Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María

martes, 26 de mayo de 2026

¿EXISTE UNA IGLESIA CONCILIAR?

 


¿EXISTE UNA IGLESIA CONCILIAR?

 


por MONS. BERNARD TISSIER DE MALLERAIS

Notas de Agenda Fátima al final.

 

¿Existe una Iglesia conciliar, sociedad constituida y distinta de la Iglesia católica, que difiere de ella, si no por sus miembros, al menos por sus fines? Y si es así, ¿cuáles son sus relaciones con la Iglesia católica? He aquí cuestiones que se plantean a la conciencia católica desde el 25 de junio de 1976, día en que el sustituto de la Secretaría de Estado del papa Pablo VI, Mons. Giovanni Benelli [1], utilizó esta expresión en una carta escrita de parte del papa a Mons. Lefebvre:

«[Si los seminaristas de Écône] son de buena voluntad y están seriamente preparados para un ministerio presbiteral en verdadera fidelidad a la Iglesia conciliar, nos encargaremos después de encontrar para ellos la mejor solución.»

Desde entonces han aparecido varios estudios sobre el tema en Le Sel de la terre [2]. Formulemos un nuevo estado de la cuestión para responder a esta.

 

Aproximación a una definición de la Iglesia conciliar

 

Esforcémonos primero en definir las dos Iglesias en cuestión según sus cuatro causas, siguiendo a Aristóteles. Una sociedad es un ser moral, perteneciente a la categoría de relación, la cual establece el vínculo entre los miembros. Podemos distinguir:

La causa material: son las personas unidas en la sociedad. Diremos que, tanto en el caso de la Iglesia católica como en el de la Iglesia conciliar, son los bautizados.

La causa eficiente es el jefe de la sociedad: para la Iglesia católica, Nuestro Señor Jesucristo, su fundador, y los papas que son sus vicarios; y para la Iglesia conciliar, los papas del Concilio, por tanto los mismos papas; de modo que la misma jerarquía parece gobernar las dos Iglesias.

La causa final, que es la causa de las causas, es el bien común buscado por los miembros: en el caso de la Iglesia católica, ese bien buscado es la salvación eterna; en el caso de la Iglesia conciliar, es más o menos principalmente la unidad del género humano: «La Iglesia, dice el Concilio, es en Cristo como el sacramento o, si se quiere, el signo y el medio de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano [3].»

La causa formal es la unión de los espíritus y de las voluntades de los miembros en la búsqueda del bien común. En la Iglesia católica, por la profesión de la misma fe católica, la práctica del mismo culto divino y la sumisión a los mismos pastores y, por tanto, a las leyes que ellos establecen, es decir, el Derecho canónico. En la Iglesia conciliar, por la aceptación de la enseñanza del Concilio y del magisterio que se reclama de él, y por la práctica de la nueva liturgia y la obediencia al nuevo Derecho canónico.

A partir de estos datos aproximados podemos deducir definiciones aproximadas de las dos Iglesias:

La Iglesia católica es la sociedad de los bautizados que quieren salvar su alma profesando la fe católica, practicando el mismo culto católico y siguiendo a los mismos pastores, sucesores de los Apóstoles.

La Iglesia conciliar, en cambio, es la sociedad de los bautizados que siguen las directrices de los papas y obispos actuales, adhiriéndose más o menos conscientemente a la intención de realizar la unidad del género humano, y que en la práctica aceptan las decisiones del Concilio, practican la nueva liturgia y se someten al nuevo Derecho canónico.

Si esto es así, tenemos dos Iglesias que tienen los mismos jefes y la mayor parte de los mismos miembros, pero que poseen formas y fines diametralmente distintos: por una parte, la salvación eterna favorecida por el reinado social de Cristo, Rey de las naciones; por otra parte, la unidad del género humano mediante el ecumenismo liberal, es decir, ampliado a todas las religiones, heredero de las decisiones conciliares Unitatis redintegratio, Nostra ætate y Dignitatis humanæ, y que es el espíritu de Asís y la antítesis del reinado social de Jesucristo. Está dicho quizá demasiado rápidamente, pero lo que sigue aclarará la justeza de esta oposición.

 

¿UNA SOLA JERARQUÍA PARA DOS IGLESIAS, ES POSIBLE?

 

Que la jerarquía católica gobierne a la vez la Iglesia católica y una sociedad que tiene el aspecto de una falsificación de Iglesia parece repugnar a la asistencia prometida por Cristo a Pedro y a sus sucesores, garantizando la inerrancia del magisterio y la indefectibilidad de la Iglesia (Mt 16, 17-19; 28, 20). Si el papa dirige otra Iglesia, es apóstata, ya no es papa y la hipótesis sedevacantista queda verificada. — Basta responder que «Prima sedes a nemine judicatur» y que, por consiguiente, ninguna autoridad puede pronunciar la obstinación, declarar la pertinacia de un soberano pontífice en el error o la desviación; y que, por otra parte, en caso de duda, la Iglesia supliría al menos el poder ejecutivo del pontífice aparente (can. 209 del CIC de 1917) [4]. En cuanto al magisterio, solo es asistido si tiene la intención de transmitir el depósito de la fe y no novedades profanas [5]. Y en cuanto a la indefectibilidad de la Iglesia, no impide que la Iglesia pueda llegar, a consecuencia de una gran apostasía como la anunciada por san Pablo (2 Tes 2, 3), a verse reducida a un número muy modesto de verdaderos católicos. Por consiguiente, ninguna de las dificultades planteadas contra la existencia de una verdadera sociedad llamada Iglesia conciliar y dirigida por el papa y la jerarquía católica es decisiva.

Sin embargo, es preferible evitar estas respuestas extremas. Entonces puede intentarse negar la existencia de la Iglesia conciliar como sociedad organizada y dirigida por la jerarquía de la Iglesia católica, o atenuar [6] la pertenencia de los miembros a esta Iglesia conciliar.

 

¿La Iglesia conciliar no sería más que un espíritu?

