Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

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lunes, 27 de octubre de 2025

FIESTA DE CRISTO REY

 


Por P. FLAVIO MATEOS, SAJM

 

“Pilato entró, pues, de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres Tú el Rey de los judíos?” Jesús respondió: “¿Lo dices tú por ti mismo, o te lo han dicho otros de Mí?” Pilato repuso: “¿Acaso soy judío yo? Es tu nación y los pontífices quienes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” Replicó Jesús: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores combatirían a fin de que Yo no fuese entregado a los judíos. Mas ahora mi reino no es de aquí”.  Díjole, pues, Pilato: “¿Conque Tú eres rey?” Contestó Jesús: “Tú lo dices: Yo soy rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo, a fin de dar testimonio a la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.”

Jn. 18, 33-37

 

“Cristo triunfador despliega sus banderas gloriosas: venid, ¡oh, pueblos!,

 a suplicarle y aclamad al rey de los reyes.”

(Himno de Laudes)

 

“Rey de reyes y Señor de señores”.

(Apocalipsis XIX, 16).

 

  

Amados hermanos:

 

1.-LOS PAPAS Y LA REALEZA DE CRISTO

 

Este año se conmemora el centenario de la institución de la grandiosa fiesta de Cristo Rey, por el papa Pío XI, a través de su encíclica Quas primas, exactamente el 11 de diciembre de 1925. Este hecho tiene una importancia capital en la Iglesia, y por eso se ha llamado a este documento la Carta magna de la política cristiana. Se cumple el aniversario en un momento terriblemente oscuro para la Iglesia, donde todo parece indicar que estamos en el fin de los tiempos y que dos posibilidades se ciernen sobre el horizonte: o la aparición del Anticristo, o el triunfo del Corazón Inmaculado de María, y por tanto de Cristo Rey. Es un momento de crucial importancia, y por eso conviene tener presente esa doctrina.

Vayamos a este importante documento del papa Pío XI. Explica allí el Vicario de Cristo el motivo principal de la fiesta: “Esta fiesta enseñará a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo, no solo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes (…) Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana”. Dicho de otro modo: “Por decreto inmutable de su Padre (Dixit Dominus), Jesús, el Hombre-Dios, es constituido Rey omnipotente y eterno, Pontífice y el Juez supremo. Siendo Rey en el orden natural y sobrenatural, tiene derecho, no solamente a que nosotros aceptemos exteriormente su voluntad, sino a que sometamos a su gracia nuestros sentidos, nuestras facultades y todo nuestro ser. Su gracia debe ser el principio sobrenatural de todos nuestros actos interiores y exteriores. Pontífice eterno, sacerdote y víctima al mismo tiempo, es nuestro único mediador de justicia y el que nos reconcilia con su eterno Padre” (A. Gubianas, O.S.B.). Ahora bien, “Cristo vive y reina en el hombre cuando éste obedece dócilmente a las inspiraciones de la gracia, y vive y reina en el pueblo cuando el orden político responde fielmente a las indicaciones de los poderes eclesiásticos” (P. Calderón), de allí la importancia de volver a recordar al mundo la verdadera doctrina cristiana: el poder temporal debe estar sometido al poder espiritual, que ostenta el Vicario de Cristo en la tierra, es decir el papa. Doctrina que los papas salidos del último concilio han descartado, pero que el católico fiel debe recordar siempre. Y por eso mismo rezar para que Dios nos vuelva a dar un papa fiel y católico, no ecumenista ni traidor a la doctrina católica.

