Por P.
FLAVIO MATEOS
Nuestro pobre quijotismo
Muy bien resumió
don Antonio Caponnetto, con su habitual maestría, aquello que nos embargó a los
argentinos, más allá de la intrascendente cuestión futbolística, al final de
esta Copa Mundial de Fútbol. Un campeonato que, no siendo otra cosa que una
pantalla y un negocio de la agenda globalista y del decadente Imperialismo
anglosajón, tuvo su acción emotiva (ahora se diría épica) que desafió la
aplastante corrección política que en todo se nos quiere imponer.
Ese hecho
escandaloso tuvo por protagonistas a los argentinos, en el partido contra
Inglaterra.
Ese hecho
fuera de libreto despertó del sopor de un degradante show que había excluido a
una Rusia soberana de las lides hipervigiladas en las entrañas de un imperio
yanqui desesperado.
La
sensación que se impuso entre nosotros tiene que ver con la evidencia de la imposición
de una nueva “derrota” nacional, que será en verdad tal si la aceptamos sin más
y no verificamos el rumbo, por no decir, si no vence la fe católica en nuestra
patria argentina. Porque es claro que, sin la verdadera fe, el patriotismo termina
por morir, como puede verificarse lastimosamente en una Europa que ya ha cobardemente
apostatado.
Entre
nosotros, esa fe, en la cuestión histórico-política, se llama “Malvinas”.
Y en eso
no podemos claudicar.
“La
pesadumbre es por este artificial y ominoso 14 de junio que nos han impuesto
entre bambalinas –decía Caponnetto-. El dolor es por ver a la Argentina
condenada a morir sola y enferma; como la Dulcinea de Castellani”.
La
asociación entre el 19 de julio y el 14 de junio del 82, no es forzada, sino
más bien manifiestamente simbólica, para quien la quiera aprovechar.
Nos han
robado las Malvinas, del mismo modo que nos han robado una contienda deportiva.
Esta vez bajo ominosas y paralizantes amenazas.
No es lo
único que nos están robando.
¿Nos
damos cuenta del contexto en que todo esto está ocurriendo?
Se agrega,
como si fuera poco, el hecho de que, ignorándolo todo, muchos despistados fuera
de nuestra patria se han sumado a la vergonzosa campaña de “argentinofobia” que
se ha impuesto a través de las redes sociales, y que aún persiste.
De nuestro lado es entre otros el Cnel. My. Camilli quien ha dedicado un muy certero análisis sobre esa campaña –porque lo es- que se halla imbricada en una guerra declarada contra una Argentina que está ocupada por sus enemigos –como la Iglesia Romana-, hecho que salió a relucir más que nunca a raíz de una osada, valiente, quijotesca insubordinación patriótica, muy políticamente incorrecta.
Los de
afuera no han entendido esto. Queremos decir, la gente común, no comprende
nuestra larga historia de combates contra el enemigo anglosajón, cuya última
batalla fue Malvinas, con esos coletazos simbólicos que han sido los dos
triunfos mundialistas contra los ingleses en los mundiales de fútbol: 1986 y
2026. Bien vale por eso mentar al Padre Renaudiere de Paulis, uno de los más
lúcidos capellanes en la guerra de Malvinas, quien no dudó en decir: «Malvinas fue la última carga de la
caballería hispano-católica contra el Nuevo Orden Mundial».
Ese Nuevo
Orden Mundial democrático-liberal-anticristiano, impuesto tras la guerra, con
su campaña constante de desmalvinización por parte de todos los gobiernos que
se sucedieron en la Argentina, aún no comprende cómo es que después de 44 años insistiendo
en esa empresa antipatriótica, la causa Malvinas aún sigue viva y bien despierta.
La actitud de los jugadores de fútbol que, tras la impresionante victoria sobre
Inglaterra, desplegaron la bandera reivindicatoria de Malvinas, fue un golpe
intolerable. Sobre todo, porque explícitamente, los mandamases, y hasta el
ignominioso sujeto que funge como presidente de la Argentina, habían prohibido
y alertado contra toda forma de reivindicación malvinera.
Pero el
espíritu justiciero quijotesco apareció cuando menos se esperaba y en el
escenario menos propicio.
Eso,
entre otras cosas que alguna vez conoceremos, explica lo sucedido en la
bochornosa final entre los seleccionados argentino y español, todo coronado por
los festejos apagados de los españoles y la apática premiación, de manos del
genocida Donald Trump, mientras en el cono sur se asistía a la entrega de los
recursos y territorio argentino a los israelíes, y la “coalición Epstein”
arreciaba con sus bombardeos contra Irán.
