Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

sábado, 12 de septiembre de 2026

EL CISMA CAPITAL - IMPERDIBLE ENTREVISTA A MONS. VIGANÒ

 


CON GAETANO MASCIULLO PARA LifeSiteNews

Sobre el Concilio, el Katechon y el Cisma de la Cabeza -
Primera Parte

Carlo Maria Viganò

 

Gaetano Masciullo: Excelencia, en su nuevo libro usted sostiene que hoy el primer enemigo del Papado es el propio Papa. ¿Cómo se explica esta paradoja?

La paradoja es solamente aparente, y se resuelve en cuanto se distingue aquello que la teología católica siempre ha distinguido: el Papado como institución divina, querida por Nuestro Señor cuando dijo a Pedro Tu es Petrus, y la persona que en un determinado momento de la historia ocupa su Cátedra. El Papado es indefectible, porque es de Cristo; la persona del Papa es un hombre, con su libre arbitrio, que puede corresponder a la gracia de estado o rechazarla. Por otra parte, la Iglesia reza por el Sumo Pontífice pidiendo a la Majestad divina que conserve en la santa Religión al Domnum Apostolicum, precisamente porque sabe que su perseverancia en la Fe no está garantizada automáticamente por el oficio. Si no fuera así, es decir, si el Papa estuviera exento de la posibilidad de faltar a su mandato, rezar por él no tendría sentido.

Cuando un Pontífice utiliza la autoridad que le ha sido conferida ad ædificationem para demoler aquello que esa autoridad está llamada a custodiar —la doctrina, la liturgia, la disciplina, la misma constitución monárquica y jerárquica de la Iglesia— se pone en contradicción con su propio munus. Ya no es el servidor del Papado: es su primer adversario, porque ningún enemigo externo podría herir a la Iglesia tanto como aquel que la hiere desde dentro revestido con la vestidura de Pedro.

He llamado a este fenómeno cisma capital en el sentido propio de la palabra: un cisma que parte del caput, de la cabeza. El cisma clásico es la separación de una porción del cuerpo de la cabeza; aquí asistimos a lo contrario: es la cabeza la que se separa del cuerpo místico y de la Tradición que la precede, que se rebela contra aquello que sus predecesores han enseñado y que él tendría la obligación de transmitir intacto. San Pablo lo dice con palabras que no admiten réplica: sed licet nos aut angelus de cœlo evangelizet vobis præterquam quod evangelizavimus vobis, anathema sit (Gál 1,8-9). Ni siquiera un ángel, ni siquiera un Apóstol, ni siquiera el Sucesor del Apóstol Pedro puede anunciar otro evangelio. El Papa es el custodio del Depositum, no su dueño; y quien de custodio se hace dueño, traiciona la razón misma por la cual Nuestro Señor Jesucristo instituyó el Papado en forma vicaria.

 

Gaetano Masciullo: Usted compara la situación actual con la remoción del katéchon de la que habla San Pablo (2 Tes 2, 6-8). ¿Qué papel desempeña la figura de León XIV en esta dramática remoción del “freno” a la iniquidad?

Los Padres y los grandes comentaristas han visto en el katéchon, en «aquel que retiene», tanto el Imperio romano cristiano como, con él, la autoridad de la Iglesia, y de modo eminente la autoridad del Papado, que durante siglos ha opuesto un dique al mysterium iniquitatis. Ese freno comenzó a ser aflojado desde el momento en que la jerarquía, con el Concilio Vaticano II, renunció a ejercer su autoridad en el sentido querido por Cristo, para buscar la conciliación con el mundo, con el pensamiento moderno, con la Revolución. Desde entonces, quien debería haber retenido comenzó a secundar.

León XIV se inserta en este proceso no como un innovador, sino como aquel que lo consolida y lo hace presentable. Bergoglio desarticuló el Papado con violencia; Prevost da a esa desarticulación una forma institucional, «ordenada», casi tranquilizadora. Su tarea —y creo que es perfectamente consciente de ello— es hacer irreversible la sinodalidad, es decir, aquella «revolución permanente» que lleva el Concilio a sus consecuencias extremas, y hacer que la Iglesia Católica deje definitivamente de ser un obstáculo al proyecto masónico y globalista. Cuando el Papa ya no es freno sino acelerador, la remoción del katéchon no es un acontecimiento futuro: es lo que sucede ante nuestros ojos. Y el Señor nos ha advertido: tunc revelabitur ille iniquus. No lo digo con complacencia apocalíptica, sino con el dolor de un Obispo que ve a la Esposa de Cristo entregada a sus enemigos por quien debería defenderla.

