—La
guerra es un fenómeno místico —dijo Benjamín Benavides, dejando caer el diario
sobre las rodillas. Estábamos en el Club de la Unión, y el Coronel se puso rojo
como un tomate.
—¿Místico?
—rugió—. ¡La guerra es un fenómeno de artillería, de intendencia y de cojones,
con perdón de la palabra! Benjamín sonrió con esa paciencia de santo que a
veces ponía furioso al Coronel.
—Todo
eso es la cáscara, Coronel. La pólvora es el síntoma; la causa es el espíritu.
Usted cree que la guerra la hacen los cañones, y yo le digo que los cañones son
simplemente los instrumentos de una decisión que ya se tomó en el cielo, o en
el infierno. La guerra es el flemón de una infección interna que se llama
injusticia. Cuando la injusticia llega a un grado de saturación, el flemón
revienta.
—¡Bah!
—dijo el Coronel—. ¡Teología de sacristía! La guerra es la política por otros
medios, como dijo Clausewitz.
—Clausewitz
era un genio de la cáscara —replicó Benya—. Pero San Juan es el genio del
meollo. Fíjese usted en el Jinete del Caballo Bermejo. No dice que Dios mande
la guerra; dice que "le fue dado quitar la paz de la tierra". ¿Se da
cuenta? Dios no empuja a los hombres al matadero; simplemente retira Su mano.
Retira la Gracia, que es el único cemento que mantiene unidos a los hombres. Y
cuando el cemento se retira, los ladrillos se caen y se aplastan unos a otros
por su propio peso.
—Pero,
Benjamín —intervine yo—, ¿usted cree que esta guerra que viene es la última?
—No lo
sé —dijo Benjamín poniéndose serio—. Pero sé que es una guerra de continentes.
Ya no son naciones las que chocan; son bloques de humanidad. Es como si el
mundo se estuviera simplificando para el duelo final. Las naciones pequeñas
desaparecen o se vuelven satélites. Al final quedarán dos, y después uno, y
después... el que tiene que venir.
—Usted
siempre con su manía del Anticristo —dijo el Coronel, un poco más calmado—.
Pero explíqueme eso de la guerra de los continentes.
—Mire,
Coronel: antes las guerras eran como pleitos de familia. Se peleaban por un
límite, por una corona, por una herencia. Eran guerras humanas, con reglas, con
honor, con treguas. Pero ahora la guerra es ideológica y técnica. La técnica ha
suprimido las distancias, y la ideología ha suprimido la piedad. Ya no se trata
de conquistar una provincia; se trata de imponer un sistema de vida a todo el
planeta. El mundo se ha vuelto chico y el odio se ha vuelto grande. Los
continentes se miran por encima de los océanos como dos boxeadores que ya no
tienen dónde retroceder.
—¿Y quién
ganará? —pregunté.
—Ganará
el que tenga más fe, aunque sea una fe falsa —respondió Benjamín—. Porque la
técnica es igual para todos. Los tanques son los mismos, los aviones son los
mismos. Lo que decide es el "plus" espiritual. Pero cuidado: el
"plus" espiritual del Mal es muy poderoso cuando el Bien se ha vuelto
tibio. La guerra de los continentes es la preparación del escenario para el
Gran Engaño. Cuando los hombres estén hartos de matarse por los continentes,
pedirán a gritos un pacificador mundial. Y ese pacificador... ya saben quién
es. El Coronel se quedó pensativo, mirando el fondo de su vaso.
—Usted
dice que la guerra es un castigo —dijo al fin—. Pero mueren inocentes.
—La
inocencia es un concepto relativo en una sociedad solidaria en el pecado —dijo
Benjamín con tristeza—. Cuando una ciudad se incendia, se queman los templos y
los prostíbulos. Pero no se engañe: la muerte no es lo peor que le puede pasar
a un hombre. Lo peor es vivir en una paz podrida, en una paz que es una mentira
continua, donde el alma se deshace en la molicie y el egoísmo. La guerra es un
cirujano cruel, pero a veces es el único que puede extirpar el cáncer de la
soberbia humana. La guerra devuelve al hombre a su dimensión real: una criatura
frágil que hoy está y mañana no, y que tiene que rendir cuentas a Alguien.
—¿Entonces
usted es partidario de la guerra? —preguntó el Coronel con una sonrisa irónica.
—Soy
partidario de la Verdad —dijo Benjamín levantándose—. Y si la Verdad no puede
reinar por el amor, acaba imponiéndose por el dolor. La guerra de los
continentes no es más que el grito de la creación que gime por la Justicia que
los hombres le niegan."
Leonardo Castellani - "Los Papeles de Benjamín Benavides" – 1954.
