¿EXISTE
UNA IGLESIA CONCILIAR?
por MONS. BERNARD TISSIER DE MALLERAIS
Notas
de Agenda Fátima al final.
¿Existe una Iglesia conciliar, sociedad constituida
y distinta de la Iglesia católica, que difiere de ella, si no por sus miembros,
al menos por sus fines? Y si es así, ¿cuáles son sus relaciones con la Iglesia
católica? He aquí cuestiones que se plantean a la conciencia católica desde el
25 de junio de 1976, día en que el sustituto de la Secretaría de Estado del
papa Pablo VI, Mons. Giovanni Benelli [1], utilizó esta expresión en una carta
escrita de parte del papa a Mons. Lefebvre:
«[Si los seminaristas de Écône] son de buena
voluntad y están seriamente preparados para un ministerio presbiteral en
verdadera fidelidad a la Iglesia
conciliar, nos encargaremos después de encontrar para ellos la mejor
solución.»
Desde entonces han aparecido varios estudios sobre
el tema en Le Sel de la terre [2]. Formulemos un nuevo estado de la
cuestión para responder a esta.
Aproximación
a una definición de la Iglesia conciliar
Esforcémonos primero en definir las dos Iglesias en
cuestión según sus cuatro causas, siguiendo a Aristóteles. Una sociedad es un
ser moral, perteneciente a la categoría de relación, la cual establece el
vínculo entre los miembros. Podemos distinguir:
• La causa
material: son las personas unidas en la sociedad. Diremos que, tanto en el
caso de la Iglesia católica como en el de la Iglesia conciliar, son los
bautizados.
• La causa
eficiente es el jefe de la sociedad: para la Iglesia católica, Nuestro
Señor Jesucristo, su fundador, y los papas que son sus vicarios; y para la
Iglesia conciliar, los papas del Concilio, por tanto los mismos papas; de modo
que la misma jerarquía parece gobernar las dos Iglesias.
• La causa
final, que es la causa de las causas, es el bien común buscado por los
miembros: en el caso de la Iglesia católica, ese bien buscado es la salvación
eterna; en el caso de la Iglesia conciliar, es más o menos principalmente la
unidad del género humano: «La Iglesia, dice el Concilio, es en Cristo como el
sacramento o, si se quiere, el signo y el medio de la unión íntima con Dios y
de la unidad de todo el género humano [3].»
• La causa
formal es la unión de los espíritus y de las voluntades de los miembros en
la búsqueda del bien común. En la Iglesia católica, por la profesión de la
misma fe católica, la práctica del mismo culto divino y la sumisión a los
mismos pastores y, por tanto, a las leyes que ellos establecen, es decir, el
Derecho canónico. En la Iglesia conciliar, por la aceptación de la enseñanza
del Concilio y del magisterio que se reclama de él, y por la práctica de la
nueva liturgia y la obediencia al nuevo Derecho canónico.
A partir de estos datos aproximados podemos deducir definiciones aproximadas de las dos Iglesias:
La Iglesia
católica es la sociedad de los bautizados que quieren salvar su alma
profesando la fe católica, practicando el mismo culto católico y siguiendo a
los mismos pastores, sucesores de los Apóstoles.
La Iglesia
conciliar, en cambio, es la sociedad de
los bautizados que siguen las directrices de los papas y obispos actuales,
adhiriéndose más o menos conscientemente a la intención de realizar la unidad
del género humano, y que en la práctica aceptan las decisiones del Concilio,
practican la nueva liturgia y se someten al nuevo Derecho canónico.
Si esto es así, tenemos dos Iglesias que tienen los
mismos jefes y la mayor parte de los mismos miembros, pero que poseen formas y
fines diametralmente distintos: por una parte, la salvación eterna favorecida
por el reinado social de Cristo, Rey de las naciones; por otra parte, la unidad
del género humano mediante el ecumenismo liberal, es decir, ampliado a todas
las religiones, heredero de las decisiones conciliares Unitatis
redintegratio, Nostra ætate y Dignitatis humanæ, y que es el
espíritu de Asís y la antítesis del reinado social de Jesucristo. Está dicho
quizá demasiado rápidamente, pero lo que sigue aclarará la justeza de esta
oposición.
¿UNA SOLA
JERARQUÍA PARA DOS IGLESIAS, ES POSIBLE?
Que la jerarquía católica gobierne a la vez la
Iglesia católica y una sociedad que tiene el aspecto de una falsificación de
Iglesia parece repugnar a la asistencia prometida por Cristo a Pedro y a sus
sucesores, garantizando la inerrancia del magisterio y la indefectibilidad de
la Iglesia (Mt 16, 17-19; 28, 20). Si el papa dirige otra Iglesia, es apóstata,
ya no es papa y la hipótesis sedevacantista queda verificada. — Basta responder
que «Prima sedes a nemine judicatur»
y que, por consiguiente, ninguna autoridad puede pronunciar la obstinación,
declarar la pertinacia de un soberano pontífice en el error o la desviación; y
que, por otra parte, en caso de duda, la Iglesia supliría al menos el poder
ejecutivo del pontífice aparente (can. 209 del CIC de 1917) [4]. En cuanto al
magisterio, solo es asistido si tiene la intención de transmitir el depósito de
la fe y no novedades profanas [5]. Y en cuanto a la indefectibilidad de la
Iglesia, no impide que la Iglesia pueda llegar, a consecuencia de una gran
apostasía como la anunciada por san Pablo (2 Tes 2, 3), a verse reducida a un
número muy modesto de verdaderos católicos. Por consiguiente, ninguna de las
dificultades planteadas contra la existencia de una verdadera sociedad llamada
Iglesia conciliar y dirigida por el papa y la jerarquía católica es decisiva.
Sin embargo, es preferible evitar estas respuestas
extremas. Entonces puede intentarse negar la existencia de la Iglesia conciliar
como sociedad organizada y dirigida por la jerarquía de la Iglesia católica, o
atenuar [6] la pertenencia de los miembros a esta Iglesia conciliar.
¿La Iglesia
conciliar no sería más que un espíritu?
