Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

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miércoles, 20 de mayo de 2026

EL DEBER DE RESISTIR

 



¿Desarrollo o contradicciones?


Al católico convenientemente informado, y con mayor razón al sacerdote y al religioso, hoy se le impone la siguiente elección: o resistir a la nueva corriente eclesial y entonces ser acusado de rebelión contra la autoridad, o bien, adaptándose a esta orientación, negar ipso facto la infalibilidad de la Iglesia, que hasta el Vaticano II, en lugar de “guardar, transmitir y explicar fielmente el depósito de la Fe” (Primer Concilio Vaticano), habría durante tantos siglos ignorado, errado y jurado “sin saber lo que debía creer” (San Vicente de Lérins: Commonitorium).

La adaptación a la nueva orientación eclesial es, sin duda alguna, más cómoda para la naturaleza humana, que detesta el esfuerzo y la lucha; pero es el camino más directo hacia la apostasía y está igualmente en oposición al más elemental sentido común. Admitiendo que las contradicciones actuales con lo que siempre fue creído, enseñado y, por tanto, puesto en práctica en la Iglesia, provengan de esta misma Iglesia, ¿por qué se debería prestar fe hoy a una institución que se equivocó ayer y que podría entonces equivocarse también hoy?

Estos mismos innovadores que imponen sus innovaciones en nombre de la Iglesia parecen resentirse del peso decisivo de esta objeción y por eso afirman que las novedades actuales “se inscriben en la única Tradición de la Iglesia” (cardenal Ratzinger), como si fueran desarrollos de la única e inmutable verdad. Pero no basta afirmar que una novedad se inscribe en la Tradición de la Iglesia; es necesario que realmente se inscriba en ella, y esto es evidentemente imposible cuando estas novedades chocan abiertamente con la Tradición. A menos que se quiera renunciar a la lógica, con su principio de no contradicción, y a las declaraciones solemnes del Primer Concilio dogmático Vaticano sobre la inmutabilidad sustancial de la Tradición (Dz. 1800), incurriendo en la excomunión del canon correspondiente (Dz. 1818). En realidad, la única e inmutable Verdad no puede desarrollarse y, por tanto, progresar, como jamás progresó durante dos mil años, por medio de contradicciones. Las contradicciones doctrinales en la Iglesia siempre fueron denominadas errores o herejías; no pueden ser propagadas como si fueran progreso y desarrollos doctrinales, salvo en el triunfo actual de la herejía modernista, cuya esencia reside precisamente en considerar que “en la tradición, todo es relativo y sujeto a cambios” (San Pío X, Alocución consistorial, A.A.S. 1.40, 1907, p. 268).

Por tanto, a las almas rectas, a las cuales la “perversión modernista de la inteligencia” (Marcel de Corte) aún no les ha quitado el “miedo a la contradicción” (R. Amerio), se les impone el deber de resistir a la nueva orientación eclesial porque ella está, en todos los ámbitos, en contradicción con el pasado de la Iglesia.


El arma de los innovadores


Para evitar o al menos contener esta resistencia, los autores y partidarios de este vuelco modernista en la Iglesia recurrieron a numerosos medios, pero sobre todo al arma de la obediencia.

Pero entonces surgen tres preguntas:

1.     ¿Obediencia a qué?

2.    ¿Qué obediencia?

3.    ¿Obediencia a quién?


¿Obediencia a qué?


Desde el Concilio, la Iglesia ya no dio una orden que tenga las características propias de una orden, de modo que se sepa con exactitud: cuál es el objeto de esta orden y si el legislador tiene voluntad de obligar.

La propia reforma litúrgica, que fue durante largo tiempo el punto neurálgico del conflicto, no tuvo una real y correcta promulgación jurídica, si es cierto que la promulgación de una nueva ley debe hacerse “de tal modo que revele la voluntad del legislador de establecer la ley, y que coloque a la comunidad en condiciones de conocerla” (Roberti Palazzini, Diccionario de Teología Moral, voz: promulgación de la Ley). Ahora bien, el propio cardenal Bugnini, factótum de la reforma, tratando de la “obligación del [nuevo] misal”, nos demuestra que jamás se consideró oportuno responder a las insistentes peticiones de los Obispos para una declaración oficial. Cuando, a instancia de Mons. Sustar, Secretario del Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas, la Congregación para el Culto elaboró una respuesta y la sometió al Secretario de Estado, éste respondió el 15 de octubre de 1973 (prot. n.º 243874): “Dada la delicadeza del asunto, objeto de polémica, parece oportuno que Vuestra Excelencia responda a quien le escribió de manera enteramente personal, por una carta no oficial y sin número de protocolo”: “Se quería esclarecer el problema sin ofender a nadie”, escribe Mons. Bugnini.