 

Se dirá primero que la Iglesia conciliar no es más que un «espíritu [7]» liberal y modernista que penetró en la Iglesia con ocasión del Concilio, como respondió Mons. Lefebvre al cardenal Seper, quien le preguntaba:

«Monseñor, en una nota preliminar [8] a una carta dirigida al Santo Padre, usted escribió: “Que no se engañen, no se trata de un desacuerdo entre Monseñor Lefebvre y el papa Pablo VI, se trata de la incompatibilidad radical entre la Iglesia católica y la Iglesia conciliar, representando la misa de Pablo VI el programa de la Iglesia conciliar.” Esta idea se encuentra explicitada en la homilía pronunciada el 29 de junio precedente durante la misa de ordenación en Écône: “Esta nueva misa es un símbolo, es una expresión, es una imagen de una fe nueva, una fe modernista […]. Ahora bien, es evidente que este nuevo rito está sustentado, por así decirlo, supone otra concepción de la fe católica, otra religión…” ¿Debe concluirse de estas afirmaciones que, según usted, el papa, al promulgar e imponer el nuevo Ordo Missæ, y el conjunto de los obispos que lo han recibido, han instaurado y reunido visiblemente a su alrededor una nueva Iglesia “conciliar” radicalmente incompatible con la Iglesia católica [9]?»

Minimizando el alcance de sus palabras, el arzobispo responde:

«Observo ante todo que la expresión “Iglesia conciliar” no es mía, sino de S.E. Mons. Benelli, quien, en una carta oficial, pedía que nuestros sacerdotes y seminaristas se sometieran a la “Iglesia conciliar”. Considero que un espíritu de tendencia modernista y protestante se manifiesta en la concepción de la nueva misa y, además, de toda la reforma litúrgica [10].»

Estimamos que la retirada estratégica del prelado de Écône está perfectamente justificada por las circunstancias, las de un proceso que le instruye el Santo Oficio y que puede conducir a su condena; además, las explicaciones que habría tenido que proporcionar para apoyar su idea de la existencia de una sociedad paralela y organizada llamada Iglesia conciliar habrían requerido demasiados documentos y hechos que citar y organizar dialécticamente dentro de los límites de breves respuestas a dar en un interrogatorio. No podemos deducir de su respuesta evasiva que Mons. Lefebvre haya reducido realmente la Iglesia conciliar a un «espíritu».

 

¿La Iglesia conciliar no sería más que una enfermedad?

 

Pero, se dirá, ¿no evocó Mons. Lefebvre varias veces una simple debilidad que afecta al cuerpo de la Iglesia, una especie de «sida espiritual», como él decía, que debilita la capacidad de resistencia de la Iglesia frente a las contaminaciones? — Respondemos que una cosa no impide la otra. Los efectos de la Iglesia conciliar sobre la Iglesia católica son, en efecto, ante todo un envenenamiento, una parálisis y, por tanto, un debilitamiento de la Iglesia católica frente a sus enemigos. Esto es lo que explica Mons. Lefebvre al mismo cardenal Seper en una carta precedente a su interrogatorio:

«Existen en este mundo fuerzas enemigas de Nuestro Señor, de su reinado. Satanás y todos los auxiliares de Satanás, conscientes o inconscientes, rechazan este reinado, este camino de salvación y militan por la destrucción de la Iglesia. Así, la Iglesia está comprometida por su divino Fundador en un gigantesco combate. Todos los medios han sido y son empleados por Satanás para triunfar. Una de las últimas estratagemas extremadamente eficaces es arruinar el espíritu combativo de la Iglesia persuadiéndola de que ya no hay enemigos, de que, por tanto, hay que deponer las armas y entrar en un diálogo de paz y entendimiento. Esta tregua engañosa permitirá al enemigo penetrar por todas partes y corromper las fuerzas adversas. Esta tregua es el ecumenismo liberal, instrumento diabólico de la autodestrucción de la Iglesia. Este ecumenismo liberal exigirá la neutralización de las armas que son la liturgia con el Sacrificio de la misa, los sacramentos, el breviario, las fiestas litúrgicas, la neutralización y la supresión de los seminarios…»

Es evidente que la debilidad o el «sida» de la Iglesia frente a sus enemigos no es una simple disminución enfermiza del espíritu de combate, sino que no es más que el resultado de estratagemas urdidas por miembros influyentes de la Iglesia, secundados por una parte de la jerarquía y sostenidos por los propios papas, víctimas de su liberalismo, pero actores conscientes y consentidores de este ecumenismo liberal, un ecumenismo acogido favorablemente por una gran parte de los católicos seducidos por las facilidades ofrecidas por esta especie de nueva religión. Todo este conjunto es precisamente lo que hemos definido como la Iglesia conciliar.

Pero si, a pesar de todo, se quiere acusar a una pura enfermedad de la Iglesia, entonces la imagen de un cáncer sería más realista: ¿no es la enfermedad conciliar el parasitismo y la colonización de los tejidos sanos de la Iglesia por un virus que provoca en ellos una proliferación anárquica? Habría entonces que interrogarse sobre la existencia y la naturaleza del agente viral.

 

¿Es dudosa la pertenencia de miembros o adherentes a la Iglesia conciliar?

 

Por otra parte, si se acepta la imagen de una sociedad, falsificación de Iglesia, pero queriendo evitar afirmar su existencia, podría reducirse la pertenencia de la mayoría de sus miembros a una pertenencia puramente material, dado que la mayoría sigue el movimiento por conformismo, sin conocer ni compartir los fines de la Iglesia conciliar, la cual estaría casi desprovista de miembros reales y reducida al estado de fantasma en lo que concierne a los miembros, y de esqueleto en lo que respecta a la jerarquía. El estado verdaderamente esquelético de la Iglesia conciliar confirmaría la hipótesis. Además, habría que minimizar aún más la pertenencia a esta última considerando que el vínculo que une a sus miembros no tiene nada de la solidez de la virtud teologal de la fe católica, que es toda sobrenatural por su objeto, su motivo y su fin: ella hace «creer en Dios, creer a Dios y creer hacia Dios [11].» Pues, aunque muchos conciliares aprueban el intento de conciliación entre la religión del Dios hecho hombre y la religión del hombre a secas, sobre la base común de la dignidad de la persona humana, no perciben el equívoco del principio de esta conciliación enunciado por el Concilio en Gaudium et spes: «Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto: todo en la tierra debe ordenarse al hombre como a su centro y a su cima [12].» La Iglesia católica precisa, en efecto, con san Ignacio de Loyola: «Y las cosas que están sobre la tierra han sido creadas a causa del hombre, para ayudarle a alcanzar su salvación», ¡lo cual es un fin completamente distinto! En comparación con la comunión de los santos, fruto de la fe católica y de la caridad teologal, ¿qué comunión puede fundar entre los conciliares la mezcla de principios tan diametralmente opuestos? La llamaremos, con Ana Catalina Emmerick, la comunión de los profanos o la comunión de los anti-santos [13].




