El 7 de
octubre de 1571, mientras la flota de la Liga Santa enfrentaba en Lepanto a un
enemigo que parecía invencible, San Pío V y el pueblo cristiano rezaban el
Rosario. Triunfó entonces lo que había triunfado con Gedeón: “ne glorietur
contra me Israel, et dicat: Meis viribus liberatus sum.” El Señor quitó a su
caudillo veintinueve mil hombres y le dejó trescientos, para que nadie
atribuyera a sus propias fuerzas una victoria que era Suya.
Hoy los
gobernantes de Europa, olvidados de la identidad de sus pueblos forjada por el
Catolicismo Romano, entregan inermes sus Países a una nueva invasión. Y la
jerarquía presuntamente católica, que debería convocar a los fieles, fomenta la
sustitución étnica, bendice a quienes la promueven y llama «diálogo» a su vil y
abyecta deserción.
Pero los
primeros enemigos de los pueblos europeos no son aquellos que violan nuestras
fronteras: son quienes, siervos de los potentados financieros que pretenden
gobernar las naciones, se sirven de ellos para desmantelar la Religión y el
orden social, e imponer así su tiranía tecnocrática. A las gentes que llegan,
la Iglesia Católica debe la caridad y el anuncio de Cristo; a sus
instrumentalizadores, la valiente denuncia y la resistencia.
Una
Europa apóstata de la Fe y pervertida en la Moral no tiene ya galeras, porque
no tiene ya Rosarios. Pero la Virgen es la misma, y Dios no ha cambiado su
juicio sobre los números: le bastan trescientos hombres, con tal de que estén
de rodillas. “Cunctas hæreses sola interemisti in universo mundo.”
Volvamos
a los pies del altar. Volvamos al Rosario cotidiano.
MONS. CARLO MARIA VIGANO
