SOBRE LA OBEDIENCIA AL PAPA
La
resistencia filial a los mandatos ilícitos no es rebelión, sino el acto supremo
de fidelidad a la Iglesia y a Nuestro Señor mismo.
Por MONS. CARLO MARIA VIGANÒ
A Su
Excelencia Reverendísima monseñor Carlo Maria Viganò, arzobispo.
Soy un
sacerdote de 70 años de la diócesis de... He escuchado su sentido y sufrido
llamamiento al Papa. No tengo dificultad en imaginar sus sufrimientos, que en
parte comparto —si «licet magna componere parvis»—. Comparto sus preocupaciones
por esta Iglesia posconciliar en la cual, sin embargo, florecen continuos
ejemplos de santidad.
Permítame
decirle, con filial respeto y franqueza, que el punto débil de su posición, que
le ha costado una gravísima sanción que usted considera ilegítima, es el
rechazo del último Concilio —un Concilio que tiene como protagonistas a Papas
santos y al episcopado más numeroso de la historia de los concilios— y la
confusión entre Concilio y posconcilio. Usted, me parece, de las desviaciones
posconciliares deduce su rechazo o su no aceptación del Concilio mismo en
cuanto tal, es decir, en cuanto acontecimiento eclesial guiado y certificado
por el Espíritu Santo en su esencia doctrinal. En nombre de la Tradición, no
solamente critica, sino que rechaza la autoridad magisterial del Concilio y la
del Papa «en carne y hueso».
No hace
falta que yo le recuerde que la continuidad de la Tradición, por voluntad del
Señor, se apoya en esta instancia visible, en esta roca que es la fe de Pedro
(a pesar de los límites humanos de Pedro) y de sus sucesores (a pesar de sus
límites humanos, a menudo evidentes), y no en un Papa fantasmagórico e ideal,
quizá remitiéndose a los Papas del pasado. ¿Quién juzga en última instancia
sobre la fidelidad a la Tradición? ¿En nombre de la Tradición se puede rechazar
de hecho en materia doctrinal al garante de la Tradición? ¿Y quién representa
esta garantía última y suprema si no el Papa y el concilio con el Papa?
Con la
oración de que continúe la buena batalla por la fidelidad y la santidad de la
Iglesia, pero que desista de una posición inspirada por un falso ángel de luz,
que solo la humildad puede derrotar, le dirijo mi saludo filial con un sincero
augurio,
Suyo en
Cristo, sacerdote ...
+
Reverendo
don...,
he leído con atención y con sincero respeto su carta, captando en ella el tono sentido de quien ha gastado la vida al servicio del altar y lleva en el corazón la solicitud por el destino de la Iglesia. Comprendo su llamado a la comunión y la preocupación por una fractura que lacera el Cuerpo Místico, pero precisamente en virtud de nuestros años de ministerio y de la gravedad de la hora presente, deseo responderle con la misma franqueza y con la luz de la verdad objetiva.
Usted me
exhorta a distinguir entre el Concilio y el posconcilio, atribuyendo a este
último las desviaciones que todos constatamos, mientras atribuiría al Vaticano
II una especie de inmunidad doctrinal en cuanto acontecimiento guiado por el
Espíritu Santo y ratificado por «Papas santos». Es aquí, reverendo Padre, donde
reside el nudo crucial y la ilusión de la que debemos guardarnos: se lo
recuerdo aquí, a pesar de que ya muchas veces me he expresado precisamente sobre
este tema.
Mi
posición —que no nace de un capricho personal, sino de la fidelidad a la Fe
profesada por la Iglesia de siempre— no confunde el Concilio con sus
consecuencias, sino que identifica en el propio Concilio el origen y la causa
primera de esas desviaciones. El Vaticano II no fue un concilio dogmático, sino
pastoral. Y, sin embargo, bajo la apariencia de un aggiornamento inocuo,
introdujo principios ambiguos, incluso abiertamente heterodoxos —piénsese en Dignitatis
Humanæ sobre la libertad religiosa, en Nostra Ætate sobre el diálogo
interreligioso, en Lumen Gentium sobre la nueva eclesiología o en Gaudium
et Spes con su humanismo antropocéntrico— que han subvertido el dogma
católico. ¡El Concilio Vaticano II fue un acontecimiento revolucionario!
Pretender
salvar el Concilio condenando el posconcilio es como querer cortar los frutos
envenenados de un árbol negándose a admitir que es la semilla la que está
envenenada. Un árbol bueno no puede producir frutos malos; y la crisis sin
precedentes que estamos viviendo, la disolución de la Liturgia, la
secularización del clero y la apostasía ya no silenciosa sino
institucionalizada, no son sino el desarrollo lógico y coherente de aquellas
premisas conciliares.
