Por P. FLAVIO
MATEOS, SAJM
“Pilato
entró, pues, de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres Tú el
Rey de los judíos?” Jesús respondió: “¿Lo dices tú por ti mismo, o te lo han
dicho otros de Mí?” Pilato repuso: “¿Acaso soy judío yo? Es tu nación y los
pontífices quienes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” Replicó Jesús: “Mi
reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores
combatirían a fin de que Yo no fuese entregado a los judíos. Mas ahora mi reino
no es de aquí”. Díjole, pues, Pilato: “¿Conque
Tú eres rey?” Contestó Jesús: “Tú lo dices: Yo soy rey. Yo para esto nací y
para esto vine al mundo, a fin de dar testimonio a la verdad. Todo el que es de
la verdad, escucha mi voz.”
Jn. 18,
33-37
“Cristo triunfador
despliega sus banderas gloriosas: venid, ¡oh, pueblos!,
a suplicarle y aclamad al rey de los reyes.”
(Himno de Laudes)
“Rey
de reyes y Señor de señores”.
(Apocalipsis XIX, 16).
Amados hermanos:
1.-LOS
PAPAS Y LA REALEZA DE CRISTO
Este año se conmemora el
centenario de la institución de la grandiosa fiesta de Cristo Rey, por el papa
Pío XI, a través de su encíclica Quas
primas, exactamente el 11 de diciembre de 1925. Este hecho tiene una
importancia capital en la Iglesia, y por eso se ha llamado a este documento la Carta
magna de la política cristiana. Se cumple el aniversario en un momento
terriblemente oscuro para la Iglesia, donde todo parece indicar que estamos en
el fin de los tiempos y que dos posibilidades se ciernen sobre el horizonte: o
la aparición del Anticristo, o el triunfo del Corazón Inmaculado de María, y
por tanto de Cristo Rey. Es un momento de crucial importancia, y por eso conviene
tener presente esa doctrina.
Vayamos a este importante
documento del papa Pío XI. Explica allí el Vicario de Cristo el motivo principal
de la fiesta: “Esta fiesta enseñará a las naciones que el deber de adorar públicamente
y obedecer a Jesucristo, no solo obliga a los particulares, sino también a los
magistrados y gobernantes (…) Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que
de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su
espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana”. Dicho de otro modo:
“Por decreto inmutable de su Padre (Dixit Dominus), Jesús, el Hombre-Dios, es
constituido Rey omnipotente y eterno, Pontífice y el Juez supremo. Siendo Rey
en el orden natural y sobrenatural, tiene derecho, no solamente a que nosotros
aceptemos exteriormente su voluntad, sino a que sometamos a su gracia nuestros
sentidos, nuestras facultades y todo nuestro ser. Su gracia debe ser el
principio sobrenatural de todos nuestros actos interiores y exteriores.
Pontífice eterno, sacerdote y víctima al mismo tiempo, es nuestro único
mediador de justicia y el que nos reconcilia con su eterno Padre” (A. Gubianas,
O.S.B.). Ahora bien, “Cristo vive y reina en el hombre cuando éste obedece
dócilmente a las inspiraciones de la gracia, y vive y reina en el pueblo cuando
el orden político responde fielmente a las indicaciones de los poderes
eclesiásticos” (P. Calderón), de allí la importancia de volver a recordar al
mundo la verdadera doctrina cristiana: el poder temporal debe estar sometido al
poder espiritual, que ostenta el Vicario de Cristo en la tierra, es decir el papa.
Doctrina que los papas salidos del último concilio han descartado, pero que el
católico fiel debe recordar siempre. Y por eso mismo rezar para que Dios nos
vuelva a dar un papa fiel y católico, no ecumenista ni traidor a la doctrina católica.
Hasta la aparición de esta encíclica, el último papa que había recordado a los reyes de la tierra explícitamente esta doctrina fue Bonifacio VIII, que por ese mismo motivo fue afrentado por el rey francés Felipe el Hermoso. A partir de entonces, tras la muerte de aquel gran papa, el 11 de octubre de 1303, en el siglo XIV comenzó la disminución de la fe y el poder secular se fue separando cada vez más, sino directa y ostensiblemente, sí en sus acciones, del poder de la Iglesia. (Digamos entre paréntesis: el Vaticano II fue inaugurado la misma fecha de la muerte de Bonifacio VIII, como un signo de reprobación a aquel papa y su doctrina, puesto que el Concilio iba a enseñar lo contrario). Entonces, “en la medida en que disminuye la fe, el poder eclesiástico pierde dominio sobre el cuerpo social y son cada vez más débiles los remedios que puede aplicar y cada vez más violentos los ataques que debe sufrir” (P. Calderón). Ya a partir de entonces los papas, amenazados por la cruel venganza del poder civil, dejaron de repetir explícitamente la doctrina acerca de la subordinación del poder civil al eclesiástico. Pasaron varios siglos, y ya entrado el siglo XIX, Pío IX, el papa antiliberal que nació un día 13 de mayo, se enfrentó a los poderes revolucionarios y masónicos ya consolidados, publicando la encíclica Quanta Cura y el Syllabus que condenaban los principales errores modernos: el naturalismo, el racionalismo, el socialismo y el liberalismo, despertando así la furia de los gobernantes contra él. Entonces éste convocó al Concilio Vaticano I, que reuniría sus fuerzas para exponer de manera positiva la doctrina de la Iglesia sobre todos esos errores. Aunque allí no se llegó a plantear explícitamente la doctrina de Cristo Rey. Será el papa León XIII quien llevará adelante la tarea de oponer a todos los errores modernos la exposición positiva y apologética de la doctrina política y social católica. Aunque el papa hablaba de establecer una mutua concordia o unión ordenada, entre la Iglesia y los Estados modernos, evitando debido al contexto de entonces, la palabra “subordinación”, que es más directa para denominar la situación del poder civil respecto del poder eclesial. La suya es una defensa de la existencia y libertad de la Iglesia, pero no una doctrina de la realeza de Cristo (Cf. P. Calderón, El Reino de Dios en el Concilio Vaticano II).





