Observaciones
sobre la Nota «Un camino de esperanza» de los Dicasterios para la Doctrina de
la Fe, para la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo Interreligioso
Por MONS. CARLO MARIA VIGANÒ
Et non est in alio aliquo salus. Nec enim aliud
nomen est sub caelo datum
hominibus, in quo oporteat nos salvos fieri.
Act 4, 12
Habere non potest
Deum patrem qui Ecclesiam non habet matrem.
S. Cyprianus, De unitate Ecclesiæ, 6
Preámbulo: una fecha que acusa
La Nota Un
camino de esperanza, redactada con motivo del sexagésimo aniversario de Nostra
Ætate, lleva la firma de los Cardenales Fernández, Koch y Koovakad. León
XIV la ha aprobado y ha ordenado su publicación. Está fechada el 16 de
septiembre, memoria de los Santos Cornelio y Cipriano.
No sé si
los redactores se han dado cuenta de la ironía: San Cipriano es el Padre que
entregó a la Iglesia la fórmula salus extra Ecclesiam non est. Él enseñó
que no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por Madre.
Bajo su protección se publica un documento que, durante sesenta párrafos, se
cuida mucho de no repetir aquella verdad; es más, de muchos modos la contradice
y la niega. Y se trata del Dicasterio que fue el Santo Oficio. El órgano
instituido para custodiar la Fe Católica ahora firma su liquidación.
Añadiré
que la Nota ve la luz cuatro días después de la fiesta del Santísimo Nombre de
María. El Beato Inocencio XI la extendió a la Iglesia universal en acción de
gracias por la liberación de Viena de los otomanos, en 1683. Precisamente en
esos días la Santa Sede nos explica que el verdadero peligro para la
Cristiandad se llama islamofobia.
Examinemos,
pues, el documento, no por lo que declara que quiere ser, sino por lo que
«enseña».
I.
Una ruptura confesada
La Nota
se presenta como testimonio de una «continuidad enriquecida». Pero basta leerla
para darse cuenta de que ella misma desmiente esta pretensión, y más de una
vez.
Ya al
comienzo (n. 1) afirma que Nostra Ætate ha marcado un cambio profundo en
el modo en que la Iglesia comprende su propia relación con las otras
religiones. En la conclusión (n. 57) se complace en que aquella Declaración
conciliar haya transformado radicalmente las relaciones interreligiosas. La
Iglesia, se lee allí, habría pasado de una actitud reservada y distante a un
camino de diálogo. En el n. 51 se llega a decir que el diálogo transforma
a las personas, las comunidades y a veces incluso las estructuras eclesiales.
Ahora
bien, la Iglesia no puede «comprender de otro modo» su propia relación con el error, porque esa relación está fijada por la Revelación divina. El Concilio Vaticano I lo enseñó con palabras que no admiten
actualizaciones. El sentido de los sagrados dogmas declarado una vez por la
Iglesia debe mantenerse para siempre: nec umquam ab eo sensu, altioris
intelligentiæ specie et nomine, recedendum; jamás se debe apartar uno de
aquel sentido [de los dogmas] bajo el pretexto o la apariencia de una mejor
comprensión (Dei Filius, cap. 4). Y en el Juramento Antimodernista de
San Pío X todo clérigo, hasta 1967, juraba: prorsus rejicio hæreticum
commentum evolutionis dogmatum, ab uno in alium sensum transeuntium diversum ab
eo, quem prius habebat Ecclesia; rechazo absolutamente la ficción herética
de la evolución de los dogmas, que pasarían de un significado a otro diferente
de aquel que la Iglesia profesaba anteriormente.
Un
documento que celebra la «transformación radical» de una enseñanza no describe
un desarrollo homogéneo. Describe una mutación. Y quienes desde esos
Dicasterios adulteran la Fe, con el consentimiento y bajo los auspicios de
León, traicionan y abusan de la autoridad que ocupan.
II. El
indiferentismo con sotana
El
corazón doctrinal de la Nota es una tesis que la Iglesia ha condenado siempre:
las falsas religiones serían, en alguna medida, vías de acceso a Dios.
Se repite
(n. 1) que la Iglesia no rechaza nada de lo que es verdadero y santo en las otras religiones. Se hace propia (n. 33) la catequesis de León
del 29 de octubre de 2025, según la cual en toda búsqueda religiosa sincera se
debería discernir un reflejo del único Misterio divino. Se afirma (n. 59) que el Espíritu Santo actúa en el interior de las diversas religiones de los pueblos y
en ellas enciende la llama de la sabiduría. Y finalmente (n. 51) se define el diálogo interreligioso «un lugar teológico, donde el Espíritu Santo quiere
hacerse oír».
