El cisma existe
cuando se niega la autoridad del Papa, es decir que no se le reconoce como el
Vicario de Cristo teniendo el poder supremo, directo e inmediato sobre la
Iglesia universal. La desobediencia a las órdenes del Papa si no comporta la
negación de su Primacía de jurisdicción, sino que sólo es hecha para no cumplir
lo que es mandado no es un pecado de cisma, sino de desobediencia (cfr. L.
Billot, De Ecclesia Christi, Roma, Gregoriana, V ed., 1927, vol. I, Thesis XII,
p. 310 ss. ; S. Tommaso d’Aquino, S. Th., II-II, q. 39; Cajetanus, In Summ.
Th., in IIam-IIae, q. 39).
Ahora bien, la
herejía rompe el vínculo de la fe, mientras que el cisma el de la caridad, pero
la unidad de la fe precede y presupone el de la caridad (León XIII,
Enciclica Satis cognitum, 1896; Pio XI, Enciclica Mortalium
animos, 1928). Luego está claro que la unidad de la fe prevalece y
predomina sobre el de la caridad. Así que si no se obedece a las órdenes,
directivas o exhortaciones que van contra la fe, no sólo no es cisma, sino que
es necesario porque obedecer dañaría la fe.
Véase también S.
Tomás de Aquino, S. Th., II-II, q. 10, a. 10. El Doctor Angélico se
plantea la cuestión “si se pueden tener superiores infieles" y contesta
que "no debe ser permitido de ningún modo" ya que sería peligroso
para la fe de los subordinados. Además, enseña (S. Th., II-II, q. 12, a. 1 e 2)
que seguir un jefe que se ha desviado de la fe es muy peligroso para el alma de
los subordinados. Ahora, si quien manda también tiene una autoridad espiritual
que no tiene a ningún superior humano, como es aquel del Papa, a mayor razón la
subordinación es peligrosa si su enseñanza no está conforme a la doctrina
tradicional de la Iglesia, como ocurre en el entorno eclesial a partir de Juan
XXIII y especialmente hoy con Francisco I. Así que tenemos que "hacer lo
que la Iglesia siempre ha hecho, si se encuentra en un período de crisis y
confusión que ha invadido toda la Iglesia" (San Vicente de Lerins,
Commonitorio, III, 15) y esperar hasta que vuelva a la tranquilidad y entonces
el acuerdo se llevará a cabo de forma espontánea. Si se camina por la noche en
la montaña y se tropieza y cae en un barranco, necesita, por tanto, esperar que
amanezca y retomar la marcha. San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios
Espirituales (Reglas del discernimiento de los espíritus n° 318) aconseja no
cambiar nunca de propósito durante el tiempo de oscuridad espiritual, sino
permanecer fuertes y constantes en la determinación y en los propósitos en que
se encontraba antes de la oscuridad, ya que como en la luz nos conduce el
espíritu bueno, así en la oscuridad nos conduce el espíritu maligno.
Rechazar hoy por un
cierto período de tiempo, hasta que vuelva la luz, un acuerdo con los
ultra-modernistas no es, por lo tanto, una actitud cismática, porque se basa en
graves motivos de fe y moral, que nos obligan a no seguir el curso eclesial
actual. Se debe saber esperar todo el tiempo que Dios quiera permitir que la
crisis en la Iglesia persista. No hay que desalentarse, ni desviarse a la
izquierda: con un acuerdo intempestivo y acelerado, ni a la derecha: declarando
herético al Papa reinante y considerándolo depuesto ipso facto. Estos son los
dos caminos que algunos tradicionalistas (y en algunos casos son
paradójicamente el mismo) están tomando hoy. El grave riesgo que corremos
hoy no es el del cisma, que es agitado por el mundialismo masónico y modernista
como un espantajo para inducirnos a dar un paso en falso. ¡No! El peligro real
es el naufragio de la fe, “sin la cual es imposible agradar a Dios” (Hebr., XI,
6).
D.
Curzio Nitoglia
De acá: https://syllabus-errorum.blogspot.com/2016/11/don-curzio-nitoglia-el-modernismo-es.html
