Por P.
ALEJANDRO DÍAZ
25/07/17
Las operaciones satánicas están
dirigidas al intento de destruir toda la obra de Dios. Particularmente al ser
humano. Ahora bien, como todo lo que hace el ser humano no queda en la pura
individualidad, porque somos seres “sociales”, tenemos que las acciones
individuales tienen efectos sociales y políticos.
La historia es el lugar en el cual
se desarrolla la rebelión del demonio contra el Reino de Cristo. Por lo tanto,
toda manifestación social o política debemos analizarla teniendo en cuenta este
principio.
La aparición de la Virgen
Santísima en Fátima, teniendo en cuenta lo antedicho, se inscribe dentro de las
intervenciones divinas en la historia humana, intervenciones que se dirigen
hacia un fin sobrenatural, en primer término, pero con incidencias en lo social
y político, como efecto buscado y querido.
La Virgen nos invita a la conversión
personal, al rezo del Rosario, a la devoción a su Corazón Inmaculado… pero
advierte que si esas “obras” no se realizan, acontecerán guerras, habrá
persecuciones, y hace especial mención a un país: Rusia.
Una prueba más de la incidencia
social y política de las intervenciones divinas y de las acciones religiosas
individuales. Con respecto a la historia humana tres aniversarios tienen lugar
este año 2017:
1º) la Revolución
Protestante, con la publicación en el año 1517 de las 95 Tesis en la Puerta
de la Catedral de Wittenberg, Alemania, por Martín Lutero; con sus ideas y sus
acciones, esta Revolución busca negar –por primera vez en mil quinientos años
de Cristianismo– la necesidad de la Iglesia Católica para la Salvación.
2º) La fundación de la
Gran Logia de Londres, en el año 1717, (la masonería tuvo fuerte
intervención en la independencia de Estados Unidos y, luego, a instancias del
embajador “americano” en Francia, Benjamín Franklin, en la Revolución
Francesa); con sus ideas y sus acciones, esta Revolución busca negar ya no sólo
la Iglesia sino también la Divinidad de Cristo, apenas refiriendo la existencia
de una “deidad” impersonal o “gran Arquitecto universal”.
3º) y, por último, la Revolución
Soviética del año 1917, que, con sus ideas y sus acciones, buscó negar
directamente a Dios y borrar su nombre de la faz de la tierra.
Pío XII, en su discurso a los
hombres de la Acción Católica el 12 de octubre de 1952, resumió así:
«Cristo sí, la Iglesia no (la
Revolución Protestante contra la Iglesia); después: Dios sí, Cristo no (la
Revolución Masónica); finalmente, el grito impío: Dios ha muerto; mejor dicho:
Dios jamás ha existido (la Atea Revolución Comunista). Y aquí –concluye Pío
XII– tenemos el intento de construir la estructura del mundo sobre fundamentos
que no vacilamos en señalar como los principales responsables del peligro que
amenaza a la humanidad».
Sin embargo, este año hay un
cuarto aniversario: 2017 es también el primer centenario de las
apariciones de Fátima.
El secreto de
Fátima: Rusia dispersará sus errores en todo el mundo
El término “errores” es
preciso: el error es la negación de la verdad. La verdad entonces existe y sólo
hay una verdad: aquella que hemos recibido de los Apóstoles. Los errores de
Rusia son los de una ideología que se opone al Orden Natural y cristiano.
Este complejo de errores tiene
un nombre: Marxismo. Y tuvo en la Rusia soviética (no así en la actual) su
centro universal de difusión.
El anticomunismo del siglo XX ha luchado contra el Marxismo con las armas de la política y de la guerra. Y por eso ha fracasado: un mal espiritual debe ser enfrentado con armas espirituales.
Una vez caído el muro de Berlín
y desaparecido el régimen soviético, Occidente proclamó “el fin de la historia”
(Fukuyama) y no advirtió que solamente se había roto la cubierta de la semilla
y comenzaba a germinar el verdadero marxismo.
Hoy hablar de marxismo
es hablar de ideología de género.
El profesor Siro De Martini, en
una excelente exposición en el año 2011, en el Seminario de La Plata, nos
ilustró sobre las raíces ideológicas de la ideología de género. Los propios
comunistas resumen sus errores en la fórmula del materialismo dialéctico: el
universo es materia en evolución y la dialéctica Hegeliana es el alma de esta
evolución.
Esta visión filosófica panteísta
tiene su expresión política en una sociedad sin clases. El igualitarismo social
y político deriva del igualitarismo metafísico, que no sólo niega la distinción
entre Dios y el hombre, sino que diviniza la materia negando toda distinción
entre los hombres y las cosas creadas.