Hasta la aparición de esta encíclica, el último papa que había recordado a los reyes de la tierra explícitamente esta doctrina fue Bonifacio VIII, que por ese mismo motivo fue afrentado por el rey francés Felipe el Hermoso. A partir de entonces, tras la muerte de aquel gran papa, el 11 de octubre de 1303, en el siglo XIV comenzó la disminución de la fe y el poder secular se fue separando cada vez más, sino directa y ostensiblemente, sí en sus acciones, del poder de la Iglesia. (Digamos entre paréntesis: el Vaticano II fue inaugurado la misma fecha de la muerte de Bonifacio VIII, como un signo de reprobación a aquel papa y su doctrina, puesto que el Concilio iba a enseñar lo contrario). Entonces, “en la medida en que disminuye la fe, el poder eclesiástico pierde dominio sobre el cuerpo social y son cada vez más débiles los remedios que puede aplicar y cada vez más violentos los ataques que debe sufrir” (P. Calderón). Ya a partir de entonces los papas, amenazados por la cruel venganza del poder civil, dejaron de repetir explícitamente la doctrina acerca de la subordinación del poder civil al eclesiástico. Pasaron varios siglos, y ya entrado el siglo XIX, Pío IX, el papa antiliberal que nació un día 13 de mayo, se enfrentó a los poderes revolucionarios y masónicos ya consolidados, publicando la encíclica Quanta Cura y el Syllabus que condenaban los principales errores modernos: el naturalismo, el racionalismo, el socialismo y el liberalismo, despertando así la furia de los gobernantes contra él. Entonces éste convocó al Concilio Vaticano I, que reuniría sus fuerzas para exponer de manera positiva la doctrina de la Iglesia sobre todos esos errores. Aunque allí no se llegó a plantear explícitamente la doctrina de Cristo Rey. Será el papa León XIII quien llevará adelante la tarea de oponer a todos los errores modernos la exposición positiva y apologética de la doctrina política y social católica. Aunque el papa hablaba de establecer una mutua concordia o unión ordenada, entre la Iglesia y los Estados modernos, evitando debido al contexto de entonces, la palabra “subordinación”, que es más directa para denominar la situación del poder civil respecto del poder eclesial. La suya es una defensa de la existencia y libertad de la Iglesia, pero no una doctrina de la realeza de Cristo (Cf. P. Calderón, El Reino de Dios en el Concilio Vaticano II).

viernes, 23 de mayo de 2025

ORACIÓN A CRISTO REY

 

MONSEÑOR LEFEBVRE, EL SACERDOCIO Y EL REINO SOCIAL DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

 



por MONS. B. TISSIER DE MALLERAIS

 

Este texto apareció en el boletín del priorato Marie-Reine de la FSSPX de Mulhouse en enero de 2006 con la siguiente introducción:

«Ponencia presentada en el coloquio “Cristo Rey frente a la apostasía de los laicos” organizado el 10 de diciembre de 2005 en París por el Instituto Universitario Saint-Pie X con ocasión del centenario de Mons. Lefebvre. El texto ha sido revisado por el autor, a quien agradecemos su amable autorización.

"En varias ocasiones desde su elección, y en particular en su solemne discurso a la Curia del pasado 22 de diciembre, Benedicto XVI ha recordado y justificado, insistiendo en ello, la doctrina del Vaticano II sobre la libertad religiosa, doctrina cuya aplicación en los últimos cuarenta años ha arruinado el reino social de Nuestro Señor Jesucristo, allí donde aún existía.

«Después de recordar la hermosa lucha del arzobispo Lefebvre por Cristo Rey, Mons. Tissier de Mallerais denunció claramente en conclusión una de las consecuencias de este grave error del Concilio: “En Roma, la gente mantiene una fe muy teórica en la divinidad de Nuestro Señor, pero de hecho, ya no tienen la fe”.

Sobre el padre Fahey, a quien Mons. Tissier de Mallerais menciona varias veces, véase el dossier publicado en el número 51 de Le Sel de la terre.

Le Sel de la terre n. 57, Verano 2006.

 

 

Mons. Lefebvre siempre ha vinculado el sacerdocio al reino social de Nuestro Señor Jesucristo: uno es la fuente del otro, el segundo fluye espontáneamente del primero.

 

En el seminario francés de Roma

 

[En el seminario de Via Santa Chiara, donde se formó como futuro sacerdote de 1923 a 1929, el ab. Lefebvre aprendió del padre Henri Le Floch, superior de la casa, a no separar lo que debe estar unido: la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y su reinado social, la doctrina del sacerdote y su piedad, y también el santo sacrificio de la misa y el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo. La enseñanza es la de los papas en sus encíclicas.

Pío IX, León XIII, Pío XI, Pío XII son los maestros, junto con el cardenal Pie, Louis Veuillot, etc..

