por PEDRO
GÓMEZ CARRIZO
La nota
del cardenal Fernández contra la FSSPX abre una pregunta más grave que la del
cisma selectivo: si Satanás tentó a Cristo y pidió cribar a Pedro, ¿por qué
habría de mantenerse lejos de los dicasterios, los seminarios y los despachos
donde se custodia, o se desfigura, la fe?
Ayer el
cardenal Fernández volvió a dar su nota. En ella recordaba «formalmente» que
las ordenaciones episcopales de la FSSPX constituyen un acto cismático, y que
el cisma comporta la excomunión.
Lo
primero que llama la atención es ver palabras tan gruesas salidas de una pluma
tan fina. ¡Cisma! Esa palabra vetusta, con el sonido metálico de las
advertencias romanas, en boca de un cardenal tan juvenil; ese grave concepto,
que conserva el peso antiguo de las cosas últimas y sagradas, en la mente de un
cardenal liviano, amante de la modernidad, y de todas sus cosas.
Hay que
tomarse en serio la nota breve. La sucesión apostólica no es una herencia
privada, ciertamente, y consagrar obispos sin mandato pontificio hiere la
unidad visible de la Iglesia. Pero cabe preguntarse por qué Roma pronuncia la
palabra «cisma» con tanta solemnidad cuando mira hacia Écône y se la queda
dentro cuando asiste a toda esa colorida y colorista panoplia de rupturas
doctrinales, litúrgicas, morales y sacramentales que desde hace décadas han
entrado por la puerta grande de la Iglesia oficial.
De esa vistosa procesión de cromatismo convertido en programa acabamos de tener una estampa difícil de superar con la reciente visita de Sarah Mullally. La arzobispa de Canterbury ha sido recibida en el Vaticano con las formas propias de una dignidad eclesiástica e introducida en una oración común bajo techumbre apostólica. Ninguna nota breve ha tenido a bien recordar que León XIII declaró en Apostolicae curae la nulidad de las ordenaciones anglicanas, y que a esa nulidad se añade ahora, en una especie de desafío teatral, el hecho de que se trate de una mujer. Con la mayor naturalidad, a una figura que la doctrina católica no puede considerar obispo bajo ningún concepto, Roma la trata en público como si lo fuera, y la amable coreografía de la escena transmite urbi et orbi tanta aprobación como desaprobación la seca nota breve de Fernández.
Es un
cisma «selectivo»: para la Pachamama hubo inculturación; para Lutero, memoria
reconciliada; para las bendiciones equívocas, discernimiento pastoral; para los
nombramientos episcopales bajo la sombra del Partido Comunista chino, realismo
diplomático; para el enfriamiento de la mariología, sensibilidad ecuménica;
para las liturgias de verbena, creatividad comunitaria. Para la Tradición, en
cambio, vuelve milagrosamente el Código. De pronto, del rostro alegre de la
Iglesia sinodal, líquida, dialogante, ecuménica, hospitalaria con todas las
rarezas y comprensiva hasta la extenuación con cualquier extravío, surge la
mueca severa de la condena: el Dicasterio para la Doctrina de la Fe liderado
por el inefable cardenal recupera la solemnidad del viejo Santo Oficio para advertir
de cisma a quienes conservan la liturgia romana, la moral católica y la
doctrina que aprendieron generaciones enteras de fieles.
Pero
abandonemos a Víctor Manuel Fernández, porque el cardenal novelista, desviado
censor de desvíos, es solo la supuración de una enfermedad interior. Su
permanencia al frente de Doctrina de la Fe expresa una de las inversiones más
hirientes del postconcilio: un renovado Santo Oficio consagrado ahora a
perseguir la Tradición. ¿Quién vigila a los guardianes cuando pierden el discernimiento
elemental para distinguir el amigo del enemigo de la fe?
Vargas
Llosa puso en boca de Zavalita aquel célebre «¿En qué momento se jodió el
Perú?», una pregunta semejante a la que empieza a formular el católico de
nuestro tiempo: ¿en qué momento empezó Roma a sentirse más incómoda ante la
Tradición que ante la herejía? La respuesta no tiene una fecha única, aunque sí
tiene una palabra fundacional, santo y seña de una época: aggiornamento.