El “pan y
circo” tuvo su momento embarazoso para el poder mundial. Fue, como ya lo
dijimos, una quijotada, como lo fue la guerra de Malvinas. Que termina de la
misma manera: por las traiciones de los generales, de los comandantes y de los dirigentes.
Así como la Iglesia es traicionada por los obispos. Que lo digan sino los
combatientes cristeros mejicanos. La historia es siempre la misma.
Por todo
esto, la audacia criolla no podía quedar sin su correspondiente castigo. La
geopolítica manda sobre el deporte y el espectáculo de masas. Los dueños del
tablero mundial no soportan ninguna rebelión que conturbe sus pasos.
¿Qué hacemos ahora?
«La
derrota en Malvinas es un triunfo secreto, ahora cubierto por la humillación...
no ha terminado esta lucha sagrada...» (P. Renaudiere de Paulis)
Esa lucha
no ha terminado, mientras la presencia de la Santísima Virgen de Luján continúe
presente tanto en la tienda de campaña cuanto en el vestuario futbolero, donde
haya quien se arrodille y recuerde que hay algo que está por sobre las bajas
contingencias humanas.
No
mientras Malvinas, la guerra de los rosarios, continúe reivindicada.
Preguntaba
allá por el lejano 1942 Juan Oscar Ponferrada, prologando el quijotesco nuevo gobierno
de Sancho castellaniano: “¿Qué ha sido
del legado quijotesco en nosotros? ¿Qué nos quedó de él y qué no nos quedó?
¿Sabiduría o idioma?”.
Parece
que no ha quedado nada. La decadencia nuestra lo propala.
Y sin
embargo… de vez en cuando, arremetemos contra los molinos de viento, y gritamos
a quien quiera oírnos: “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo,
y yo el más desdichado caballero de la tierra; y no es bien que mi flaqueza
defraude esta verdad”.
No
conocemos en otra parte esa persistencia quijotesca que hemos tenido los
argentinos, en lo literario: Castellani, D’Angelo Rodríguez, Caponnetto (y este
servidor humilde e inéditamente) nos han entregado nuevos y últimos gobiernos
quijotescos y sanchescos, aventuras desafiantes con su desopilante sabiduría
hispánica.
El
problema es, entre nosotros, lo que ya hace mucho había apuntado Bruno
Jacovella, estudiando las características de la personalidad argentina: “se
deja estar, hasta que se ‘le viene todo encima’, y solo entonces reacciona,
pero lo hace formidablemente y en modo incontrastable, llevándose todo por
delante” (Claves para la interpretación
de la Argentina). Así mismo ocurrió en los partidos de este mundial en que
el equipo tuvo formidables remontadas contra adversarios que parecían haberla
vencido.
Sin
embargo, ocurre también otra cosa, que dice el mismo autor: el argentino “necesita
al ‘hombre del destino’, que ha de conjurar a los ‘demonios de la pampa’ y tomar
sobre sí, él solo, la empresa de dejar las cosas arregladas ‘de una vez por
todas’, para que los demás puedan volver a dejarse estar”. De allí, de esa
actitud infantil vienen las democracias populistas, ya de izquierda, centro o
derecha, da igual.
Esa
actitud que mezcla ligereza y desidia, se vio contrastada en cuanto se
constituyó un seleccionado de fútbol sólido, compacto y solidario en los
últimos años, que cuando tomó protagonismo extra futbolístico, como un ejemplo
contagioso, fue frenado en seco por el poder mundial. Se tolera un eficientismo
profesional, pero no se toleran actitudes sentimentales, patrióticas o hasta
trascendentes, que pongan en riesgo el actual estado de cosas.
La pasión
argentina debe degradarse, hasta dejarse lavar por la corrección política. No
debe elevarse mediante un sentimiento nacional que se opone a la globalización
multirracial, ecumenista, cosmopolita.
La indisputable
pasión argentina (y de los argentinos) obedece a una tradición barroca (sin
dudas conjunción de la herencia española e italiana, o sea, católica) que se ha
negado –hasta ahora- a morir, una tradición “desbordante y tumultuosa como la
propia vida”, como diría Prada, y que se traduce a veces en “la locura de
inmolarse y soportar las befas por amor a su vocación caballeresca”.
Sin
embargo, fuera de su cauce patriótico y católico, eso tiende irremisiblemente a
caer en el craso neo paganismo de las masas embrutecidas, como se ve
diariamente. Allí entra la manipulación de los dueños del poder, los de
apellido consonántico y victimismo garantizado.
León Felipe, “Vencidos”.
Debemos,
a toda costa, evitarlo y evitar sumarnos a esa degradación orquestada por las
élites, de cuño masónico, que nos gobiernan y nos depredan.
¿Tenemos
resto?
