por el HERMANO
CASIANO MARÍA O. F. M. CAP.
Este pertinente análisis de los inicios del
pontificado de León XIV apareció en el boletín Crónica de Asís n.º 8 (noviembre de 2025 – Convento San
Francisco, 78 Passage de la Morcille, Morgon – 69910 Villié-Morgon). Lo
reproducimos con la amable autorización del autor.
Le Sel de la
terre n° 135.
Entendámonos bien: no está en
nuestra intención emitir un juicio sobre el conjunto del pontificado del papa
actual; además de que tal análisis superaría las dimensiones de un breve
artículo, es imposible juzgar prudentemente un pontificado que apenas tiene
algunos meses. Nuestro objetivo es más modesto: queremos dirigir una mirada
crítica a Dilexi te, la
primera exhortación apostólica de León XIV, firmada el 4 de octubre de 2025, en
la fiesta de nuestro seráfico padre san Francisco. Este escrito trata del «amor
hacia los pobres» y toma como modelo y guía al Poverello de Asís, «figura
luminosa que nunca dejará de inspirarnos [1]»; «el impulso que él ha dado no
deja de animar los corazones de los creyentes y de numerosos no creyentes [2]».
Como podremos comprobar por las consideraciones que siguen, san Francisco continúa
siendo instrumentalizado; Dilexi te lo presenta como modelo del
humanitarismo moderno.
El pontífice
reinante eligió su nombre en recuerdo de León XIII, el papa de Rerum novarum,
la gran encíclica que trata de la cuestión obrera y resume la doctrina social
de la Iglesia; mediante esta elección quiso significar que las cuestiones
sociales en general, y el problema de la pobreza en particular, estarían en el
centro de su pontificado. En el contexto actual de crisis de la Iglesia y de
infidelidad de su jerarquía, es totalmente legítimo plantearnos la siguiente
cuestión: por su primera intervención escrita, ¿el papa se revela más bien
sucesor de León XIII o de Francisco? Es evidente que Dilexi te contiene
un cierto número de afirmaciones verdaderas y pertinentes [3]; en el marco de
la presente reflexión, consideraremos únicamente los pasajes que se oponen a la
tradición.
Una verdadera continuidad con el papa Francisco
Algunos signos o indicios
Las primeras
palabras de la exhortación —«te he amado»— están tomadas del libro del
Apocalipsis. El Señor dice a la Iglesia de Filadelfia, por medio de san Juan:
«Conozco tus obras. He aquí que, porque tienes poca
fuerza, y has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre, he puesto delante
de ti una puerta abierta, que nadie puede cerrar [4]. He aquí que yo te doy de
los de la sinagoga de Satanás, que se dicen judíos y no lo son, sino que
mienten; he aquí que los haré venir y postrarse a tus pies, y reconocer que yo
te he amado [5].»
Pero el
título de la exhortación también hace referencia a la última encíclica del papa
Francisco, Dilexit nos, del 24 de octubre de 2024:
«La declaración de amor del Apocalipsis remite al
misterio inagotable que el papa Francisco ha profundizado en la encíclica Dilexit nos sobre el amor divino y
humano del Corazón de Cristo. En ella admiramos la manera en que Jesús se
identificó “con los más pequeños de la sociedad” y cómo, por su amor entregado
hasta el final, reveló la dignidad de todos los seres humanos, sobre todo
cuando “son más débiles, más miserables y más sufrientes” [6].»
Por otra parte, la exhortación apostólica del pasado 4 de octubre no es sino la culminación de un proyecto preparado por el pontífice fallecido:
«En los últimos meses de su vida, el papa Francisco
preparó, en continuidad con la encíclica Dilexit
nos, una exhortación apostólica sobre la atención de la Iglesia hacia
los pobres y con los pobres, titulada Dilexi
te, imaginando que Cristo se dirige a cada uno de ellos diciéndoles: tienes
poca fuerza, poco poder, pero “yo te he amado” (Ap 3, 9). Habiendo recibido
como herencia este proyecto, me alegra hacerlo mío —añadiendo algunas
reflexiones— y proponerlo al inicio de mi Pontificado, compartiendo así el
deseo de mi amado Predecesor de que todos los cristianos puedan percibir el
fuerte vínculo que existe entre el amor de Cristo y su llamado a hacernos
cercanos a los pobres [7].»
Por último,
resulta llamativo que el nuevo papa cite frecuentemente a su predecesor. Dilexi
te contiene ciento veintinueve notas
a pie de página; ¡ciento siete de ellas son referencias al papa Francisco
[8]!