Se dirá primero que la Iglesia conciliar no es más
que un «espíritu [7]» liberal y modernista que penetró en la Iglesia con
ocasión del Concilio, como respondió Mons. Lefebvre al cardenal Seper, quien le
preguntaba:
«Monseñor, en una nota preliminar [8] a una carta
dirigida al Santo Padre, usted escribió: “Que no se engañen, no se trata de un
desacuerdo entre Monseñor Lefebvre y el papa Pablo VI, se trata de la
incompatibilidad radical entre la Iglesia católica y la Iglesia conciliar,
representando la misa de Pablo VI el programa de la Iglesia conciliar.” Esta
idea se encuentra explicitada en la homilía pronunciada el 29 de junio
precedente durante la misa de ordenación en Écône: “Esta nueva misa es un
símbolo, es una expresión, es una imagen de una fe nueva, una fe modernista
[…]. Ahora bien, es evidente que este nuevo rito está sustentado, por así
decirlo, supone otra concepción de la fe católica, otra religión…” ¿Debe
concluirse de estas afirmaciones que, según usted, el papa, al promulgar e
imponer el nuevo Ordo Missæ, y el conjunto de los obispos que lo han
recibido, han instaurado y reunido visiblemente a su alrededor una nueva
Iglesia “conciliar” radicalmente incompatible con la Iglesia católica [9]?»
Minimizando el alcance de sus palabras, el
arzobispo responde:
«Observo ante todo que la expresión “Iglesia
conciliar” no es mía, sino de S.E. Mons. Benelli, quien, en una carta oficial,
pedía que nuestros sacerdotes y seminaristas se sometieran a la “Iglesia
conciliar”. Considero que un espíritu de tendencia modernista y protestante se
manifiesta en la concepción de la nueva misa y, además, de toda la reforma
litúrgica [10].»
Estimamos que la retirada estratégica del prelado
de Écône está perfectamente justificada por las circunstancias, las de un
proceso que le instruye el Santo Oficio y que puede conducir a su condena;
además, las explicaciones que habría tenido que proporcionar para apoyar su
idea de la existencia de una sociedad paralela y organizada llamada Iglesia
conciliar habrían requerido demasiados documentos y hechos que citar y
organizar dialécticamente dentro de los límites de breves respuestas a dar en
un interrogatorio. No podemos deducir de su respuesta evasiva que Mons.
Lefebvre haya reducido realmente la Iglesia conciliar a un «espíritu».
¿La Iglesia
conciliar no sería más que una enfermedad?
Pero, se dirá, ¿no evocó Mons. Lefebvre varias
veces una simple debilidad que afecta al cuerpo de la Iglesia, una especie de
«sida espiritual», como él decía, que debilita la capacidad de resistencia de
la Iglesia frente a las contaminaciones? — Respondemos que una cosa no impide
la otra. Los efectos de la Iglesia conciliar sobre la Iglesia católica son, en
efecto, ante todo un envenenamiento, una parálisis y, por tanto, un
debilitamiento de la Iglesia católica frente a sus enemigos. Esto es lo que
explica Mons. Lefebvre al mismo cardenal Seper en una carta precedente a su
interrogatorio:
«Existen en este mundo fuerzas enemigas de Nuestro
Señor, de su reinado. Satanás y todos los auxiliares de Satanás, conscientes o
inconscientes, rechazan este reinado, este camino de salvación y militan por la
destrucción de la Iglesia. Así, la Iglesia está comprometida por su divino
Fundador en un gigantesco combate. Todos los medios han sido y son empleados
por Satanás para triunfar. Una de las últimas estratagemas extremadamente
eficaces es arruinar el espíritu combativo de la Iglesia persuadiéndola de que
ya no hay enemigos, de que, por tanto, hay que deponer las armas y entrar en un
diálogo de paz y entendimiento. Esta tregua engañosa permitirá al enemigo
penetrar por todas partes y corromper las fuerzas adversas. Esta tregua es el
ecumenismo liberal, instrumento diabólico de la autodestrucción de la Iglesia.
Este ecumenismo liberal exigirá la neutralización de las armas que son la
liturgia con el Sacrificio de la misa, los sacramentos, el breviario, las
fiestas litúrgicas, la neutralización y la supresión de los seminarios…»
Es evidente que la debilidad o el «sida» de la
Iglesia frente a sus enemigos no es una simple disminución enfermiza del
espíritu de combate, sino que no es más que el resultado de estratagemas
urdidas por miembros influyentes de la Iglesia, secundados por una parte de la
jerarquía y sostenidos por los propios papas, víctimas de su liberalismo, pero
actores conscientes y consentidores de este ecumenismo liberal, un ecumenismo
acogido favorablemente por una gran parte de los católicos seducidos por las
facilidades ofrecidas por esta especie de nueva religión. Todo este conjunto es
precisamente lo que hemos definido como la Iglesia conciliar.
Pero si, a pesar de todo, se quiere acusar a una
pura enfermedad de la Iglesia, entonces la imagen de un cáncer sería más
realista: ¿no es la enfermedad conciliar el parasitismo y la colonización de
los tejidos sanos de la Iglesia por un virus que provoca en ellos una proliferación
anárquica? Habría entonces que interrogarse sobre la existencia y la naturaleza
del agente viral.
¿Es dudosa la pertenencia de miembros o adherentes
a la Iglesia conciliar?
Por otra parte, si se acepta la imagen de una
sociedad, falsificación de Iglesia, pero queriendo evitar afirmar su
existencia, podría reducirse la pertenencia de la mayoría de sus miembros a una
pertenencia puramente material, dado que la mayoría sigue el movimiento por
conformismo, sin conocer ni compartir los fines de la Iglesia conciliar, la
cual estaría casi desprovista de miembros reales y reducida al estado de
fantasma en lo que concierne a los miembros, y de esqueleto en lo que respecta
a la jerarquía. El estado verdaderamente esquelético de la Iglesia conciliar
confirmaría la hipótesis. Además, habría que minimizar aún más la pertenencia a
esta última considerando que el vínculo que une a sus miembros no tiene nada de
la solidez de la virtud teologal de la fe católica, que es toda sobrenatural
por su objeto, su motivo y su fin: ella hace «creer en Dios, creer a Dios y
creer hacia Dios [11].» Pues, aunque muchos conciliares aprueban el intento de
conciliación entre la religión del Dios hecho hombre y la religión del hombre a
secas, sobre la base común de la dignidad de la persona humana, no perciben el
equívoco del principio de esta conciliación enunciado por el Concilio en Gaudium
et spes: «Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este
punto: todo en la tierra debe ordenarse al hombre como a su centro y a su cima
[12].» La Iglesia católica precisa, en efecto, con san Ignacio de Loyola: «Y
las cosas que están sobre la tierra han sido creadas a causa del hombre, para
ayudarle a alcanzar su salvación», ¡lo cual es un fin completamente distinto!
