Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

viernes, 24 de julio de 2026

VENCIDOS SÍ, DERROTADOS NO

 


Por P. FLAVIO MATEOS

 

Nuestro pobre quijotismo

 

Muy bien resumió don Antonio Caponnetto, con su habitual maestría, aquello que nos embargó a los argentinos, más allá de la intrascendente cuestión futbolística, al final de esta Copa Mundial de Fútbol. Un campeonato que, no siendo otra cosa que una pantalla y un negocio de la agenda globalista y del decadente Imperialismo anglosajón, tuvo su acción emotiva (ahora se diría épica) que desafió la aplastante corrección política que en todo se nos quiere imponer.

Ese hecho escandaloso tuvo por protagonistas a los argentinos, en el partido contra Inglaterra.

Ese hecho fuera de libreto despertó del sopor de un degradante show que había excluido a una Rusia soberana de las lides hipervigiladas en las entrañas de un imperio yanqui desesperado.

La sensación que se impuso entre nosotros tiene que ver con la evidencia de la imposición de una nueva “derrota” nacional, que será en verdad tal si la aceptamos sin más y no verificamos el rumbo, por no decir, si no vence la fe católica en nuestra patria argentina. Porque es claro que, sin la verdadera fe, el patriotismo termina por morir, como puede verificarse lastimosamente en una Europa que ya ha cobardemente apostatado.

Entre nosotros, esa fe, en la cuestión histórico-política, se llama “Malvinas”.

Y en eso no podemos claudicar.

“La pesadumbre es por este artificial y ominoso 14 de junio que nos han impuesto entre bambalinas –decía Caponnetto-. El dolor es por ver a la Argentina condenada a morir sola y enferma; como la Dulcinea de Castellani”.

La asociación entre el 19 de julio y el 14 de junio del 82, no es forzada, sino más bien manifiestamente simbólica, para quien la quiera aprovechar.

Nos han robado las Malvinas, del mismo modo que nos han robado una contienda deportiva. Esta vez bajo ominosas y paralizantes amenazas.

No es lo único que nos están robando.

¿Nos damos cuenta del contexto en que todo esto está ocurriendo?

Se agrega, como si fuera poco, el hecho de que, ignorándolo todo, muchos despistados fuera de nuestra patria se han sumado a la vergonzosa campaña de “argentinofobia” que se ha impuesto a través de las redes sociales, y que aún persiste.

De nuestro lado es entre otros el Cnel. My. Camilli quien ha dedicado un muy certero análisis sobre esa campaña –porque lo es- que se halla imbricada en una guerra declarada contra una Argentina que está ocupada por sus enemigos –como la Iglesia Romana-, hecho que salió a relucir más que nunca a raíz de una osada, valiente, quijotesca insubordinación patriótica, muy políticamente incorrecta.

Los de afuera no han entendido esto. Queremos decir, la gente común, no comprende nuestra larga historia de combates contra el enemigo anglosajón, cuya última batalla fue Malvinas, con esos coletazos simbólicos que han sido los dos triunfos mundialistas contra los ingleses en los mundiales de fútbol: 1986 y 2026. Bien vale por eso mentar al Padre Renaudiere de Paulis, uno de los más lúcidos capellanes en la guerra de Malvinas, quien no dudó en decir: «Malvinas fue la última carga de la caballería hispano-católica contra el Nuevo Orden Mundial».

Ese Nuevo Orden Mundial democrático-liberal-anticristiano, impuesto tras la guerra, con su campaña constante de desmalvinización por parte de todos los gobiernos que se sucedieron en la Argentina, aún no comprende cómo es que después de 44 años insistiendo en esa empresa antipatriótica, la causa Malvinas aún sigue viva y bien despierta. La actitud de los jugadores de fútbol que, tras la impresionante victoria sobre Inglaterra, desplegaron la bandera reivindicatoria de Malvinas, fue un golpe intolerable. Sobre todo, porque explícitamente, los mandamases, y hasta el ignominioso sujeto que funge como presidente de la Argentina, habían prohibido y alertado contra toda forma de reivindicación malvinera.

Pero el espíritu justiciero quijotesco apareció cuando menos se esperaba y en el escenario menos propicio.

Eso, entre otras cosas que alguna vez conoceremos, explica lo sucedido en la bochornosa final entre los seleccionados argentino y español, todo coronado por los festejos apagados de los españoles y la apática premiación, de manos del genocida Donald Trump, mientras en el cono sur se asistía a la entrega de los recursos y territorio argentino a los israelíes, y la “coalición Epstein” arreciaba con sus bombardeos contra Irán.