Por lo demás, al equívoco de su forma, la Iglesia conciliar añade la ambigüedad de su fin: «la unidad del género humano», por esencia terrenal y natural, «en Cristo», instrumentalizando a Nuestro Señor al servicio de una idea platónica: mañana, por un golpe de varita mágica, sin esfuerzo, sin conversión del mundo, «¡la Iglesia será el género humano!» La Iglesia ya no necesita ser misionera; le basta presentarse al mundo, ser mediática. Los incesantes viajes publicitarios de Juan Pablo II ilustran la realidad de lo que el padre Julio Meinvielle describía ya en 1970 como «la Iglesia de la publicidad»:

«Esta Iglesia de la publicidad magnificada en la propaganda, con obispos, sacerdotes y teólogos publicitados, puede ser ganada por el enemigo y transformarse de Iglesia católica en Iglesia gnóstica, [frente a] la otra, la Iglesia del silencio, con un papa fiel a Jesucristo en su enseñanza y con algunos sacerdotes, obispos y fieles que le estén unidos, dispersos como el pusillus grex por toda la tierra [14].»

¡Ay!, ¡el papa fiel ha faltado hasta ahora a este pusillus grex! Los papas posconciliares, elegidos papas de la Iglesia católica, ¡han sido sobre todo papas de la Iglesia de la publicidad!

De todo lo que acabamos de considerar, se desprende que la Iglesia conciliar no es solamente una enfermedad ni una teoría, sino que es una asociación de jerarcas católicos que, inspirados por pensadores liberales y modernistas, quieren, con fines mundialistas, realizar un nuevo tipo de Iglesia, con numerosos sacerdotes y fieles católicos que están más o menos ganados por este ideal. No es una pura asociación de víctimas. Formalmente considerada, la Iglesia conciliar es una secta que ocupa la Iglesia católica. Tiene sus promotores y actores organizados, como los tuvo el modernismo condenado por san Pío X, a quien es necesario citar:

 

¿Está muerta la secta modernista?

 

«A los artífices del error no hay que buscarlos hoy entre los enemigos declarados; se esconden, y esto es motivo de aprensión y de vivísima angustia, en el seno mismo y en el corazón de la Iglesia, enemigos tanto más temibles cuanto menos abiertamente lo son. Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos laicos y, lo que es aún más deplorable, de sacerdotes que, bajo apariencia de amor a la Iglesia, absolutamente faltos de filosofía y de teología serias, impregnados hasta la médula de un veneno de error tomado de los adversarios de la fe católica, se presentan, despreciando toda modestia, como renovadores de la Iglesia; que, en falanges compactas, atacan audazmente todo lo que hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar su propia persona, a la que rebajan, con temeridad sacrílega, hasta la simple y pura humanidad. […] El peligro está hoy casi en las entrañas mismas y en las venas de la Iglesia; sus golpes son tanto más seguros cuanto mejor saben dónde herirla. Añádase que no han puesto el hacha en las ramas o en los retoños, sino en la raíz misma, es decir, en la fe y en sus fibras más profundas. Luego, una vez cortada esta raíz de vida inmortal, se dedican a hacer circular el virus por todo el árbol. […] ¿Qué no ponen en obra para crearse nuevos partidarios? Se apoderan de las cátedras en los seminarios, en las universidades, y las transforman en cátedras de pestilencia [15]…»

Van a pasar cincuenta años; a pesar de Pascendi de san Pío X en 1907 y Humani generis de Pío XII en 1950, la secta de los modernistas va a lanzarse al asalto de los puestos de influencia en la Iglesia y, con ocasión del concilio Vaticano II, va a imponer a la Iglesia y presentar al mundo el nuevo tipo de Iglesia que hemos descrito por su forma y su fin, y esta secta va, mediante el magisterio y las reformas de los papas que se reclaman del Concilio, a poner en práctica este nuevo sistema de Iglesia. Los papeles de Pablo VI, el papa liberal y contradictorio, y de Juan Pablo II, el papa filósofo y ecuménico, son innegables en el establecimiento de lo que es la Iglesia conciliar, con su jerarquía que, salvo rarísimas excepciones, es exactamente la de la Iglesia católica.

 

La Iglesia conciliar, obra de un plan masónico

 

Permítasenos una mirada hacia atrás, unos ciento treinta años antes del concilio; tal retrospectiva nos hará comprender que el establecimiento de la Iglesia conciliar es el fruto de un plan urdido por la francmasonería, la cual ni siquiera se atrevía a creer en el cumplimiento de sus designios. Citemos extractos de las correspondencias internas de los Carbonarios, francmasones italianos del siglo XIX, publicadas por los papas Gregorio XVI y Pío IX:

«Lo que debemos pedir, lo que debemos buscar y esperar como los judíos esperan al Mesías, es un papa según nuestras necesidades. […] Vosotros queréis establecer que el clero marche bajo vuestras banderas creyendo marchar bajo las banderas apostólicas. […] Habréis predicado una revolución con tiara y capa pluvial, marchando con la cruz y el estandarte, una revolución que no necesitará más que ser un poco aguijoneada para prender fuego en los cuatro rincones del mundo.»

He aquí otro extracto de una carta de Nubius a Volpe (nombres en clave para guardar el secreto, que es norma en la francmasonería), del 3 de abril de 1824:

«Se ha cargado sobre tus hombros un pesado fardo, querido Volpe. Debemos realizar la educación inmoral de la Iglesia y llegar, mediante pequeños medios bien graduados, al triunfo de la idea revolucionaria por medio de un papa. En este proyecto que siempre me ha parecido un cálculo sobrehumano, seguimos aún avanzando a tientas.»