En comparación con la comunión de los santos, fruto de la fe católica y de la
caridad teologal, ¿qué comunión puede fundar entre los conciliares la mezcla de
principios tan diametralmente opuestos? La llamaremos, con Ana Catalina
Emmerick, la comunión de los profanos o la comunión de los anti-santos [13].
Por lo demás, al equívoco de su forma, la Iglesia
conciliar añade la ambigüedad de su fin: «la unidad del género humano», por
esencia terrenal y natural, «en Cristo», instrumentalizando a Nuestro Señor al
servicio de una idea platónica: mañana, por un golpe de varita mágica, sin
esfuerzo, sin conversión del mundo, «¡la Iglesia será el género humano!» La
Iglesia ya no necesita ser misionera; le basta presentarse al mundo, ser
mediática. Los incesantes viajes publicitarios de Juan Pablo II ilustran la
realidad de lo que el padre Julio Meinvielle describía ya en 1970 como «la
Iglesia de la publicidad»:
«Esta Iglesia de la publicidad magnificada en la
propaganda, con obispos, sacerdotes y teólogos publicitados, puede ser ganada
por el enemigo y transformarse de Iglesia católica en Iglesia gnóstica, [frente
a] la otra, la Iglesia del silencio, con un papa fiel a Jesucristo en su
enseñanza y con algunos sacerdotes, obispos y fieles que le estén unidos,
dispersos como el pusillus grex por toda la tierra [14].»
¡Ay!, ¡el papa fiel ha faltado hasta ahora a este pusillus
grex! Los papas posconciliares, elegidos papas de la Iglesia católica, ¡han
sido sobre todo papas de la Iglesia de la publicidad!
De todo lo que acabamos de considerar, se desprende
que la Iglesia conciliar no es solamente
una enfermedad ni una teoría, sino que es una asociación de jerarcas católicos
que, inspirados por pensadores liberales y modernistas, quieren, con fines
mundialistas, realizar un nuevo tipo de Iglesia, con numerosos sacerdotes y
fieles católicos que están más o menos ganados por este ideal. No es una pura asociación de víctimas.
Formalmente considerada, la Iglesia conciliar es una secta que ocupa la Iglesia
católica. Tiene sus promotores y actores organizados, como los tuvo el
modernismo condenado por san Pío X, a quien es necesario citar:
¿Está muerta
la secta modernista?
«A los artífices del error no hay que buscarlos hoy
entre los enemigos declarados; se esconden, y esto es motivo de aprensión y de
vivísima angustia, en el seno mismo y en el corazón de la Iglesia, enemigos
tanto más temibles cuanto menos abiertamente lo son. Hablamos, venerables
hermanos, de un gran número de católicos laicos y, lo que es aún más
deplorable, de sacerdotes que, bajo apariencia de amor a la Iglesia,
absolutamente faltos de filosofía y de teología serias, impregnados hasta la
médula de un veneno de error tomado de los adversarios de la fe católica, se
presentan, despreciando toda modestia, como renovadores de la Iglesia; que, en
falanges compactas, atacan audazmente todo lo que hay de más sagrado en la obra
de Jesucristo, sin respetar su propia persona, a la que rebajan, con temeridad
sacrílega, hasta la simple y pura humanidad. […] El peligro está hoy casi en
las entrañas mismas y en las venas de la Iglesia; sus golpes son tanto más
seguros cuanto mejor saben dónde herirla. Añádase que no han puesto el hacha en
las ramas o en los retoños, sino en la raíz misma, es decir, en la fe y en sus
fibras más profundas. Luego, una vez cortada esta raíz de vida inmortal, se
dedican a hacer circular el virus por todo el árbol. […] ¿Qué no ponen en obra
para crearse nuevos partidarios? Se apoderan de las cátedras en los seminarios,
en las universidades, y las transforman en cátedras de pestilencia [15]…»
Van a pasar cincuenta años; a pesar de Pascendi
de san Pío X en 1907 y Humani generis de Pío XII en 1950, la secta de
los modernistas va a lanzarse al asalto de los puestos de influencia en la
Iglesia y, con ocasión del concilio Vaticano II, va a imponer a la Iglesia y
presentar al mundo el nuevo tipo de Iglesia que hemos descrito por su forma y
su fin, y esta secta va, mediante el magisterio y las reformas de los papas que
se reclaman del Concilio, a poner en práctica este nuevo sistema de Iglesia.
Los papeles de Pablo VI, el papa liberal y contradictorio, y de Juan Pablo II,
el papa filósofo y ecuménico, son innegables en el establecimiento de lo que es
la Iglesia conciliar, con su jerarquía que, salvo rarísimas excepciones, es
exactamente la de la Iglesia católica.
La Iglesia
conciliar, obra de un plan masónico
Permítasenos una mirada hacia atrás, unos ciento
treinta años antes del concilio; tal retrospectiva nos hará comprender que el
establecimiento de la Iglesia conciliar
es el fruto de un plan urdido por la francmasonería, la cual ni siquiera se
atrevía a creer en el cumplimiento de sus designios. Citemos extractos de
las correspondencias internas de los Carbonarios, francmasones italianos del
siglo XIX, publicadas por los papas Gregorio XVI y Pío IX:
«Lo que debemos pedir, lo que debemos buscar y
esperar como los judíos esperan al Mesías, es un papa según nuestras
necesidades. […] Vosotros queréis establecer que el clero marche bajo vuestras
banderas creyendo marchar bajo las banderas apostólicas. […] Habréis predicado
una revolución con tiara y capa pluvial, marchando con la cruz y el estandarte,
una revolución que no necesitará más que ser un poco aguijoneada para prender
fuego en los cuatro rincones del mundo.»
He aquí otro extracto de una carta de Nubius a
Volpe (nombres en clave para guardar el secreto, que es norma en la
francmasonería), del 3 de abril de 1824:
«Se ha cargado sobre tus hombros un pesado fardo,
querido Volpe. Debemos realizar la educación inmoral de la Iglesia y llegar,
mediante pequeños medios bien graduados, al triunfo de la idea revolucionaria
por medio de un papa. En este proyecto que siempre me ha parecido un cálculo
sobrehumano, seguimos aún avanzando a tientas.»