El “pan y circo” tuvo su momento embarazoso para el poder mundial. Fue, como ya lo dijimos, una quijotada, como lo fue la guerra de Malvinas. Que termina de la misma manera: por las traiciones de los generales, de los comandantes y de los dirigentes. Así como la Iglesia es traicionada por los obispos. Que lo digan sino los combatientes cristeros mejicanos. La historia es siempre la misma. 

Por todo esto, la audacia criolla no podía quedar sin su correspondiente castigo. La geopolítica manda sobre el deporte y el espectáculo de masas. Los dueños del tablero mundial no soportan ninguna rebelión que conturbe sus pasos.

 

¿Qué hacemos ahora?

 

«La derrota en Malvinas es un triunfo secreto, ahora cubierto por la humillación... no ha terminado esta lucha sagrada...» (P. Renaudiere de Paulis)

Esa lucha no ha terminado, mientras la presencia de la Santísima Virgen de Luján continúe presente tanto en la tienda de campaña cuanto en el vestuario futbolero, donde haya quien se arrodille y recuerde que hay algo que está por sobre las bajas contingencias humanas.

No mientras Malvinas, la guerra de los rosarios, continúe reivindicada.

Preguntaba allá por el lejano 1942 Juan Oscar Ponferrada, prologando el quijotesco nuevo gobierno de Sancho castellaniano: “¿Qué ha sido del legado quijotesco en nosotros? ¿Qué nos quedó de él y qué no nos quedó? ¿Sabiduría o idioma?”.

Parece que no ha quedado nada. La decadencia nuestra lo propala.

Y sin embargo… de vez en cuando, arremetemos contra los molinos de viento, y gritamos a quien quiera oírnos: “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra; y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad”.

No conocemos en otra parte esa persistencia quijotesca que hemos tenido los argentinos, en lo literario: Castellani, D’Angelo Rodríguez, Caponnetto (y este servidor humilde e inéditamente) nos han entregado nuevos y últimos gobiernos quijotescos y sanchescos, aventuras desafiantes con su desopilante sabiduría hispánica.

El problema es, entre nosotros, lo que ya hace mucho había apuntado Bruno Jacovella, estudiando las características de la personalidad argentina: “se deja estar, hasta que se ‘le viene todo encima’, y solo entonces reacciona, pero lo hace formidablemente y en modo incontrastable, llevándose todo por delante” (Claves para la interpretación de la Argentina). Así mismo ocurrió en los partidos de este mundial en que el equipo tuvo formidables remontadas contra adversarios que parecían haberla vencido.

Sin embargo, ocurre también otra cosa, que dice el mismo autor: el argentino “necesita al ‘hombre del destino’, que ha de conjurar a los ‘demonios de la pampa’ y tomar sobre sí, él solo, la empresa de dejar las cosas arregladas ‘de una vez por todas’, para que los demás puedan volver a dejarse estar”. De allí, de esa actitud infantil vienen las democracias populistas, ya de izquierda, centro o derecha, da igual.

Esa actitud que mezcla ligereza y desidia, se vio contrastada en cuanto se constituyó un seleccionado de fútbol sólido, compacto y solidario en los últimos años, que cuando tomó protagonismo extra futbolístico, como un ejemplo contagioso, fue frenado en seco por el poder mundial. Se tolera un eficientismo profesional, pero no se toleran actitudes sentimentales, patrióticas o hasta trascendentes, que pongan en riesgo el actual estado de cosas.

La pasión argentina debe degradarse, hasta dejarse lavar por la corrección política. No debe elevarse mediante un sentimiento nacional que se opone a la globalización multirracial, ecumenista, cosmopolita.

La indisputable pasión argentina (y de los argentinos) obedece a una tradición barroca (sin dudas conjunción de la herencia española e italiana, o sea, católica) que se ha negado –hasta ahora- a morir, una tradición “desbordante y tumultuosa como la propia vida”, como diría Prada, y que se traduce a veces en “la locura de inmolarse y soportar las befas por amor a su vocación caballeresca”.

Sin embargo, fuera de su cauce patriótico y católico, eso tiende irremisiblemente a caer en el craso neo paganismo de las masas embrutecidas, como se ve diariamente. Allí entra la manipulación de los dueños del poder, los de apellido consonántico y victimismo garantizado.



“Va cargado de amargura, va, vencido, el caballero de retorno a su lugar”.

León Felipe, “Vencidos”.

 

Debemos, a toda costa, evitarlo y evitar sumarnos a esa degradación orquestada por las élites, de cuño masónico, que nos gobiernan y nos depredan.

¿Tenemos resto?