 

Gaetano Masciullo: Frente a las sanciones canónicas, usted invoca el estado de necesidad, como, por lo demás, lo ha hecho la Fraternidad San Pío X para sus nuevas consagraciones episcopales. ¿Cómo responde a tantos conservadores que lo acusan de desobediencia formal al Papa?

Respondo que la obediencia es una virtud, no un ídolo. Tiene por objeto un mandato legítimo dado por una autoridad legítima para el fin para el cual existe esa autoridad. Cuando el mandato es contrario a la Fe, a la ley divina o al bien de las almas, no solamente no obliga, sino que obliga a no obedecer: obœdire oportet Deo magis quam hominibus (Hech 5,29). Esto no es una invención de los tradicionalistas: es San Pedro, es Santo Tomás, es el Magisterio de siempre, es la conducta de los Santos que han resistido a los Pontífices cuando estos se han equivocado, desde San Pablo que resistió a Pedro in faciem, hasta San Atanasio y Santa Catalina de Siena.

CARTA A UN PÁRROCO POR MONS. CARLO MARIA VIGANÒ

 


SOBRE LA OBEDIENCIA AL PAPA

 

La resistencia filial a los mandatos ilícitos no es rebelión, sino el acto supremo de fidelidad a la Iglesia y a Nuestro Señor mismo.

 

Por MONS. CARLO MARIA VIGANÒ

 

A Su Excelencia Reverendísima monseñor Carlo Maria Viganò, arzobispo.

Soy un sacerdote de 70 años de la diócesis de... He escuchado su sentido y sufrido llamamiento al Papa. No tengo dificultad en imaginar sus sufrimientos, que en parte comparto —si «licet magna componere parvis»—. Comparto sus preocupaciones por esta Iglesia posconciliar en la cual, sin embargo, florecen continuos ejemplos de santidad.

Permítame decirle, con filial respeto y franqueza, que el punto débil de su posición, que le ha costado una gravísima sanción que usted considera ilegítima, es el rechazo del último Concilio —un Concilio que tiene como protagonistas a Papas santos y al episcopado más numeroso de la historia de los concilios— y la confusión entre Concilio y posconcilio. Usted, me parece, de las desviaciones posconciliares deduce su rechazo o su no aceptación del Concilio mismo en cuanto tal, es decir, en cuanto acontecimiento eclesial guiado y certificado por el Espíritu Santo en su esencia doctrinal. En nombre de la Tradición, no solamente critica, sino que rechaza la autoridad magisterial del Concilio y la del Papa «en carne y hueso».

No hace falta que yo le recuerde que la continuidad de la Tradición, por voluntad del Señor, se apoya en esta instancia visible, en esta roca que es la fe de Pedro (a pesar de los límites humanos de Pedro) y de sus sucesores (a pesar de sus límites humanos, a menudo evidentes), y no en un Papa fantasmagórico e ideal, quizá remitiéndose a los Papas del pasado. ¿Quién juzga en última instancia sobre la fidelidad a la Tradición? ¿En nombre de la Tradición se puede rechazar de hecho en materia doctrinal al garante de la Tradición? ¿Y quién representa esta garantía última y suprema si no el Papa y el concilio con el Papa?

Con la oración de que continúe la buena batalla por la fidelidad y la santidad de la Iglesia, pero que desista de una posición inspirada por un falso ángel de luz, que solo la humildad puede derrotar, le dirijo mi saludo filial con un sincero augurio,

Suyo en Cristo, sacerdote ...

+

 

Reverendo don...,

he leído con atención y con sincero respeto su carta, captando en ella el tono sentido de quien ha gastado la vida al servicio del altar y lleva en el corazón la solicitud por el destino de la Iglesia. Comprendo su llamado a la comunión y la preocupación por una fractura que lacera el Cuerpo Místico, pero precisamente en virtud de nuestros años de ministerio y de la gravedad de la hora presente, deseo responderle con la misma franqueza y con la luz de la verdad objetiva.

DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS A LA COMPAÑÍA DE SATÁN

 


