Por JUAN MANUEL DE PRADA
Mientras el
fantoche Trump lanza calumnias groseras contra León XIV, los adeptos más
alienados de las sectas ‘evangélicas’ han lanzado en las redes sociales una
campaña iconoclasta, en la que mientras destruyen imágenes religiosas de
escayola invocan versículos del Éxodo que condenan la idolatría. Ambas
melonadas se inscriben en la más pura tradición protestante, que en puridad no
es otra cosa sino antirromanismo, odio a la fe católica, aliñado con
pretensiones de purismo bíblico. Desde sus mismos orígenes, la exégesis
protestante, aprovechando la mundanidad de la corte papal renacentista, ha
calumniado encarnizadamente el Papado, considerando que la visión apocalíptica
de la Gran Ramera se refiere a Roma, convertida en sede del Anticristo; y el
fantoche Trump, asegurando que León XIV desea que los iraníes tengan bombas
atómicas y otros dislates por el estilo, no hace sino inscribirse –en versión
cerril y australopiteca– en esa tradición furiosa. También la vesania
iconoclasta –que es odio a la Belleza y a su encarnación máxima, la Virgen
María que sostiene al Niño Dios– es elemento constitutivo del protestantismo,
que al negar a María el título de Madre de Dios negó a sus adeptos la
posibilidad de criar a Dios en su regazo. De ahí que, como escribe Foxá, con Lutero
se secaran «todos los lirios simbólicos de la Edad Media». Naturalmente, estas
delicadezas estéticas, expresión máxima de la civilización católica, los
zoquetes ‘evangélicos’ que han lanzado esa campaña en redes sociales no pueden
ni siquiera vislumbrarlas; pues su pensamiento ha dejado de ser simbólico, para
chapotear en las literalidades más zafias y maniqueas.
Habría que empezar
a señalar que catolicismo y protestantismo son como agua y aceite; jamás podrán
cuajar una civilización conjunta (de ahí el fracaso constitutivo de engendros
como la Unión del Pudridero Europeo). Pues la idea fundante de la cultura
católica es el concepto escolástico de la unidad universal de todos los
hombres, su igualdad esencial sin negar el valor de sus diferencias; mientras
que la idea fundante de la ‘cultura’ (que en realidad es barbarie) protestante
es el concepto de ‘designio’, de élite o pueblo elegido, que alcanza su
paroxismo en la doctrina del ‘Destino Manifiesto’, que proclama a los Estados
Unidos una «nación ungida» por Dios a la que todos los demás pueblos y naciones
deben pleitesía, en una suerte de continuidad fatua con las promesas de la
Antigua Alianza. De ahí que todas las sectas ‘evangélicas’ sean fervientemente
sionistas; en realidad, más allá de todas las objeciones teológicas y morales
que podríamos aducir contra ellas, debemos reconocer que las sectas
‘evangélicas’, en puridad, son una plataforma para la hegemonía geopolítica del
anglosionismo en los países de tradición católica.
Que la
introducción de las sectas ‘evangélicas’ en la América hispánica, allá por los
años setenta, fue una operación diseñada y financiada por la CIA es algo
sobradamente demostrado. Ya en el Informe Rockefeller (1969), se advertía al
presidente Nixon que la Iglesia católica no era un «aliado confiable» y que
muchos sectores católicos se estaban volviendo «fuerzas de cambio social»
peligrosas para los intereses gringos. Así que se decidió reemplazar la
influencia católica, siquiera entre las clases populares, por una religiosidad
más ‘conservadora’ y ‘apolítica’ que centrase su mensaje en la ‘salvación
personal’. Ahora empezamos a asistir, en volandas de la avalancha inmigratoria,
a la eclosión de las sectas ‘evangélicas’ también en España, que sirviéndose de
nuevo de un mensaje de ‘salvación personal’ esconden una exaltación de la
prosperidad y el individualismo. Resulta especialmente indecente que desde la
derecha española se aplauda esta proliferación de sectas ‘evangélicas’,
presentándola como una nueva forma de Hispanidad y haciendo creer a las masas
cretinizadas adscritas a su negociado ideológico que los ‘evangélicos’
comparten ‘nuestra cultura’ y ‘nuestras formas de vida’.
Desde luego, una
inmigración procedente de la América hispánica (es decir, de la América
católica) es mil veces más deseable que una inmigración musulmana; pero una
inmigración protestante será tan disolvente del ‘ethos’ católico como la
musulmana. Escribía Leonardo Castellani con su habitual perspicacia que «la
mentalidad actual del protestantismo degenerado es mahometismo cultural y
religioso»; y lo documentaba leyendo las novelas que entonces triunfaban en
Yanquilandia, desde Ayn Rand a Sinclair Lewis, donde descubría «que ese pueblo
vivaz, poderosísimo y temible» profesaba una moral profundamente anticatólica,
lo que se percibía tanto en aspectos dogmáticos (sustitución de la mística por
el emotivismo, antisacramentalismo, naturalismo, etcétera), como en su culto a
la riqueza, en su consideración de las guerras injustas que convienen a sus
intereses económicos como ‘guerras santas’ o en su exaltación bárbara del
‘struggle for life’ y el ‘self-made man’. No sé si este cóctel puede
calificarse exactamente de ‘mahometismo’ (aunque conviene resaltar que
Castellani consideraba que el ‘mahometismo’ es un judaísmo simplificado
explicado a pastores de cabras); lo que resulta evidente es su vocación
anticatólica y disolvente del ideal de la Hispanidad.
Podría decirse sin
exageración que las sectas ‘evangélicas’ que se promueven insensatamente desde
la derecha de rompe y rasga son un subproducto cultural ‘yanqui’, exactamente
igual que la ideología ‘woke’ que promueve la izquierda caniche.
Paradójicamente, el activista ‘queer’ y el predicador pentecostal son, como
Aureliano y Juan de Panonia en el cuento de Borges, una misma persona; y ambos
desempeñan la misma misión, aunque se dirijan a públicos diversos que
ingenuamente se creen antípodas (pero que están al servicio del mismo amo, el
imperialismo anglosionista). Es, desde luego, abyecto querer convertir España en
una versión degradada de California, como pretenden la izquierda caniche, pero
igualmente abyecto es querer convertir España en una imitación casposa de
Miami, como pretende nuestra derecha de rompe y rasga, promoviendo
desnortadamente una parodia siniestra de la Hispanidad donde las sectas
‘evangélicas’ hacen su agosto entre los hispanoamericanos más pobres, mientras
los más ricos acaparan los pisos de los barrios pijos, inflando el mercado
inmobiliario.
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