Usted me
interroga sobre el principio de autoridad: «¿Quién juzga en última instancia
sobre la fidelidad a la Tradición? ¿Quién representa esta garantía última y
suprema si no el Papa y el concilio con el Papa?».
Esta es
la objeción central, pero se fundamenta en un equívoco eclesiológico que la
crisis actual ha hecho evidente. La Tradición apostólica no es un depósito
mutable que dependa del Papa «en carne y hueso» de aquel momento
histórico. Por el contrario, el Papa y toda la Jerarquía están vinculados,
legitimados y juzgados por la Tradición. Como enseñaba san Vicente de Lérins,
católico es lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos.
Cuando quien se sienta en la Sede de Pedro utiliza la autoridad recibida no
para confirmar a los hermanos en la Fe, sino para desmantelarla, promoviendo el
relativismo doctrinal, el sinodalismo destructivo, el globalismo y su agenda
infernal, se coloca por sí mismo en una condición de estridente contradicción
con el Mandato petrino.
Yo no
invoco «un Papa fantasmagórico e ideal», ni me refugio en un pasado abstracto;
yo reconozco la realidad objetiva de una autoridad eclesiástica que, infectada
por el liberalismo y el modernismo, ejerce un poder tiránico contra el fin
mismo para el cual fue instituida. La resistencia filial a los mandatos
ilícitos no es rebelión, sino el acto supremo de fidelidad a la Iglesia y a
Nuestro Señor mismo. Cuando en Antioquía san Pablo resistió in faciem a
san Pedro, porque este no caminaba rectamente según la verdad del Evangelio,
¿acaso no estaba ejerciendo una resistencia filial ante el Cabeza visible de la
Iglesia?
Usted me
advierte que no ceda ante un «falso ángel de luz». Créame, querido don…: el
falso ángel de luz hoy no es quien denuncia la traición de la Fe en nombre de
la Tradición inmutable, sino quien pretende imponer a los fieles la aceptación
de una «nueva iglesia» conciliar y sinodal, que ha cambiado el Credo, cambiado
la Moral, cambiado la Misa, cambiado los Sacramentos, vaciado seminarios y
monasterios, pretendiendo que todo esto ocurra bajo la guía del Espíritu Santo.
Permítame
concluir esta carta con una invitación fraterna, que ruego y espero que usted
quiera escuchar. La verdadera respuesta a tantas preguntas que también yo —como
usted y muchos otros— me he planteado, no vino de elucubraciones abstractas,
sino de haber vuelto a celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, la Misa
Católica, la de siempre, en la cual fui ordenado sacerdos in æternum.
Fue aquella —por así decirlo— la fulguración en el camino de Damasco. No hay
sacerdote que permanezca impasible, porque es en el Calvario donde se consuma
aquel Sacrificio, no en el Cenáculo o en Caná...
Si tan
solo usted hiciera lo mismo, no necesitaría mis argumentos: sentiría despertar
en sus entrañas y refluir por sus venas aquel Sacerdocio que alguien ha
deliberadamente narcotizado, dejando sus restos exteriores justamente para no
despertarlo del letargo. Pero si llevar al Santísimo por las calles de su
ciudad —como hizo durante el lockdown y el escandaloso cierre de las
iglesias impuesto por la Autoridad eclesiástica— ciertamente mostró su celo por
las almas que el Señor le ha confiado; volver a la Misa que el Concilio de
hecho ha desterrado de la Iglesia podrá devolver ese mismo celo a su alma, que
es alma sacerdotal, es decir, consagrada a la ofrenda de sí misma en la
ofrenda de la Víctima pura, santa e inmaculada. Haga «experiencia» —como aman
decir los modernistas— de la Misa tridentina, y el rito de Montini aparecerá en
su desoladora miseria calvinista, tristísimo y gris sello de aquel que la
promulgó.
Le ruego
que una su oración a la mía, no para que yo desista de una batalla que es la
única razón de ser de nuestros años de Sacerdocio, sino para que Nuestro Señor
conceda a ambos la gracia de permanecer firmes bajo la Cruz, custodios íntegros
de aquel Sacrificio y de aquella Fe que nuestros padres nos han transmitido y
que nadie tiene derecho a arrebatarnos.
Con mi
Bendición y un fraterno saludo en Cristo Rey,
+ Carlo
Maria Viganò, Arzobispo
Viterbo,
27 de agosto de 2026
S. Josephi Calasanctii Confessoris
✠
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