El triunfo de la idea revolucionaria por medio de un papa es verdaderamente el atentado supremo, como dice Mons. Lefebvre citando estos documentos en su libro Ils l’ont découronné [16] y comentándolos así:

«Cálculo sobrehumano, dice Nubius; ¡quiere decir cálculo diabólico! Porque es calcular la subversión de la Iglesia por su propio jefe, lo que Mons. Delassus llama el atentado supremo, porque no se puede imaginar nada más subversivo para la Iglesia que un papa ganado a las ideas liberales, que un papa utilizando el poder de las llaves de san Pedro al servicio de la Contra-Iglesia. Ahora bien, ¿no es esto lo que vivimos actualmente, desde el Vaticano II, desde el nuevo Derecho canónico? Con este falso ecumenismo y esta falsa libertad religiosa promulgados en el Vaticano II y aplicados por los papas con una fría perseverancia a pesar de las ruinas que ello provoca.»

 

La Iglesia ocupada, estatuto incontestable de la Iglesia de los últimos cincuenta años

 

Mons. Lefebvre decía además:

«¿Con qué Iglesia tenemos que tratar? ¿Tengo que tratar con la Iglesia católica, o tengo que tratar con otra Iglesia, con una Contra-Iglesia [17], con una falsificación de la Iglesia? Ahora bien, creo sinceramente que tenemos que tratar con una falsificación de la Iglesia y no con la Iglesia católica. Ya no enseñan la fe católica. Enseñan otra cosa, arrastran a la Iglesia hacia algo distinto de la Iglesia católica. Ya no es la Iglesia católica. Están sentados sobre la sede de sus predecesores…, pero no continúan a sus predecesores. Ya no tienen la misma fe, ni la misma doctrina, ni la misma moral que sus predecesores. Entonces esto ya no es posible. Y principalmente, su gran error es el ecumenismo. Enseñan un ecumenismo que es contrario a la fe católica. […] La Iglesia está ocupada por esta Contra-Iglesia que conocemos bien y que los papas [18] conocen perfectamente, y que los papas han condenado a lo largo de los siglos: desde hace ya casi cuatro siglos, la Iglesia no deja de condenar esta Contra-Iglesia que nació sobre todo con el protestantismo, que se desarrolló con el protestantismo y que está en el origen de todos los errores modernos, que ha destruido toda la filosofía y que nos ha arrastrado a todos los errores que conocemos, que los papas han condenado: liberalismo, socialismo, comunismo, modernismo, sillonnismo [19]. Estamos muriendo de ello. Los papas hicieron todo para condenar eso, y he aquí que ahora los que están sobre las sedes de quienes condenaron eso están de acuerdo con este liberalismo y este ecumenismo. Entonces no se puede aceptar eso. Y cuanto más se aclaran las cosas, más nos damos cuenta de que este programa, […] todos estos errores han sido elaborados en las logias masónicas [20].»

En lo que llamamos la Iglesia conciliar, no es necesario que el papa (el papa de la Iglesia católica) sea el jefe; podría no ser más que un ejecutor de directrices provenientes, sino de un poder oculto, al menos de un núcleo dirigente o de grupúsculos de presión de colaboradores o teólogos bajo influencia masónica. Recordemos a Aníbal Bugnini y su misterioso ascendiente sobre el papa Pablo VI en la reforma litúrgica. Este Aníbal parece haber sido masón. Es notorio que logias masónicas funcionaron entre los miembros de la Curia de la Santa Sede durante los pontificados de Pablo VI y Juan Pablo II.

Los papas conciliares Juan Pablo II y Benedicto XVI participaron activamente en el Concilio, el primero como Padre conciliar, el segundo como experto conciliar, y lo orientaron en el sentido de la nueva teología, la de una redención universal y de una fe evolutiva. Y como papas aplicaron esos errores. Pero, aunque aplicaron este programa conciliar, nada prueba que hayan sido ellos quienes lo concibieron, y nada impide que no hayan hecho más que aplicar, consciente o inconscientemente, una política que venía de otra parte. Los dirigentes de la Alta Venta, que preparaban la llegada de un papa según su designio, habían precisado claramente que no deseaban que ese papa fuese un miembro de su secta [21].

Sea como fuere la manera en que se ejerce la influencia de la secta masónica sobre la Iglesia conciliar, esta influencia es innegable.

 

Pertenencia formal y pertenencia material

 

La influencia del espíritu masónico, o al menos la penetración del espíritu liberal, naturalista, ecuménico y mundialista entre los miembros de la Iglesia conciliar, no es evidentemente la misma en todos. Entre los clérigos y religiosos, la mayor parte de los obispos, de los superiores religiosos, de los profesores de seminarios y universidades, así como los sacerdotes de edad avanzada, adhieren formalmente, es decir, consciente y voluntariamente, a los fines antes mencionados, mientras que una minoría de jóvenes sacerdotes o religiosos y de seminaristas no quiere oír hablar del Concilio o no le presta ninguna atención y desea el retorno a la teología de santo Tomás, a la misa tradicional, a la disciplina clásica y a las virtudes cristianas. Estos últimos, en su corazón, no pertenecen a la Iglesia conciliar. Entre estos dos extremos se sitúa la masa de los católicos, conciliares por hábito, conformismo o comodidad, como se dijo más arriba, que tienen una pertenencia más bien puramente material a la Iglesia conciliar. La imprecisión de los límites entre estas categorías no ayuda a la delimitación clara de las dos Iglesias.

 

 

¿Hay que concebir dos Iglesias materialmente distintas: la católica y la conciliar?

 

De lo que precede conviene sacar dos conclusiones respecto a las relaciones entre las dos Iglesias.