El Padre
Castellani se mostraba –no podía ser de otra forma- muy pesimista: “El pueblo
argentino fue renombrado en otros tiempos por su coraje natural y por su
valentía; ¿y ahora? Un amigo mío me dice siempre que el pueblo argentino ahora
no es valiente, ni siquiera resignado; que es embotado. La resignación es una
virtud, es tener encima un mal irremediable, y no quebrarse; el embotamiento no
es una virtud” (Domingo cuarto después de
Epifanía, Domingueras prédicas I).
Esas
palabras fueron dichas años antes de la osadía malvinense. Malvinas fue el
último acto de demostración de ese coraje natural, reconocido ampliamente por
nuestros propios enemigos. Ahora, ¿nos queda algo de ello?
Las causas más profundas
"El
Poder Nacional comienza en la conciencia de lo que somos y en la voluntad de
continuar siendo”, dice el Cnel. Camilli. En esa conciencia de lo que somos, o
de lo que fuimos y debemos ser, está el recordar lo que decía Castellani: «La
nación que pierde el sentido de lo sacro está perdida». Si todavía queda algún pequeño
fervor por la Virgen que acompaña en las gestas bélicas, en los partidos de
fútbol, en las oficinas, los colectivos o los hospitales, eso no basta, pero es
una señal de que todo espíritu no se ha apagado bajo las consignas liberales,
libertarias o modernamente suicidas.
La mecha,
todavía, humea.
Hay una
clave de lo histórico que perdura en cuanto perdura la causa Malvinas, que está
indisolublemente ligada al catolicismo, o, en otros términos, a la Hispanidad.
Pero eso
nunca termina de consolidar una conciencia que obligue a un compromiso diario.
Hay un
deber por encima de todo deber, para que todo eso no se pierda y la Argentina
se levante de su estado de coma inducido, si aún le fuera posible.
¿Qué
podemos hacer, nosotros, que no dirigimos nada?
¿Qué
poder tienen los que no tienen el poder?
Tienen,
tenemos, el poder de la plegaria.
“La
Argentina es una nación anómala, es decir, informe –decía Castellani. Y cuando
un ser deficienta en su forma, la culpa la tiene la causa eficiente, no la
materia, que de suyo es inerte.
La causa
eficiente de toda sociedad es la autoridad…”.
Hay que
entender que las causas más profundas nos remontan al origen de nuestra patria
y la traición a ese origen.
“¿No nos
dice el Espíritu Santo cómo se explican los males y se establecen las
responsabilidades: omne judicium incipit a domo Dei («todo juicio
comienza por la casa de Dios»)?” (P. Jean-Baptiste Aubry)
Retengamos
esto: “Un cuerpo sin alma debe caer en la putrefacción; ahora bien, el alma de
la nación es la educación sacerdotal” (P. Aubry).
Miremos
el obispado que debemos sufrir, y podremos entender todo lo que nos ocurre.
El
sacerdote mencionado hablaba de la podredumbre francesa, pero bien podemos
referir lo mismo entre nosotros: “La pérdida de la fe no ha puesto en peligro
solamente los intereses sobrenaturales de las almas —que es siempre lo
principal—; ha comprometido también eso delicado, precioso y vulnerable que se
llama la razón pública, tan difícil de sanar cuando es atacada de ese modo. La
conservación de la fe en un pueblo es la condición de la conservación del buen
sentido; es una verdad que la razón no siempre percibe, pero que la historia y
la experiencia demuestran”.
Ese mal
avanza en la sociedad, y en las pobres gentes que lo advierten, pesa el hecho
de que no saben ya cómo revertirlo.
El peso
de la apostasía nos aplasta. Y ese peso acaba también con la patria.
Lo que hace falta
“Lo que
necesitamos son cristianos y sacerdotes radicales en el bien. Cuando las ideas
reinantes, las deserciones y los escándalos hayan arrebatado a la Iglesia la
mitad, luego las tres cuartas partes, luego las nueve décimas, luego las
novecientas noventa y nueve milésimas de su familia, si la milésima parte que
permanezca fiel es excelente y radical, todo estará ganado, porque esa milésima
formará la pequeña pero valiente armada de Gedeón, la semilla sana e
irreprochable de una nueva sociedad. ¡Cuánto más poderosa sería, para la
regeneración de un pueblo como el nuestro, semejante falange, salida de
escuelas teológicas sólidas, armada con toda la fuerza sobrenatural del
Evangelio, fortalecida con principios seguros e inquebrantables contra el espíritu
del siglo!” (P. Aubry).
¿Por
dónde comenzar nuestra labor?
Por el
principio.
“La
solución de los problemas argentinos es que Estado y pueblo vuelvan a Dios,
como el hijo pródigo. Esa no es una solución, es una verdad. Una verdad para
hacer, no para decir. No es una cosa que pueda decir un dilettante que sabe
escribir artículos, tendría que ser dicha por un Pontífice. Y ¿volver a Dios
cómo se hace? Prohibiendo la blasfemia” (Padre Castellani).