El Padre Castellani se mostraba –no podía ser de otra forma- muy pesimista: “El pueblo argentino fue renombrado en otros tiempos por su coraje natural y por su valentía; ¿y ahora? Un amigo mío me dice siempre que el pueblo argentino ahora no es valiente, ni siquiera resignado; que es embotado. La resignación es una virtud, es tener encima un mal irremediable, y no quebrarse; el embotamiento no es una virtud” (Domingo cuarto después de Epifanía, Domingueras prédicas I).

Esas palabras fueron dichas años antes de la osadía malvinense. Malvinas fue el último acto de demostración de ese coraje natural, reconocido ampliamente por nuestros propios enemigos. Ahora, ¿nos queda algo de ello?

 

Las causas más profundas

 

"El Poder Nacional comienza en la conciencia de lo que somos y en la voluntad de continuar siendo”, dice el Cnel. Camilli. En esa conciencia de lo que somos, o de lo que fuimos y debemos ser, está el recordar lo que decía Castellani: «La nación que pierde el sentido de lo sacro está perdida». Si todavía queda algún pequeño fervor por la Virgen que acompaña en las gestas bélicas, en los partidos de fútbol, en las oficinas, los colectivos o los hospitales, eso no basta, pero es una señal de que todo espíritu no se ha apagado bajo las consignas liberales, libertarias o modernamente suicidas.

La mecha, todavía, humea.

Hay una clave de lo histórico que perdura en cuanto perdura la causa Malvinas, que está indisolublemente ligada al catolicismo, o, en otros términos, a la Hispanidad.

Pero eso nunca termina de consolidar una conciencia que obligue a un compromiso diario.

Hay un deber por encima de todo deber, para que todo eso no se pierda y la Argentina se levante de su estado de coma inducido, si aún le fuera posible.

¿Qué podemos hacer, nosotros, que no dirigimos nada?

¿Qué poder tienen los que no tienen el poder?

Tienen, tenemos, el poder de la plegaria.

“La Argentina es una nación anómala, es decir, informe –decía Castellani. Y cuando un ser deficienta en su forma, la culpa la tiene la causa eficiente, no la materia, que de suyo es inerte.

La causa eficiente de toda sociedad es la autoridad…”.

Hay que entender que las causas más profundas nos remontan al origen de nuestra patria y la traición a ese origen. 

“¿No nos dice el Espíritu Santo cómo se explican los males y se establecen las responsabilidades: omne judicium incipit a domo Dei («todo juicio comienza por la casa de Dios»)?” (P. Jean-Baptiste Aubry)

Retengamos esto: “Un cuerpo sin alma debe caer en la putrefacción; ahora bien, el alma de la nación es la educación sacerdotal” (P. Aubry).

Miremos el obispado que debemos sufrir, y podremos entender todo lo que nos ocurre.

El sacerdote mencionado hablaba de la podredumbre francesa, pero bien podemos referir lo mismo entre nosotros: “La pérdida de la fe no ha puesto en peligro solamente los intereses sobrenaturales de las almas —que es siempre lo principal—; ha comprometido también eso delicado, precioso y vulnerable que se llama la razón pública, tan difícil de sanar cuando es atacada de ese modo. La conservación de la fe en un pueblo es la condición de la conservación del buen sentido; es una verdad que la razón no siempre percibe, pero que la historia y la experiencia demuestran”.

Ese mal avanza en la sociedad, y en las pobres gentes que lo advierten, pesa el hecho de que no saben ya cómo revertirlo.

El peso de la apostasía nos aplasta. Y ese peso acaba también con la patria.

 

Lo que hace falta

 

“Lo que necesitamos son cristianos y sacerdotes radicales en el bien. Cuando las ideas reinantes, las deserciones y los escándalos hayan arrebatado a la Iglesia la mitad, luego las tres cuartas partes, luego las nueve décimas, luego las novecientas noventa y nueve milésimas de su familia, si la milésima parte que permanezca fiel es excelente y radical, todo estará ganado, porque esa milésima formará la pequeña pero valiente armada de Gedeón, la semilla sana e irreprochable de una nueva sociedad. ¡Cuánto más poderosa sería, para la regeneración de un pueblo como el nuestro, semejante falange, salida de escuelas teológicas sólidas, armada con toda la fuerza sobrenatural del Evangelio, fortalecida con principios seguros e inquebrantables contra el espíritu del siglo!” (P. Aubry).

¿Por dónde comenzar nuestra labor?

Por el principio.