Ante todo, la Iglesia conciliar no está materialmente separada de la Iglesia católica. No existe independientemente de la Iglesia católica. Hay distinción, ciertamente, entre ellas, distinción formal, sin separación material absoluta. La jerarquía de la Iglesia conciliar coincide casi exactamente con la jerarquía de la Iglesia católica; los miembros de la Iglesia conciliar son todos miembros al menos materialmente de la Iglesia católica. Así como se ha podido decir (tomándolo con cautela) que el liberalismo es una herejía católica, en el sentido de que solo nace en el seno de la Iglesia católica y que solo existe y se desarrolla a expensas de la Iglesia católica, así también puede decirse que la Iglesia conciliar nace de la corrupción de la Iglesia católica y que solo puede vivir de esa corrupción, como un parásito que solo vive a expensas del organismo parasitado, absorbiendo la sustancia de su huésped para construir su propia sustancia. Hay una especie de transferencia de sustancia, si me atrevo a decirlo, de una a otra, en un sentido evidentemente metafórico y no filosófico. Para hacerse conciliar no es necesario separarse de la Iglesia católica; basta dejarse corromper por el veneno conciliar y dejar que la propia sustancia sea absorbida por el parásito conciliar. Basta practicar la misa de la nueva religión y adherirse, formal o materialmente, al ecumenismo liberal que constituye su forma.

Por otra parte, la Iglesia conciliar no coincide necesariamente con la Iglesia católica, ni en sus jefes ni en sus miembros. Los jefes de una no son siempre los jefes de la otra. Los miembros de la primera pueden, por la herejía, haber dejado de ser miembros de la segunda, pero esto no es necesario. La Iglesia católica es la única verdadera Iglesia, la única Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo. Pero esto no impide que la Iglesia conciliar sea una realidad social: no solamente un partido, sino una falsificación de Iglesia, conducida por una secta de dirigentes, una secta que tiene su sistema o ideología, la cual es la forma de esta Iglesia conciliar, y que la maneja para sus propios fines, con sus intermediarios y con sus ejecutores, agrupando a una vasta parte de la jerarquía y de los fieles católicos más o menos conscientes y consentidores del desvío diametral que ella opera. Es en este sentido que el padre Calmel pudo hablar de «la Iglesia de los piratas»; esta metáfora lo dice todo.

 

«¡Esta Iglesia conciliar es una Iglesia cismática!»

 

En 1971, es decir, más de cinco años antes de la «Iglesia conciliar» de Mons. Benelli, este mismo padre Calmel denunciaba, en la revista Itinéraires, la «nueva Iglesia que el Vaticano II ha intentado mostrar», «la nueva Iglesia post-vaticanesca», y se explicaba:

«La falsa Iglesia que se muestra entre nosotros desde el curioso concilio Vaticano II, se aparta sensiblemente, año tras año, de la Iglesia fundada por Jesucristo. La falsa Iglesia posconciliar se contra-divide cada vez más de la santa Iglesia que salva las almas desde hace veinte siglos (y además ilumina y sostiene la ciudad). La pseudo-Iglesia en construcción se contra-divide cada vez más de la Iglesia verdadera, de la única Iglesia de Cristo, mediante las innovaciones más extrañas tanto en la constitución jerárquica como en la enseñanza y las costumbres [22].»

Las expresiones «falsa Iglesia», «pseudo-Iglesia» son muy fuertes. Y el verbo «contra-dividirse» indica una mutación formal de una parte de la Iglesia, parte que se arranca de la órbita católica para ir a divagar formalmente fuera de ella. El padre Calmel era verdaderamente profeta. Solo cinco años y medio más tarde, después de haber recibido la famosa carta de Mons. Benelli y de haber sido castigado por Pablo VI con una suspens a divinis, Mons. Lefebvre afirmaba con más fuerza aún ante sus amigos la existencia de esta «Iglesia conciliar», calificándola de «cismática»:

«¡Qué más claro! Desde ahora es a la Iglesia conciliar a la que hay que obedecer y ser fieles, y ya no a la Iglesia católica. Precisamente ahí está todo nuestro problema. Estamos suspens a divinis por la Iglesia conciliar y para la Iglesia conciliar, de la cual no queremos formar parte. Esta Iglesia conciliar es una Iglesia cismática, porque rompe con la Iglesia católica de siempre. Tiene sus nuevos dogmas [23], su nuevo sacerdocio [24], sus nuevas instituciones [25], su nuevo culto [26], ya condenados por la Iglesia en numerosos documentos oficiales y definitivos. Por eso los fundadores de la Iglesia conciliar insisten tanto en la obediencia a la Iglesia de hoy, haciendo abstracción de la Iglesia de ayer, como si esta ya no existiera. […] La Iglesia que afirma semejantes errores es a la vez cismática y herética. Esta Iglesia conciliar no es, por tanto, católica. En la medida en que el papa, los obispos, sacerdotes o fieles adhieren a esta nueva Iglesia, se separan de la Iglesia católica. La Iglesia de hoy solo es la verdadera Iglesia en la medida en que continúa y forma un solo cuerpo con la Iglesia de ayer y de siempre. La norma de la fe católica es la Tradición [27].»Principio del formulario

Final del formulario

 

 

Frente a la Iglesia conciliar, ¿qué sucede con la Iglesia católica?

 

Mons. Lefebvre parece admitir la transmutación de la Iglesia católica en la Iglesia conciliar. ¿Qué sucede entonces con la Iglesia católica? — Mons. Lefebvre responde que es en la medida, según el grado con el que los jefes y los bautizados adhieren al nuevo tipo de Iglesia, como constituyen una Iglesia nueva, caracterizada por sus fines terrenos, humanistas, naturalistas, socialistas, ecuménicos y mundialistas, de tal modo que esta nueva Iglesia se concibe a sí misma como más vasta y más universal que la Iglesia católica. Hay que añadir la distinción entre la adhesión exclusiva de los jefes sectarios a estos fines profanadores, por una parte, y la búsqueda de un compromiso entre estos fines y el fin católico, por otra, un compromiso que expresa bien el texto conciliar de Lumen Gentium (§ 1): «La Iglesia es en Cristo como un sacramento, es decir, a la vez signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano.» Esta ambivalencia complica singularmente el problema de la distinción de las dos Iglesias. El texto de Mons. Lefebvre debe entenderse con esta precisión: es en la medida en que los conciliares adhieren exclusivamente a los fines profanadores antes mencionados, como abandonan la Iglesia católica. Y de esa medida, nosotros no somos jueces. A pesar de su estilo polémico, con estas precisiones, el texto de Mons. Lefebvre es irreprochable. Con la misma precisión debe comprenderse su última frase: «La Iglesia de hoy no es la verdadera Iglesia sino en la medida en que continúa exclusivamente y forma cuerpo exclusivamente con la Iglesia de ayer y de siempre.» Una Iglesia que codiciara a la vez un fin terrenal y mundialista y el fin sobrenatural de la salvación eterna de las almas, esa Iglesia ya no es católica: es la Iglesia conciliar en su estado viral atenuado y vulgar [28].

