Por MARCELO RAMÍREZ
2 de mayo de 2026
Hubo un dato que
pasó relativamente rápido por los titulares pero que en realidad es mucho más
grave de lo que parece. Ucrania, con drones aparentemente apoyados por
Alemania, volvió a golpear infraestructura rusa y esta vez el blanco fue
Tuapse, una de las refinerías más importantes de Rusia, con un impacto no solo
sobre las exportaciones rusas sino potencialmente sobre el suministro mundial
de petróleo. Un detalle no menor porque una cosa es hostigar posiciones
militares, depósitos tácticos o nodos de campaña y otra muy distinta es empezar
a tocar infraestructura energética estratégica rusa. Ahí ya no se está jugando
solo a prolongar el desgaste y se empieza a cruzar una línea roja real.
En ese contexto
aparece otra cuestión todavía más inquietante y que hoy se discute abiertamente
en ciertos sectores del pensamiento estratégico ruso. No en una periferia
delirante y maximalista, ni tampoco en el comentarismo histérico de televisión,
sino en una zona mucho más seria, más densa y más doctrinaria donde entra Sergey
Karaganov. Conviene entender en primera instancia quién es, y sorpresivamente
no es un funcionario de primera línea del Kremlin pero tampoco es un opinador
cualquiera. Alejado de ser un nacionalista de plató que agita fantasías para
vender humo patriótico, Karaganov es algo distinto, es uno de los intelectuales
estratégicos más influyentes de Rusia en las últimas décadas, especialmente en
todo lo que tiene que ver con seguridad, política exterior, doctrina nuclear y
relación entre Rusia y Occidente. No firma decretos pero instala marcos
referenciales que presionan sobre el gobierno ruso, o que permiten globos que
sondean la predisposición social sobre medidas mas radicalizadas. No da
órdenes, pero sí corre límites y no decide por sí solo, pero habilita que
ciertas ideas dejen de parecer impensables, lo que en política real, vale mucho
más que un cargo pomposo.
Karaganov
representa algo que podría llamarse, simplificando, un realismo civilizacional
ruso en crecimiento. Mira el mundo en términos de poder, de historia larga, de
esferas de seguridad, de identidades civilizatorias y de conflicto entre
bloques. No cree en la moral abstracta como principio ordenador del sistema
internacional y considera que se sostiene en la fuerza, en la disuasión
nuclear, en la multipolaridad y en el derecho de Rusia a impedir que
estructuras hostiles se instalen sobre su periferia inmediata. Asimismo cree
algo que en Occidente cuesta entender porque sigue preso de sus propios
clichés: Rusia debe cortar definitivamente su dependencia psicológica de
Europa, no solo la dependencia económica o diplomática. Es decir, el vínculo
mental de admiración, imitación y subordinación cultural hacia Occidente que
todavía persiste en sectores de la élite rusa, empresarial, cultural y política.
[NOTA DEL BLOG: Se refiere a la Europa liberal, surgida tras la masónica revolución
francesa]
Ese punto es central para entender lo que está pasando porque para Karaganov el problema no es solo externo. No alcanza con que Rusia se rearme si adentro suyo sigue teniendo una élite que sueña con volver a la normalidad anterior, con sus mansiones en Europa, sus capitales refugiados en Occidente y su viejo europeísmo de salón. Por eso vuelve a aparecer en su discurso la cuestión del “blasovismo”, esa idea de traición interna asociada a quienes colaboraron con el enemigo en la Segunda Guerra Mundial. Traducido al presente, Karaganov sostiene que Rusia no puede confrontarse seriamente con Europa si dentro suyo persiste una capa dirigente que sigue pensando como europea, admirando a Europa o esperando reconciliarse con ella. En otras palabras, la doctrina externa necesita una purga interna, tanto civilizatoria, como psicológica y política.
Sin embargo, lo
más delicado no está ahí, sino en la conclusión a la que llega. Karaganov ya no
plantea simplemente que Rusia debe alejarse de Europa, ahora plantea algo más
duro como es que Europa occidental ya desató la guerra contra Rusia y que el
error no sería responder, sino esperar. Esa es la clave porque ya no habla de
una guerra futura, lo hace en base a una guerra en curso que todavía no tomó la
forma total de una conflagración cinética generalizada, pero que ya existe en
forma material: armas, drones, inteligencia, producción industrial, logística,
financiación, doctrina, rearme, propaganda y hostilidad estructural. En esa
lógica, la Unión Europea deja de ser vista como un apéndice dócil de Estados
Unidos y pasa a ser un actor peligroso por sí mismo. El diagnóstico ruso se
endurece en consecuencia.
Durante años, la
lectura dominante en muchos análisis era más o menos simple, Europa era un
enclave subordinado, un actor decadente sin voluntad propia y apenas una
extensión política de Washington. Pero esa lectura empieza a desmoronarse y lo
que hoy emerge desde Moscú, y Karaganov lo expresa con brutal claridad, es otra
cosa: una Unión Europea histérica, ideologizada, rusófoba, degenerada
políticamente y cada vez más autónoma en su agresividad. No mejor que Estados
Unidos, sino peor aún porque no hay nada salvable dentro suyo, en sus élites.