El triunfo
de la idea revolucionaria por medio de un papa es verdaderamente el atentado
supremo, como dice Mons. Lefebvre citando
estos documentos en su libro Ils l’ont découronné [16] y comentándolos
así:
«Cálculo sobrehumano, dice Nubius; ¡quiere decir
cálculo diabólico! Porque es calcular la subversión de la Iglesia por su propio
jefe, lo que Mons. Delassus llama el atentado supremo, porque no se puede
imaginar nada más subversivo para la Iglesia que un papa ganado a las ideas
liberales, que un papa utilizando el poder de las llaves de san Pedro al
servicio de la Contra-Iglesia. Ahora bien, ¿no es esto lo que vivimos
actualmente, desde el Vaticano II, desde el nuevo Derecho canónico? Con este
falso ecumenismo y esta falsa libertad religiosa promulgados en el Vaticano II
y aplicados por los papas con una fría perseverancia a pesar de las ruinas que
ello provoca.»
La Iglesia
ocupada, estatuto incontestable de la Iglesia de los últimos cincuenta años
Mons. Lefebvre decía además:
«¿Con qué Iglesia tenemos que tratar? ¿Tengo que
tratar con la Iglesia católica, o tengo que tratar con otra Iglesia, con una
Contra-Iglesia [17], con una falsificación de la Iglesia? Ahora bien, creo
sinceramente que tenemos que tratar con una falsificación de la Iglesia y no
con la Iglesia católica. Ya no enseñan la fe católica. Enseñan otra cosa,
arrastran a la Iglesia hacia algo distinto de la Iglesia católica. Ya no es la
Iglesia católica. Están sentados sobre la sede de sus predecesores…, pero no
continúan a sus predecesores. Ya no tienen la misma fe, ni la misma doctrina,
ni la misma moral que sus predecesores. Entonces esto ya no es posible. Y
principalmente, su gran error es el ecumenismo. Enseñan un ecumenismo que es
contrario a la fe católica. […] La
Iglesia está ocupada por esta Contra-Iglesia que conocemos bien y que los papas
[18] conocen perfectamente, y que los papas han condenado a lo largo de los
siglos: desde hace ya casi cuatro siglos, la Iglesia no deja de condenar
esta Contra-Iglesia que nació sobre todo con el protestantismo, que se
desarrolló con el protestantismo y que está en el origen de todos los errores
modernos, que ha destruido toda la filosofía y que nos ha arrastrado a todos
los errores que conocemos, que los papas han condenado: liberalismo,
socialismo, comunismo, modernismo, sillonnismo [19]. Estamos muriendo de ello.
Los papas hicieron todo para condenar eso, y he aquí que ahora los que están
sobre las sedes de quienes condenaron eso están de acuerdo con este liberalismo
y este ecumenismo. Entonces no se puede aceptar eso. Y cuanto más se aclaran
las cosas, más nos damos cuenta de que este programa, […] todos estos errores
han sido elaborados en las logias masónicas [20].»
En lo que
llamamos la Iglesia conciliar, no es necesario que el papa (el papa de la
Iglesia católica) sea el jefe; podría no ser más que un ejecutor de directrices
provenientes, sino de un poder oculto, al menos de un núcleo dirigente o de
grupúsculos de presión de colaboradores o teólogos bajo influencia masónica. Recordemos a Aníbal Bugnini y su misterioso
ascendiente sobre el papa Pablo VI en la reforma litúrgica. Este Aníbal parece
haber sido masón. Es notorio que logias masónicas funcionaron entre los
miembros de la Curia de la Santa Sede durante los pontificados de Pablo VI y
Juan Pablo II.
Los papas conciliares Juan Pablo II y Benedicto XVI
participaron activamente en el Concilio, el primero como Padre conciliar, el
segundo como experto conciliar, y lo orientaron en el sentido de la nueva
teología, la de una redención universal y de una fe evolutiva. Y como papas
aplicaron esos errores. Pero, aunque aplicaron este programa conciliar, nada
prueba que hayan sido ellos quienes lo concibieron, y nada impide que no hayan
hecho más que aplicar, consciente o inconscientemente, una política que venía
de otra parte. Los dirigentes de la Alta Venta, que preparaban la llegada de un
papa según su designio, habían precisado claramente que no deseaban que ese
papa fuese un miembro de su secta [21].
Sea como fuere la manera en que se ejerce la
influencia de la secta masónica sobre la Iglesia conciliar, esta influencia es
innegable.
Pertenencia
formal y pertenencia material
La influencia del espíritu masónico, o al menos la
penetración del espíritu liberal, naturalista, ecuménico y mundialista entre
los miembros de la Iglesia conciliar, no es evidentemente la misma en todos.
Entre los clérigos y religiosos, la mayor parte de los obispos, de los
superiores religiosos, de los profesores de seminarios y universidades, así
como los sacerdotes de edad avanzada, adhieren formalmente, es decir,
consciente y voluntariamente, a los fines antes mencionados, mientras que una
minoría de jóvenes sacerdotes o religiosos y de seminaristas no quiere oír
hablar del Concilio o no le presta ninguna atención y desea el retorno a la
teología de santo Tomás, a la misa tradicional, a la disciplina clásica y a las
virtudes cristianas. Estos últimos, en su corazón, no pertenecen a la Iglesia
conciliar. Entre estos dos extremos se sitúa la masa de los católicos,
conciliares por hábito, conformismo o comodidad, como se dijo más arriba, que
tienen una pertenencia más bien puramente material a la Iglesia conciliar. La
imprecisión de los límites entre estas categorías no ayuda a la delimitación
clara de las dos Iglesias.
¿Hay que
concebir dos Iglesias materialmente distintas: la católica y la conciliar?
De lo que precede conviene sacar dos conclusiones
respecto a las relaciones entre las dos Iglesias.