¿Y junto a esta Iglesia conciliar vulgar, qué queda de la Iglesia católica? Respondemos que, incluso reducida al número modesto de la parte sana de sus fieles y quizá a un solo obispo fiel, como podrá estarlo, según el padre Emmanuel, la Iglesia de los últimos tiempos, la Iglesia católica sigue siendo la Iglesia católica.

 

Cómo la Iglesia conciliar fue canonizada

 

Pasarán todavía seis años más, y la promulgación por Juan Pablo II de un nuevo Código de Derecho Canónico justificará las opiniones del arzobispo sobre esta Iglesia conciliar. En su constitución apostólica, el papa declara claramente imponer a la Iglesia «una nueva eclesiología»:

«[Este] código […] ha puesto en práctica el espíritu del Concilio, cuyos documentos presentan a la Iglesia, “sacramento universal de salvación”, como el pueblo de Dios, y donde su constitución jerárquica aparece fundada sobre el colegio de los obispos unido a su jefe. […] En cierto sentido, incluso podría verse en este código un gran esfuerzo por traducir en lenguaje canónico esta misma doctrina de la eclesiología conciliar. […] De ello resulta que lo que constituye la novedad esencial del concilio Vaticano II, en continuidad con la tradición legislativa de la Iglesia, sobre todo en lo que concierne a la eclesiología, constituye igualmente la novedad del nuevo código. Entre los elementos que caracterizan la imagen real y auténtica [29] de la Iglesia, debemos poner especialmente de relieve los siguientes: la doctrina según la cual la Iglesia se presenta como el pueblo de Dios (Lumen gentium 2) y la autoridad jerárquica como servicio (Lumen gentium 3); la doctrina que muestra a la Iglesia como una comunión y que, por consiguiente, indica qué tipos de relaciones deben existir entre las Iglesias particulares y la Iglesia universal y entre la colegialidad y la primacía; la doctrina según la cual todos los miembros del pueblo de Dios, cada uno según su modalidad, participan en la triple función de Cristo: las funciones sacerdotal, profética y real. A esta doctrina se vincula la concerniente a los deberes y derechos de los fieles y, en particular, de los laicos; y finalmente el compromiso de la Iglesia en el ecumenismo [30].»

Este cuadro de la Iglesia conciliar muestra la ruina que ella opera del ejercicio personal de la autoridad recibida de Dios, el rebajamiento de la jerarquía en beneficio de la base; la omisión voluntaria de la necesidad de pertenecer a la Iglesia católica para salvarse; la reducción del sacerdocio y de la identidad sacerdotal ahogados en el sacerdocio común de los bautizados; la aspiración a una unidad universal más amplia que la de la Iglesia católica. He aquí lo que llamábamos la forma de esta sociedad que es la Iglesia conciliar. Más que sociedad, hay que llamarla disociedad, es decir, la ruina resultante de la disolución de esa sociedad divina y humana que es la Iglesia católica, o mejor aún: si se puede decir así, la desagregación erigida en principio de una nueva congregación. ¿No evoca esto la consigna de la revolución, «Solve, coagula»: primero disolver lo que existe, luego reunir los fragmentos bajo otro jefe, según un nuevo principio? Y esta disociedad que es la Iglesia conciliar existe; el papa, la casi totalidad de la jerarquía católica, la masa consciente o no de los bautizados católicos son sus miembros, formales o materiales.

Sin embargo, esta disociedad consagrada a la autodestrucción se «mantiene» por la fuerza de sus agentes. En el coagula, hay un pacto de los promotores de esta disociedad: es necesario exigir de todos la adhesión al Concilio y a las reformas conciliares, de tal manera que aquellos que no las aceptan están «fuera de la comunión» o «fuera de la plena comunión» con la Iglesia conciliar. Esta Iglesia conciliar se mantiene, por tanto, mediante el temor y la violencia; la Iglesia católica, en cambio, se mantiene por la fe y la caridad.

 

Los métodos por los cuales subsiste la Iglesia conciliar

 

Consagrada a la autodemolición, la Iglesia conciliar no deja por ello de subsistir vigorosamente. ¿En qué consiste su tenacidad? En que su jerarquía usa todo el poder de la jerarquía católica que ocupa, detenta y desvía.

Desde la instauración de la misa de Pablo VI, ha perseguido continuamente a los sacerdotes fieles a la verdadera misa, al verdadero catecismo, a la verdadera disciplina sacramental, y a los religiosos fieles a su regla y a sus votos. Numerosos son los sacerdotes que murieron de tristeza al tener que adoptar, por obediencia, según creían, los nuevos ritos y usos. Numerosos también son aquellos que murieron en el ostracismo, la relegación canónica y psicológica, pero felices de dar un testimonio inflexible al rito católico, a la fe íntegra, a Cristo Rey. Las amenazas, el temor, las censuras y otros castigos no los quebrantaron. Pero, ¡ay!, cuántos son aquellos que cedieron ante estos métodos de violencia, al chantaje de la «desobediencia» y de la destitución ejercido sobre ellos por sus superiores. Es ahí donde se toca con la mano la malicia liberal de estos jefes: ¿no se dice con razón que no hay nada más sectario que un liberal? Al no tener principios para hacer reinar el orden, hacen reinar un régimen de sumisión mediante el terror.

La malicia de la jerarquía conciliar se completa con el uso que hace de la mentira y de la ambigüedad. Así, el motu proprio del papa Benedicto XVI que declara que la misa tradicional nunca fue suprimida y que su celebración es libre, acompaña esta libertad de condiciones contrarias a la misma, y llega hasta calificar la misa auténtica y su falsificación modernista como «formas extraordinaria y ordinaria del mismo rito romano».