Estos
diversos indicios ya nos muestran que León XIV pretende seguir los pasos de
Francisco.
Los
pobres
¿Quiénes son
los pobres? No son solamente aquellos que tienen pocos recursos materiales,
pues la pobreza reviste varias formas:
La pobreza de aquellos que no tienen los medios
para subvenir a sus necesidades materiales, la pobreza de aquellos que están
socialmente marginados y no tienen los medios para expresar su dignidad y sus
potencialidades, la pobreza moral y espiritual, la pobreza cultural, la de
aquellos que se encuentran en una situación de debilidad o de fragilidad
personal o social, la pobreza de aquellos que no tienen derechos, ni lugar, ni
libertad [9].
La pobreza,
al igual que en el pensamiento de Francisco, se entiende por tanto en un
sentido amplio, incluyendo a todos aquellos que están al margen de la sociedad
civil o eclesial. Los LGBT, por ejemplo, pertenecen a esta clase pobre, dado
que todavía están demasiado marginados en la Iglesia…
En el
pensamiento sinodal, todas las periferias, al estar habitadas y animadas por el
Espíritu, son dignas de ser escuchadas, porque…
…es necesario reconocer nuevamente que la realidad
se ve mejor desde los márgenes y que los pobres están dotados de una
inteligencia particular, indispensable para la Iglesia y para la humanidad [10].
Es en este
sentido que todos los pobres son verdaderos predicadores del Evangelio; por
eso, «es necesario que todos nos dejemos
evangelizar por los pobres, y que todos reconozcamos la misteriosa sabiduría que
Dios quiere comunicarnos a través de ellos [11]».
La pobreza,
tal es la primera preocupación de la Iglesia en la hora actual; tal debe ser
también la primera preocupación de las sociedades y de los ciudadanos. De lo
contrario, la dignidad de la humanidad queda gravemente comprometida:
La respuesta que damos a estas cuestiones (sobre la
pobreza y la dignidad de los pobres) determina el valor de nuestras sociedades
y, por tanto, nuestro futuro. O bien recuperamos nuestra dignidad moral y
espiritual, o caemos en un pozo de inmundicias [12].
Los migrantes
Entre los
pobres del momento presente, los migrantes ocupan un lugar aparte. Los
fenómenos migratorios no son nuevos; pero hoy en día, en particular a causa de
las guerras, han adquirido nuevas proporciones y constituyen en verdad un
problema mayor. Se sabe que Francisco predicaba a los cuatro vientos una
acogida incondicional y universal. Para ver con claridad, resumamos la sana
doctrina.
Es
importante vincular el problema de la inmigración con los principios de la
propiedad privada. La tierra ha sido dada por Dios a toda la humanidad. Sin
embargo, por diversos motivos relacionados con el bien común, es legítimo y
necesario que un gran número de bienes se conviertan en propiedad privada. Es
el caso, en particular, de la tierra en la que habitamos; las diversas naciones
son formas de propiedad privada. Así como uno puede o no aceptar que un
extranjero entre en su casa, un gobierno puede aceptar o rechazar la entrada de
un extranjero en su territorio. Sin embargo, hay casos en los que la acogida se
convierte en un deber; deber de justicia si el emigrante se encuentra en una
necesidad extrema (peligro próximo de muerte); deber de caridad si el emigrante
no está en tal necesidad. Pero, para un gobierno, este deber de acogida es
relativo y depende de otro deber: el de salvaguardar el bien común de la
nación. La autoridad pública debe velar por que la inmigración no perjudique
demasiado ese bien común. A este respecto, debe tener en cuenta la capacidad de
acogida del país, según diferentes factores: recursos y trabajo disponibles,
posibilidades de integración, preservación de su cultura, de su identidad, de
su religión, etc. En función de estos factores, es totalmente legítimo que un
gobierno imponga ciertas restricciones en la acogida de inmigrantes.
Son
precisamente estos factores los que el papa Francisco, en nombre de una caridad
falseada, omitía tener en cuenta. «¡Hay que acoger a todo el mundo! ¡Todos
deben ser acogidos!» León XIV parece seguir este camino; después de haber
citado a su predecesor concluye:
Ella sabe que su anuncio del Evangelio es creíble
solamente cuando se traduce en gestos de cercanía y de acogida; y que en todo
migrante rechazado, es el mismo Cristo quien llama a la puerta de la comunidad [13].
Conviene
añadir que estas afirmaciones ideológicas no son solamente irreales; están
además totalmente desprovistas de espíritu apostólico: ningún deseo de aportar
la luz o la gracia a estos pobres seres privados de todo.
