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jueves, 23 de abril de 2026

LOS HERALDOS DEL ANTICRISTO

 


Por RAFAEL GAMBRA CIUDAD

 

Hace unas semanas, en diciembre pasado [1982], se ha cumplido el 20 aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II. Ningún acontecimiento como éste ha repercutido tanto en nuestras vidas, como católicos y como españoles. Recordemos hoy los hechos.

En septiembre de 1965 una parte importante de los Padres Conciliares se resistía a aceptar la Declaración de Libertad religiosa propuesta al Concilio por su sector progresista. No: examinado a la luz de la Escritura, de la Tradición y de la razón, aquello no era más que un dogma de los enciclopedistas del siglo XVIII y de la revolución francesa. Lo que fue declarado erróneo por los anteriores pontífices —Gregorio XVI, Pío IX, San Pío X, Pío XII— ¿cómo declararlo hoy verdadero y justo?

Pablo VI, sin embargo, quiere sacar adelante su proyecto de ecumenismo en una metarreligión universal que rinda un culto al hombre, a su dignidad y libertad. Y no va a dudar en forzar la mano al Concilio. A principio de octubre realiza un inopinado viaje a la ONU para dirigirse allí, en Manhattan, a la Asamblea General como "experto en humanidad". Después de orar unos minutos en la capilla masónica del dios impersonal, afirma ante el asombro de los creyentes Los derechos fundamentales del hombre que aquí (en la ONU) se proclaman: su dignidad, su libertad, y, ante todo, su libertad religiosa. Sentimos —añade— que vosotros sois los intérpretes de lo que hay de más alto en la sabiduría humana. Diríamos casi: su carácter sagrado. Porque se trata ante todo de la vida del hombre, y la vida del hombre es sagrada.

De regreso a Roma, logra de la mayoría progresista y del estupor abatido de la minoría fiel que el Concilio integre en sus actas la libertad religiosa (en el fuero externo) proclamada por el pontífice en la asamblea masónica de Manhattan. Sería la Declaración Dignitatis Humanae. Ese día algo muy profundo se removió en las entrañas de la Iglesia.

Los resultados fueron fulminantes y aniquiladores: los clérigos se quitan el hábito talar y se secularizan por millares, los seminarios se vacían, desaparece el latín y el canto gregoriano, la misa se altera y protestantiza, la Iglesia oficial abraza la democracia, y miles de clérigos el marxismo y aun la guerrilla revolucionaria; los regímenes católicos que existían se hunden víctimas del desarme moral; la corrupción ambiental llega a términos sodomíticos; las misiones se paralizan o se ponen al servicio de la UNICEF, cesan las conversiones al catolicismo y, entra éste en recesión mientras el Islam y el hinduismo inician su expansión. "Por sus frutos los conoceréis".

No faltan quienes se obstinan en no ver una relación de causalidad entre el Concilio y este desastre clamoroso; incluso en negarla. Es como negar la relación entre el rayo y el trueno. ¿Por qué habría "de entrar Satanás por alguna rendija" si previamente, con la apertura y el aggiornamento, se han abierto de par en par las puertas y ventanas al Mundo (y al Príncipe de este Mundo)?

Pero aún más aterrador fue el discurso del Papa en la clausura del Concilio, el 7 de diciembre. Recordemos: "La Iglesia del Concilio, es cierto, se ha ocupado mucho del hombre (...), del hombre que se hace no sólo en centro de cuanto le interesa, sino que osa pretenderse principio y razón última de toda realidad (...). El humanismo laico y profano se ha presentado al fin en su terrible estatura y ha, en un sentido, desafiado al Concilio. La religión del Dios que se hizo hombre se ha encontrado con la religión —porque lo es— del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, un anatema? Podría haber sucedido, pero no fue así. La vieja historia del samaritano ha sido el modelo de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía sin límites lo ha invadido por completo. El descubrimiento de las necesidades humanas —y son tanto mayores cuanto más grande se hace el hijo de la tierra— ha absorbido la atención de este Sínodo.

"Reconocedle al menos este mérito, vosotros humanistas modernos que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, y sabed reconocer nuestro nuevo humanismo; nosotros también, más que nadie, profesamos el culto del hombre".

Tal vez estas palabras pasen a la historia como el preludio de los tiempos (profetizados) del Anticristo. Al menos, son dignas de serlo. No es tampoco imposible que él (el Anticristo) haya tenido en Montini su Juan Bautista.

 

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