Ni un pontífice
actual, ni un obispo, va a venir a decirnos eso. No esperemos nada de ellos y
su Iglesia conciliar o sinodal. Ellos trabajan para el próximo Anticristo y a
lo sumo podremos esperan nos lancen excomuniones, como a los Apóstoles que
fueron expulsados de las sinagogas.
Ellos no
nos dirán lo que debemos hacer. Pero un sacerdote de los nuestros ya lo ha
hecho.
Hay que empezar
por hacer reparación.
Porque si
no tenemos a Dios propicio, si no secundamos su voluntad, si no dejamos que la
patria sea suya, todo intento va al fracaso.
La misa tradicional
es el verdadero Sacrificio propiciatorio, no el engendro del novus ordo. Pero
la misa que agrada a Dios es perseguida y las gentes están perdidas, como
ovejas sin pastor.
Vayamos
al santo Sacrificio de la misa, y si no tenemos la posibilidad, debido a la carencia
de sacerdotes o la persecución sufrida por parte de los obispos, tenemos muchas
formas de hacer la debida reparación, por tantos pecados cometidos, aceptados y
promovidos.
La devoción
al Sagrado Corazón de Jesús, la devoción al Corazón Inmaculado de María, son
devociones reparadoras.
Recemos
el Santo Rosario también con ese fin, diariamente.
No busquemos
soluciones políticas si antes no buscamos soluciones espirituales. O sea, si no
combatimos el pecado, en nosotros, y si no escarmentamos de una vez por no
haber combatido –o en algunos casos haber apoyado- el liberalismo.
“Cuanto
más se impone a los espíritus la ideología de los Derechos del Hombre (que se
cree Dios), más se debilita en ellos el sentido del pecado. La simple idea de
que el hombre pueda tener deberes para con su Creador parece extraña a una gran
parte de nuestros contemporáneos, mientras que la obligación de reparación
—debida en estricta justicia a la majestad divina— es olvidada por la mayoría
de los bautizados. Frente a los proyectos de ley masónicos, el primer reflejo
suele ser la agitación humana, mucho antes que la oración o la reparación de la
ofensa a Dios. Sin embargo, esos avances del mal son en sí mismos castigos por
faltas anteriores, insuficientemente reparadas. Si a su vez no se compensan con
ninguna reparación, ¿cómo se podrá salir de este engranaje infernal?
“Esto
podría parecer, a primera vista, terriblemente desalentador: ¿cómo reparar una
masa tan grande de pecados, sobre todo cuando uno mismo es pecador?
“Afortunadamente,
Dios no nos pide que paguemos con nuestros propios recursos. Todo fue pagado de
una vez por todas en el Gólgota. Pero es necesario saber sacar provecho de los
méritos y satisfacciones de Jesucristo y presentarlos al Padre Eterno. Éste es
todo el arte y la finalidad de la devoción reparadora” (Le Sel de la terre n 110, otoño 2019).
Tengamos
en cuenta lo que decía el papa Pío XII, allá por 1952:
«Ante la
persistencia de una situación que, no vacilamos en decirlo, puede provocar en
cualquier momento una explosión, y cuyo origen hay que buscar en la tibieza
religiosa de un número tan grande de personas, en el rebajamiento del nivel
moral de la vida pública y privada, en la empresa sistemática de intoxicación
de las almas sencillas... los buenos no pueden permanecer inmóviles en los
senderos acostumbrados, como espectadores pasivos de un porvenir aterrador.»
No
perdamos el ideal quijotesco de la Hispanidad: «...desfacer agravios, enderezar tuertos, enmendar sinrazones, mejorar
abusos y satisfacer deudas.»
Pero
sepamos de dónde surge ese ideal, y cómo debemos preservarlo.
Superemos
la simple acumulación de palabras, la conferencia bien dada, el artículo que
nadie va a leer. Fue algo más lo que guio a un obispo ejemplar como Monseñor
Lefebvre, que tenía esta convicción: «La claridad de una posición firme, o
incluso su defensa, es una cosa; el valor de tomar las acciones necesarias para
ponerla en práctica es otra. Hemos sufrido durante demasiado tiempo, en todos
los niveles de la jerarquía, esta disociación entre las palabras y las
acciones...».
“A Dios
rogando y con el mazo dando…”
En tanto
no tengamos el mazo, recemos, y obremos nuestra salvación y la de los que nos
rodean, hasta que, si Dios tiene misericordia, tengamos con qué y cómo seguir
golpeando.
La bandera,
por lo pronto, no la guardamos: “Las Malvinas son argentinas”.

