Por LUIS ALVAREZ PRIMO
12 de abril de 2026
A pocos
días del domingo de Pascua de Resurrección, Trump amenazó a Irán con un
ultimátum genocida para el martes a las 8 p.m., diciendo: “Toda una
civilización perecerá, para no volver ya a existir”. Irán respondió que tenía en sus arsenales y
ciudades subterráneas 15.000 misiles y 40.000 drones. (Aunque no lo dijo,
también se sabe que tiene una flota de minisubmarinos lanza torpedos, lanchas
lanza misiles de alta velocidad, y baterías de misiles y artillería en las
costas del Golfo que hacen invulnerable su control del Estrecho de Ormuz).
Al día
siguiente, Trump decretó una pausa de dos semanas alegando la mediación del
primer ministro de Pakistán, quien informó que Estados Unidos había aceptado un
cese del fuego a fin de iniciar negociaciones diplomáticas sobre la base del
plan de 10 puntos de Teherán, el cual incluía también, expresamente, a El
Líbano.
El
Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán declaró: “El enemigo, en su
guerra injusta, ilegal y criminal contra la nación iraní ha sufrido una derrota
indiscutible, histórica y aplastante”. Efectivamente, por entonces ya no cupo a
Trump otra salida que capitular, salvando la cara con la mediación pakistaní, a
fin de evitar una catástrofe militar y política más al imperio, y una recesión económica
global.
Inducido
por el primer ministro israelí, por el jefe del Mossad, David “Dadi” Barnea, y
por el belicista senador homosexual Lindsey Graham, el estulto y arrogante
neoyorquino Donald Trump había cometido un error colosal al atacar a Irán el 28
de febrero de 2026. La guerra corta se convirtió en una guerra de desgaste y
finalmente, en desesperación por la debacle.
A pesar de la mediación pakistaní en auxilio de Trump, el fanático criminal Benjamín Netanyahu redobló inmediatamente su apuesta belicista genocida y reanudó los bombardeos con 50 cazas israelíes que lanzaron 160 bombas en diferentes puntos del Líbano, presuntamente contra Hezbollah, que, debido a la magnitud indiscriminada de los mismos, tan sólo en la primera jornada causaron más de 300 muertos civiles y 1100 heridos.
El
canciller iraní Abbás Aragchi comunicó oficialmente a los mediadores
pakistaníes que Teherán estaba evaluando las violaciones de alto el fuego,
tanto contra Irán como en El Líbano y que respondería con firmeza.
La
provocación israelí ponía de manifiesto, una vez más, que Washington no tiene
el control sobre Netanyahu. Más aún, que el lobby judío sionista en EE.UU.
controla a Trump. Lo cual quedó claro nuevamente cuando, después de hablar por
teléfono con Netanyahu, Trump, mintiendo con típica desvergüenza, se desdijo y
confirmó que Israel podía seguir bombardeando El Líbano, pues “no estaba
incluido en el acuerdo de alto el fuego”.
Las
conversaciones en Islamabad, la capital federal de Pakistán, fracasaron. Poco
podía hacer el vicepresidente de los EE.UU., J.D. Vance, al frente de una
delegación poco experimentada, que incluía, además, a los agentes sionistas
Jared Kushner, yerno de Trump, y Steve Witkoff, repudiados por Irán por su
duplicidad y falsía.
Nos
preguntamos si no correspondía que Marco Rubio, Secretario de Estado, es decir,
de la diplomacia de los EE.UU., encabezara la delegación estadounidense en
Islamabad. ¿Acaso el lobby de Israel y los millonarios oligarcas judíos que lo
patrocinan, pretendían preservarlo de un seguro fracaso, en tanto que Rubio es
su eventual candidato para sustituir a Donald Trump?
Mientras
tanto, una mayoría del 93% de la alienada sociedad israelí apoya la guerra
contra Irán, contra Hezbollah en el Líbano, contra Hamás en Gaza, contra los
huties (Ansar Allah o "Partidarios de Dios") en Yemen y contra la
resistencia chiita en Iraq. Esa locura suicida israelí, alimentada
probablemente por el mito judío de Masada, confía en el recurso a las armas
nucleares contra Irán como último recurso. El gobierno de los EE.UU. por cierto
no puede ni podrá evitar que Israel use las armas nucleares eventualmente.
Tampoco que, llegado el caso, Irán desarrolle las suyas.
Al
momento, lo que hay es un enorme daño en Medio Oriente, que se extiende
rápidamente al resto del mundo, y llevará lustros si no décadas reparar, más
allá de lo irremediable, que son las innumerables vidas humanas perdidas a
causa de esta operación bélica furibunda, injusta, criminal y genocida, frívolamente
llamada Furia Épica, por Pete Hegseth, el loquillo que preside el departamento
de Guerra de los EE.UU., ganado por el espíritu revolucionario judío sionista
que sobrevuela ominoso al decadente imperio judeo- masónico
angloestadounidense.
La Argentina,
el estado argentino, sus instituciones y su cultura también están dominados y
controlados arteramente por el poder judío sionista. Si la población argentina
no despierta y toma conciencia; y si no inicia un proceso de liberación
inspirado por el patriotismo y el nacionalismo católico de nuestros héroes de
Malvinas, las futuras generaciones pagarán todas las consecuencias de este
inicuo estado de indefensión, --del cual la usuraria deuda externa es apenas
una muestra--, al que la ha llevado su lacayuna clase dirigente liberal, cuyos
dineros, guardados en el exterior, no la salvarán.
El último
acto desaforado de política exterior del extraviado mequetrefe que ocupa la
Casa Rosada, celebrado por el Departamento de Estado norteamericano, ha sido
designar al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán como grupo
terrorista y expulsar de la Argentina al representante diplomático iraní,
Mohsen Soltani Tehrani.
Otro sí
digo sobre nuestro asunto:
La
sobriedad y la austeridad chiita derrotó a la frívola cultura judaizada
estadounidense.
El
espíritu de sacrificio y la fe trascendente chiita derrotó al materialismo
judaizante del “gran Satán”.
El
realismo chiita y su prudencia política y militar derrotaron al insolente,
jactancioso, estúpido e ingenuo voluntarismo “yanqui”.
La
dignidad chiita se impuso a la petulancia autosuficiente sionista.
La
providencia y el trabajo estratégico silencioso iraní se impuso a la vana y
necia improvisación exitista estadounidense
El
espíritu religioso y patriótico nacional iraní derrotó a la soberbia
tecnocrática globalista.
La
historia y la sabiduría de la antigua civilización persa derrotó a la
estulticia pragmatista de la modernidad revolucionaria judía.
El Logos
se impuso al anti-Logos.
La luz a
la oscuridad.
La Ciudad
de Dios a la ciudad terrena.