Ante todo, la Iglesia conciliar no está
materialmente separada de la Iglesia católica. No existe independientemente de
la Iglesia católica. Hay distinción, ciertamente, entre ellas, distinción
formal, sin separación material absoluta. La jerarquía de la Iglesia conciliar
coincide casi exactamente con la jerarquía de la Iglesia católica; los miembros
de la Iglesia conciliar son todos miembros al menos materialmente de la Iglesia
católica. Así como se ha podido decir (tomándolo con cautela) que el
liberalismo es una herejía católica, en el sentido de que solo nace en el seno
de la Iglesia católica y que solo existe y se desarrolla a expensas de la Iglesia
católica, así también puede decirse que la Iglesia conciliar nace de la
corrupción de la Iglesia católica y que solo puede vivir de esa corrupción,
como un parásito que solo vive a expensas del organismo parasitado, absorbiendo
la sustancia de su huésped para construir su propia sustancia. Hay una especie
de transferencia de sustancia, si me atrevo a decirlo, de una a otra, en un
sentido evidentemente metafórico y no filosófico. Para hacerse conciliar no es
necesario separarse de la Iglesia católica; basta dejarse corromper por el
veneno conciliar y dejar que la propia sustancia sea absorbida por el parásito
conciliar. Basta practicar la misa de la nueva religión y adherirse, formal o
materialmente, al ecumenismo liberal que constituye su forma.
Por otra parte, la Iglesia conciliar no coincide
necesariamente con la Iglesia católica, ni en sus jefes ni en sus miembros. Los
jefes de una no son siempre los jefes de la otra. Los miembros de la primera
pueden, por la herejía, haber dejado de ser miembros de la segunda, pero esto
no es necesario. La Iglesia católica es la única verdadera Iglesia, la única
Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo. Pero esto no impide que la
Iglesia conciliar sea una realidad social: no solamente un partido, sino una
falsificación de Iglesia, conducida por una secta de dirigentes, una secta que
tiene su sistema o ideología, la cual es la forma de esta Iglesia conciliar, y
que la maneja para sus propios fines, con sus intermediarios y con sus
ejecutores, agrupando a una vasta parte de la jerarquía y de los fieles
católicos más o menos conscientes y consentidores del desvío diametral que ella
opera. Es en este sentido que el padre Calmel pudo hablar de «la Iglesia de los
piratas»; esta metáfora lo dice todo.
«¡Esta
Iglesia conciliar es una Iglesia cismática!»
En 1971, es decir, más de cinco años antes de la
«Iglesia conciliar» de Mons. Benelli, este mismo padre Calmel denunciaba, en la
revista Itinéraires, la «nueva Iglesia que el Vaticano II ha intentado
mostrar», «la nueva Iglesia post-vaticanesca», y se explicaba:
«La falsa Iglesia que se muestra entre nosotros
desde el curioso concilio Vaticano II, se aparta sensiblemente, año tras año,
de la Iglesia fundada por Jesucristo. La falsa Iglesia posconciliar se
contra-divide cada vez más de la santa Iglesia que salva las almas desde hace
veinte siglos (y además ilumina y sostiene la ciudad). La pseudo-Iglesia en
construcción se contra-divide cada vez más de la Iglesia verdadera, de la única
Iglesia de Cristo, mediante las innovaciones más extrañas tanto en la
constitución jerárquica como en la enseñanza y las costumbres [22].»
Las expresiones «falsa Iglesia», «pseudo-Iglesia»
son muy fuertes. Y el verbo «contra-dividirse» indica una mutación formal de
una parte de la Iglesia, parte que se arranca de la órbita católica para ir a
divagar formalmente fuera de ella. El padre Calmel era verdaderamente profeta.
Solo cinco años y medio más tarde, después de haber recibido la famosa carta de
Mons. Benelli y de haber sido castigado por Pablo VI con una suspens a
divinis, Mons. Lefebvre afirmaba con más fuerza aún ante sus amigos la
existencia de esta «Iglesia conciliar», calificándola de «cismática»:
«¡Qué más claro! Desde ahora es a la Iglesia conciliar a la que hay que obedecer y ser fieles, y ya no a la Iglesia católica. Precisamente ahí está todo nuestro problema. Estamos suspens a divinis por la Iglesia conciliar y para la Iglesia conciliar, de la cual no queremos formar parte. Esta Iglesia conciliar es una Iglesia cismática, porque rompe con la Iglesia católica de siempre. Tiene sus nuevos dogmas [23], su nuevo sacerdocio [24], sus nuevas instituciones [25], su nuevo culto [26], ya condenados por la Iglesia en numerosos documentos oficiales y definitivos. Por eso los fundadores de la Iglesia conciliar insisten tanto en la obediencia a la Iglesia de hoy, haciendo abstracción de la Iglesia de ayer, como si esta ya no existiera. […] La Iglesia que afirma semejantes errores es a la vez cismática y herética. Esta Iglesia conciliar no es, por tanto, católica. En la medida en que el papa, los obispos, sacerdotes o fieles adhieren a esta nueva Iglesia, se separan de la Iglesia católica. La Iglesia de hoy solo es la verdadera Iglesia en la medida en que continúa y forma un solo cuerpo con la Iglesia de ayer y de siempre. La norma de la fe católica es la Tradición [27].»
Frente a la
Iglesia conciliar, ¿qué sucede con la Iglesia católica?
Mons. Lefebvre parece admitir la
transmutación de la Iglesia católica en la Iglesia conciliar. ¿Qué sucede
entonces con la Iglesia católica? — Mons. Lefebvre responde que es en la
medida, según el grado con el que los jefes y los bautizados adhieren al nuevo
tipo de Iglesia, como constituyen una Iglesia nueva, caracterizada por sus
fines terrenos, humanistas, naturalistas, socialistas, ecuménicos y
mundialistas, de tal modo que esta nueva Iglesia se concibe a sí misma como más
vasta y más universal que la Iglesia católica. Hay que añadir la distinción
entre la adhesión exclusiva de los jefes sectarios a estos fines profanadores,
por una parte, y la búsqueda de un compromiso entre estos fines y el fin
católico, por otra, un compromiso que expresa bien el texto conciliar de Lumen
Gentium (§ 1): «La Iglesia es en Cristo como un sacramento, es decir, a la
vez signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el
género humano.» Esta ambivalencia complica singularmente el problema de la
distinción de las dos Iglesias. El texto
de Mons. Lefebvre debe entenderse con esta precisión: es en la medida en que
los conciliares adhieren exclusivamente a los fines profanadores antes
mencionados, como abandonan la Iglesia católica. Y de esa medida, nosotros no somos jueces. A pesar de su estilo
polémico, con estas precisiones, el texto de Mons. Lefebvre es irreprochable.
Con la misma precisión debe comprenderse su última frase: «La Iglesia de hoy no
es la verdadera Iglesia sino en la medida en que continúa exclusivamente y
forma cuerpo exclusivamente con la Iglesia de ayer y de siempre.» Una Iglesia que codiciara a la vez un fin
terrenal y mundialista y el fin sobrenatural de la salvación eterna de las
almas, esa Iglesia ya no es católica: es la Iglesia conciliar en su estado
viral atenuado y vulgar [28].
