Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

domingo, 1 de noviembre de 2026

LA LUCHA ES PRINCIPALMENTE UNA LUCHA DE DOCTRINAS – CARDENAL PIE

 


Vuestra resistencia, hermanos míos, consistirá, por tanto, en mantener vuestro entendimiento firme contra la seducción de todos los principios falsos y engañosos; y, para ello, formaréis siempre vuestra conciencia en la escuela de vuestra fe, en la escuela de la Iglesia. […]

Cuando pregunto a los sabios de nuestro tiempo cuál es la mayor plaga de la sociedad actual, oigo responder por todas partes que es el deterioro de los caracteres, el debilitamiento de las almas. Sobre este tema hay frases hechas, que están al alcance de todos.

Pero esta respuesta suscita, por sí misma, una pregunta ulterior […]: ¿De dónde procede, entonces, este síntoma tan grave del debilitamiento de los caracteres? ¡Ah! ¿No será cierto que es la consecuencia natural e inevitable del debilitamiento de las doctrinas, del debilitamiento de las creencias y, para decirlo con la palabra exacta, del debilitamiento de la fe?

El valor, después de todo, solo tiene razón de ser en la medida en que está al servicio de una convicción. La voluntad es una potencia ciega cuando no está iluminada por el entendimiento. No se camina con paso firme cuando se avanza en las tinieblas, o siquiera en la penumbra. Ahora bien, si la generación actual tiene toda la incertidumbre y la indecisión del hombre que avanza a tientas, ¿no será, oh Señor, porque vuestra palabra ya no es la antorcha que guía nuestros pasos, ni la luz que ilumina nuestros senderos (Ps. 118, 105)? Nuestros padres buscaban en todo su orientación en la enseñanza del Evangelio y de la Iglesia: nuestros padres caminaban a plena luz del día. Sabían lo que querían, lo que rechazaban, lo que amaban, lo que odiaban y, por eso, eran enérgicos en la acción. […]

Por eso, hermanos míos, que otros se entreguen a vanas lamentaciones y a estériles quejas; yo tomaré los acentos del profeta para decir: La tierra está desolada con una gran desolación porque pronto ya no habrá ningún bautizado que se acuerde, como debe, de su bautismo, que tenga conciencia de las grandezas y de las energías de su bautismo. «Jamás había encontrado a un cristiano tan orgulloso», exclamó el sultán después de haber escuchado a san Luis. ¡Gran Dios! ¿No estamos a punto de dejar de encontrar en ninguna parte de la tierra a esa raza de cristianos orgullosos? […]

Devolved, pues, hermanos míos, devolved a vuestra alma toda la vida, toda la expansión, todo el florecimiento de su bautismo; volved a ser lo que fueron vuestros padres: verdaderos cristianos, cristianos orgullosos. […] Pero, para ello, bebed en las fuentes puras, en las fuentes vivas de la fe cristiana. No os detengáis en esas doctrinas intermedias que cierto tercer partido, nacido de un capricho de ayer, inventa cada día en materia religiosa. ¿Acaso este cristianismo empobrecido, debilitado, el único que encuentra gracia ante ciertos sabios del pórtico moderno, volverá a formar alguna vez los caracteres vigorosos, los temperamentos sólidamente constituidos de los tiempos antiguos? No; con las doctrinas disminuidas, con las verdades reducidas, solo se obtendrán cristianos a medias. […]

Quiero decirlo bien alto, hermanos míos: hoy más que nunca, la principal fuerza de los malvados es la debilidad de los buenos, y el nervio del reinado de Satanás entre nosotros es el debilitamiento del cristianismo en los cristianos.

[Panegírico de san Emiliano, 8 de noviembre de 1859. — ŒE, t. 3, pp. 518-519; 521-522; 525.]



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