,
totalmente esclavizada a la élite tecnocrática globalista. En lugar de llamar a
las almas al orden, a la justicia y a la Verdad perenne, ella calla, o peor
aún, consiente, prefiriendo el diálogo con los poderes del mundo a la fidelidad
al Evangelio y al Magisterio de siempre. Cuando la autoridad —civil y
eclesiástica— deja de retener el error y se convierte en su vehículo, se
consuma esa fractura que San Pablo describe como mysterium iniquitatis (2 Ts 2,
7-8).
La
división es obra del divisor, Satanás. Quien alimenta deliberadamente el caos
para luego imponer su propio orden no actúa por el bien de las almas, sino por la
consolidación de un poder que ha repudiado a Cristo Rey. Mientras esta
planificación no sea desenmascarada, todo pretexto de “renovación” o de
“justicia social” seguirá al servicio de la iniquidad.
Reunámonos
alrededor de la Verdad inmutable y de la Tradición apostólica. No ratifiquemos
el error, no consintamos a la mentira. “Estad firmes y mantened las tradiciones
que habéis aprendido” (2 Ts 2, 15).
MONS.
CARLO-MARIA VIGANO