La respuesta al desafío planteado por las
migraciones contemporáneas puede resumirse en cuatro verbos: acoger, proteger,
promover e integrar. Pero estos verbos no valen solamente para los migrantes y
los refugiados. Expresan la misión de la Iglesia hacia todos los habitantes de
las periferias existenciales que deben ser acogidos, protegidos, promovidos e
integrados [14].
Estas
palabras, retomadas de Francisco, ocultan lo esencial de la misión de la
Iglesia: conducir al mayor número posible de almas al reino de los cielos.
Madre Teresa de Calcuta
Dilexi te, en el n.º 77, propone como modelo de caridad
hacia los pobres y los indigentes a la célebre madre Teresa, canonizada en 2016
por Francisco. Sin negar las extraordinarias cualidades humanas de esta religiosa,
tampoco se pueden pasar en silencio sus tendencias ecumenistas. Ella declaraba,
a propósito de los moribundos que acogía en su hogar: «Les damos lo que desean,
según su fe.» Y Mons. Di Falco, autor de una biografía sobre madre Teresa,
escribe:
Ella procura
ayudar a cada uno a morir según su propia religión […] para
los católicos, hay sacerdotes presentes para administrar los últimos
sacramentos. Para los demás, lo importante es morir en paz consigo mismos y con
Dios. Madre Teresa no esperó al concilio Vaticano II para practicar el
ecumenismo y estar atenta a las religiones no cristianas.
Para ella,
cada uno debe seguir su conciencia e ir a Dios según el enfoque de su propia
religión, cualquiera que sea. En sus orfanatos, no se bautizaba a los niños huérfanos,
ni siquiera a aquellos que estaban a punto de morir…
El vicio de fondo
Estas pocas
citas bastan para poner de relieve el
vicio fundamental de Dilexi te: el naturalismo, o el olvido práctico de
la gracia y de su absoluta necesidad. La herejía característica de la época
moderna impregna profundamente la exhortación apostólica. Las consideraciones
precedentes lo muestran claramente. Un último ejemplo. En el n.º 75 se dice
(retomando a Francisco): «¡Todo ser
humano es hijo de Dios! ¡La imagen de Cristo está impresa en él!» Estas
palabras, lamentablemente frecuentes en el magisterio posconciliar, son
contrarias a la Sagrada Escritura [15] así como a la Tradición [16], y
favorecen la herejía, la confusión entre la naturaleza y la gracia. Nos convertimos en hijos de Dios únicamente
por la recepción de la gracia santificante. Fuera de esta recepción, el ser
humano, según la expresión de san Pablo, es un «hijo de ira [17]», bajo el
dominio del demonio [18].
Para poner
mejor de manifiesto hasta qué punto las doctrinas actuales se alejan del
pensamiento de la Iglesia, fijémonos ahora en algunas afirmaciones de León
XIII.
Una discontinuidad cierta
con León XIII
Resumamos
aquí las enseñanzas de León XIII sobre lo que antes se acostumbraba llamar «la
cuestión social».
Finalidad de la Iglesia
La Iglesia
instituida por Nuestro Señor no tiene más que un fin último: la salvación de
las almas. «Así como Jesucristo vino a la
tierra para que los hombres tuvieran vida y la tuvieran en abundancia [19], así
la Iglesia se propone como fin la salvación eterna de las almas [20].» «Dios ha establecido su Iglesia para
custodiar y distribuir los bienes supremos de las almas, superiores por su
naturaleza a todo lo demás, y para llevar a los hombres, por medio de la fe y
de la gracia, una vida nueva en Jesucristo, una vida que asegura la salvación
eterna [21].»
Por ello, la
Iglesia es por naturaleza misionera: «Puesto
que toda salvación viene de Jesucristo y que no hay bajo el cielo otro nombre
dado a los hombres por el cual podamos ser salvados, es nuestro deseo más
ardiente que el santísimo nombre de Jesús se difunda rápidamente por todos los
lugares y los penetre con su benéfica virtud. A este respecto, la Iglesia nunca
ha faltado a su misión divina [22].»
La cuestión social
Ante todo,
el papa se preocupa por recordar que la desigualdad de condiciones y de
riquezas forma parte de las realidades que no pueden evitarse en esta vida:
El primer principio que debe afirmarse es que el
hombre debe aceptar esa necesidad de su naturaleza que hace imposible, en la
sociedad civil, la elevación de todos al mismo nivel. Sin duda, esto es lo que
persiguen los socialistas. Pero contra la naturaleza, todos los esfuerzos son
vanos. Es ella, en efecto, la que ha dispuesto entre los hombres diferencias
tan múltiples como profundas; diferencias de inteligencia, de talento, de
salud, de fuerza; diferencias necesarias de las cuales nace espontáneamente la
desigualdad de condiciones. Esta desigualdad, por lo demás, redunda en
beneficio de todos, tanto de la sociedad como de los individuos. La vida social
requiere en su organización aptitudes variadas y funciones diversas, y el mejor
estímulo para asumir estas funciones es, para los hombres, la diferencia de sus
condiciones respectivas [23].