Esto es lo más peligroso porque mientras en Washington todavía puede haber sectores
con los que se negocie, racionales, Europa occidental aparece como un
conglomerado de élites que ya perdió toda capacidad racional y usa la histeria
bélica como mecanismo de supervivencia.
Por eso Karaganov
introduce una idea extremadamente inquietante pero coherente dentro de su
lógica: si Europa ya está en guerra con Rusia, entonces Rusia no debe
preguntarse cómo evitar la guerra, sino cómo ganarla o cómo impedir que el
enemigo termine de prepararse. Esto es lo que vuelve explosiva su posición porque
no habla ya de simple disuasión sino de restaurar el miedo forzando a Europa a
retroceder mediante el miedo militar y, si hace falta, el miedo nuclear.
Primero golpear
objetivos simbólicos o funcionales con medios convencionales y luego escalar
cortando cables, atacando centros de comunicación y posteriormente realizar
pruebas nucleares, advertir en serio. Si eso no alcanza, plantea la posibilidad
de ataques nucleares limitados sobre objetivos europeos con la idea de quebrar
la voluntad occidental antes de llegar a una guerra termonuclear total.
No es una doctrina
oficial completa del Kremlin, Pero tampoco es un delirio aislado. Funciona como
una especie de ventana de Overton estratégica: dice en voz alta lo que sectores
cada vez más amplios del establishment ruso empiezan a considerar por debajo de
la mesa. De ahí la gravedad de lo que se está gestando, porque Karaganov no
habla desde Marte, lo hace desde una zona del pensamiento ruso donde se percibe
cansancio, impaciencia y una convicción creciente porque Rusia no debe esperar
a que Europa termine de rearmarse.
Mientras eso se
discute en Moscú, Europa efectivamente se rearma, ya no como una hipótesis sino
como proceso material en curso. Los números son claros, el gasto militar global
siguió creciendo y alcanzó niveles que no se veían desde hace años. Pero ese
aumento no se distribuye parejo porque Europa sube fuerte lo mismo que Asia. En
contraste, Estados Unidos, bajó coyunturalmente por la falta de nuevos paquetes
para Ucrania durante 2025. Eso confirma algo importante: ya no estamos ante una
guerra localizada en Ucrania, estamos ante una militarización sistémica del
orden internacional. Europa se rearma por miedo a Rusia, Asia se rearma por
China, Taiwán, Corea del Norte y la presión estadounidense por distintas
razones y Rusia se rearma también, porque considera que ya está en guerra con
Occidente. Estados Unidos hace lo suyo obligando a sus aliados a pagar más para
sostener la arquitectura estratégica que sigue controlando.
Ahí aparece otro
problema porque Washington aún no se retiró del mundo. Lo que hizo fue
tercerizar costos apenas, las armas ya no las paga tanto el contribuyente
norteamericano sino las pagan el europeo, el japonés, el australiano, el
taiwanés. Eso parece brillante en el Excel, pero tiene un defecto porque al
militarizar a sus aliados, Estados Unidos también les da más margen, más
autonomía y más capacidad de arrastrarlo a escenarios que no necesariamente
controla del todo. Ya pasó con Ucrania, también se empieza a ver en Asia.
Encierra una paradoja dado que el imperio sigue queriendo administrar el
tablero, pero cada vez depende más de actores regionales que pueden convertirse
en problemas por sí mismos.
Europa es hoy el
frente más acelerado de ese rearme, y el caso central es Alemania. Ahí está el
corazón del problema porque Alemania, en medio de una crisis industrial seria,
ha sido golpeada por la ausencia del gas ruso y por la competencia china,
decidió rearmarse a gran escala. No se trata solo de comprar armas, se trata de
transformar su economía en función de una lógica de guerra. Infraestructura,
energía, puertos, ferrocarriles, hospitales, ciberseguridad, inteligencia
artificial, drones, defensa aérea, industria dual, contratos públicos. Es
decir: no solo rearme presupuestario sino rearme doctrinal, industrial y civil,
pero el viejo objetivo del 2% del PIB quedó viejo. Ahora se habla del 5%,
contando defensa estricta más infraestructura y preparación vinculada a la
seguridad. Eso ya no es un ajuste defensivo, es otra cosa, es la absorción
progresiva de la economía civil por una racionalidad militar.
Por eso Rusia mira
con tanta preocupación a Alemania y al eje nórdico-báltico. Finlandia, Suecia,
Noruega, Dinamarca, Polonia, los Bálticos, el Reino Unido, Países Bajos. Ahí ve
Moscú el núcleo duro del bloque hostil. Entonces, Alemania aporta la base
industrial, el Reino Unido las líneas más duras, Polonia y los bálticos la
voluntad de choque, Finlandia y Suecia la geografía, las reservas, la
tecnología y el frente norte y Noruega y Dinamarca el Ártico, el Atlántico
Norte, la energía, los cables submarinos y el control marítimo. Bruselas
complementa con la legitimación, la presión normativa, la financiación y el
blindaje ideológico. Ese bloque, no Europa en abstracto, es el verdadero blanco
conceptual del discurso de Karaganov.
