Por JUAN MANUEL DE PRADA
Convendría
que reparásemos en las vicisitudes de la existencia de Noelia, esa joven
recientemente asesinada por el Leviatán. Según nos relatan los cronistas
sistémicos, Noelia padeció una infancia horrenda, con padres endeudados o
alcohólicos o ambas cosas a la vez, que no la atendieron como merecía o
descuidaron su crianza. No dudo que fuese la suya una infancia sufriente y que
la actitud de los padres le dejase muy hondas heridas. Pero seguramente no
fueron heridas tan hondas como las que sufrió Beethoven, cuyo padre alcohólico
le propinaba bestiales palizas y lo encerraba en un sótano durante días
enteros. O como las que padeció Dickens, que tuvo que ponerse a trabajar con
apenas 12 años en una fábrica de betún, después de que su padre fuese
encarcelado por deudas, condenando a su familia a la mendicidad. O, en fin,
como las heridas sufridas por Chaplin, cuyo padre alcohólico abandonó a la
familia antes de morir cirrótico perdido, dejando a los hijos en manos de una
madre inquilina asidua del manicomio.
Para fortuna de Beethoven, Dickens o Chaplin, no existía un Leviatán ‘protector’ que se hiciese cargo de ellos; y el sufrimiento que amasó sus días infantiles fue fecundo y los convirtió en genios. Para desgracia de Noelia, la Generalitat de Cataluña decidió «evitar sus sufrimientos», para lo cual retiró la custodia a sus padres endeudados o alcohólicos o ambas cosas a la vez y la internó en un centro de menores, erigiéndose en su «protectora». La idiotez imperante tiende a considerar que las instituciones públicas son nuestros ángeles custodios; pero se trata de una premisa por completo errónea, una distorsión cognitiva grave. Las instituciones públicas, en un régimen político inicuo como el que sufrimos, están al servicio del Leviatán; y su propósito primordial es convertir la familia en un campo de Agramante. El Leviatán moderno odia la familia porque sabe que es un bastión de resistencia contra sus injerencias (de ahí que haya adelgazado la protección del matrimonio y fomentado el divorcio, de ahí que haya alentado la competencia entre los sexos y la ruptura entre las generaciones, de ahí que haya exaltado las formas más caprichosas de convivencia y encumbrado el aborto como derecho); y odia muy especialmente la patria potestad, porque le impide ejercer una tutela completa sobre los niños (de ahí que repitan con monomanía psicopática que «los hijos no son de los padres»).
Situaciones
familiares como la que sufría Noelia, tan desgraciadamente habituales en las
sociedades que previamente han sido hechas puré por el Leviatán, son tan sólo
la excusa que el Leviatán emplea para asegurarse la destrucción de vidas. El
Leviatán desea corromper a nuestros hijos, desea destruir su inocencia, desea
envilecer sus almas con ideaciones aberrantes y disfóricas; y en los hijos de
padres conflictivos ve una ocasión pintiparada para ejecutar sus designios.
Noelia
fue una víctima del Leviatán, que propició que fuese violada en diversas
ocasiones; hasta que, hundida en la depresión, saltó desde un quinto piso para
quitarse la vida, quedando maltrecha para siempre, con dolores físicos al
parecer muy intensos, pero seguramente menos que su dolor moral. Así es como
Noelia decidió solicitar la eutanasia al Leviatán que primeramente la apartó de
su familia y la recluyó en un centro de menores, que jamás le brindó una tutela
efectiva, que no le brindó los tratamientos adecuados para combatir su dolor.
Si Noelia no hubiese estado gravemente ofuscada por el dolor, si no hubiese
padecido trastornos muy aflictivos, no habría recurrido al Leviatán, causante
de todos ellos; pero Noelia estaba para entonces hecha cisco, la habían
convertido en un despojo, y recurrió absurdamente al sacamantecas responsable
de su desgracia, que por supuesto le concedió la eutanasia, fingiéndose
compasivo con sus padecimientos. Pero, en realidad, estaba borrando las pruebas
de su crimen.
El
Leviatán privó primero a Noelia de una vida familiar digna de tal nombre,
fomentando formas de vida disolventes y brindando a sus padres todos los
instrumentos para convertir la existencia de su hija en un infierno anticipado.
Después, una vez privada de los vínculos comunitarios naturales, el Leviatán
obsequió a Noelia con una vida de soledad y abandono, convirtiéndola en carne
triste, huérfana de amor y fácil presa de abusos, dejando que un enjambre de
trastornos mentales y pensamientos turbios la colonizase, hasta empujarla al
suicidio. Pero Noelia no logró matarse, sino que quedó medio tullida,
convertida en carne desahuciada, chatarra humana a la que el Leviatán imbuyó
pérfidamente la idea de tomar el control de su destino. Puesto que el Leviatán
no podía brindarle una cura a los daños que previamente le había infligido,
brindó a Noelia la posibilidad de acabar con ellos acabando consigo misma.
Muerto el perro se acabó la rabia, es el lema del Leviatán eutanásico.
Al
suministrar una muerte dulce a quien sufre, el Leviatán destroza la alianza
última del ser humano consigo mismo, con la comunidad humana y con Dios. «No se
muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años,
porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir
sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la
melancolía», le dice el buen Sancho a don Quijote, poniendo voz a nuestra
humanidad. El Leviatán moderno niega nuestra humanidad, quiebra esa noción
inscrita en nuestras almas, fundante de la civilización, que nos enseña que la vida
es un bien que debemos custodiar, especialmente cuando se vuelve débil y
vulnerable. Y, sirviéndose de nuestra fragilidad, nos convence de que el
sufrimiento es algo insoportable, algo que hay que erradicar a toda costa;
erradicándonos a nosotros mismos, si fuera necesario.
El
Leviatán ha recetado a Noelia una muerte dulce para combatir su depresión
(método infalible para acabar con las listas de espera), después de haberle
infligido los daños que se la causaron; y envuelve su crimen en repulsivas palabras
compasivas y ternurismos eméticos. Es el lenguaje del Leviatán, que ya ni
siquiera necesita ejercer violencia porque ha aprendido a justificarla; el
lenguaje de una época enferma que en el crimen encuentra la única forma de
piedad posible.
Es la
barbarie legalizada.