Por otra parte,
si la cuestión social se ocupa de los bienes exteriores y materiales, está sin
embargo íntimamente ligada a la religión y a la moral. Las desgracias políticas
y sociales de nuestra época tienen como causa primera la apostasía de las
naciones y el abandono de los principios cristianos.
El último siglo ha destruido, sin sustituirlas por
nada, las antiguas corporaciones, que eran para los obreros una protección;
todo principio y todo sentimiento religioso han desaparecido de las leyes y de
las instituciones públicas, y así, poco a poco, los trabajadores aislados y sin
defensa se han visto con el tiempo entregados a merced de amos inhumanos y a la
codicia de una competencia desenfrenada [24].
Falsa solución
Es en vano que
el hombre trabaje en aliviar a los pobres y a los desgraciados si se limita al
ejercicio de una benevolencia puramente natural y humana:
Con demasiada frecuencia, hoy se quiere despojar a
las obras de beneficencia pública de ese carácter religioso que las ennoblece y
que solo puede hacerlas verdaderamente fecundas. A la caridad se quisiera
sustituir un amor natural y humano, que no apunta más allá de las necesidades
materiales y que, a pesar del gran ruido que hace, nunca logra quitar a las
miserias humanas lo que tienen de más amargo [25].
León XIII
condena explícitamente las invasiones del naturalismo en la práctica de la
entrega cristiana:
Se dice que la benevolencia debe ser laica, porque
los desgraciados suelen recibir con un sentimiento de humillación y de
vergüenza las ayudas que perciben como provenientes de la caridad cristiana.
Pero es lamentable que haya, entre los cristianos, hombres que se extravíen tan
profundamente en la aplicación de una virtud que es la reina de todas las demás [26].
La verdadera solución
Las
sociedades solo podrán trabajar eficazmente por el bien de los pueblos
volviendo a los principios cristianos:
No cabe duda de que la sociedad civil de los
hombres ha sido profundamente renovada por las instituciones cristianas; que
esta renovación tuvo como efecto elevar el nivel del género humano o, mejor
dicho, devolverlo de la muerte a la vida y llevarlo a un grado de perfección
tan alto que no se vio nada superior ni antes ni después, y que nunca se verá a
lo largo de los siglos; que, en fin, es Jesucristo quien ha sido el principio
de estos beneficios y quien debe ser su fin; pues así como todo ha partido de
Él, así todo debe ser referido a Él. […] Por eso, si la sociedad humana debe
ser curada, no lo será más que por el retorno a la vida y a las instituciones
del cristianismo [27].
El reinado
de Cristo y de su Iglesia es el primer remedio a los males de nuestro tiempo: «El siglo en que vivimos, uno de los más
tristes, no podrá encontrar otro remedio a sus males que volviendo a Cristo y
adhiriéndose a su Iglesia [28].»
¿Por qué,
entonces, la acción de la Iglesia sobre las almas es soberanamente eficaz y la
única capaz de remediar los males de la sociedad? Porque la Iglesia…
…no se contenta con indicar dónde se encuentra el
remedio, sino que lo aplica al mal con su propia mano. Está enteramente ocupada
en instruir y elevar a los hombres según sus principios y su doctrina. Procura
difundir sus aguas vivificantes tan lejos y tan ampliamente como le es posible,
por medio del ministerio de los obispos y del clero. Luego, se esfuerza por
penetrar en las almas y obtener de las voluntades que se dejen conducir y
gobernar por la regla de los preceptos divinos. […] Los instrumentos de los que
dispone para tocar las almas le han sido dados con este fin por Jesucristo y
llevan en sí una eficacia divina. Son los únicos aptos para penetrar hasta lo
más profundo del corazón humano, los únicos capaces de llevar al hombre a
obedecer las exigencias del deber, a dominar sus pasiones, a amar a Dios y al
prójimo con una caridad sin medida, a romper valientemente todos los obstáculos
que entorpecen su marcha por el camino de la virtud [29].