Que haya
fragmentos de verdad natural esparcidos en los errores de los paganos, ningún
católico lo ha negado jamás. El demonio mismo, para engañar, mezcla lo
verdadero con lo falso. Pero una cosa es reconocer un fragmento de verdad
dentro de un sistema erróneo; otra es atribuir a ese sistema, como tal, un
valor de salvación, una presencia del Espíritu Santo, una función de «lugar
teológico». Este segundo paso es precisamente lo que el Magisterio perenne ha
condenado.
El Beato
Pío IX, en el Syllabus, condenó las siguientes proposiciones:
Homines
in cujusvis religionis cultu viam æternæ salutis reperire æternamque salutem
assequi possunt. Los hombres pueden encontrar el camino de la
salvación eterna y alcanzar la salvación eterna en el culto de cualquier
religión (prop. 16).
Saltem
bene sperandum est de æterna illorum ómnium salute, qui in vera Christi
Ecclesia nequaquam versantur. Se debe al menos tener buena
esperanza acerca de la salvación eterna de todos aquellos que no se encuentran
en absoluto en la verdadera Iglesia de Cristo (prop. 17).
Pío XI,
en la Mortalium Animos (1928), describió con exactitud profética los
congresos interreligiosos del futuro. Condenó suprincipio: la falsa opinión de
quien considera todas las religiones plus minusve bonas ac laudabiles,
más o menos buenas y loables. Y advirtió que quien se adhiere a tal opinión se
aparta por completo de la Religión revelada por Dios.
San Pío
X, en la Pascendi, desenmascaró la raíz teológica de este error: el
inmanentismo modernista. Si la religión nace de la experiencia de lo divino en
el sentimiento del hombre, toda religión, incluso la de los paganos, deberá ser
considerada verdadera. La Nota no hace sino aplicar este principio cuando habla
de «búsqueda religiosa sincera» y de «diálogo de la experiencia religiosa» (n.
39).
El
Espíritu Santo es Spiritus veritatis (Jo 16, 13), y no puede habitar
allí donde se niega la Divinidad del Hijo que Lo ha enviado. El Salmista no
conocía los matices del diálogo: Quoniam omnes dii Gentium dæmonia,
porque los dioses de los paganos son demonios (Ps 95, 5). Ni los conocía el
Apóstol: quæ immolant gentes, dæmoniis immolant, et non Deo, lo que
inmolan los paganos, lo inmolan a los demonios y no a Dios (1 Cor 10, 20).
III. La
Antigua Alianza y la Sinagoga
La parte
más grave del documento se refiere al judaísmo. Quiero ser claro desde ahora,
porque la mala fe de los neomodernistas está pronta a tergiversar. El odio
hacia los judíos es un pecado, y la Iglesia lo ha condenado siempre; la caridad
hacia ellos es un deber. Pero la mayor caridad que se les puede hacer es la que
la Iglesia ha practicado siempre: rezar por su conversión a Nuestro Señor
Jesucristo, su Mesías. Es precisamente esta caridad la que la Nota suprime.
1. La
génesis naturalista del Cristianismo
En el n.
10 la Nota expone una reconstrucción que ningún Padre de la Iglesia reconocería
jamás. El cristianismo primitivo se habría desarrollado a partir del
«movimiento iniciado por Jesús». Los primeros cristianos habrían adoptado
principios del judaísmo de entonces, adaptándolos a la nueva situación
posterior a la Pascua. Judaísmo rabínico y Cristianismo aparecerían así como
dos ramas paralelas de la misma raíz.
Esta es
la historia de las religiones del racionalismo decimonónico, no la Fe católica.
La Iglesia de Cristo no es una «adaptación» del judaísmo. Ella es el verdadero
Israel, Israël Dei (Gal 6, 16), en el que se cumplen las promesas. El
judaísmo rabínico, surgido después de la destrucción del Templo, no es un
hermano gemelo de la Iglesia: es la continuación de aquella parte de Israel que
no reconoció el tiempo de Su visita (Lc 19, 44).
Que un
documento del ex Santo Oficio recurra a la autoridad del teólogo calvinista
Karl Barth (n. 5), para ilustrar la Encarnación como «la Palabra [que] se hizo
carne judía», lo dice todo sobre su inspiración...
2. La
alianza «irrevocable» y la religiosidad actual
de los judíos
En el n.