¿Y junto a esta Iglesia conciliar vulgar, qué queda
de la Iglesia católica? Respondemos que, incluso reducida al número modesto de
la parte sana de sus fieles y quizá a un solo obispo fiel, como podrá estarlo,
según el padre Emmanuel, la Iglesia de los últimos tiempos, la Iglesia católica
sigue siendo la Iglesia católica.
Cómo la
Iglesia conciliar fue canonizada
Pasarán todavía seis años más, y la promulgación
por Juan Pablo II de un nuevo Código de Derecho Canónico justificará las
opiniones del arzobispo sobre esta Iglesia conciliar. En su constitución
apostólica, el papa declara claramente imponer a la Iglesia «una nueva
eclesiología»:
«[Este] código […] ha puesto en práctica el
espíritu del Concilio, cuyos documentos presentan a la Iglesia, “sacramento
universal de salvación”, como el pueblo de Dios, y donde su constitución
jerárquica aparece fundada sobre el colegio de los obispos unido a su jefe. […]
En cierto sentido, incluso podría verse en este código un gran esfuerzo por
traducir en lenguaje canónico esta misma doctrina de la eclesiología conciliar.
[…] De ello resulta que lo que constituye la novedad esencial del concilio
Vaticano II, en continuidad con la tradición legislativa de la Iglesia, sobre todo
en lo que concierne a la eclesiología, constituye igualmente la novedad del
nuevo código. Entre los elementos que caracterizan la imagen real y auténtica
[29] de la Iglesia, debemos poner especialmente de relieve los siguientes: la
doctrina según la cual la Iglesia se presenta como el pueblo de Dios (Lumen
gentium 2) y la autoridad jerárquica como servicio (Lumen gentium
3); la doctrina que muestra a la Iglesia como una comunión y que, por
consiguiente, indica qué tipos de relaciones deben existir entre las Iglesias
particulares y la Iglesia universal y entre la colegialidad y la primacía; la
doctrina según la cual todos los miembros del pueblo de Dios, cada uno según su
modalidad, participan en la triple función de Cristo: las funciones sacerdotal,
profética y real. A esta doctrina se vincula la concerniente a los deberes y
derechos de los fieles y, en particular, de los laicos; y finalmente el
compromiso de la Iglesia en el ecumenismo [30].»
Este cuadro de la Iglesia conciliar muestra la
ruina que ella opera del ejercicio personal de la autoridad recibida de Dios,
el rebajamiento de la jerarquía en beneficio de la base; la omisión voluntaria
de la necesidad de pertenecer a la Iglesia católica para salvarse; la reducción
del sacerdocio y de la identidad sacerdotal ahogados en el sacerdocio común de
los bautizados; la aspiración a una unidad universal más amplia que la de la
Iglesia católica. He aquí lo que llamábamos la forma de esta sociedad que es la
Iglesia conciliar. Más que sociedad, hay que llamarla disociedad, es decir, la
ruina resultante de la disolución de esa sociedad divina y humana que es la
Iglesia católica, o mejor aún: si se puede decir así, la desagregación erigida
en principio de una nueva congregación. ¿No evoca esto la consigna de la revolución,
«Solve, coagula»: primero disolver lo que existe, luego reunir los fragmentos
bajo otro jefe, según un nuevo principio? Y esta disociedad que es la Iglesia
conciliar existe; el papa, la casi totalidad de la jerarquía católica, la masa
consciente o no de los bautizados católicos son sus miembros, formales o
materiales.
Sin embargo, esta disociedad consagrada a la
autodestrucción se «mantiene» por la fuerza de sus agentes. En el coagula,
hay un pacto de los promotores de esta disociedad: es necesario exigir de todos
la adhesión al Concilio y a las reformas conciliares, de tal manera que
aquellos que no las aceptan están «fuera de la comunión» o «fuera de la plena
comunión» con la Iglesia conciliar. Esta Iglesia conciliar se mantiene, por
tanto, mediante el temor y la violencia; la Iglesia católica, en cambio, se
mantiene por la fe y la caridad.
Los métodos
por los cuales subsiste la Iglesia conciliar
Consagrada a la autodemolición, la Iglesia
conciliar no deja por ello de subsistir vigorosamente. ¿En qué consiste su
tenacidad? En que su jerarquía usa todo el poder de la jerarquía católica que
ocupa, detenta y desvía.
Desde la instauración de la misa de Pablo VI, ha
perseguido continuamente a los sacerdotes fieles a la verdadera misa, al
verdadero catecismo, a la verdadera disciplina sacramental, y a los religiosos
fieles a su regla y a sus votos. Numerosos son los sacerdotes que murieron de
tristeza al tener que adoptar, por obediencia, según creían, los nuevos ritos y
usos. Numerosos también son aquellos que murieron en el ostracismo, la
relegación canónica y psicológica, pero felices de dar un testimonio inflexible
al rito católico, a la fe íntegra, a Cristo Rey. Las amenazas, el temor, las
censuras y otros castigos no los quebrantaron. Pero, ¡ay!, cuántos son aquellos
que cedieron ante estos métodos de violencia, al chantaje de la «desobediencia»
y de la destitución ejercido sobre ellos por sus superiores. Es ahí donde se
toca con la mano la malicia liberal de estos jefes: ¿no se dice con razón que no
hay nada más sectario que un liberal? Al no tener principios para hacer reinar
el orden, hacen reinar un régimen de sumisión mediante el terror.
La malicia de la jerarquía conciliar se completa
con el uso que hace de la mentira y de la ambigüedad. Así, el motu proprio
del papa Benedicto XVI que declara que la misa tradicional nunca fue suprimida
y que su celebración es libre, acompaña esta libertad de condiciones contrarias
a la misma, y llega hasta calificar la misa auténtica y su falsificación
modernista como «formas extraordinaria y ordinaria del mismo rito romano».