“La solución de los problemas argentinos es que Estado y pueblo vuelvan a Dios, como el hijo pródigo. Esa no es una solución, es una verdad. Una verdad para hacer, no para decir. No es una cosa que pueda decir un dilettante que sabe escribir artículos, tendría que ser dicha por un Pontífice. Y ¿volver a Dios cómo se hace? Prohibiendo la blasfemia” (Padre Castellani).

Ni un pontífice actual, ni un obispo, va a venir a decirnos eso. No esperemos nada de ellos y su Iglesia conciliar o sinodal. Ellos trabajan para el próximo Anticristo y a lo sumo podremos esperan nos lancen excomuniones, como a los Apóstoles que fueron expulsados de las sinagogas.

Ellos no nos dirán lo que debemos hacer. Pero un sacerdote de los nuestros ya lo ha hecho.

Hay que empezar por hacer reparación.

Porque si no tenemos a Dios propicio, si no secundamos su voluntad, si no dejamos que la patria sea suya, todo intento va al fracaso.

La misa tradicional es el verdadero Sacrificio propiciatorio, no el engendro del novus ordo. Pero la misa que agrada a Dios es perseguida y las gentes están perdidas, como ovejas sin pastor.

Vayamos al santo Sacrificio de la misa, y si no tenemos la posibilidad, debido a la carencia de sacerdotes o la persecución sufrida por parte de los obispos, tenemos muchas formas de hacer la debida reparación, por tantos pecados cometidos, aceptados y promovidos.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús, la devoción al Corazón Inmaculado de María, son devociones reparadoras.

Recemos el Santo Rosario también con ese fin, diariamente.

No busquemos soluciones políticas si antes no buscamos soluciones espirituales. O sea, si no combatimos el pecado, en nosotros, y si no escarmentamos de una vez por no haber combatido –o en algunos casos haber apoyado- el liberalismo.

“Cuanto más se impone a los espíritus la ideología de los Derechos del Hombre (que se cree Dios), más se debilita en ellos el sentido del pecado. La simple idea de que el hombre pueda tener deberes para con su Creador parece extraña a una gran parte de nuestros contemporáneos, mientras que la obligación de reparación —debida en estricta justicia a la majestad divina— es olvidada por la mayoría de los bautizados. Frente a los proyectos de ley masónicos, el primer reflejo suele ser la agitación humana, mucho antes que la oración o la reparación de la ofensa a Dios. Sin embargo, esos avances del mal son en sí mismos castigos por faltas anteriores, insuficientemente reparadas. Si a su vez no se compensan con ninguna reparación, ¿cómo se podrá salir de este engranaje infernal?

“Esto podría parecer, a primera vista, terriblemente desalentador: ¿cómo reparar una masa tan grande de pecados, sobre todo cuando uno mismo es pecador?

“Afortunadamente, Dios no nos pide que paguemos con nuestros propios recursos. Todo fue pagado de una vez por todas en el Gólgota. Pero es necesario saber sacar provecho de los méritos y satisfacciones de Jesucristo y presentarlos al Padre Eterno. Éste es todo el arte y la finalidad de la devoción reparadora” (Le Sel de la terre n 110, otoño 2019).

Tengamos en cuenta lo que decía el papa Pío XII, allá por 1952:

«Ante la persistencia de una situación que, no vacilamos en decirlo, puede provocar en cualquier momento una explosión, y cuyo origen hay que buscar en la tibieza religiosa de un número tan grande de personas, en el rebajamiento del nivel moral de la vida pública y privada, en la empresa sistemática de intoxicación de las almas sencillas... los buenos no pueden permanecer inmóviles en los senderos acostumbrados, como espectadores pasivos de un porvenir aterrador.»

No perdamos el ideal quijotesco de la Hispanidad: «...desfacer agravios, enderezar tuertos, enmendar sinrazones, mejorar abusos y satisfacer deudas.»

Pero sepamos de dónde surge ese ideal, y cómo debemos preservarlo.

Superemos la simple acumulación de palabras, la conferencia bien dada, el artículo que nadie va a leer. Fue algo más lo que guio a un obispo ejemplar como Monseñor Lefebvre, que tenía esta convicción: «La claridad de una posición firme, o incluso su defensa, es una cosa; el valor de tomar las acciones necesarias para ponerla en práctica es otra. Hemos sufrido durante demasiado tiempo, en todos los niveles de la jerarquía, esta disociación entre las palabras y las acciones...».

“A Dios rogando y con el mazo dando…”

En tanto no tengamos el mazo, recemos, y obremos nuestra salvación y la de los que nos rodean, hasta que, si Dios tiene misericordia, tengamos con qué y cómo seguir golpeando.

La bandera, por lo pronto, no la guardamos: “Las Malvinas son argentinas”. 

 


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