Por FRAY LLANEZA
Modernistas
y Sedevacantistas: coincidentia
oppositorum
“¿Para qué han de tener pena,
para qué han de renegar?
Mañana llega la muerte,
todo se ha determinar”.
Ya muy
cansados, pensamos en la copla popular, ante el aluvión mediático de artículos,
opiniones y comentarios suscitados por las consagraciones episcopales de la
FSSPX y la posterior y anunciada “excomunión” lanzada por los modernistas
romanos. Demasiadas zonceras. ¿Para qué llevarles el apunte?
Por eso
no nos metemos a refutar lo que una y mil veces fue refutado, contestado y
rebatido. Unos y otros son impermeables a los razonamientos, estudios, análisis
o doctrina que uno pueda aportarle. Nos viene a la mente aquel famoso apotegma
borgeano, que definía así a los peronistas: “Los peronistas no son ni buenos ni
malos: son incorregibles”. Puede decirse lo mismo sobre todo de los
sedevacantistas. Y si hubo grandes y notables excepciones de algunos que salieron
de esa trampa, es porque realmente no tenían ese espíritu.
Pero nos
interesa aquí, pues, señalar cómo la papolatría
se manifiesta en dos vertientes que parecen contradecirse, pero son las dos
caras de la misma medalla. Nos referimos a la papolatría modernista (o conservadora
o católico liberal) y la papolatría sedevacantista. Las dos coinciden
perfectamente, y en este caso lo hacen fustigando duramente a la FSSPX y con
ella, en realidad, a todos los que siguen a Mons. Lefebvre.
Ambas
posturas exigen una obediencia ciega, absoluta, sin discernimiento, imbécil.
Para los modernistas
no hay estado de necesidad porque el papa no puede equivocarse hasta ese punto.
Para los
sedevacantistas no hay estado de necesidad porque el papa no puede equivocarse
nunca.
“No
existen papas malos” le escuchamos decir a un “obispo” sedevacantista. Hay que
obedecer siempre.
No
importa que en las Sagradas Escrituras se diga que “hay que obedecer a Dios
antes que a los hombres”. Estos dirán que obedecer al papa siempre es obedecer
a Dios. Para estos el papa es una especie de monigote sin libre albedrío, una
marioneta cuyos hilos maneja directamente Dios. Por lo tanto, jamás errará.
No
importa que el Concilio Vaticano I haya dejado claramente delimitada la
infalibilidad. Estos insisten en que todo es infalible.
Y se arrogan
la autoridad que no tienen, para disponer que no hay papa, o que el papa puede
contradecir la Tradición y aun así hay que obedecerle. Es la hipertrofia infantil
de la función papal.
Por lo
tanto, unos y otros, en apariencia enemigos, aquí se dan la mano como Caifás y Herodes,
para condenar a la FSSPX por “cismática”.
Nueva
muestra de que detrás de todos está el diablo insuflando su rebeldía, su
orgullo y la confusión en torno a los que verdaderamente resisten a todos esos
errores. Es por eso mismo que a medida que pasa el tiempo la figura de Mons.
Marcel Lefebvre se agiganta. Fue un predestinado para mantenernos en medio de estos
dos fuegos farisaicos.
¿Excomunión, en serio?
Frente a tantas opiniones infundadas e irresponsables, de parte de católicos liberales, modernistas y sedevacantistas, pongamos una voz sensata que aclare más aún esta cuestión. Lo dice alguien que en esto va siguiendo la enseñanza del mejor teólogo del mundo, el Padre Álvaro Calderón:








