Por IGNACIO KILMOT
Por línea
media nos referimos a ciertos publicitados conservadores en la Iglesia que,
lejos de reclamar ni siquiera la permisión de la misa tradicional, son bi-ritualistas
sin complejos y aceptan sin aversión las demoledoras reformas salidas del revolucionario
Concilio Vaticano II. Suelen clamar contra lo que llaman “abusos”, y sólo
contra éstos, sin ser capaces de identificar la causa de estos “abusos” en la
estructura y la ideología montada por los modernistas para hacerlos posibles. Y
a pesar de todo esto, a pesar de su aceptación de la revolución litúrgica y
doctrinal neo-modernistas, se suelen presentar mediáticamente como contrarrevolucionarios
y antiliberales. Así nomás. Luego, consecuencia lógica de su adscripción a la
estructura oficial bajo el poder de los liberales, ellos se muestran furibundos
anti-lefebvristas. Señal impecable de que están cooptados por el amor a la legalidad
por encima del amor a la fe y la verdad.
Sobran
ejemplos de su conducta incoherente. Para ellos siempre se trata de ver los
errores en determinados personajes subalternos, pero jamás en las más altas
instancias de la Iglesia. Por, ejemplo, uno de estos sacerdotes (“Que no te la
cuenten”) verá claramente la estafa de una falsa vidente que montó un negocio
mediático con las supuestas revelaciones que recibiría de Dios y la Virgen
(“Luz de María”). Y clama contra la mujer que afirma, sin sonrojarse, que la
Virgen le dijo que debíamos estar todos unidos y ser fieles más allá de una
Iglesia o denominaciones religiosas determinadas. Aberrante, por supuesto.
Pero, ¿no es este el mensaje que, indirectamente y no tanto, se nos viene dando
desde que se instaló el ecumenismo y el diálogo interreligioso del Concilio?
¿No es la de esa mujer una posición coherente con la adoptada por los papas
conciliares a través de los encuentros interreligiosos de Asís, o el último que
hubo en Roma con León XIV? Claro está, es más fácil criticar a esa mujer
desdichada que a las altas autoridades eclesiásticas, sobre todo si fueron
“canonizados” como Juan Pablo II… “Parresía”, le llaman.
Otro ejemplo, sobre el que vamos a extendernos, de esta verdad a medias, lo tenemos en una entrevista realizada por el P. Javier Olivera Ravasi (https://www.youtube.com/watch?v=rqnkR6_iolw) a un joven argentino que es monje y sacerdote benedictino de la abadía de Le Barroux, Francia. Esta abadía es presentada erróneamente en los medios conservadores como enteramente tradicional, pero, como sabemos, es parte del movimiento de los “ralliés” que pactaron con Roma seguir siendo tolerados en ciertas prácticas tradicionales a cambio de no criticar el Vaticano II ni los errores doctrinales de las autoridades modernistas. Una prueba de eso la tenemos cuando el joven religioso menciona la crisis que atravesó en su momento el monasterio, diciendo: “los cambios, empezaron cuando el prior de esta fundación empezó a introducir cambios a partir de las interpretaciones de… siguiendo el Concilio Vaticano Segundo, o una falsa interpretación, como cada uno lo quiera entender”. El Concilio es intocable: el problema es la interpretación desviada de algunos…Pero, como sabemos, esto está completamente desmentido por todos los que seriamente se han dedicado a estudiar los documentos del Concilio.
En
definitiva, es un “tradicionalismo” domesticado, inofensivo, de invernadero. Conservador
y por eso mismo no combativo.
Pero
vamos a lo más desconcertante, para el que conoce un poco la historia de la Tradición
católica y sus combates contra el modernismo. Cosa que pensamos la mayoría de
los espectadores de la entrevista no conoce y por eso reciben una información mutilada.
En unos
50 minutos de entrevista, el religioso habla acerca de la abadía, de la vida
religiosa, y, entre el minuto 38 y 46 de la charla, se refiere a la vida de su
fundador Dom Gérard Calvet.
Ahora
bien, quizás a ese religioso no le han informado demasiado acerca de la vida de
su fundador, o estimó que hablar de todo su pasado sería un baldón para su
“prestigio”. Pero lo cierto es que omite etapas y situaciones fundamentales de
la vida de Dom Gérard que no pueden omitirse, a no ser que se quiera presentar
una imagen “lavada” e impoluta del referido fundador. Preferimos pensar que el
joven sacerdote desconoce los pormenores de aquella etapa de Dom Gérard que no
menciona.
Nos estamos refiriendo a la época donde Dom
Gérard estuvo cerca de Monseñor Lefebvre y su posición frente a la Roma liberal
y modernista.
Por eso
vamos a citar a alguien que fue un discípulo suyo, como también y sobre todo de
Monseñor Lefebvre, y que cuenta en un libro de primera mano lo que fueron
aquellos años donde Dom Gérard pareció abrazar integralmente la Tradición
católica. Y cual fue finalmente la actitud que tomó, que no lo honra en
absoluto, sino que lo deja muy mal parado.
Del libro
“Vencedores
y vencidos” (Edicoes Mosteiro da Santa Cruz, 2022), por Dom Tomás de
Aquino, O.S.B. prior del Mosteiro da Santa Cruz en Nova Friburgo, Brasil,
copiamos algunos fragmentos (las negritas son nuestras):
DOM
GÉRARD CALVET (1927-2008)
“El bien
proviene de una causa íntegra; el mal, de cualquier defecto.”
Dom
Gérard Calvet fue el fundador del monasterio benedictino de Santa María
Magdalena, en el sur de Francia. Fue allí donde ingresé como postulante después
de algunas semanas como huésped. En aquella época el monasterio se encontraba
cerca del pequeño pueblo de Bédouin.
Corría el
mes de mayo de 1974 cuando llegué a Bédouin acompañado de un amigo de mi
familia, el profesor Gladstone Chaves de Melo.
Todavía
veo la puerta de servicio que daba al camino y a Dom Gérard, con su hábito de
trabajo, recibiéndonos con mucha afabilidad…
Algunos
meses después, el 2 de octubre del mismo año 1974, tomé el hábito y comencé mi
noviciado. En esa época, Dom Gérard
estaba bastante próximo a Dom Lefebvre. Éste sería suspendido a divinis
en 1975 y excluido de la orden benedictina, a causa de su unión con él.
Como consecuencia del paso de Dom Lefebvre por el monasterio, una tormenta iba
a abatirse sobre nuestra comunidad.
Dom
Lefebvre había conferido las órdenes menores a dos de nuestros hermanos, el
hermano Jehan de Belleville y el hermano Joseph Vannier. Eso bastó para que el
abad de Notre Dame de la Pierre-Qui-Vire, Dom Denis Huerre, viniera a hacernos
una visita. Según lo que pude comprender, quería apartar a Dom Gérard y colocar
a otro superior en su lugar. Los monjes, reunidos en capítulo ante un abad
vestido con traje y corbata (no recuerdo bien si llevaba corbata o no, pero del
traje sí me acuerdo perfectamente), desengañaron las esperanzas de éste. Dom Denis
se fue bastante descontento y nosotros terminamos excluidos de la orden
benedictina. Todo ello por causa de nuestra unión con Mons. Lefebvre.
En 1976,
nuestro hermano Jehan de Belleville fue ordenado en Écône, en una ceremonia que
quedó grabada para siempre en la memoria de los asistentes. Mons. Lefebvre
había tomado la decisión de continuar su combate por la Tradición, a pesar de
las prohibiciones de Roma. Pablo VI le había ordenado que no realizara las
ordenaciones el 29 de junio de aquel año. A una persona que le preguntaba por
qué actuaba así, respondió: “Yo no
quiero escuchar, después de mi muerte, a Nuestro Señor decirme: ‘Entonces usted
también contribuyó a destruir mi Iglesia’.”
Todo el monasterio, con Dom Gérard al frente,
estaba unido de corazón y pensamiento al gran obispo, cuya fe y confianza
asombraban al mundo y llenaban de admiración y alegría a los verdaderos
católicos.
Alguien
me dijo que Mons. Lefebvre había propuesto a Dom Gérard que enviara sus futuros
sacerdotes a Écône. Es probable. Mons. Lefebvre siempre abrió generosamente las
puertas de su seminario. Pero el hecho es que Dom Gérard prefirió mantenernos
en el monasterio. Tal vez fuera mejor para la formación religiosa, pero
ciertamente no lo era para la formación sacerdotal.
Dom
Gérard mismo era bastante ecléctico. Había hecho su síntesis, como decía,
tomando de todas partes lo que le parecía útil. Pensaba que nosotros debíamos
ser capaces de hacer lo mismo. Decía: “Así como las abejas hacen la miel de la
esencia de todas las flores, el monje debe poder hacer su ‘miel’ a partir de
varios autores. Incluso en las flores venenosas, el monje prudente sabe
encontrar provecho.”
Eso es
verdad. La comparación incluso es de un Padre de la Iglesia. Pero, antes que
nada, es necesario convertirse en ese monje prudente y, para ello, no se nos
proporcionaban medios suficientes.
La manera de actuar de Dom Gérard era más
romántica que realista. Santo Tomás, según él, tenía un sistema;
San Buenaventura tenía otro. Eso dejaba flotando una duda sobre la legitimidad
de una formación francamente tomista y sobre su verdadera necesidad, tal como
San Pío X la presentó en la Pascendi y en el Código de Derecho Canónico.
Nos fue enseñada la tesis según la cual la
Sagrada Escritura contiene errores, y fueron los alumnos quienes, con
dificultad, hicieron comprender a Dom Gérard el error de nuestro profesor.
Las
tendencias favorables a algunos cambios introducidos por Pablo VI en la
liturgia crecían cada día en la comunidad, e innovaciones fueron introducidas
en ese sentido. Uno de nuestros profesores dejó el monasterio y adoptó la nueva
Misa. Sin caer en el exceso de afirmar que en Bédouin y en Le Barroux éramos
modernistas, es cierto que no tuvimos en
Dom Gérard la misma seguridad doctrinal que en Mons. Lefebvre. Si no éramos
modernistas, el clima que allí reinaba no nos protegía suficientemente contra
el modernismo ni contra cierto liberalismo.
Fue por
esa época, en diciembre de 1984, cuando Dom Gérard fue a Roma para tratar, si
no me equivoco, de la regularización de nuestro monasterio, excluido desde 1975
de la orden benedictina. Allí se encontró con el cardenal Ratzinger y regresó
fascinado.
“El
cardenal”, decía, “es alguien con quien se puede trabajar. Mons. Lefebvre es
muy cerrado.” E imitaba la actitud de Mons. Lefebvre como alguien que está
enfurruñado en un rincón.
“Además,
no es necesario que sea Mons. Lefebvre quien ordene a nuestros sacerdotes. Otro
obispo también puede hacerlo, siempre que lo haga con el antiguo ritual.” Nuestros
huesos se helaban escuchando todo eso.
Dom Gérard
decidió entonces hacer un acuerdo con Roma. Sin embargo, quiso inmediatamente
obtener la aprobación de Mons. Lefebvre. Le telefoneó. Mons. Lefebvre se
sorprendió e hizo todo lo posible para disuadirlo. Pero Dom Gérard tenía su
propia idea.
“Es
preciso saber perder una batalla para ganar la guerra”, decía.
Mons.
Lefebvre telefoneó a los amigos del monasterio y pidió que intervinieran para
evitar lo peor. Finalmente, Dom Gérard cedió. Habíamos escapado por poco, pero
solamente por un tiempo.
Durante
esas llamadas telefónicas, yo me encontraba en Écône y Mons. Lefebvre me habló
de sus preocupaciones. Debía ir a Le Barroux para predicarnos un retiro, pero
ya no se sentía cómodo. “Temo”, decía él, “que las palabras no salgan de mi
boca.”
La
situación, como puede verse, era tensa. Hice lo mejor que pude para convencerlo
de que fuera. Felizmente vino al monasterio.
En 1988, Mons.
Lefebvre decidió realizar las consagraciones el 30 de junio en Écône, después
de los dramáticos acontecimientos tan bien narrados en el libro de Mons.
Tissier de Mallerais sobre Mons. Lefebvre. Dom
Gérard, que antes había tomado partido por las consagraciones con un resonante
sermón, terminó cambiando de idea. Roma aprovechó la ocasión para entrar en
contacto con Dom Gérard. El cardenal Mayer telefoneó y luego visitó Le
Barroux. Mientras tanto, en Brasil, Dom Antônio y los sacerdotes de Campos se
organizaron para ir a la Consagración. Yo partí con ellos hacia Écône.
En Écône,
Dom Basílio OSB de Le Barroux me confió una misión, o mejor dicho, una orden de
parte de Dom Gérard. Debía yo “presentar” a Dom Basílio a Mons. Lefebvre, pues
aquél tenía una importante comunicación que hacer al venerable obispo. Era, ni más ni menos, explicarle a Mons.
Lefebvre que la Dignitatis Humanae era conforme a la Tradición. He aquí
adónde había llegado la formación dada en nuestro monasterio.
Al día
siguiente, después del café, fui a encontrarme con Mons. Lefebvre y explicarle
la situación.
“Si Dom
Basílio aún no comprendió la cuestión, jamás la comprenderá. De todos modos, éste
no es el momento de tratar eso”, dijo Mons. Lefebvre.
Era el
día 29 de junio, si no me equivoco. La ceremonia de las ordenaciones no
tardaría en comenzar. A pesar de eso, aquella misma mañana yo me vería obligado
a volver a los aposentos de Mons. Lefebvre para tratar otro asunto, al cual él
prestaría toda su atención.
En
efecto, Dom Gérard, que ya estaba en el seminario, me había contado la
conversación que había tenido con Mons. Lefebvre en Zaitzkofen algunos días
antes. “Mons. Lefebvre está de acuerdo en que hagamos un acuerdo con Roma.”
Sin
creerlo, vi que era necesario volver a hablar con Mons. Lefebvre, a pesar de la
hora.
Dejé a
Dom Gérard. Me entendí con los “guardias de seguridad” (pues había un pequeño
servicio de seguridad para proteger a Mons. Lefebvre en aquella ocasión) para
que me dejaran pasar. Golpeé la puerta de Mons. Lefebvre. Él me hizo entrar.
Entonces le relaté lo que Dom Gérard me había dicho.
Golpeando la mesa, pronunció estas palabras
con gravedad y preocupación: “¡Yo no dije eso! ¡Eso es muy grave! ¡Muy grave!”
¡Pobre Mons.
Lefebvre! He aquí que, en la víspera de las consagraciones, debía cargar la
pesada cruz de un probable “cisma” de Dom Gérard. Eso arriesgaba dividir a la
Tradición en Francia y reforzar el partido de algunos sacerdotes de la Fraternidad
San Pío X, los cuales ya se preparaban para fundar la Fraternidad San Pedro.
Al final
de nuestra breve conversación, me dijo: “Haga algo con vuestro Padre Prior.”
El día 30, día de las consagraciones, Dom
Gérard parecía excesivamente excitado. Durante la ceremonia se levantó por un
momento para ir a tomar aire. No se quedaba quieto. Sacerdotes de la fila
delante de nosotros se daban vuelta para ver qué pasaba y pedir silencio.
Regresé a
Le Barroux después de las consagraciones y tuve
la confirmación de que Dom Gérard había alterado las palabras de Dom Lefebvre
dichas en Zaitzkofen. Dom Jehan de Belleville, que había presenciado la
conversación entre Mons. Lefebvre y Dom Gérard, me confirmó que Dom Gérard había forzado las palabras de Dom Lefebvre,
ciertamente para obtener el asentimiento de la comunidad.
Del mismo
modo, aseguré a Dom Gérard lo que Mons. Lefebvre me había dicho, es decir, que
no estaba de acuerdo con un acuerdo entre el monasterio de Le Barroux y la Roma
conciliar. Ante eso recibí una respuesta
bastante brutal: “Dom Lefebvre, con la edad, pierde la memoria y el carácter.”
La
ruptura estaba hecha. Lo que siguió no sería sino consecuencia de ello.
Dom Gérard destruía así su obra. A pesar
de las lagunas, era una bella obra. Los oficios eran rezados con mucha
atención, las virtudes monásticas eran practicadas con rectitud, y teníamos
excelentes vocaciones que nos llegaban de familias verdaderamente católicas y
tradicionales. Incluso los estudios habían mejorado bastante con el paso de los
años; al menos había más clases y más tiempo de estudio.
Dom Gérard quiso hacer un monasterio
tradicional, pero le faltó una comprensión más aguda de la crisis actual. Dom
Gérard veía la necesidad de conservar la misa de siempre, de preservar las
observancias monásticas, pero no percibía bien el peligro del modernismo y del
liberalismo. El aspecto más profundo de la crisis se le escapaba.
Todo eso
nos permitió valorar mejor el valor de Mons. Lefebvre y de su obra. Mons. Lefebvre vio con exactitud el mal y
toda la gravedad de la crisis. Tuvo una visión teológica de la situación, en el
sentido más exacto del término. Eso le faltaba a Dom Gérard, quien, como Jean
Madiran, veía la deserción de los obispos, pero no quería ver la de los Papas
liberales, o no la veía suficientemente”.