13 la Nota afirma que la alianza con el pueblo judío es irrevocable y tiene un
significado teológico. Añade que la religiosidad de los judíos de hoy, no solo
la vinculada al Antiguo Testamento, sería relevante para los cristianos. Llega
a presentarla como efecto de la Palabra revelada, un valor actual y dinámico
capaz de enriquecernos. La Nota se apresura a negar las «dos vías de
salvación». Pero es una negación de fachada, porque inmediatamente después
atribuye valor salvífico y teológico precisamente a aquello que acaba de decir
que no considera una vía paralela. Contra esta doctrina está todo el Magisterio
perenne de la Iglesia.
El
Apóstol Pablo enseña: Dicendo autem novum, veteravit prius. Quod autem
antiquatur et senescit, prope interitum est; al decir «nueva alianza», Dios
declaró antigua la primera; y lo que se hace antiguo y envejece está próximo a
desaparecer (Hebr 8, 13).
El
Concilio de Florencia, en la Bula Cantate Domino (1442), define que las
prescripciones legales del Antiguo Testamento cesaron con la venida de Cristo.
Después de la promulgación del Evangelio, no se pueden observar sin perder la
salvación eterna. Y el mismo Concilio proclama que nadie de los que existen
fuera de la Iglesia católica —no solo los paganos, sino tampoco los judíos o
los herejes y cismáticos— puede llegar a participar de la vida eterna. Firmiter
credit, profitetur et prædicat, nullos extra catholicam Ecclesiam existentes,
non solum paganos, sed nec Judæos aut hæreticos atque schismaticos, æternæ vitæ
fieri posse participes.
Santo
Tomás (S. Th. I-II, q. 103, a. 4) enseña, con los Padres, que las ceremonias de
la Ley antigua, después de la Pasión, están muertas, y después de la
divulgación del Evangelio son mortíferas.
Pío XII,
en la Mystici Corporis (1943), enseña que con la muerte del Redentor la
Ley antigua quedó abrogada, y entró en vigor el Nuevo Testamento.
La
Iglesia Católica, durante diecinueve siglos, ha rezado el Viernes Santo[1] para
que Dios quite el velo del corazón del pueblo judío, según las palabras de San
Pablo: velamen positum est super cor eorum. Cum autem conversus fuerit ad
Dominum, auferetur velamen; hasta hoy, cuando se lee a Moisés, un velo está
extendido sobre su corazón; pero cuando uno se convierte al Señor, el velo es
quitado (2 Cor 3, 15-16). La Nota no considera ese velo un impedimento que deba
ser removido, sino una riqueza de la cual aprender.
3. Una
cita amputada
Hay
además un detalle que revela el método. En el n. 14 la Nota invoca el decreto del Santo Oficio del 25 de marzo de 1928 (AAS 20 [1928],
103-104) como precedente de su propia lucha contra el antisemitismo. Aquel
decreto, en efecto, condena el odio contra el pueblo que en otro tiempo fue
elegido por Dios. Pero la Nota calla su objeto principal. El decreto suprimía
la asociación Amici Israel, cuyos miembros pedían, entre otras cosas,
modificar la liturgia del
Viernes Santo. El Santo Oficio juzgó sus ideas contrarias al sentir de la Iglesia, a la doctrina de los Padres y a la sagrada Liturgia.
Los
funcionarios de los Dicasterios romanos, pues, citan en su apoyo un documento
que condenaba exactamente lo que ellos promueven hoy. No es un descuido: es la marca de una operación engañosa que se alimenta de citas amputadas y de omisiones calculadas.
4. El
judaísmo rabínico no es la religión del Antiguo
Testamento
Aquí está
el equívoco sobre el que se apoya todo el edificio de la Nota —y de Nostra
Ætate—, que habla del judaísmo como si fuera la religión de Abraham, de
Moisés y de los Profetas, llegada intacta hasta nosotros por otro camino. Pero
no es así, y el Magisterio lo ha sabido siempre. La religión instituida por
Dios en el Sinaí estaba enteramente ordenada al Templo, al sacerdocio levítico
y al sacrificio ritual: cuando el velo del Templo se rasgó y el Sacrificio de
la Cruz cumplió y abolió las figuras, aquella economía había terminado; y la
destrucción del Templo en el 70, que ningún judío observante ha podido jamás
reparar, fue su sanción visible. Lo que surgió después —el judaísmo rabínico y
talmúdico, codificado en la Mišnah y el Talmud entre el II y el VI siglo y en
sus escuelas posteriores— no es la continuación de la religión mosaica: es una
construcción poscristiana, elaborada en gran parte por oposición a la Iglesia y
al reconocimiento de Jesús como Mesías venido en la carne. No es la rama
antigua: es una rama nueva, nacida después del Calvario y contra
el Calvario, nacida del Sanedrín que condenó a Nuestro Señor Jesucristo.