La Creación posee un principio
jerárquico. Por el contrario, el Orden Natural creado distingue los entes,
no los iguala. Es un orden jerárquico.
A la jerarquía celestial
(ángeles) corresponde, en la tierra, una jerarquía en el orden religioso y
luego en el orden político. En la sociedad humana el poder no emana de la
voluntad ciudadana.
Todo poder viene de Dios: (lo
que no significa sacralizar la iniquidad: toda persona que ejerció el poder
será juzgada no solamente por su conducta personal, sino, además,
específicamente por el ejercicio del poder que Dios le ha dado)
Por ejemplo: Poncio Pilatos:
“Tú no tendrías poder sobre mí si no te lo hubiera dado mi Padre” (Jn. 19, 11)
“Exhorto, pues, ante todo que
se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los
hombres; por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que podamos
vivir una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad. Porque esto es
bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador.” (1 Tim. 2, 2-3)
“Sométase toda persona a las
autoridades constituidas; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y
las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a
la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean
condenación para sí…” (Rm. 13, 1-5)
Se entiende que el sometimiento
no es hacia los actos de gobierno inicuo: de hecho, los Apóstoles resistieron
la orden político-religiosa de quemar incienso ante la estatua del Emperador.
La labor del demonio hoy consiste en destruir todo vestigio de autoridad,
majestad y jerarquía.
Por el contrario, el proyecto
de Dios no es igualitario. El proyecto igualitario es el de Satanás, primer
protestante, primer revolucionario, primero en exigir la destrucción de la
jerarquía divina levantándose directamente contra Dios.
Pero así como el demonio
mantiene su poder jerárquico sometiendo a otros ángeles, así los protestantes
que protestan contra la autoridad de la Iglesia se convierten cada uno en un
“Papa” que dicta dogmas e interpreta la Escritura, y los revolucionarios
establecen nuevas jerarquías, opresoras y despiadadas… y por supuesto
“revolucionarias”…
Después del colapso de la Unión
Soviética los errores del marxismo fueron como liberados del envoltorio que los
contenía para propagarse sobre todo en Occidente bajo la forma de relativismo
cultural y moral.
Tenemos que reconocer el hecho
de que la profecía de Fátima, según la cual Rusia habría esparcido sus errores
en todo el mundo, se ha cumplido.
En el caso de la ideología de
género ésta supone que tanto el concepto de “varón” como el de “mujer” (el
concepto y la realidad misma varón-mujer) fueron “construidos”.
No hay nada “natural” en el
hombre, sino que todo es fruto de relaciones de poder entre grupos y personas.
Todo se reduce al apetito de poder de unos sobre otros.
Este modo de pensar, su modo
dialéctico de entender la realidad, no implica vincularlo con las concreciones
políticas históricas del marxismo: países comunistas, movimientos guerrilleros,
incluso (no necesariamente) partidos comunistas.
Hoy la ideología de género está
de hecho presente en partidos liberales y llamados “de derecha”. En Argentina
aparece en todos los principales partidos (aunque no en todos sus miembros).
Esto se debe a que su interés no es político partidario sino cultural.
¿Por qué decimos que la
ideología de género tiene su origen en la ideología comunista-socialista?
Para ello basta citar un texto
de Friedrich Engels, “camarada” de lucha y pensamiento de Carl
Marx, en su libro “El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”
(pág. 12, Madrid, Ed. Fundamentos 1970):
“El móvil esencial y decisivo
al cual obedece la humanidad en la historia, es la producción y la reproducción
de la vida inmediata… Por un lado, la producción de los medios de existir, de
todo lo que sirve para alimento, vestido, domicilio…; por otro, la producción
del hombre mismo, la propagación de la especie”
En consecuencia, producción (de
cosas) y reproducción (de personas) están sometidas a una misma ley de lucha de
clases. Si la clave de la historia es la lucha de clases, la clave del
matrimonio y la familia debe ser la lucha de sexos. Engels entiende que la
primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para
la procreación de los hijos.
El estimará que el primer
antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo
del antagonismo entre el varón y la mujer en la monogamia; y la primera
opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino.
Así, la monogamia entró en
escena bajo la forma de esclavización de un sexo por el otro, proclamación de
un conflicto entre los sexos, desconocido hasta entonces en la historia. El
varón, en la familia, equivale a la burguesía, y la mujer representa en ella al
proletariado.
La consecuencia lógica de este
paralelismo es la lucha por la emancipación de la mujer a través de un proceso
revolucionario, su necesaria apropiación de los medios de reproducción (en este
caso relacionados con la genitalidad) y la llegada final de una sociedad sin
sexos.