La mentira continúa en el supuesto «levantamiento» de las excomuniones, supuestamente incurridas por los cuatro obispos consagrados por S. E. Mons. Lefebvre en 1988, como si realmente hubieran sido incurridas. [*]

Pero, por un sorprendente contraste, la jerarquía conciliar jamás fue capaz de hacer respetar el quinto mandamiento de Dios, «No matarás», que apenas fue predicado por los obispos: los países antiguamente católicos son aquellos donde el aborto está más extendido; y la encíclica Humanæ vitæ del papa Pablo VI apenas fue apoyada por los obispos, de modo que la píldora anticonceptiva es de uso corriente entre la mayoría de las jóvenes y de las mujeres en la Iglesia católica. Las costumbres inmundas del mundo actual no son más que el desbordamiento del vicio al cual la jerarquía conciliar no supo oponer ningún obstáculo. Esta Iglesia conciliar atrae a su pseudo-comunión a una masa de cristianos que viven en realidad en el pecado y en el paganismo práctico.

 

No pertenecer a la Iglesia conciliar es una gracia y un testimonio providencial

 

¡Bienaventurados aquellos que no pertenecen a esta «comunión de los profanos», que están providencialmente excluidos de ella o amenazados de ser excluidos! ¡Feliz relegación o abandono! La vocación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, desde su erección por la Iglesia católica en 1970 y el decreto de alabanza que la honró en 1971, jamás ha sido recibir las bendiciones y reconocimientos de esta Iglesia conciliar. [**] Sin duda era necesario que esta sociedad sacerdotal, con toda la familia de la Tradición, fuese como la antorcha encendida que no se pone debajo del celemín conciliar, sino sobre el candelero, para que ilumine a todos los que están en la casa de Dios. Era probablemente preferible, según los caminos de la Providencia, que esta parte sana de la Iglesia, convertida, como el divino Maestro, en piedra de escándalo, piedra rechazada por los constructores de la disociedad eclesial conciliar, llegase a ser la piedra angular y la clave de bóveda [31] de la catedral católica indestructible. Nuestro testimonio inflexible hacia la verdadera Iglesia de Jesucristo, hacia el sacerdocio y la realeza de Cristo sacerdote y rey exige sin duda, por parte de la Iglesia conciliar, la exclusión y el ostracismo pronunciados contra nosotros y contra lo que representamos. Pero así como san José, en su exilio en Egipto, llevaba al Niño Jesús y a su divina Madre, que constituían el germen de la Iglesia, así también, en su exilio, la familia de la Tradición lleva la Iglesia en sí misma, sin tener quizá la exclusividad de esta gloriosa función, pero teniendo de ella la médula y el corazón, la integridad y la incorruptibilidad. Lleva, por consiguiente, en sí misma al pontífice romano, en quien el sucesor de Pedro se liberará un día de una larga cautividad [32] y saldrá del sueño de sus grandes ilusiones, para proclamar como antaño el primer papa en Cesarea de Filipo dirigiéndose a su Maestro: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo!»

Desde entonces, si somos complicados, lamentaremos estar privados de la comunión conciliar o de su apariencia de comunión eclesial y estaremos desdichados e inquietos, buscando sin cesar una solución. Si, por el contrario, tenemos una fe y una simplicidad de niño, buscaremos simplemente qué testimonio debemos dar a la fe católica. Y encontraremos: es ante todo el testimonio de nuestra existencia, de nuestra permanencia, de nuestra estabilidad, junto con el de nuestra profesión íntegra de fe católica y de nuestro rechazo de los errores y de las reformas conciliares. Un testimonio es absoluto. Si doy testimonio de la misa católica, de Cristo Rey, es necesario que me abstenga de las misas y doctrinas conciliares. Es como el grano de incienso a los ídolos: es un solo grano o ninguno. Por tanto, es «ninguno [33]». Y luego, este testimonio es también la persecución; es normal por parte de los enemigos de esta fe, que quieren reducir nuestra oposición diametral a la nueva religión, y ello mientras agrade a Dios que perseveren en sus designios perversos. ¿No es Dios mismo quien pone esta enemistad entre la descendencia del diablo y los hijos de María? Inimicitias ponam [34].

Entonces, desde el momento en que, en el recogimiento de la oración, se ha percibido esta vocación propia que es la nuestra, adaptada por Dios a la crisis actual, se consiente en ella con perfecta rectitud y gran paz: rectitud incapaz de tener cualquier complicidad con el enemigo, paz sin amargura. Se corre hacia ella, se salta hacia ella y se exclama como santa Teresa del Niño Jesús: «¡En la Iglesia, mi Madre, he encontrado mi vocación!» Y se pide a la santa magnánima: «¡Obtenedme la gracia de tener en la Iglesia y para la Iglesia un alma de mártir o al menos de confesor de la fe!»


NOTAS ARTICULO ORIGINAL:

[1] — Nombrado arzobispo de Florencia y creado cardenal en 1977.

[2] — Véase especialmente Le Sel de la terre 1, p. 25-38 (Fr. Pierre-Marie, «Eclesiología comparada»), p. 114-118; Le Sel de la terre 34, p. 248; Le Sel de la terre 45, p. 36-41; Le Sel de la terre 59 (Invierno 2006-2007), editorial: «Una jerarquía para dos Iglesias».

[3] — Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 1.

[4] — El nuevo código de 1983 limita la suplencia a la del poder ejecutivo.

[5] — En Gaudium et spes (11, 2), el concilio Vaticano II declara tener la intención primordial de introducir y asimilar en la doctrina católica los valores liberales; esta operación no puede beneficiarse de la asistencia del Espíritu Santo y es contraria al objeto del magisterio, que es «guardar santamente y exponer fielmente» el depósito de la fe.

[6] — Atenuar en el sentido original de reducir al extremo.

[7] — Respuesta de Mons. Lefebvre al cardenal Seper, quien le interrogaba sobre su carta denunciando la Iglesia conciliar.

[8] — Nota del 12 de julio de 1976.

[9] — Interrogatorio de Mons. Lefebvre por el cardenal Seper, Prefecto de la SCDF, 11 de enero de 1979, en Mons. Lefebvre et le Saint-Office, revista Itinéraires, n.º 233, mayo de 1979, p. 144-145.

[10] — Ibíd.

[11] — Santo Tomás de Aquino, II-II, q. 2, a. 2.

[12] — Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 12, 1.

