P. Lorenzo Scupoli – Combate espiritual
Lo
primero que podemos obtener al meditar en la cruz y en las virtudes de nuestro
Salvador es un profundo arrepentimiento de nuestros pecados que fueron los que
ocasionaron su Pasión y su Muerte, un deseo grande de desagraviarlo por las
ofensas que le hemos hecho y un esfuerzo continuo por conseguir la conversión
de los pecadores.
Lo
segundo que debemos hacer al meditar en la pasión y cruz del Redentor es
pedirle confiadamente perdón de todas nuestras faltas, convencidos de que fue
por obtenernos el perdón que sufrió tan atroces tormentos. Al recordarlos
deberíamos sentir un verdadero odio y asco hacia nuestras maldades, y un gran
amor hacia quien tanto ha sufrido por salvarnos.
Lo
tercero debe ser esforzarnos con toda la voluntad en alejar del corazón y sofocar
en nuestra vida las indebidas inclinaciones que nos llevan al pecado.
Lo cuarto
que nos propongamos imitar las admirables virtudes de Jesús, el cual según dice
san Pedro "sufrió por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigamos sus
huellas" (1P 2, 21).
UN MODO
PRÁCTICO PARA HACER CON FRUTO ESTA MEDITACIÓN
Recordemos un método que produce buenos frutos cuando se hace la meditación acerca de este tema tan importante. Consiste en cuatro puntos:
1°Pensar
en lo que hacía Jesucristo mirando hacia el Padre Dios mientras sufría.
2°
Meditar en lo que hacía el Padre Dios mientras su Hijo padecía en la cruz.
3° Pensar
en lo que sentía Jesús hacia nosotros mientras padecía su Sagrada Pasión.
4°
Meditar en lo que nosotros debemos hacer por el que tanto sufrió por salvarnos.
1°.
Jesús, mientras sufría en la cruz elevaba su mente hacia su Padre, hacia la
Divinidad infinita de quien dijo el profeta Isaías:
"Todas
las naciones son ante él como una gotita de agua, y las islas más grandes
parecen un granito de polvo, y toda la tierra es como nada ante Él" (Is
40, 17) y le ofrecía a la santidad de Dios todos sus padecimientos en el
desagravio por las infidelidades, las injurias y los desprecios de todas las
creaturas humanas y le daba gracias por sus infinitos favores y pedía que a los
humanos concediera la gracia de lograr agradar al Creador y obedecerle.
2° El
Padre Dios desde el cielo miraba con gran satisfacción el amor inmenso de su
Hijo, que se ofrecía con tan enorme generosidad para pagar ante la Justicia
Divina los pecados de todos los descendientes de Adán. El Libro de Génesis dice
que Dios al contemplar desde el cielo la gran maldad de la gente "se
arrepintió de haber creado a los seres humanos" (Gn. 6, 6). Pero después
al ver en la cruz ofrecerse con tan infinito cariño para pagar las maldades de
toda la humanidad, el Padre Dios sintió verdadera alegría de haber creado a la creatura
humana, porque en éste su Hijo Preferido encontraba todas sus complacencias y
abrió Dios de nuevo las Puertas del Paraíso Eterno que estaban cerradas
desde que Adán y Eva se revolucionaron contra su Creador, y en adelante
por parte de Dios ya no hay impedimento alguno para que sus hijos de la tierra
vayamos a su gozo del cielo. Basta que queramos ir y que cumplamos su santa
ley, pues por su parte, con el sacrificio de Cristo ha quedado totalmente
aplacada la Justicia Divina y amistado el Creador con sus creaturas tan débiles
y rebeldes.
3°
Imaginemos qué sentía Jesús hacia nosotros mientras sufría su martirio en la
Sagrada Pasión. Nos veía tan débiles, tan mal inclinados, tan atrozmente
atacados por el mundo, el demonio y las pasiones de la carne, tan
espantosamente inclinados hacia el mal desde que nuestros primeros padres
perdieron la amistad de Dios en el Paraíso Terrenal. Veía los grandes peligros
de condenarnos que íbamos a tener siempre. Observaba claramente la espantosa fealdad
de nuestros pecados y la gravedad de nuestras faltas. Sabía perfectamente que
"Dios perdona pero no deja sin sanción ninguna falta" (Ex 34, 7) y
que por tanto las consecuencias de cada pecado son dolorosas y dañinas. Y comprendía
también que sin la ayuda del poder divino somos totalmente incapaces de
convertirnos y de mantenernos en la amistad con Dios. Por eso durante su
Sagrada Pasión oraba por nosotros. Pedía perdón por todas las culpas de los
pecadores y borraba con su Santísima Sangre la sentencia de condenación que
deberíamos haber recibido por los pecados. San Pablo dice en bellísima
comparación que: "Jesús tomó la factura de nuestros pecados y de nuestras
deudas para con Dios, la lavó con su sangre y la colgó en la cruz como algo ya
cancelado" (Col 2, 14). Durante su Pasión estuvo orando por nosotros los
pecadores. ¡Bendito sea!
4°
Pensemos ahora qué debemos hacer por el que tanto sufrió por salvarnos. Amor
con amor se paga. ¿Qué será lo que Jesucristo quiere que ofrezcamos en
respuesta a todo lo que sufrió por redimirnos? ¿Será que aceptamos con alegría
y con paciencia la cruz de sufrimientos que Dios permite que nos llegue cada
día y así le ayude a salvar pecadores, y disminuyamos las penas que nos esperan
para el purgatorio? ¿Será que luchemos un poco más por evitar esos pecados que
tanto desagradan a la Divinidad? ¿Será que nos sacrifiquemos más generosamente
por los demás, a imitación del Salvador que dio su vida por redimirnos?
Consideremos la cruz de Jesús como un libro abierto en el cual debemos leer y
aprender todos los días de nuestra vida. En la vida de san Francisco de Asís se
cuenta que ya moribundo decía: "Tráiganme mi libro". Le llevaron
varios libros, pero él ya ciego los rechazaba. Al fin le acercaron su
crucifijo, y entonces llenándolo de besos en sus manos, en sus pies, en sus
heridas del costado y en su corona de espinas, repetía gozoso: "En este
libro aprendí a amar a mi Redentor". Y murió diciendo al Salvador que lo
amaba con todo su corazón. Miremos a Cristo clavado en la cruz y recordemos
cuánto nos ha amado, y en cambio digámosle muchas veces: "Te amo Jesús.
Señor Tú sabes que te amo. Oh buen Jesús: que te ame mucho más. Que todos te
amemos siempre más y más".
Peligro.
Puede suceder que nos ocupemos durante buenos ratos en meditar en lo que Jesús
sufrió en la cruz, y el modo como sufrió, pero que después cuando nos lleguen
penas, sufrimientos y contradicciones, nos dediquemos a renegar y maldecir,
como si no hubiéramos jamás pensado en la cruz del Salvador. Entonces nos
sucedería como a aquellos militares que ante sus jefes juran y prometen
defender la bandera de la patria, pero apenas aparece el enemigo a atacarlos,
salen huyendo y abandonan el campo de batalla. Qué triste sería que después de
haber contemplado en la cruz de Cristo, como en un espejo, el modo como debemos
sufrir, después cuando se nos presente la ocasión de padecer algo, se nos
olvide todo y en vez de imitar al Salvador nos dejemos dominar por la
impaciencia y el desánimo. A Jesús crucificado pidámosle que nos conceda la
gracia de saber sufrir con paciencia y valor como sufrió Él por la salvación
del mundo.