Por eso
la fórmula de los «hermanos mayores» (n. 20) y la de los «padres en la fe» (n.
12) no son expresiones desafortunadas: son errores teológicos. ¡Nada de hermanos
mayores! Nuestros padres en la fe son los Patriarcas y los Profetas, que
esperaron a Cristo y que Cristo, descendido a los infiernos, liberó. María
Santísima, los Apóstoles, los primeros mártires eran judíos, y la Ecclesia
ex circumcisione es nuestra madre. Pero el rabinismo posterior no es
nuestro padre en nada: nació después de nosotros y en polémica contra nosotros.
San Pablo, que amaba a sus hermanos según la carne hasta querer ser él mismo
anatema y separado de Cristo en su favor (Rom 9, 3), enseña que las ramas
naturales fueron cortadas a causa de la incredulidad, y que Dios es
poderoso para injertarlas de nuevo si no se obstinan en la incredulidad (Rom
11, 20. 23). Toda la esperanza del Apóstol reposa sobre aquel si:
y la Nota, que cita abundantemente la Carta a los Romanos, aquel si no
lo menciona jamás.
Añadiré
una palabra que quiero que sea entendida exactamente por lo que dice. El criterio dado por el Apóstol San Juan no se refiere a un pueblo, ni a una sangre, ni a una nación: se refiere a una doctrina: Quis
est mendax, nisi is qui negat quoniam Jesus est Christus? Hic est antichristus, qui negat Patrem et Filium. ¿Quién es el mentiroso sino aquel que niega que
Jesús es el Cristo? El anticristo es aquel que niega al Padre y al Hijo (1 Jo 2, 22).
Todo
aquel que niegue a Cristo cae bajo aquella sentencia: griego o romano, europeo
o americano, laico o clérigo, y hoy ante todo clérigo... Pero una religión que
se ha constituido históricamente alrededor de la negación de la Mesianidad de
Nuestro Señor Jesucristo no es una fe hermana con alguna laguna: es, en
principio, la antítesis del Cristianismo. Decirlo no es desprecio hacia nadie:
es la razón misma por la que la Iglesia Católica ha rezado por la conversión de
Israel en cada Viernes Santo de su historia. Quien nos ha quitado esa oración
no nos ha hecho más caritativos: nos ha hecho indiferentes a la salvación
eterna de hombres que decimos amar.
5. Un
catolicismo judaizante
Lo que la
Nota pretende llevar a término tiene un nombre antiguo, y se encuentra en la
Carta a los Gálatas: quomodo gentes cogis judaizare? ¿Por qué obligas a los gentiles a judaizar? (Gal 2, 14). San Pablo combatió durante toda su vida contra quienes querían mantener junto a la Cruz una economía paralela, y empleó palabras que ningún Dicasterio se
atrevería hoy a volver a publicar: si circumcidamini, Christus vobis nihil
proderit; si os circuncidáis, Cristo no os aprovechará de nada (Gal 5, 2).
El judaizante no niega a Cristo: Lo pone a su lado. No dice que la Cruz sea
inútil: dice que no es spes unica. Y es exactamente la estructura del n.
13, donde se niega de palabra la doctrina de las dos vías de salvación y se la
reafirma en sustancia, atribuyendo a la antigua alianza un significado teológico actual y a la
«religiosidad judía» actual un valor que nos enriquecería.
Este
judaísmo cristianizado no es una invención conciliar: desde hace casi dos
siglos el mundo protestante anglosajón cultiva la misma teología de las dos alianzas —el dispensacionalismo de Darby y Scofield— con las consecuencias
políticas ya visibles en todas las naciones occidentales, en las que exponentes
del «cristianismo sionista» someten las naciones a la mafia ashkenazí. La
iglesia sinodal no ha hecho sino importar su sustancia, vistiéndola de léxico
«católico»: el catolicismo judaizante de hoy es el equivalente sinodal
del sionismo protestante. Dos caminos distintos en su origen, idénticos en su
efecto, pues ambos hacen que la Cruz sea parcialmente superflua y reducen a la
Iglesia Católica a una de las vías.