Y ahí entra otro
punto interesante que es su distinción entre el sur de Europa y el resto.
España, Italia, Grecia y quizá alguna parte de Europa central aparecen en su
lectura como sociedades todavía recuperables, menos disciplinadas por el
atlantismo puro, con más memoria mediterránea, más tradición católica, más
vínculos complejos con Rusia y menor hostilidad existencial. No importa ahora
si esa lectura es del todo objetiva, lo importante es que existe y que no es meramente
cultural, también es estratégica. Rusia debe dividir Europa, separar al sur del
bloque nórdico-atlántico, romper la cohesión interna de la Unión Europea y de
la OTAN. Aislar al núcleo más agresivo, esa es la política implícita.
La lógica
preventiva entonces se completa de la siguiente manera, Europa se rearma,
Alemania vuelve a transformarse en una potencia militar-industrial, el norte
europeo se convierte en primera línea, Ucrania funciona como plataforma de
desgaste, Estados Unidos presiona para que Europa pague más mientras mide
cuánto quiere comprometerse. Rusia, frente a eso, concluye que esperar puede
ser más peligroso que golpear primero, porque en tres, cinco o diez años, según
esa lógica, Europa tendrá más drones, más inteligencia artificial, más
industria de guerra, más propaganda y sociedades todavía más adoctrinadas.
Entonces la decisión, para los sectores duros rusos, ya no es entre guerra y
paz, es entre una guerra ahora, todavía contenible, o una guerra después, mucho
más costosa.
El problema es que
esa lógica puede volverse autocumplida. Si Rusia empieza a hablar seriamente de
ataques preventivos, Europa acelera su rearme, o si Europa acelera el rearme,
Moscú confirma su lectura de amenaza y si Moscú confirma su lectura, crece la presión
por golpear antes. Así el espiral se alimenta solo, ese es el punto
verdaderamente explosivo. No hace falta que nadie quiera conscientemente una
guerra nuclear para terminar construyendo las condiciones materiales que la
vuelvan posible, basta con que todos se armen, todos lean al otro como amenaza
existencial y todos empiecen a discutir seriamente el uso preventivo de la
fuerza. Todo eso ya está ocurriendo.
Sobre esto aparece
la cuestión nuclear europea. El paraguas francés, la posibilidad de despliegues
temporales de bombarderos con capacidad nuclear, la discusión sobre autonomía
estratégica y la eventual incorporación indirecta de países no nucleares a una
arquitectura nuclear continental. Para Rusia eso agrava todo porque una Europa
que ya se rearma convencionalmente es una amenaza. Una Europa que además
empieza a discutir capacidades nucleares compartidas o semi-compartidas ya se
vuelve algo todavía más grave con una amenaza existencial. Ahí la doctrina rusa
endurecida desde 2024 y 2025 encuentra su punto de aplicación. Si Ucrania
golpea territorio ruso con medios suministrados, guiados o facilitados por
potencias nucleares de la OTAN, Moscú puede sostener que ya no enfrenta solo a
Kiev, sino a una coalición nuclear respaldando agresiones convencionales. Eso,
dentro de la nueva doctrina, habilita respuestas mucho más severas.
Mientras tanto, la
guerra de Ucrania se convirtió en un laboratorio de drones, desgaste, guerra
industrial e inteligencia artificial, y eso no es un detalle técnico. Para
Karaganov, precisamente, el desarrollo de drones, enjambres, saturación,
producción rápida y defensa aérea distribuida es una de las razones para actuar
antes. Cada año que pasa habrá más enjambres, más autonomía, más inteligencia
artificial, más capacidad de atacar ciudades, refinerías, depósitos,
aeródromos, puertos, centrales y nodos logísticos. La refinería atacada en
Tuapse es una muestra de eso.
Entonces, ¿estamos
ante una guerra inevitable? Todavía no. Pero la posibilidad sube hora tras
hora. En el fondo, eso es lo que hoy se discute en Rusia y eso es lo que en
Occidente muchos no quieren ver o no saben cómo abordar.
La paciencia rusa
se agota. Karaganov lo sistematiza, RT lo publica y la discusión está sobre la
mesa. No es inmediata la guerra total, pero ya se construyeron casi todos los
materiales para que, llegado el momento, la locura tenga con qué operar. Cuando
una civilización empieza a organizar su economía, su industria, su
infraestructura, su doctrina y su psicología en función de la guerra, conviene
dejar de repetir eslogans y empezar a mirar de frente el abismo.
Si el río suena,
agua trae. Y en este caso, lo que trae no es precisamente tranquilidad.
https://noticiasholisticas.com.ar/rusia-ya-habla-de-golpear-a-europa-por-marcelo-ramirez/