La mentira continúa en el supuesto «levantamiento»
de las excomuniones, supuestamente incurridas por los cuatro obispos
consagrados por S. E. Mons. Lefebvre en 1988, como si realmente hubieran sido
incurridas. [*]
Pero, por un sorprendente contraste, la jerarquía
conciliar jamás fue capaz de hacer respetar el quinto mandamiento de Dios, «No
matarás», que apenas fue predicado por los obispos: los países antiguamente
católicos son aquellos donde el aborto está más extendido; y la encíclica Humanæ
vitæ del papa Pablo VI apenas fue apoyada por los obispos, de modo que la
píldora anticonceptiva es de uso corriente entre la mayoría de las jóvenes y de
las mujeres en la Iglesia católica. Las costumbres inmundas del mundo actual no
son más que el desbordamiento del vicio al cual la jerarquía conciliar no supo
oponer ningún obstáculo. Esta Iglesia conciliar atrae a su pseudo-comunión a
una masa de cristianos que viven en realidad en el pecado y en el paganismo
práctico.
No
pertenecer a la Iglesia conciliar es una gracia y un testimonio providencial
¡Bienaventurados aquellos que no pertenecen a esta
«comunión de los profanos», que están providencialmente excluidos de ella o
amenazados de ser excluidos! ¡Feliz relegación o abandono! La vocación de la
Fraternidad Sacerdotal San Pío X, desde su erección por la Iglesia católica en
1970 y el decreto de alabanza que la honró en 1971, jamás ha sido recibir las
bendiciones y reconocimientos de esta Iglesia conciliar. [**] Sin duda
era necesario que esta sociedad sacerdotal, con toda la familia de la
Tradición, fuese como la antorcha encendida que no se pone debajo del celemín
conciliar, sino sobre el candelero, para que ilumine a todos los que están en
la casa de Dios. Era probablemente preferible, según los caminos de la
Providencia, que esta parte sana de la Iglesia, convertida, como el divino
Maestro, en piedra de escándalo, piedra rechazada por los constructores de la
disociedad eclesial conciliar, llegase a ser la piedra angular y la clave de
bóveda [31] de la catedral católica indestructible. Nuestro testimonio
inflexible hacia la verdadera Iglesia de Jesucristo, hacia el sacerdocio y la
realeza de Cristo sacerdote y rey exige sin duda, por parte de la Iglesia
conciliar, la exclusión y el ostracismo pronunciados contra nosotros y contra
lo que representamos. Pero así como san José, en su exilio en Egipto, llevaba
al Niño Jesús y a su divina Madre, que constituían el germen de la Iglesia, así
también, en su exilio, la familia de la Tradición lleva la Iglesia en sí misma,
sin tener quizá la exclusividad de esta gloriosa función, pero teniendo de ella
la médula y el corazón, la integridad y la incorruptibilidad. Lleva, por
consiguiente, en sí misma al pontífice romano, en quien el sucesor de Pedro se
liberará un día de una larga cautividad [32] y saldrá del sueño de sus grandes
ilusiones, para proclamar como antaño el primer papa en Cesarea de Filipo
dirigiéndose a su Maestro: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo!»
Desde entonces, si somos complicados, lamentaremos
estar privados de la comunión conciliar o de su apariencia de comunión eclesial
y estaremos desdichados e inquietos, buscando sin cesar una solución. Si, por
el contrario, tenemos una fe y una simplicidad de niño, buscaremos simplemente
qué testimonio debemos dar a la fe católica. Y encontraremos: es ante todo el
testimonio de nuestra existencia, de nuestra permanencia, de nuestra
estabilidad, junto con el de nuestra profesión íntegra de fe católica y de
nuestro rechazo de los errores y de las reformas conciliares. Un testimonio es absoluto. Si doy
testimonio de la misa católica, de Cristo Rey, es necesario que me abstenga de
las misas y doctrinas conciliares. Es como el grano de incienso a los ídolos:
es un solo grano o ninguno. Por tanto, es «ninguno [33]». Y luego, este
testimonio es también la persecución; es normal por parte de los enemigos de
esta fe, que quieren reducir nuestra oposición diametral a la nueva religión, y
ello mientras agrade a Dios que perseveren en sus designios perversos. ¿No es
Dios mismo quien pone esta enemistad entre la descendencia del diablo y los
hijos de María? Inimicitias ponam [34].
Entonces, desde el momento en que, en el
recogimiento de la oración, se ha percibido esta vocación propia que es la
nuestra, adaptada por Dios a la crisis actual, se consiente en ella con
perfecta rectitud y gran paz: rectitud incapaz de tener cualquier complicidad
con el enemigo, paz sin amargura. Se corre hacia ella, se salta hacia ella y se
exclama como santa Teresa del Niño Jesús: «¡En la Iglesia, mi Madre, he
encontrado mi vocación!» Y se pide a la santa magnánima: «¡Obtenedme la gracia
de tener en la Iglesia y para la Iglesia un alma de mártir o al menos de
confesor de la fe!»
NOTAS
ARTICULO ORIGINAL:
[1] — Nombrado
arzobispo de Florencia y creado cardenal en 1977.
[2] — Véase
especialmente Le Sel de la terre
1, p. 25-38 (Fr. Pierre-Marie, «Eclesiología comparada»), p. 114-118; Le Sel de la terre 34, p. 248; Le Sel de la terre 45, p.
36-41; Le Sel de la terre
59 (Invierno 2006-2007), editorial: «Una jerarquía para dos Iglesias».
[3] — Concilio
Vaticano II, Lumen gentium,
1.
[4] — El nuevo
código de 1983 limita la suplencia a la del poder ejecutivo.
[5] — En Gaudium et spes (11, 2), el
concilio Vaticano II declara tener la intención primordial de introducir y
asimilar en la doctrina católica los valores liberales; esta operación no puede
beneficiarse de la asistencia del Espíritu Santo y es contraria al objeto del
magisterio, que es «guardar santamente y exponer fielmente» el depósito de la
fe.
[6] — Atenuar
en el sentido original de reducir al extremo.
[7] — Respuesta
de Mons. Lefebvre al cardenal Seper, quien le interrogaba sobre su carta
denunciando la Iglesia conciliar.
[8] — Nota del
12 de julio de 1976.
[9] —
Interrogatorio de Mons. Lefebvre por el cardenal Seper, Prefecto de la SCDF, 11
de enero de 1979, en Mons.
Lefebvre et le Saint-Office, revista Itinéraires, n.º 233, mayo de 1979, p. 144-145.
[10] — Ibíd.
[11] — Santo
Tomás de Aquino, II-II, q. 2, a. 2.
[12] — Concilio
Vaticano II, Gaudium et spes,
12, 1.