Thomas Reese sj, alma negra de los jesuitas en Estados Unidos, titula su “confesión”: «Por qué odio la antigua Misa en latín». Y llama a esa Misa «un zombie»: creía que estaba muerta, y en cambio regresa. En el fondo, Reese no inventa nada nuevo. El hereje agustiniano Lutero vomitaba blasfemias análogas: la Misa papal es «la más grande y horrenda abominación», «la más alta idolatría sobre la tierra»; «todos los burdeles, los homicidios y los adulterios han cometido menos abominación que la Misa papista». Y precisaba su programa: «Cuando la Misa sea suprimida, habré derrocado al Papa por completo». Calvino la llamaba «ordenanza diabólica», «la más eficaz máquina de Satán». Cranmer quería que el pueblo odiara la Misa que antes había amado. Reese no odia las rúbricas litúrgicas: detesta el concepto de Santo Sacrificio. Odia el Canon que no habla al mundo, sino a Dios. Odia la voz de la Santa Iglesia que desmiente sesenta años de herejías y abusos. Por eso “esa Misa” debe desaparecer, ser quitada a los jóvenes, prohibida en las festividades: no porque esté muerta, sino porque está viva. El zombie no es la Misa de siempre: ¡el zombie es el jesuita Reese! El zombie es el sacerdote renegado que, después de jurar en manos del Obispo celebrar esa Misa “ad majorem Dei gloriam”, remueve en la cloaca del protestantismo buscando dar vida al cadáver inanimado del Novus Ordo montiniano.

MONS. VIGANO

¿CAIFÁS ERA SUMO SACERDOTE?

 


Por DON CURZIO NITOGLIA

 

En el Evangelio según San Juan (XI, 45-53) leemos que Jesús resucitó a Lázaro, que llevaba cuatro días muerto, y entonces «muchos judíos creyeron» (v. 45). Sin embargo, otros fueron y lo denunciaron a los fariseos y sumos sacerdotes (vv. 46-47). Entonces «los sumos sacerdotes y los fariseos reunieron el Sanedrín» (v. 47) para decretar legalmente la sentencia de muerte de Jesús, que ellos ya habían establecido en sus corazones.

Santo Tomás de Aquino, en su In evangelium Joannis expositio (lección VII, parte II, n. 1567), explica: «a propósito de aquella reunión del Sanedrín emerge la maldad de los sumos sacerdotes que querían hacer perecer a Jesús […] sobre todo por la condición de sus personas, pues no eran simples fieles o personas comunes, sino sumos sacerdotes y fariseos. Ahora bien, los sumos sacerdotes eran los jefes de las cosas sagradas, pero ellos las ignoraron y las odiaron en la persona de Jesús».

¡Atención! La maldad de los sacerdotes de la Antigua Alianza no se debía a su vida privada, sino a su incredulidad en el Mesías prometido por la Revelación divina y a su voluntad perversa e incluso deicida de matarlo, y, aun así, ellos son siempre llamados «sumos sacerdotes» por los cuatro Evangelios.

HISTORIA FALSIFICADA CON PATRICIO LONS: SAN MARTÍN Y LA BANCA BARING - POR ANTONIO CAPONNETTO

 


SAN MARTÍN, LA BANCA BARING Y OTROS ASUNTOS

Primera Parte

Introito

El pasado 17 de agosto, desde su programa habitual “Historia con Patricio Lons”, su autor dedicó el de tal fecha a abordar el tema: “San Martín, su amistad con la Banca Baring”; utilizando como subtítulo: “La extraña relación de San Martín con la banca británica”. Apuntamos el link desde el cual las personas interesadas pueden verlo íntegro[1].

Lons termina su exposición –por momentos desvertebrada y caótica pidiendo que la gente que esté en desacuerdo con él no lo cubra de “insultos”. “Déjenme argumentos y los analizamos, yo no tengo ningún problema” [...]. Y agrega: Me dijeron por qué no acepté un debate hace poco con un historiador, pero también vi que este hombre solo me ha insultado. Bueno, si me insultan no voy a debatir”.

Creo saber a quién alude, y siempre es ponderable que se prefiera la vía de la argumentación a la del dicterio. Va de suyo que en estas ocasiones será mejor el coloquio inteligente que la verba infundada. Ahora bien; es difícil, primero, creer que quien lo llamó a la confrontación sólo se haya limitado a insultarlo. Es hombre de una vasta obra con la que puede refutar sobradamente el petardismo verbal del charlista Lons. Pero más difícil es, asimismo, creer en la sinceridad de la petición de principios que este reclama, y mucho más respetarla.

Difícil de creer que esté dispuesto a la disputatio, cuando yo mismo he tenido la experiencia de señalarle algunos de sus innúmeros errores, confusiones, ignorancias y falsías, sin que del conjunto de mis observaciones haya desautorizado o descalificado alguna. Me explayo al respecto en la nota al pie[2]. Y difícil de respetar su premisa, agregamos, porque el hombre que exige la impolutez discursiva cuando se le dirija la palabra, es el mismo que no trepida en insultar a San Martín con los peores denuestos, ofensas y rústicos golpes bajos. Habría pues dos varas para condicionar la reyerta: él puede insultar a los próceres a mansalva, pero nadie puede devolverle la diatriba, aunque al hacerlo se guarde la ley de la justicia que amerita el legítimo uso del género epidíctico, según enseña Aristóteles en La Retórica.