“El padre Le Floch -dijo el arzobispo Lefebvre- nos introdujo en la historia de la Iglesia, en la lucha que las fuerzas perversas libraban contra Nuestro Señor. Nos movilizó contra este liberalismo desastroso, contra la Revolución y los poderes del mal que actúan para derrocar a la Iglesia, el reinado de Nuestro Señor, los Estados católicos y toda la cristiandad”. Esta lucha implicaba una elección personal para cada seminarista:

Teníamos que elegir. Abandonar el seminario si no estábamos de acuerdo -algunos lo estaban- o entrar en el combate y seguir adelante.

Pero unirse a la lucha significaba comprometerse con ella de por vida:

Creo que toda nuestra vida como sacerdotes -y como obispos- ha sido moldeada por esta lucha contra el liberalismo.

Pero, ¿qué lugar ocupa el sacerdocio en esta lucha esencialmente política?

Aquí es donde las lecturas propuestas o dadas a los seminaristas les hicieron contemplar con Godefroid Kurth “el Cuerpo Místico de Cristo transformando la sociedad pagana del Imperio Romano y preparando el movimiento creciente de reconocimiento del programa de Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote y Rey”; les ayudaron a comprender con el padre Deschamps (Les Sociétés et la société) que “las revoluciones estaban llevando a cabo la exclusión del gobierno de Cristo Rey con vistas a eliminar definitivamente la misa y la vida sobrenatural de Cristo, sumo sacerdote soberano” (Denis Fahey C. S.Sp., Apologia pro vita mea, Catholic Family News, USA, abril y mayo de 1997). (1)

El De Ecclesia del padre (más tarde cardenal) Billot S.J. les hizo “comprender el significado de la realeza social de Cristo y el horror del liberalismo”.

En la escuela del cardenal Pie, aprendieron “el pleno significado de Venga a nosotros tu reino, a saber, que el reino de Nuestro Señor debe llegar no sólo en las almas individuales y en el cielo, sino en la tierra a través de la sumisión de los estados y las naciones a su gobierno”.

“El destronamiento de Dios en la tierra es un crimen al que nunca debemos resignarnos” (P. Denis Fahey).

Y aquí de nuevo (Fahey fue seminarista romano en el mismo seminario doce años antes que Marcel Lefebvre, bajo la dirección del mismo padre Le Floch):

“El Syllabus de Pío IX y las encíclicas de los cuatro últimos papas [hasta Pío X] fueron el tema principal de mis meditaciones sobre la realeza de Cristo y su relación con el sacerdocio”.

jueves, 20 de febrero de 2025

A CIEN AÑOS DE ‘QUAS PRIMAS’, LA ENCÍCLICA QUE PUEDE ILUMINAR EL PRESENTE: ¿CRISTO, REINA O NO REINA?

 


El debate por la confesionalidad del Estado despuntó a fines del año pasado por dos iniciativas para reformar la Constitución Nacional y la de Santa Fe. La doctrina de la Iglesia codificada por Pío XI es clara y su olvido trajo consecuencias ruinosas.

 

Por AGUSTIN DE BEITIA


En el mes de diciembre de 1925, en el cuarto año de su pontificado, el papa Pío XI publicó su sexta carta encíclica, Quas Primas, dedicada a instaurar la fiesta de Cristo Rey. Achille Ratti (1857-1939), llamado el “papa de las encíclicas” porque terminó escribiendo más de una treintena, quería con este nuevo texto resaltar el carácter de esa realeza de Cristo y su doble dominio, espiritual y temporal. La enseñanza de este pontífice pronto sería dejada de lado, olvidada y luego hasta contestada por muchos católicos que han llegado a convencerse de que la fe no debe salir de la esfera privada, tal como exige ese laicismo que este documento se proponía frenar.

A cien años de la redacción de aquella encíclica, sus advertencias conservan, por tanto, una vigencia asombrosa.

Volver a ese documento tiene aún más sentido desde nuestra atribulada Argentina, donde la confesionalidad del Estado es puesta otra vez en entredicho por reformas que, según se anticipa, buscarían remover algunos de los pocos vestigios formales que aún quedan de la fe católica en nuestra Constitución Nacional, como así también en la Carta Magna de la provincia de Santa Fe.