Así, la influencia social de la Iglesia es ante
todo sobrenatural; es difundiendo la luz y la gracia de lo alto como trabaja
por la verdadera felicidad de la humanidad. Al abandonar su misión
sobrenatural, sería infiel a los designios divinos y perdería toda eficacia
real.
La
diferencia entre las enseñanzas de León XIII y las de Dilexi te es
llamativa. El pontífice actual se inspira en Francisco y no en el papa de Rerum
novarum; alejándose de la sana doctrina social de la Iglesia, lleva mal su
nombre. Dilexi te transpira naturalismo, la gran herejía de los tiempos
modernos. León XIV habla de Cristo, de
los santos, de la Tradición, pero siempre según una visión horizontal, haciendo
abstracción de las realidades más fundamentales: la conversión (huida del
pecado), la gracia (elevación al orden sobrenatural), la vida eterna. Esta
concepción horizontal pretende inspirarse en los ejemplos de san Francisco;
esto es desfigurar a nuestro padre y blasfemar contra aquel que lo hizo santo.
Porque si el Poverello amó a los pobres y la pobreza, los amó en relación con
Cristo y con su obra redentora. Eligió la pobreza material para imitar a
Nuestro Señor y caminar más libremente por el camino del cielo. Socorrió a los
pobres llevándoles el Evangelio de la gracia y de la paz. Porque, como todos
los santos, sabía que el pecado es la mayor de las miserias y la única que
impide nuestra entrada en el reino de los cielos; por ello debe ser combatido
incansablemente, mediante la oración y la predicación de la penitencia. San
Francisco no es un modelo de ayuda humanitaria, sino un maravilloso ejemplo de
caridad apostólica y conquistadora. Cristo, cumpliendo las profecías, vino a la
tierra para «evangelizar a los pobres [30]» —los pecadores que somos— y para
procurarnos el incomparable bien de la vida eterna; la Iglesia, a lo largo de
los siglos, ha continuado indefectiblemente esta obra misionera. Pero la
Iglesia conciliar, olvidada del más allá, persigue otro objetivo: la paz entre
los hombres y el bienestar en la tierra. Escucha quizá el clamor de los pobres,
pero ya no escucha el clamor de las almas.
Mientras el funesto concilio Vaticano II, árbol
inmenso que hunde profundamente sus raíces en el naturalismo moderno, no sea
arrancado de raíz, seguirá produciendo sus frutos amargos. Continuemos rezando
para que el soplo divino derribe este árbol malsano.
[1] — Exhortación apostólica Dilexi te, n.º 6.
Utilizamos el texto editado por Téqui.
[2] — Ibíd., n.º 7.
[3] — El capítulo 3, por ejemplo, resume la actividad caritativa de la Iglesia
a lo largo de la historia en favor de los pobres.
[4] — Se trata probablemente de ciertas oportunidades apostólicas ofrecidas a
esta comunidad cristiana fervorosa.
[5] — Ap 3, 8-9.
[6] — Dilexi
te, n.º 2.
[7] — Ibíd., n.º 3.
[8] — Para dos notas que hacen referencia al Concilio Vaticano II. Pero es
cierto que, habiendo sido Francisco perfectamente un «papa del Concilio», León
XIV no se aparta en absoluto del espíritu del mismo.
[9] — Dilexi
te, n.º 9.
[10] — Ibíd., n.º 82.
[11] — Ibíd., n.º 102.
[12] — Ibíd., n.º 95.
[13] — Ibíd., n.º 75.
[14] — Ibíd., n.º 75.
[15] — Por ejemplo: «Pero a todos los que lo recibieron (a Cristo), les dio el
poder de llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre…» (Jn 1, 12).
[16] — Por ejemplo: «Y nosotros también, por su gracia, hemos llegado a ser lo
que no éramos, es decir, hijos de Dios.» (San Agustín).
[17] — Ef 2, 3.
[18] — La sola creación no fundamenta relaciones filiales con Dios.
[19] — Jn 10, 10.
[20] — Encíclica Immortale Dei del 1 de noviembre de 1885.
[21] — Encíclica Officio sanctissimo del 27 de diciembre de 1887.
[22] — Encíclica Præclara gratulationis del 20 de junio de 1894.
[23] — Ibíd.
[24] — Encíclica Rerum novarum del 16 de mayo de 1891.
[25] — Discurso a las Conferencias de San Vicente de Paúl, 3 de junio de 1903.
[26] — Discurso al Sacro Colegio, 30 de diciembre de 1889.
[27] — Encíclica Rerum novarum.
[28] — Discurso al Sacro Colegio, 24 de diciembre de 1878.
[29] — Encíclica Rerum novarum.
[30] — Véase Lc 4, 18.