Por eso estas líneas no constituyen una respuesta a Lons sino una guía esquemática para quienes son sus víctimas; esto es aquellos a quienes  llegan sus antojadizas interpretaciones de los personajes y los hechos de nuestra historia. Lo repito: me tienen sin cuidado las incesantes majaderías de Lons, que utiliza además, explícitamente, como sustento económico. Se han convertido en su oficio y ganapán. Dios lo ayude. En cambio, mucho me preocupan y desvelan los daños que su mitolatría hace a tantas almas desprevenidas y crédulas, y que no están obligadas a tener el profesionalismo del historiador.

Tras el necesario introito aclaratorio, vayamos sin rodeos a los puntos concretos que el mismo Lons ha enunciado[3]:

 

1)     Dice Lons: “San Martín conoció a Alexander Baring en Londres a fines de 1811, antes de zarpar hacia el Río de la Plata; la presentación fue gestionada por James Duff, Conde de Fife, quien financió el viaje del Libertador, lo que sugiere que el primer contacto no fue casual sino canalizado por la élite financiera británica”. La reunión inaugural ocurrió en las oficinas de Baring Brothers, en Bishopgate Street 8, lo que coloca a San Martín físicamente dentro del epicentro del capitalismo londinense antes incluso de pisar suelo americano”.

Aclaremos:

I. -La amistad de San Martín con James Duff, Conde de Fife, no se fraguó en los “epicentros capitalistas” ni frecuentando la “élite financiera británica”, sino en los campos de batalla, peleando a la par por la soberanía de España, durante la Guerra de la Independencia contra la invasión de las tropas bonapartistas. Fue en un horizonte épico, no bursátil donde estos hombres aunaron su camaradería. Duff demostró su valor principalmente en la Batalla de Talavera, en 1809, y en 1810, en el asalto al fuerte de Matagorda, durante la defensa de Cádiz. En ambas ocasiones fue herido de gravedad; y por su conducta heroica –más meritoria aún si se piensa que se enroló en pro de España como “voluntario por dolor”- fue ascendido al rango de Mariscal de Campo, declarado “Grande de España” y condecorado con la memorable Cruz Laureada de San Fernando[4]. El hombre presentado por Lons como un oscuro bolsista y agente bancario, derramó su sangre por la Hispanidad, junto a José de San Martín, quien en tales circunstancias no se quedó atrás en materia de arrojo.

LA ILUSIÓN DE LA SOBERANÍA

 


Del Estado laico a la hegemonía cultural en Occidente

 

Por RICARDO ZORNOSA SALAZAR

 

Para abordar el análisis de las convulsiones políticas, económicas y sociales de nuestro tiempo, solemos olvidar los hitos históricos más decisivos que han trazado el derrotero que hoy padecemos. Resulta, pues, indispensable recordar la verdadera dimensión de aquel proceso revolucionario que, iniciado con la Revolución Francesa, edificó un nuevo poder sobre las ruinas humeantes de la Iglesia católica y de la Cristiandad milenaria, y que significó para Occidente no un simple ajuste de rumbo, sino un giro de ciento ochenta grados.

Este triunfo del Trono sobre el Altar constituyó un episodio decisivo en la confrontación trazada ya desde el Génesis (3, 15) entre dos estirpes espirituales: por un lado, la del hombre autosuficiente que ─olvidando que no se hizo a sí mismo, y que es apenas una criatura contingente, limitada y fugaz─ se rebela henchido de orgullo creyéndose su propio dios y negándose a reconocer la autoridad de su Creador; por el otro, la de aquellos que, aun en su fragilidad humana, buscan con corazón sincero subordinar su existencia a la Revelación divina.

Se había instaurado así el Estado laico, un Estado que, suplantando a Dios, escondía su aversión hacia Él y hacia su Iglesia bajo una pretendida neutralidad, y se alzaba como árbitro supremo de la conciencia humana, de la verdad y el bien, y de todas las creencias y religiones. Este cambio de paradigma no implicó una simple sucesión de gobernantes, sino una ruptura con el orden trascendente para instaurar una hegemonía antropocéntrica. Las naciones que durante siglos habían moldeado sus instituciones conforme a las leyes inmutables de Dios se vieron constreñidas a someterse a la voluntad mudable y coyuntural del legislador humano.

LA NEGACIÓN DE LA CORREDENCIÓN DE MARÍA, EL MENSAJE DE LA VIRGEN DE FÁTIMA Y “LOS ERRORES DE RUSIA”

  Los “errores de Rusia”: El mesianismo judío anticristiano y naturalista, financiado por los banqueros internacionalistas, implementado por...