Vuestra resistencia, hermanos míos, consistirá, por
tanto, en mantener vuestro entendimiento firme contra la seducción de todos los
principios falsos y engañosos; y, para ello, formaréis siempre vuestra conciencia
en la escuela de vuestra fe, en la escuela de la Iglesia. […]
Cuando pregunto a los sabios de nuestro tiempo cuál
es la mayor plaga de la sociedad actual, oigo responder por todas partes que es
el deterioro de los caracteres, el debilitamiento de las almas. Sobre este tema
hay frases hechas, que están al alcance de todos.
Pero esta respuesta suscita, por sí misma, una
pregunta ulterior […]: ¿De dónde procede, entonces, este síntoma tan grave del
debilitamiento de los caracteres? ¡Ah! ¿No será cierto que es la consecuencia
natural e inevitable del debilitamiento de las doctrinas, del debilitamiento de
las creencias y, para decirlo con la palabra exacta, del debilitamiento de la
fe?
El valor, después de todo, solo tiene razón de ser
en la medida en que está al servicio de una convicción. La voluntad es una
potencia ciega cuando no está iluminada por el entendimiento. No se camina con
paso firme cuando se avanza en las tinieblas, o siquiera en la penumbra. Ahora
bien, si la generación actual tiene toda la incertidumbre y la indecisión del
hombre que avanza a tientas, ¿no será, oh Señor, porque vuestra palabra ya no
es la antorcha que guía nuestros pasos, ni la luz que ilumina nuestros senderos
(Ps. 118, 105)? Nuestros padres buscaban en todo su orientación en la
enseñanza del Evangelio y de la Iglesia: nuestros padres caminaban a plena luz
del día. Sabían lo que querían, lo que rechazaban, lo que amaban, lo que
odiaban y, por eso, eran enérgicos en la acción. […]
Por eso, hermanos míos, que otros se entreguen a
vanas lamentaciones y a estériles quejas; yo tomaré los acentos del profeta
para decir: La tierra está desolada con una gran desolación porque pronto ya no
habrá ningún bautizado que se acuerde, como debe, de su bautismo, que tenga
conciencia de las grandezas y de las energías de su bautismo. «Jamás había
encontrado a un cristiano tan orgulloso», exclamó el sultán después de haber
escuchado a san Luis. ¡Gran Dios! ¿No estamos a punto de dejar de encontrar en
ninguna parte de la tierra a esa raza de cristianos orgullosos? […]
Devolved, pues, hermanos míos, devolved a vuestra
alma toda la vida, toda la expansión, todo el florecimiento de su bautismo;
volved a ser lo que fueron vuestros padres: verdaderos cristianos, cristianos
orgullosos. […] Pero, para ello, bebed en las fuentes puras, en las fuentes
vivas de la fe cristiana. No os detengáis en esas doctrinas intermedias que
cierto tercer partido, nacido de un capricho de ayer, inventa cada día en
materia religiosa. ¿Acaso este cristianismo empobrecido, debilitado, el único
que encuentra gracia ante ciertos sabios del pórtico moderno, volverá a formar
alguna vez los caracteres vigorosos, los temperamentos sólidamente constituidos
de los tiempos antiguos? No; con las doctrinas disminuidas, con las verdades reducidas,
solo se obtendrán cristianos a medias. […]
Quiero decirlo bien alto, hermanos míos: hoy más
que nunca, la principal fuerza de los malvados es la debilidad de los buenos, y
el nervio del reinado de Satanás entre nosotros es el debilitamiento del cristianismo
en los cristianos.
[Panegírico de san Emiliano, 8 de noviembre de
1859. — ŒE, t. 3, pp. 518-519; 521-522; 525.]
