Comentario
de Luis Álvarez Primo: De
Prada ha escrito una buena página, elemental, de Ciencia Política: desde
Aristóteles y Tomás de Aquino a Leopoldo Eulogio Palacio y , entre nosotros, el
mejor Sampay, en torno a la virtud que el magistral Josef Pieper llama "la
inteligente proa". Aunque, la
verdad sea dicha, el Demóstenes español se queda corto al no ocuparse del
sistema: la ínsita "perversión democrática" que
engendra los payasos serviles y
extorsionables que él detesta.
Otro sí digo: Vladimir Putin hace unos meses
se refirió al mismo tema de la baja
calidad de los políticos de la electoralera democracia liberal occidental.
Saludos, Feliz Pascua de Resurrección.
6 de abril de 2026
Una de
las pruebas más evidentes de la decadencia de la llamada 'civilización
occidental' es la casi completa desaparición de los políticos prudentes. En la
enumeración de las virtudes cardinales, la prudencia viene antes de la
justicia, la fortaleza y la templanza; en cierto modo, las prefigura, es
el pórtico que nos conduce a ellas. Y la prudencia es también la virtud por
excelencia del político, pues de su acción depende el bien de su pueblo. La
prudencia política requiere un 'hábito del conocimiento'; pues obliga a
responder de forma adecuada a situaciones muy variadas y complejas, surgidas de
la materia mudable de los días.
Pero la
figura del político prudente parece haberse convertido en una suerte de
antigualla. Por doquier parecen imponerse políticos que hacen de la
'autenticidad' (o sea, de la pura exaltación de los instintos) su máxima de
gobierno. No me refiero tan sólo a políticos cantamañanas y polichinelas al
estilo de Trump o Milei, que hacen exhibición grosera de sus pasiones, mostrándose
sin ambages coléricos o rencorosos, vengativos o petulantes. Estos fantoches
(que acaban resultando repulsivos incluso a sus propios adeptos) son tan sólo
la punta del iceberg; pero a su rebufo afloran –también en nuestros pagos– una
legión de políticos empeñados en halagar los bajos instintos de su parroquia, a
veces con machadas rimbombantes (que parecen salidas del caletre de un
'community manager' ansioso de retuiteos), a veces con alineamientos
paulovianos y cipayos.
La
imprudencia política no nace tan sólo de la pasión desordenada, también puede
ser producto del emotivismo párvulo, o –más patéticamente aún– de la
regurgitación de tópicos sistémicos, o del sometimiento a consignas impuestas
por poderes foráneos. La posición de la derecha española ante la guerra
declarada por la Alianza Epstein a Irán, por ejemplo, constituye un ejemplo
clamoroso de imprudencia política; y, si la guerra se enquista, con los
consiguientes trastornos y calamidades en los precios del combustible (y, por
extensión, de todos los productos básicos), será un grave lastre electoral. En
la virtud de la prudencia, como en un cesto de cerezas, se arraciman otras
muchas virtudes: la fortaleza para tomar decisiones difíciles (incluidas
aquellas que pueden contrariar en un principio a nuestros adeptos), la
templanza para inhibir nuestros ímpetus, la previsión para anticipar lo que va
a ocurrir y la circunspección que –como su etimología indica– nos permite
«mirar en derredor», considerando si se dan las circunstancias que hacen oportunas
nuestras palabras o acciones… Ninguna de estas prendas han asistido a los
políticos de nuestra derecha ante la guerra declarada por la Alianza
Epstein a Irán. Y, allá donde no impera la prudencia, triunfa la astucia; que
es una parodia de la prudencia que el doctor Sánchez tiene por arrobas.
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