[13] — En sus visiones de los últimos tiempos de la Iglesia, ella ve por un lado a los demoledores de la basílica de San Pedro, que quitan las piedras, y por otro a los reconstructores. Al final, los demoledores cesan su obra de destrucción y llega la reconciliación.

[14] — P. J. Meinvielle, De la Cabala al progresismo, 2.ª ed., Buenos Aires, 1994, p. 363-364.

[15] — San Pío X, encíclica Pascendi, 8 de septiembre de 1907, in initio. Véase también: «Ningún obispo ignora, creemos Nos, que una raza muy perniciosa de hombres, los modernistas, incluso después de que la encíclica Pascendi dominici gregis (8 de septiembre de 1907) levantara la máscara con que se cubrían, no han abandonado sus designios de perturbar la paz de la Iglesia. No han cesado, en efecto, de buscar y agrupar en una asociación secreta nuevos adeptos, e inocular con ellos, en las venas de la sociedad cristiana, el veneno de sus opiniones, mediante la publicación de libros y folletos en los que callan o disimulan los nombres de los autores». Motu proprio Sacrorum antistitum del 1 de septiembre de 1910, ediciones de la Documentation Catholique, París, t. 5, p. 141.

[16] — Mons. Marcel Lefebvre, Ils l’ont découronné, 2.ª ed., Escurolles, Fideliter, 1987, p. 148.

[17] — Por Contra-Iglesia debe entenderse no la Iglesia conciliar misma, sino la secta masónica y todas las sectas que la precedieron en el mismo espíritu gnóstico y anticristiano; así como la secta modernista, cuya doctrina es también una gnosis: una reinterpretación naturalista de la fe católica.

[18] — Los papas que vieron con claridad.

[19] — El movimiento de Marc Sangnier en Francia a comienzos del siglo XX, para hacer de la Iglesia la animadora de la democracia, y que san Pío X condenó mediante su encíclica Notre charge apostolique.

[20] — Conferencia espiritual, Écône, 21 de junio de 1978; véase Le Sel de la terre 50, p. 244.

[21] — «Sería un sueño ridículo, y cualquiera que sea el curso de los acontecimientos, que cardenales o prelados, por ejemplo, hayan entrado de buen grado o por sorpresa en parte de nuestros secretos, no es en absoluto un motivo para desear su elevación a la sede de Pedro. Esa elevación nos perdería. Sólo la ambición los habría conducido a la apostasía; las necesidades del poder los forzarían a inmolarnos; lo que debemos pedir, lo que debemos buscar y esperar, como los judíos esperan al Mesías, es un papa según nuestras necesidades…» (Instrucción de la Alta Venta datada en 1819).

[22] — P. Roger-Thomas Calmel O.P., «Autoridad y santidad en la Iglesia», Itinéraires 149 (enero de 1971), p. 13-19; reproducido en Le Sel de la terre 40, p. 77 y 85-87.

[23] — La dignidad de la persona humana.

[24] — El sacerdocio común de los bautizados.

[25] — Instituciones colegiales: sínodo episcopal, consejo episcopal, consejo parroquial…

[26] — La nueva misa, que ya no aparece como el sacramento de la Pasión de Cristo.

[27] — Mons. Marcel Lefebvre, carta manuscrita y fotocopiada, del 29 de julio de 1976, a sus amigos; reproducida en Le Sel de la terre 36, p. 10.

[28] — Observemos que, en los hechos, las enseñanzas relativas al fin sobrenatural de la salvación eterna de las almas (por ejemplo el Credo de Pablo VI o su encíclica Humanæ vitæ) permanecen letra muerta a causa del liberalismo de los obispos y de la falta de voluntad del papa para aplicar la doctrina católica.

[29] — Notemos la pretensión del nuevo código de presentar de la Iglesia su «imagen real» (sic), que sin duda había ignorado o disimulado hasta entonces, una «imagen», un modelo de Iglesia que por otra parte es «una novedad esencial». La incoherencia rivaliza con la audacia.

[30] — Juan Pablo II, Constitución apostólica Sacræ disciplinæ leges, 25 de enero de 1983.

[31] — Véase 1 Pe 2, 6-8.

[32] — «Y he aquí que un ángel del Señor apareció, y una luz brilló en la habitación; y el ángel, tocando a Pedro en el costado, lo despertó, diciendo: Levántate pronto (Surge velociter). Y las cadenas cayeron de sus manos» Hch 12, 7.

[33] — Cf. P. Roger-Thomas Calmel O.P., Retiro de Semana Santa de 1974 predicado a los seminaristas de Écône, 7 de abril de 1974, 18h, según las notas de un retirante.

[34] — «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu raza y la suya. Ella te aplastará la cabeza, y tú intentarás morderle el talón» Gn 3, 15.

 

NOTAS AGENDA FATIMA:

[*] Sin embargo, Mons. Fellay y las autoridades liberales de la FSSPX por entonces aceptaron la mentira del “levantamiento de las excomuniones”, llegando hasta a elaborar argumentos capciosos para tratar de c0nvencer a los fieles más lúcidos y críticos de su actitud. Por lo que vemos que la firmeza d0ctrinal hasta entonces manifestada comenzó a diluirse mediante las acciones en relación al enemigo. Algo que nos recuerda a las contradicciones de León XIII, verdadero león en doctrina, pero con graves traspiés en el orden práctico. Mons. Tissier parece haber sido más de esa escuela que de la de su maestro Mons. Lefebvre.

[**] “La vocación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, desde su erección por la Iglesia católica en 1970 y el decreto de alabanza que la honró en 1971, jamás ha sido recibir las bendiciones y reconocimientos de esta Iglesia conciliar”. No fue su vocación pero sí el afán auto destructor de Mons. Fellay y sus cómplices, que no dejaron de pugnar por un reconocimiento de la Roma modernista y estuvieron a un paso de lograrlo en junio de 2012 cuando debían firmar un acuerdo para obtener una prelatura personal, cosa que evitó Mons. Williamson y los de su línea de entonces antiliberal. Mons. Tissier parece caer en algunos de sus escritos de cierta presunción que es el punto débil de la Fraternidad. Fijémonos que la FSSPX ya no habla de “Iglesia conciliar”.

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