Un paso más en el pensamiento
marxista lo da Simone de Beauvoir,
con su libro “El segundo sexo” (1949).
Allí ella comienza criticando
la concepción de Engels de reducir la oposición entre los sexos a un conflicto de
clases. Es algo más. En la sociedad humana la mujer ni siquiera es parte de una
“clase”…
Para ella la historia debe
interpretarse en clave de opresión y explotación de la mujer, porque la mujer
es un Otro, ante el varón carece de reciprocidad, es un objeto pasivo sin
libertad.
“Desde los primeros
tiempos del patriarcado los hombres consideraron útil mantener a la mujer en un
estado de dependencia: establecieron códigos contra ella y así la constituyeron
como la Otra, lo cual servía a sus intereses económicos, pero también a sus
pretensiones ontológicas y morales” (Le Deuxième Sexe. Paris, Gallimard, 1976,
tomo I, pág. 237)
El modo de marginarla ha sido
limitarla a las tareas de reproducción y al trabajo doméstico: De Beauvoir
llamó a esto “trampa de la maternidad”.
Las actividades de procreación
y maternidad son actos repetitivos que le impiden a la mujer trascender, que la
hacen pasiva, que no la diferencian de los animales. La función reproductora
esclaviza.
De este modo engendrar,
amamantar, no constituyen actividades, son funciones naturales; ningún proyecto
les afecta; por eso la mujer no encuentra en ello el motivo de una altiva
afirmación de su existencia; sufre pasivamente su destino biológico.
Las faenas domésticas a que
está dedicada, puesto que son las únicas conciliables con las cargas de la
maternidad, la confinan en la repetición y la inmanencia; son faenas que se
reproducen día tras día, bajo una forma idéntica que se perpetúa casi sin
cambios siglo tras siglo; no producen nada nuevo.
Llega a decir que la peor
maldición que pesa sobre la mujer es hallarse excluida de esas expediciones
guerreras; porque no es dando vida, sino arriesgando la propia, como el varón
se eleva sobre el animal; por ello en la humanidad reconoce la superioridad, no
al sexo que engendra, sino al que mata...
Para la autora la “ideología”
cristiana ha contribuido no poco a la opresión de la mujer… En una religión
donde la carne es maldita, la mujer aparece como la más temible tentación del
demonio (!).
Hay sólo un modo de liberar a
la mujer: según Simone De Beauvoir debe obligarse a la mujer a liberarse del
trabajo de “madre”:
"Pensamos que ninguna
mujer debería tener esta opción. No debería autorizarse a ninguna mujer a
quedarse en casa para cuidar a sus hijos. La sociedad debe ser totalmente
diferente. Las mujeres no deben tener esa opción, porque si esa opción existe,
demasiadas mujeres decidirán por ella".
Excursus: puede hacerse de tres
formas:
1.
mediante
régimen totalitario.
2.
por
convencimiento de una minoría
3.
por
imposición a la mayoría mediante técnicas de propaganda y de guerra
psicológica.
Por lo tanto la mujer debe
emanciparse:
a) del dominio y de la
explotación del varón, y, por lo tanto, de las instituciones que sirven a este
fin, tales como el matrimonio y la familia;
b) de la represión sexual a la
que ha estado sometida por la religión y la moral tradicionales.
En la concepción de la
ideología de género la heterosexualidad no es una realidad natural, sino
cultural. Ha sido socialmente construida, y es impuesta a las mujeres a través
de fuerzas estructurales controladas por los varones.
Por tanto, la heterosexualidad
es el dispositivo del poder actual para controlar a las mujeres, y es, por
consiguiente, una institución política; una ideología, una construcción social.
En paralelo con la doctrina marxista de que la superestructura filosófica,
jurídica, artística depende de la infraestructura económica, el feminismo
sostiene que ciertas ideas e instituciones han surgido como consecuencia de las
relaciones de opresión entre los sexos.
Ejemplo: se sostiene que el
hombre se apropia de la energía sexual femenina, distorsionándola con dos tipos
de mitos: el amor romántico y el matrimonio. Ambos construyen la fantasía mutua
sobre el amor heterosexual más comúnmente aceptada en nuestra sociedad: la
familia.
Toda relación sexual es una
relación de poder. En consecuencia, es una relación política (lema: “todo lo
personal es político”).
Como consecuencia: para
conquistar el poder (en sentido amplio) la mujer debe hacerlo a través del
sexo, de una revolución sexual.
De acuerdo a la concepción
dialéctica, la revolución se ha de extender de modo transversal a todas las
instituciones sociales. Es decir, para esta ideología el varón ha creado lo que
llamamos “naturaleza femenina”. Para ello ha desarrollado una construcción
social que es la “heterosexualidad”.