6. El
noajismo, es decir, la religión universal de los
gentiles
Si se
niega que los judíos deban convertirse a Cristo, queda preguntarse qué se
ofrece a los gentiles. La tradición rabínica tiene sobre esto una respuesta antigua y coherente: los siete preceptos noájidas (Sanhedrin 56a), un código moral mínimo reservado a los no judíos, que excluye para ellos
toda pretensión sobrenatural. Una religión universal sin Trinidad, sin Encarnación, sin Cruz, sin Sacerdocio, sin Iglesia, sin Gracia y sin Sacramentos. No es una curiosidad erudita: en 1991 el Congreso de los Estados Unidos, mediante la Public Law 102-14, reconoció solemnemente las «Siete Leyes Noájidas» como fundamento de la civilización.
Compárese
ahora ese proyecto con lo que propone la Nota. En el n. 58 las religiones son
llamadas a transformar el mundo para que se convierta en expresión fraterna de
la voluntad de Dios, y en el n. 53 se apresuran a excluir que se quiera fundar
una religión mundial. El resultado es, sin embargo, el mismo: un monoteísmo genérico, una moral común, una fraternidad sin el Hijo
de Dios. No necesito atribuir intenciones a nadie, y me cuido de hacerlo: basta observar que la iglesia sinodal está predicando a los gentiles aproximadamente lo que la Sinagoga ha reservado siempre a los gentiles, y que en ninguno de los dos esquemas queda un lugar para Nuestro Señor Jesucristo. Es esto, y no la fraternidad evangélica, lo que se esconde detrás de la expresión «hermanos mayores».
IV. El
Islam y la memoria de Lepanto
En el n.
43 la Nota retoma de Nostra Ætate la afirmación de que los musulmanes
adoran al único Dios. Y se alegra de la creciente conciencia crítica respecto
de la islamofobia.
Pero ¿qué
Dios adora quien niega expresamente la Santísima Trinidad, la Divinidad de
Nuestro Señor Jesucristo, Su muerte en la Cruz y Su Resurrección? El Apóstol San Juan responde sin ambigüedad: Omnis qui negat Filium, nec Patrem habet; quienquiera que niega al Hijo tampoco
tiene al Padre (1 Jo 2, 23). Y además: Omnis qui recedit, et non permanet in
doctrina Christi, Deum non habet; quienquiera que se aparta y no permanece
en la doctrina de Cristo no tiene a Dios (2 Jo 9). Un monoteísmo que rechaza al
Hijo no es una forma imperfecta de la verdadera fe: es su negación, y además consciente, porque el Corán conoce a Cristo y Lo rechaza como Dios.
Está
además la dimensión práctica, que la Nota roza con una prudencia reveladora. En
el n. 45 retoma Evangelii Gaudium para pedir a los cristianos que acojan
con afecto a los inmigrantes musulmanes, mientras implora a los países
islámicos que concedan a los cristianos la libertad de culto. Obsérvese la
asimetría de los verbos: por una parte un deber, por otra una súplica. La
reciprocidad se invoca desde hace sesenta años y nunca ha llegado, y nadie se
atreve a extraer la conclusión obvia.
Mientras
tanto, la inmigración masiva prosigue, promovida por poderes políticos y financieros que conocen perfectamente sus efectos, y bendecida por una jerarquía que ha encontrado en ella su última razón social (y
una cómoda fuente de beneficio que compensa las desastrosas pérdidas de
donaciones y ofrendas de sus propios fieles). Las consecuencias están ante los
ojos de cualquiera que no sea pagado para no verlas: periferias europeas
enteras sustraídas de hecho a la ley y a las costumbres cristianas; iglesias
vendidas, cerradas o transformadas mientras se multiplican las mezquitas; una
sustitución étnica y religiosa planificada que ya no se puede negar y que se
prefiere llamar enriquecimiento. En el n. 47 la Nota admite las
persecuciones de cristianos por parte de grupos extremistas, pero sin nombrar
el lugar, la causa y el remedio: la única respuesta identificada sigue siendo
el diálogo. Un diálogo que mira hacia otro lado, casi molesto por la sangre de
los Mártires católicos en Nigeria, masacrados cotidianamente por aquellos a
quienes Roma estrecha la mano sonriente.
La
caridad hacia el extranjero individual es un deber, y nadie aquí lo discute.
Pero la caridad tiene un orden —el ordo caritatis que Santo Tomás expone
en la Suma (II-II, q. 26, a. 6-8)— y la caridad hacia el extranjero no
obliga a un pueblo cristiano a entregar a sus propios hijos una tierra
descristianizada. Los Pontífices que organizaron la Liga Santa amaban a los
turcos lo suficiente como para querer su conversión, y amaban a sus propios pueblos
lo suficiente como para no entregárselos. Hoy se ha dejado de hacer una y otra
cosa, y este doble vil abandono se llama hipócritamente acogida.