[13] — En sus
visiones de los últimos tiempos de la Iglesia, ella ve por un lado a los
demoledores de la basílica de San Pedro, que quitan las piedras, y por otro a
los reconstructores. Al final, los demoledores cesan su obra de destrucción y
llega la reconciliación.
[14] — P. J.
Meinvielle, De la Cabala al
progresismo, 2.ª ed., Buenos Aires, 1994, p. 363-364.
[15] — San Pío
X, encíclica Pascendi,
8 de septiembre de 1907, in
initio. Véase también: «Ningún obispo ignora, creemos Nos, que una
raza muy perniciosa de hombres, los modernistas, incluso después de que la
encíclica Pascendi dominici
gregis (8 de septiembre de 1907) levantara la máscara con que se
cubrían, no han abandonado sus designios de perturbar la paz de la Iglesia. No
han cesado, en efecto, de buscar y agrupar en una asociación secreta nuevos
adeptos, e inocular con ellos, en las venas de la sociedad cristiana, el veneno
de sus opiniones, mediante la publicación de libros y folletos en los que
callan o disimulan los nombres de los autores». Motu proprio Sacrorum antistitum del 1 de septiembre
de 1910, ediciones de la Documentation
Catholique, París, t. 5, p. 141.
[16] — Mons.
Marcel Lefebvre, Ils l’ont
découronné, 2.ª ed., Escurolles, Fideliter, 1987, p. 148.
[17] — Por
Contra-Iglesia debe entenderse no la Iglesia conciliar misma, sino la secta
masónica y todas las sectas que la precedieron en el mismo espíritu gnóstico y
anticristiano; así como la secta modernista, cuya doctrina es también una
gnosis: una reinterpretación naturalista de la fe católica.
[18] — Los
papas que vieron con claridad.
[19] — El
movimiento de Marc Sangnier en Francia a comienzos del siglo XX, para hacer de
la Iglesia la animadora de la democracia, y que san Pío X condenó mediante su
encíclica Notre charge
apostolique.
[20] —
Conferencia espiritual, Écône, 21 de junio de 1978; véase Le Sel de la terre 50, p. 244.
[21] — «Sería
un sueño ridículo, y cualquiera que sea el curso de los acontecimientos, que
cardenales o prelados, por ejemplo, hayan entrado de buen grado o por sorpresa
en parte de nuestros secretos, no es en absoluto un motivo para desear su
elevación a la sede de Pedro. Esa elevación nos perdería. Sólo la ambición los
habría conducido a la apostasía; las necesidades del poder los forzarían a
inmolarnos; lo que debemos pedir, lo que debemos buscar y esperar, como los
judíos esperan al Mesías, es un papa según nuestras necesidades…» (Instrucción de la Alta Venta
datada en 1819).
[22] — P.
Roger-Thomas Calmel O.P., «Autoridad y santidad en la Iglesia», Itinéraires 149 (enero de
1971), p. 13-19; reproducido en Le
Sel de la terre 40, p. 77 y 85-87.
[23] — La
dignidad de la persona humana.
[24] — El
sacerdocio común de los bautizados.
[25] —
Instituciones colegiales: sínodo episcopal, consejo episcopal, consejo
parroquial…
[26] — La nueva
misa, que ya no aparece como el sacramento de la Pasión de Cristo.
[27] — Mons.
Marcel Lefebvre, carta manuscrita y fotocopiada, del 29 de julio de 1976, a sus
amigos; reproducida en Le Sel de
la terre 36, p. 10.
[28] —
Observemos que, en los hechos, las enseñanzas relativas al fin sobrenatural de
la salvación eterna de las almas (por ejemplo el Credo de Pablo VI o su
encíclica Humanæ vitæ)
permanecen letra muerta a causa del liberalismo de los obispos y de la falta de
voluntad del papa para aplicar la doctrina católica.
[29] — Notemos
la pretensión del nuevo código de presentar de la Iglesia su «imagen real» (sic), que sin duda había
ignorado o disimulado hasta entonces, una «imagen», un modelo de Iglesia que
por otra parte es «una novedad esencial». La incoherencia rivaliza con la
audacia.
[30] — Juan
Pablo II, Constitución apostólica Sacræ
disciplinæ leges, 25 de enero de 1983.
[31] — Véase 1
Pe 2, 6-8.
[32] — «Y he
aquí que un ángel del Señor apareció, y una luz brilló en la habitación; y el
ángel, tocando a Pedro en el costado, lo despertó, diciendo: Levántate pronto (Surge velociter). Y las cadenas
cayeron de sus manos» Hch 12, 7.
[33] — Cf. P.
Roger-Thomas Calmel O.P., Retiro de Semana Santa de 1974 predicado a los
seminaristas de Écône, 7 de abril de 1974, 18h, según las notas de un
retirante.
[34] — «Pondré
enemistad entre ti y la mujer, entre tu raza y la suya. Ella te aplastará la
cabeza, y tú intentarás morderle el talón» Gn 3, 15.
NOTAS
AGENDA FATIMA:
[*] Sin embargo, Mons. Fellay
y las autoridades liberales de la FSSPX por entonces aceptaron la mentira del “levantamiento
de las excomuniones”, llegando hasta a elaborar argumentos capciosos para
tratar de c0nvencer a los fieles más lúcidos y críticos de su actitud. Por lo
que vemos que la firmeza d0ctrinal hasta entonces manifestada comenzó a
diluirse mediante las acciones en relación al enemigo. Algo que nos recuerda a
las contradicciones de León XIII, verdadero león en doctrina, pero con graves traspiés
en el orden práctico. Mons. Tissier parece haber sido más de esa escuela que de
la de su maestro Mons. Lefebvre.
[**] “La vocación de la
Fraternidad Sacerdotal San Pío X, desde su erección por la Iglesia católica en
1970 y el decreto de alabanza que la honró en 1971, jamás ha sido recibir las bendiciones y reconocimientos de esta Iglesia
conciliar”. No fue su vocación pero sí el afán auto destructor de Mons. Fellay
y sus cómplices, que no dejaron de pugnar por un reconocimiento de la Roma modernista
y estuvieron a un paso de lograrlo en junio de 2012 cuando debían firmar un
acuerdo para obtener una prelatura personal, cosa que evitó Mons. Williamson y
los de su línea de entonces antiliberal. Mons. Tissier parece caer en algunos
de sus escritos de cierta presunción que es el punto débil de la Fraternidad. Fijémonos que la FSSPX ya no habla de “Iglesia
conciliar”.