El Vaticano II presenta una anomalía histórica que rara vez se mira de frente:
mientras que los grandes concilios nacieron para definir la fe ante errores que
amenazaban su integridad —Nicea frente a Arrio; Trento frente a la revolución
protestante; Vaticano I frente al asedio del racionalismo, el liberalismo y las
nuevas formas de impugnación moderna—, Vaticano II acabó adaptándose al mundo
que la herejía ya había colonizado. El modernismo imperaba en las
universidades, en los seminarios, en la exégesis, en la teología moral, en la
imaginación pastoral de tantos clérigos que soñaban con una Iglesia
«reconciliada con el siglo», y desde entonces imperó también en el Vaticano.
Sucede
que el modernismo, a pesar de la amabilidad de la palabra, de positivas
connotaciones, es lo que san Pío X había identificado como la síntesis de todas
las herejías. O sea, algo muy serio. Tan serio que el papa Pablo VI, después de
haberle abierto él mismo las puertas y las ventanas del Vaticano, cayó en la
cuenta de que con el modernismo se había colado en su Santa Sede «el humo de Satanás».
Y no
estamos hablando de Satanás como metáfora. Hablamos de Satanás como realidad
personal, inteligente, activa, enemiga de Dios y de las almas. La fe católica
pierde el nervio cuando reduce al demonio a símbolo psicológico o a residuo
literario de épocas crédulas. Cristo fue tentado por Satanás en el desierto;
Judas, sentado a la mesa del Señor, recibió su influjo hasta consumar la
traición; Pedro escuchó de labios de Cristo ese terrible «apártate de mí,
Satanás» cuando quiso desviar al Señor del camino de la Cruz; y el mismo Pedro
fue advertido de que Satanás lo había reclamado para cribarlo como trigo. La
Escritura no coloca la acción diabólica en los márgenes pintorescos de la
religión, sino en el centro mismo del drama de la salvación, allí donde se
decide la fidelidad o la traición.
La
objeción espontánea dice así: ¿cómo podría infiltrarse el Enemigo en la
Iglesia, Esposa de Cristo? La respuesta meditada empieza por distinguir lo que
Dios ha prometido de lo que nunca prometió. Cristo prometió que las puertas del
infierno no prevalecerían contra su Iglesia; esa promesa asegura la
indefectibilidad de la Esposa, la permanencia de la fe, la eficacia de los
sacramentos, la victoria final de Cristo sobre las potestades adversas. Cristo
no prometió pastores impecables, dicasterios inmunes, seminarios
incorruptibles, liturgistas inspirados, teólogos dóciles ni cardenales
edificantes. La santidad indefectible de la Iglesia convive, desde Judas, con
la posibilidad tremenda de la traición situada dentro del recinto visible.
De hecho,
la promesa de Cristo presupone el asalto: si las puertas del infierno no
prevalecerán es porque intentarán prevalecer. La imagen carecería de sentido si
la Iglesia estuviera situada en una campana de cristal, preservada de toda infiltración,
de toda corrupción interior. San Pablo habló del mysterium iniquitatis,
advirtió contra los falsos apóstoles y avisó a los presbíteros de Éfeso de que,
después de su partida, entrarían lobos rapaces y se levantarían hombres de
entre ellos mismos para arrastrar discípulos. «De entre vosotros mismos», dice
el Apóstol.
La
historia de la Iglesia confirma esa enseñanza. Arrio era presbítero; Nestorio
fue patriarca de Constantinopla; Honorio fue papa; prelados del Renacimiento
convirtieron la curia en una corte mundana, y funcionarios de la Iglesia
modernos han deshecho desde sus cátedras lo que mártires y confesores
sostuvieron con sangre. Nada de esto destruye la Iglesia, pero muestra el campo
real de la batalla. La Esposa permanece santa por su Cabeza, que no es otro que
Cristo, no su vicario, por la asistencia del Espíritu Santo y por la fidelidad
de quienes, a menudo desde lugares humildes, siguen creyendo lo que la Iglesia
recibió. Sus miembros visibles pueden mancharla ante los hombres, hacerla irreconocible
durante un tiempo, convertir sus estructuras en instrumentos de confusión y sus
palabras más venerables en coartadas de apostasía práctica.
Sí, la
infiltración diabólica en la Iglesia resulta más que posible, esperable para
cualquiera que crea de verdad en la Iglesia. Satanás no pierde el tiempo donde
nada decisivo se juega. Su interés natural apunta al altar, al confesionario,
al seminario, al episcopado, a la liturgia, a la doctrina, a la formación de
los niños, al nombramiento de pastores, al lenguaje con que se nombran el
pecado y la gracia. Si una mercería se equivoca, venderá malos botones. Si Roma
se equivoca, puede desorientar almas. El Enemigo conoce la diferencia.