En el caso nacional, trascendió que en una reunión entre oficialistas se planteó la posible derogación del artículo 2 de la Constitución, donde se afirma que “el gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”. La difusión de los audios dio lugar a una fugaz polémica en las redes sociales.

En el caso de Santa Fe el proyecto para reformar el artículo 3 de la Carta Magna está más avanzado y recibió el aval -por increíble que esto sea- del propio Arzobispado. En efecto, el arzobispo Sergio Fenoy y el obispo auxiliar Matías Vecino, sostuvieron que “la provincia no es, ni puede ser, de ninguna manera católica” y pidieron “reconocer a la Iglesia dentro de la pluralidad, sin privilegios”.

UN ERROR COMUN

¿Hay razones para oponerse a estas iniciativas? ¿O acaso Iglesia y Estado deben ser asuntos separados, como se reclama con insistencia? ¿Debe la fe replegarse a la esfera interior? Y en ese caso, ¿es lógico que así sea? Debajo de estas dudas que abrigan no pocos católicos asoma una cierta idea de que aquello que debe primar es la convivencia y el respeto por los no católicos, expresiones de un “buenismo” que ha hecho suyo por desgracia nuestra ruinosa jerarquía eclesiástica.

La lectura de Quas Primas deja al descubierto la inmensidad de este error. Pío XI, a quien le tocó conducir la Iglesia católica en el turbulento período de entre guerras, empieza remitiendo a su primera carta pastoral, Ubi arcano Dei consiglio, donde ya dedicaba unos puntos al reinado de Jesucristo y a desarrollar el principio que se convertiría en lema de su pontificado Pax Christi in regno Christi (la paz de Cristo en el reino de Cristo).

El punto de partida del documento es, precisamente, la constatación de la falta de paz; es decir, se trata de una observación del estado en que se encontraba el mundo en aquel momento de principios del siglo pasado.

Retomando lo ya expresado en su primer texto, Pío XI señala que “las calamidades que abruman y afligen al género humano” -o el “diluvio de males” que sufre el mundo, como también lo llama-, se debe al alejamiento personal, familiar y de los gobernantes de Cristo y de su ley santísima. Es este alejamiento el que hace a los hombres “correr hacia la ruina y la muerte por entre incendios de odio y luchas fratricidas”, dice de modo elocuente.

LA REALEZA DE JESUCRISTO

 



Por MONS. CARLO-MARIA VIGANÒ

 

Dios ha otorgado esa soberanía a su Hijo Unigénito, como atestiguan con frecuencia las Sagradas Escrituras.

En sentido general, San Pablo afirma que Dios ha constituido a su Hijo «heredero de todo» (Heb. 1,2). Por su parte, San Juan corrobora en muchos pasajes de su Evangelio lo que dice el Apóstol de los Gentiles; por ejemplo, cuando recuerda que «el Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado al Hijo todo el poder de juzgar» (Jn.5,22). De hecho, la prerrogativa de administrar justicia corresponde al Rey, y quien la tiene la tiene porque está investido de poder soberano.

La realeza universal que el Hijo ha heredado del Padre no se debe entender meramente como la herencia eterna mediante la cual, en su naturaleza divina, ha recibido todos los atributos que lo hacen igual y consustancial a la Primera Persona de la Santísima Trinidad en la unidad de la esencia divina.

La realeza también se le atribuye a Jesucristo de un modo especial en tanto que es verdadero hombre, el Mediador entre los Cielos y la Tierra. Es más, la misión del Verbo Encarnado consiste precisamente en establecer el Reino de Dios en la Tierra. Observamos que cuando la Sagrada Escritura habla de la realeza de Jesús se refiere sin asomo de duda a su condición humana.

Él se presenta ante el mundo como el hijo del rey David, en nombre del cual viene a heredar el trono de su Padre, que se extiende hasta los confines de la Tierra y se hace eterno, por los siglos de los siglos. Así fue cuando el arcángel San Gabriel anunció a María la dignidad del Hijo: «Darás a luz a un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos de los siglos, y su reino no tendrá fin» (Lc.1,31-33). No sólo eso; los Magos que vienen de Oriente para adorarlo lo buscan como a Rey: «¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer?» (Mt.2,2) La misión que el Padre Eterno confía al Hijo en el misterio de la Encarnación consiste en fundar el Reino de Dios en la Tierra, el Reino de los Cielos. Al fundar este Reino se concreta la inefable caridad con que Dios ama a todos los hombres desde la eternidad atrayéndolos misericordiosamente a Él: «Dilexi te, ideo attraxite, miserans». «Con amor eterno te amé; por eso te he mantenido favor» (Jer. 31:3).