La Nota
evoca varias veces a San Francisco de Asís como patrono de la «fraternidad universal» (n. 30). En estos días la Iglesia ha celebrado la Impresión de sus Sagradas Llagas. Pues bien, cuando el Pobrecillo se dirigió
a Damieta ante el sultán al-Malik al-Kamil, en 1219, no fue para «construir una sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias». Fue para predicarle a
Nuestro Señor y convertirlo. En su primera Regla dispuso que los frailes que fueran
entre los sarracenos anunciaran la Palabra de Dios, para que creyeran y fueran bautizados. Esta es la fraternidad franciscana: la caridad que quiere la salvación eterna del hermano, no que este se confirme en el error.
San Pío V
no combatió la islamofobia: reunió la Liga Santa, confió la flota al Rosario,
venció en Lepanto e instituyó la fiesta de Santa María de la Victoria. El Beato Inocencio XI, después de Viena, consagró al Nombre de
María el 12 de septiembre. Según los criterios de esta Nota, ambos deberían ser incluidos entre los «modelos monolíticos» que el n. 54 declara fuente de
violencia y sufrimiento.
V.
Libertad religiosa y religión del Hombre
La Nota
vincula expresamente Nostra Ætate con Dignitatis Humanæ (n. 2).
Presenta la libertad religiosa como condición de toda relación respetuosa entre
las religiones y la pone como fundamento de una «ciudadanía universal».
También
aquí el Magisterio precedente es unánime.
Gregorio
XVI, en la Mirari vos (1832), llama a la libertad de conciencia una
sentencia absurda y errónea, o más bien un delirio, que brota de la fuente
envenenada del indiferentismo: Ex hoc putidissimo indifferentismi fonte
absurda illa fluit ac erronea sententia, seu potius deliramentum, asserendam
esse ac vindicandam cuilibet libertatem conscientiæ; de esta inmundísima
fuente del indiferentismo brota aquella absurda y errónea sentencia, o más bien
delirio, de que se debe admitir y garantizar a cada uno la libertad de
conciencia.
El Beato
Pío IX, en la Quanta Cura (1864), hace suya aquella condena. El Syllabus
condena la proposición según la cual cada uno es libre de abrazar la religión
que, a la luz de la razón, haya juzgado verdadera (prop. 15). Condena también
aquella según la cual ya no convendría que la religión católica fuese la única
religión del Estado (prop. 77).
León
XIII, en la Immortale Dei (1885) y en la Libertas præstantissimum
(1888), enseña que el Estado no puede tratar todos los cultos del mismo modo
sin caer en el ateísmo práctico. La libertad de culto, entendida como derecho a profesar cualquier religión, contradice la virtud de religión, que se debe solamente al único Dios verdadero.
Pío XI,
en la Quas Primas (1925), proclama la Realeza social de Cristo sobre los
individuos, las familias y los Estados. Denuncia el laicismo como la peste de
nuestro tiempo.
También
el sueño de la «fraternidad universal» sin Cristo ya ha sido juzgado. San Pío X
lo hizo en la Carta Notre charge apostolique (1910), con la que
condenaba al Sillon. Denunciaba en ella un gran movimiento de apostasía,
organizado en todos los países, pour l’établissement d’une Église
universelle qui n’aura ni dogmes, ni hiérarchie, ni règle pour l’esprit, ni
frein pour les passions, para el establecimiento de una Iglesia universal
que no tendrá ni dogmas, ni jerarquía, ni regla para el espíritu, ni freno para
las pasiones. La Nota, en el n. 53, se apresura a precisar que no quiere fundar
una gran religión mundial, y mientras tanto pretende que las religiones
transformen el mundo para que se convierta en expresión fraterna de la voluntad
de Dios (n. 58). Una voluntad de Dios que, evidentemente, puede expresarse
indistintamente en una sinagoga, en una mezquita, en una pagoda o en la
Basílica de San Pedro.
En la
misma Carta, San Pío X recordaba que los verdaderos amigos del pueblo ne sont ni révolutionnaires, ni novateurs, mais traditionalistes, los verdaderos amigos del pueblo no son ni revolucionarios, ni innovadores,
sino tradicionalistas. Esto explica por qué hoy los tradicionalistas son tratados como enemigos.
VI. La
abolición de la misión
El punto
en el que la Nota se quita la máscara es el n. 54. Allí se lee que «la defensa
de la propia posición y el proselitismo», como modos de encuentro con el otro, ya no tendrían sentido en la «aldea global». En el n. 22 se amonesta a aquellos que estarían «tentados» de insistir en la obligación de anunciar a Cristo. En el n. 46 se asegura que no hay proselitismo en la dinámica del amor.