Para tener a la mujer sujeta y
oprimida se vale de la maternidad y de instituciones que le sirven de soporte
(matrimonio, familia, trabajo doméstico, crianza de hijos). Todo esto
constituye el sistema de dominación básico sobre el que se asienta todo otro
sistema de dominación.
Si el sistema de dominación
patriarcal (opresión y explotación de la mujer), es el sistema de dominación
básico sobre el que se asientan todos los sistemas de dominación; al encarar la
destrucción del sistema de dominación patriarcal, se está encarando, la
destrucción de todo otro sistema de dominación política y económica.
Y la forma de controlar los
medios de reproducción es la abolición de la familia biológica.
(Dirá Shulamith Firestone)
Y así como la meta final de la
revolución socialista era, no sólo acabar con el privilegio de la clase
económica, sino con la distinción misma entre clases económicas, la meta
definitiva de la revolución feminista debe ser igualmente, no simplemente
acabar con el privilegio masculino, sino con la distinción de sexos misma: las
diferencias genitales entre los seres humanos ya no importarán culturalmente.
Si la heterosexualidad es una
institución política, que el sistema patriarcal hizo obligatoria a fin de
imponer a las mujeres el modelo de sexualidad reproductiva, la abolición del
sistema heterosexual no le compete sólo a las lesbianas sino a todas las
feministas como paso importante para cambiar la sociedad.
Por eso, la ley de
matrimonio entre personas del mismo sexo ha sido una conquista del feminismo
socialista, no de los homosexuales. Estos han sido, una vez más,
instrumentalizados.
La ideología de género no se
limita al plano genital, sino que es un prisma a través del cual se ve, y se
transforma, toda la realidad.
No importa tanto que el género,
el matrimonio, la familia (y el resto de la realidad) sean una construcción
social, lo que les importa es convencer a la gente que sólo existen
construcciones sociales.
Esta es la revolución.
¿Cuál es la estrategia de
ellos? Ante todo, tomar el poder. No buscando gobernar un Estado (solamente)
sino, sobre todo, el poder en todas sus diversas y principales manifestaciones
vinculadas con la cultura.
La revolución es cultural. Sus
postulados no son siquiera los de los partidos mayoritarios. Pero se hacen
parte de esos partidos y ocupan posiciones relevantes en el campo de la
cultura, la educación y los medios de comunicación.
Se trata de actuar sobre todo
aquello que es aceptado como natural para persuadir que son construcciones
sociales, por tanto creadas por el hombre, por tanto relativas, subjetivas y
cambiables.
Conclusión:
Las operaciones satánicas están
dirigidas al intento de destruir toda la obra de Dios.
Particularmente al ser humano.
Ahora bien, como todo lo que hace el ser humano no queda en la pura
individualidad, porque somos seres “sociales”, tenemos que las acciones
individuales tienen efectos sociales y políticos.
La historia es el lugar en el
cual se desarrolla la rebelión del demonio contra el Reino de Cristo. Por lo
tanto, toda manifestación social o política debemos analizarla teniendo en
cuenta este principio.
La aparición de la Virgen
Santísima en Fátima, teniendo en cuenta lo antedicho, se inscribe dentro de las
intervenciones divinas en la historia humana, intervenciones que se dirigen
hacia un fin sobrenatural, en primer término, pero con incidencias en lo social
y político, como efecto buscado y querido.
La Virgen nos invita a la
conversión personal, al rezo del Rosario, a la devoción a su Corazón
Inmaculado… pero advierte que si esas “obras” no se realizan, acontecerán
guerras, habrá persecuciones…
El Señor y la Virgen no nos
envían a ganar batallas, nos envían a combatirlas. Toda guerra se compone de
batallas ganadas y batallas perdidas. También ésta. La diferencia es que
nosotros conocemos el final de esta guerra: “Al final mi Corazón Inmaculado
triunfará”.
Con esta certeza y con esta
esperanza, mantengamos las posiciones en la trinchera, porque aunque se pierdan
muchas batallas, ciertamente no perderemos la guerra.
Embrazando las armas
espirituales busquemos mantener la vida espiritual aún en desmedro de la vida
terrenal: honra, carrera, honores…
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva María
Reina!
Texto de la conferencia
brindada por el P. Alejandro Díaz, Sacerdote de la Arquidiócesis de La Plata,
exorcista, en la parroquia Sagrado Corazón de Jesús, de Cambaceres, Ensenada,
el sábado 24 de junio de 2017; con el marco de las fiestas patronales.
https://www.infocatolica.com/?t=opinion&cod=30007