Jesús consagra su vida pública a proclamar y establecer su Reino, al que unas veces se llama Reino de Dios y otras Reino de los Cielos. Con arreglo a la costumbre oriental, Nuestro Señor expone unas fascinantes parábolas para inculcar el concepto y la naturaleza del Reino que ha venido a instaurar. Sus milagros tienen por objeto convencer de que su Reino ya ha venido; se encuentra en medio de las personas. «Si in digito Dei eiicio daemonia, profecto pérvenit in vos regnum Dei»: «Si expulso a los demonios por el dedo de Dios, sin duda que el Reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc.11,20).

Hasta tal punto ha absorbido la misión de Jesús instaurar este Reino que sus enemigos aprovecharon la idea para justificar las acusaciones que le hicieron ante el tribunal de Pilatos: «Si sueltas a Ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey va contra el César» (Jn.19,12). Corroborando la opinión de sus enemigos, Jesucristo confirma al gobernador romano que es verdaderamente Rey: «Tú dices que soy Rey» (Jn.18,37).

 

REY EN EL VERDADERO SENTIDO DE LA PALABRA

 

Es imposible poner en duda el carácter real de la obra de Jesucristo. Es Rey.

Ahora bien, nuestra fe exige que entendamos bien el alcance y sentido de la realeza del Divino Redentor. Pío XI rechaza desde el primer momento el sentido metafórico por el que calificamos de Rey y de real todo lo que hay de excelente en una manera humana de ser o de comportarse. No; Jesucristo no es Rey en sentido metafórico. Es Rey en el sentido propio de la palabra. En las Sagradas Escrituras Jesús aparece ejerciendo las prerrogativas reales de una autoridad soberana, dicta leyes y manda castigos para los transgresores. Se puede decir que en el famoso Sermón de la Montaña promulgó la Ley de su Reino. Como verdadero soberano, exige obediencia a sus leyes so pena de nada menos que la condenación eterna. Y también en la escena del Juicio que anuncia para el fin del mundo cuando el Hijo de Dios venga a juzgar a vivos y muertos: «Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria (…) separará a unos de otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos (…) Entonces dirá el Rey a los que están a su derecha: “Venid, benditos de mi Padre” (…) Y dirá a los de la izquierda: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno (…) E irán al suplicio eterno, y los justos a la vida eterna» (Mt.25,31 ss.)

domingo, 27 de octubre de 2024

FIESTA DE CRISTO REY

 



HIMNO A JESUCRISTO REY

 

Oh Príncipe absoluto de los siglos,

Oh Jesucristo, Rey de las naciones:

Te confesamos árbitro Supremo

De las mentes y de los corazones.

 

La turbamulta impía vocifera:

"No queremos que reine Jesucristo";

Pero en cambio nosotros te aclamamos,

Y Rey del universo te decimos.

 

Oh Jesucristo, Príncipe pacífico:

Somete a los espíritus rebeldes,

Y haz que encuentren el rumbo los perdidos

Y que en un solo aprisco se congreguen.

 

Para eso pendes de una cruz sangrienta,

Y abres en ella tus divinos brazos;

Para eso muestras en tu pecho herido

Tu ardiente corazón atravesado.

 

Para eso estás oculto en los altares

Tras las imágenes del pan y el vino;

Para eso viertes de tu pecho abierto

Sangre de salvación para tus hijos.

 

Que con honores públicos te ensalcen

Los que tienen poder sobre la tierra;

Que el maestro y el juez te rindan culto,

Y que el arte y la ley no te desmientan.

 

Que las insignias de los reyes todos

Te sean para siempre dedicadas,

 Y que estén sometidos a tu cetro

 Los ciudadanos todos de la patria.

 

Glorificado seas, Jesucristo,

Que repartes los cetros de la tierra;

Y que contigo y con tu eterno Padre

Glorificado el Paracleto sea.

 

(Versión de Francisco Luis Bernardez)

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