Antes de
responder hay que desenmascarar el engaño lexical, porque sobre él se
sostiene toda la operación.
Proselitismo, en el
uso corriente, tiene una acepción negativa: evoca la persuasión agresiva, la
presión psicológica, el reclutamiento, la conciencia comprada con el pan o
doblegada mediante la amenaza. Pues bien: la evangelización no es
proselitismo, y nunca lo ha sido. La Iglesia siempre ha enseñado que el acto de
fe debe ser libre y que a los infieles no se les puede de ningún modo obligar a
creer (S. Th. II-II, q. 10, a. 8). San Gregorio Magno prohibió bautizar a los
judíos contra su voluntad, y aquella prohibición pasó a la constitución Sicut
Judæis, renovada por una larga serie de Pontífices. Ningún católico digno
de este nombre ha defendido jamás las conversiones forzadas.
El engaño
consiste en hacer coincidir los dos términos evangelización y proselitismo. Bergoglio, con engaño, ha jugado con esta identificación,
atribuyendo al mandato de evangelizar las características odiosas del
proselitismo: la arrogancia, la violencia, la falta de respeto por el otro. Realizada la sustitución, el juego está hecho: quien predica la
conversión se convierte en un agresor, quien calla se convierte en un hombre de diálogo, y
el misionero, que durante veinte siglos ha sido la imagen más pura de la caridad cristiana, es considerado intolerante y divisivo.
Es un
sofisma elemental, y precisamente por eso eficaz. Pero hay que decirlo con
claridad: ninguno de nosotros promueve el proselitismo: esta es más bien la prerrogativa de las sectas, especialmente de matriz protestante. Nosotros reivindicamos el mandato de Nuestro Señor, que es algo muy diferente y
que ningún Papa ni ningún Dicasterio tiene el poder de abolir.
En la
Iglesia conciliar y sinodal el mandato de Nuestro Señor es considerado una
forma de intolerancia que debe ser proscrita. Pero ese mandato no puede ser
cancelado: Euntes ergo docete omnes gentes, baptizantes eos in nomine
Patris, et Filii, et Spiritus Sancti (Mt 28, 19). Y no admite excepciones: Qui
crediderit et baptizatus fuerit, salvus erit; qui vero non crediderit,
condemnabitur (Mc 16, 16).
Benedicto
XV, en la Maximum illud (1919), recordó a los misioneros que su único fin es la expansión
del Reino de Cristo y la salvación de las almas. Lo mismo enseñaron Pío XI en
la Rerum Ecclesiæ (1926) y Pío XII en la Evangelii præcones
(1951). La Iglesia que renuncia a convertir a los infieles ya no es misionera y
traiciona su propia razón de ser. Se convierte en una agencia de mediación
cultural al servicio de la «convivencia pacífica».
También
la práctica que la Nota elogia ha sido explícitamente prohibida por la ley de
la Iglesia. El n. 49 elogia las «celebraciones compartidas»; el can. 1258 § 1
del Código de Derecho Canónico de 1917 vigente hasta 1983 establecía que no es
lícito a los fieles de ningún modo asistir activamente o tomar parte en las
funciones sagradas de los no católicos: Haud licitum est fidelibus quovis
modo active assistere seu partem habere in sacris acatholicorum. El n. 19
celebra el panteón de Asís de 1986, con los jefes de las falsas religiones
reunidos para rezar cada uno a su propio dios. La Mortalium Animos había
prohibido a los católicos toda participación en semejantes asambleas.
El n. 41
presenta las «parejas interreligiosas» como fruto del diálogo. El can. 1070
establecía que la disparidad de culto hace nulo el matrimonio. El can. 1060
declaraba que la Iglesia prohíbe también los matrimonios mixtos con bautizados
no católicos.
El n. 38
de la Nota recuerda complacida que el Dicasterio envía mensajes de felicitación
por las fiestas de las otras religiones. San Juan había ordenado no saludar siquiera a quien no lleva la doctrina de Cristo: Nec Ave ei dixeritis (2 Jo 10). Hoy la Santa Sede felicita por el culto de los
ídolos. Pero ¿qué acuerdo entre Cristo y Belial? ¿Qué concordia entre el templo de Dios y los ídolos? Quæ autem conventio
Christi ad Belial? Qui autem consensus templo Dei cum idolis? (2 Cor 6, 15-16).
VII. La
neolengua del falso irenismo
Queda por
hablar del lenguaje, que no es un accesorio sino el vehículo del error.