sábado, 20 de diciembre de 2025

DON FRANCESCO PUTTI: “EL ÚLTIMO HERALDO DE LA FE CATÓLICA EN ROMA”

 


21 de diciembre: nuevo aniversario de su muerte.

 

Por EDMOND RENE

 

En auxilio de los «sacerdotes carniceros»: don Francesco Putti y «la voluntad libre» según santo Tomás

« Sacerdotes carniceros »: esta expresión, transmitida por el Padre Pío a su padre espiritual tras su visión del 4 de abril de 1913 (primer viernes de mes), puede chocar, pero está tomada de una cita.

La palabra no es suya:

«Él [Jesús] me mostró una multitud de sacerdotes… El dolor que sentía me hacía sufrir… Seguía mirándolos con una mirada horrorizada… dos lágrimas corrían por sus mejillas. Se apartó de aquellos sacerdotes con una expresión de repugnancia y exclamó: “¡Carniceros!”».

Una visión «privada» no es objeto de fe, pues la Iglesia no precipita la adhesión de sus hijos a lo que ciertos privilegiados nos comunican. Pero aquí, la palabra queda confirmada por los hechos: la cruel realidad de la profanación del sacramento del Orden no es otra que la que ha sido revelada en estos últimos meses, hasta los estupros más sórdidos. Las lágrimas del Sagrado Corazón prolongan, por las mismas razones, las de su santa Madre en La Salette.

¿Qué hacer? El Padre Pío suplica a cada uno: «Recemos por ellos para que el Señor los ilumine y toque su corazón». Él mismo reconducirá a muchos de esos extraviados, uno por uno, hasta su último aliento, pidiendo ayuda a sus dirigidos más cercanos. Don Putti fue uno de esos buenos samaritanos.

Don Francesco Putti (1909-1984) fue contemporáneo del héroe que fue en Francia monseñor Marcel Lefebvre. El prelado francés le había enviado en la Navidad de 1983 una carta de apoyo durante la enfermedad que finalmente habría de llevárselo: «Rezamos continuamente a la Santísima Virgen y a todos los santos del Cielo para que tengan piedad de nosotros y nos conserven al último heraldo de la fe católica en Roma». Elogio que dice mucho sobre los deméritos de un Pablo VI.

«El último heraldo de la fe católica»… Monseñor Francesco Spadafora, eminencia de las universidades romanas y biógrafo de Don Putti, enumeró numerosos títulos que lo acreditan. Todos ellos se relacionan con su combate tenaz contra la proliferación de errores doctrinales y escándalos —así como contra sus autores— bajo pontificados que hoy no se osa ya proponer a la veneración de los fieles.

Al anunciarse su fallecimiento, monseñor Lefebvre, doctor en teología, escribía a las religiosas «Discípulas del Cenáculo», congregación fundada por Don Putti, que siempre «se alegraba de encontrar junto a él (el simple sacerdote, casi autodidacta) fuerza y luz en la lucha contra los destructores de la Iglesia».

¿No solía afirmar el fundador de Ecône que un niño de cinco años que conociera su catecismo podía dar lecciones a su obispo? Don Putti no se privó de hacerlo al fundar, ya en 1975, la revista antimodernista «Sí Sí, No No», que en Roma «nadie conocía pero todos leían», y que llegó a alcanzar hasta 20.000 ejemplares mensuales. Esta revista fue retomada y traducida en varios países, en particular en Francia por medio del Courrier de Rome, por consejo de monseñor Lefebvre.

LA NEGACIÓN DE LA CORREDENCIÓN DE MARÍA, EL MENSAJE DE LA VIRGEN DE FÁTIMA Y “LOS ERRORES DE RUSIA”

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