La Nota
nos ofrece la «cultura de la complejidad, de la flexibilidad y de la amistad»
(n. 55) y el modelo del «poliedro» (n. 56). Nos habla de «casa común», de «aldea global» y de «mártires del diálogo» (n. 33). Ninguno de estos términos pertenece al léxico de la Fe. Todos
pertenecen al léxico de la ideología globalista. Los Mártires de la Iglesia murieron por no dialogar con la idolatría, y por haber rechazado un grano de incienso a Júpiter. La Nota ha inventado una nueva categoría, los mártires del compromiso.
Pío XII,
en la Humani Generis (1950), describió este fenómeno con precisión.
Deploró el falso irenismo de quien, para favorecer la unión, está dispuesto a
vaciar los dogmas de su sentido y a sustituir la terminología escolástica por
fórmulas vagas y adaptables. No se niega abiertamente la verdad: se la hace
indecible, porque las palabras para decirla han sido abolidas.
Una
Iglesia que ya no sabe pronunciar las palabras infiel, herejía, conversión,
infierno no necesita renegar formalmente de la Fe. Ya lo ha hecho en la
lengua.
VIII.
Conclusión: el camino ancho
La Nota
se titula Un camino de esperanza, y su último párrafo invita a todos a
recorrerlo juntos. Pero Nuestro Señor nos ha advertido que existen dos caminos.
Uno es estrecho y conduce a la vida. El otro es ancho y espacioso, et multi sunt qui intrant per eam (Mt 7, 13). El
camino propuesto por León y por los Dicasterios romanos tiene todas las características del segundo. Es ancho, porque entra cualquiera sin conversión. Es espacioso, porque todo está admitido en él salvo la pretensión de la Verdad. Está abarrotado de dignatarios de todas las religiones, y solo falta Aquel que dijo: Ego sum via, et veritas, et vita. Nemo venit ad Patrem nisi per me
(Jo 14, 6). Abraham, cuya paternidad común reivindica la Nota, contra spem in
spem credidit (Rm 4, 18): esperó contra toda esperanza humana, porque creyó en
la promesa de Dios, que es Nuestro Señor Jesucristo. La esperanza que la Nota nos propone es exactamente lo contrario: una esperanza totalmente humana, que ha dejado de creer en la Promesa.
Esta no
es la esperanza teologal, que tiene por objeto la vida eterna y por fundamento
los méritos de Nuestro Señor. Es la esperanza mundana de una paz sin el Príncipe de la Paz, de una fraternidad sin el Padre, de una convivencia sin la Cruz. Es la Religión del Hombre que la Masonería ha
teorizado durante tres siglos y que la Iglesia conciliar, hace sesenta años,
comenzó a predicar desde sus púlpitos.
A quien
me pregunte si es lícito rechazar un documento aprobado por el Papa, respondo
con San Pablo: Licet nos aut angelus de cælo evangelizet vobis præterquam
quod evangelizavimus vobis, anathema sit (Gal 1, 8). He citado a Gregorio
XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, el Concilio de Florencia y el Concilio Vaticano I. ¿Quién entre ellos y esta Nota se encuentra en contradicción con la Fe de siempre?
Ciertamente no aquellos Pontífices.
A los
fieles les digo: no os dejéis turbar. Lo que fue verdadero durante diecinueve siglos no se convirtió en falso el 28 de octubre de 1965 con la promulgación de Nostra Ætate, ni el 16 de septiembre de 2026 con la publicación de esta Nota. Continuad rezando por la conversión de los infieles, de los herejes y de los judíos, como la Iglesia siempre lo ha hecho. Continuad profesando que fuera de la Iglesia no hay salvación. Continuad amando a las almas lo suficiente como para desear su Bautismo.
Y
dirijámonos a Aquella de la cual la Iglesia canta: Gaude, Maria Virgo,
cunctas hæreses sola interemisti in universo mundo. Ella, que en Lepanto y
en Viena salvó a la Cristiandad de la espada, también la salvará de este engaño más sutil. Lo hará cuando un Papa vuelva a hacer lo que hicieron San Pío V y San Pío X: confirmar a los hermanos en la Fe, condenar el error y devolver a la Iglesia su misión. O lo hará Nuestro Señor, el día de Su segunda Venida, cuando Él reasuma en Sí la Realeza universal y el Sumo Pontificado.
+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo
21 de septiembre MMXXVI
S. Matthæi Apostoli et Evangelistæ
[1] Oremus et pro perfidis Judæi: ut Deus et Dominus
noster auferat velamen de cordibus eorum; ut et ipsi agnoscant Jesus Christum
Dominum nostrum.
https://www.exsurgedomine.org/blog/spes-contra-spem/
